14 de mayo de 2012

El ruedo ibérico

Decía Tolstoi en conocidísima  frase que “todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia desdichada lo es a su manera”. No está uno muy seguro de que sea como dice Tolstoi, pero de  lo que no tiene uno la menor duda es de que en las familias, felices o desdichadas, prospera como en ninguna otra parte el esperpento. En todas, tarde o temprano, acaban apareciendo unos parientes que nos amenizan la existencia con sus ocurrencias, frases y decisiones. Dice el diccionario de la Rae que “el esperpento es un hecho grotesco y desatinado”. Nos gustan los matices. En el matiz está la complejidad. Debería añadir el diccionario que el esperpento produce, en primer lugar, bochorno en quien lo contempla, pero lo cierto es que al tratarse por lo general de un hecho sin consecuencias graves, nos provoca igualmente hilaridad, una clase especial de hilaridad nerviosa, esa que resume la frase “reír por no llorar”.

Confesemos que la mayoría de nosotros hemos vivido todo lo del Rey, los elefantes, la amante y su autoflagelo, así como la mayor parte de las soflamas y llamadas al orden de los mandamases del Estado y de la prensa, esos “Majestad, con el debido respeto...”, confesemos, decía, que los hemos vivido con el ánimo jovial, como si no lo estuviéramos viviendo en realidad, sino leyéndolo en Valle-Inclán. Cierto que era todo inédito, ver cómo los periodistas hablaban sin tapujos de la amante del Rey,  del papelón de una reina infeliz o de los descacharres familiares, pero al mismo tiempo tenía uno la sensación de que todo ello ya lo habíamos leído en alguna página de El Ruedo ibérico.

Empecemos, por ejemplo, por el final: el Rey pidió perdón en once palabras. Pero de qué. Al ser tan pocas no resulta fácil dilucidarlo: ¿Por  haberse roto la cadera en un arabesque cinegético, temerario a su edad? ¿Por haberse largado a una cacería de lujo sin permiso? ¿Por matar elefantes? ¿Por hacerlo en compañía inadecuada? Hemos oído decir que el gesto del rey pidiendo perdón ha sido extraordinario. Bien, veamos: el Rey pide perdón a los setentaicuatro años por algo que viene haciendo desde que tiene catorce, es decir que pide perdón por algo que en el fondo seguramente no cree que esté mal hecho, ¿o preferimos pensar que lleva sesenta años haciéndolo mal a sabiendas? Y en estas estamos.

Imagina uno al Rey hoy, domingo, metido en su casa, contra lo que venía siendo su costumbre. Ha prometido que no volverá a suceder, qué. Pensará melancólico que no es justo que esto haya venido a sucederle precisamente ahora. Del otro lado de la ventana llegarán el barrito de los elefantes y el canto de la sirena. ¿Qué hará? ¿Saltará los muros de su palacio imantado por el elefante, por la sirena? A un elefante se le puede dar esquinazo, pero, ¿a una sirena? Podría facilitar las cosas abdicando en su hijo, dicen los expertos. Dicen los expertos también que no parece probable que ello suceda, de modo que uno, que es sólo un lector del Ruedo Ibérico, confía en que el cuento de hadas que fue todo hasta aquí no se convierta en una farsa esperpéntica, más bárbara que castiza.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 1 de mayo de 20123]

5 comentarios:

  1. Nunca pidió perdón sino un " lo siento " , algo muy diferente , aunque no me extrañaría que para la Rae sea lo mismo. Cierto es que en España hay muchos que ven la paja ajena y no su viga y se celebra el mal ajeno. Así nos va, necesitamos recobrar la seriedad y ser respetuosos no solo con los pudientes sino con los excluidos y perjudicados.

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  2. Manuel Cañedo Gago14 de mayo de 2012, 2:12

    Desde la Residencia Real, enclavada en el monte de El Pardo, es probable que puedan oírse los barritos de los elefantes del no tan lejano zoo de la Casa de Campo; al menos lo suficiente como para mitigar la nostalgia de la selva africana. Y con la sirena, tanto más fácil de oír por cuanto se sitúa más cerca de Palacio, no resultará difícil paliar el melancólico recuerdo de su canto; sobre todo, si dicha sirena monta en la grupa de una moto cuyo conductor burla habitualmente a su escolta, para perderse acompañado en la espesura vegetal del oeste de Madrid.

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  3. Como bien apunta, sin citar la palabra, se ha puesto de manifiesto un ejercicio de hipocresía permanente. De Institución cercana a la ciudadanía, naranjas de la China. Sus amigos, los más poderosos. Y cuando no poderosos, canallitas tipo Pepote Ballester que les terminan traicionando. Desprecio absoluto de la clase política, que no son de su casta, con la excepción, por razones históricas y la actitud hierática del personaje, de Calvo Sotelo que le duró un cuarto de hora. Buen manejo de la imagen en torno a figuras célebres del arte, del deporte; más abrazos a socialistas que a populares, dado que Aznar, por bajito y racalcitrante además de poco monárquico, le resultaba más incómodo. En fin, hoy son sus bodas de oro. Como estará el patio, para que ni siquiera se tomen una copa de vino como haría todo el mundo. Pues no, no van a ser tan vulgares como el resto de
    los mortales.

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  4. yo creo que Leticia Ortiz, junto a sus ilustres y progresitas valedoras y valedores, deberían presentar un telediario especial, no sé, explicar el annus horribilis, o si no, proclamar ellos mismos la República, con Sabina de Presidente, que besa que te... que te eso.
    saludos

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  5. Lo que le ha pasado a este hombre es que " en vez de llevar grabado el significado de la lealtad , la indulgencia y la convicción de la futilidad de la cólera nos ha obsequiado con una frivolidad, por lo que estamos todos afectados "
    Espero no estemos afectados de por vida, aunque hemos perdido el respeto de los demás
    chao

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