29 de junio de 2012

Moderna España negra

La España negra, de Emile Verhaeren y Darío de Regoyos, es un libro raro en todos los sentidos. Ni siquiera es un libro del que podamos decir que es bonito como lo decimos de otros. Todo él trasmite, sin embargo, exactamente lo que pretendía trasmitir, una idea de España, una visión que alcanza, claro, a la manera que se tenía aquí hace cien años de hacer los libros, que era una manera un poco descuidada, dolorosa y gris, más que negra, y eso pese a todos los grabados que jalonan el texto, de gran interés y también de mucho valor por tratarse de bojes originales, por no referirnos a la viñeta en verdad deslumbrante de su portada, que es, pese a su causticidad, o precisamente por ella, una obra maestra de las viñetas tipográficas: una calavera tocada de una montera de torero,  sobre una banderilla y un estoque chorreante de sangre a modo de tibias, sugiriéndonos desde la portada que algunos asuntos será mejor tratarlos con humor, aunque sea negro, o dejarlos de lado.
Es acaso por todas estas pequeñas cosas, y por alguna otra que diré ahora, uno de los libros de mi propia biblioteca al que más aprecio le tenga. No sólo porque sea de una gran rareza, real, o porque mi ejemplar esté avalorado por una dedicatoria autógrafa de Regoyos, sino por lo que significa en la literatura y… más allá de la literatura. Digámoslo sin demora: estamos ante un libro fundacional. Por primera vez dos autores, uno belga y otro español, abordaban el mito de la España negra, y aunque no pretendían combatir con ese mito la Leyenda negra, lo consiguieron mucho más eficazmente que todos los embajadores, cancilleres y escribanos que venían sucediéndose desde Felipe II, tan melancólicos como estériles. “Hay que mirar detrás de las puertas, señores”, parecen decirnos, “las apariencias engañan, y si no engañan, mejor”.
Son ellos los que acuñan ese concepto que desarrollaría veinte años después, fijándolo para siempre y llevándolo a su perfección de una manera magistral Gutiérrez-Solana: “Lo negro es hermoso, es verdadero”, parecen recordarnos. Son hermosos los pueblos, los tipos, las costumbres españolas de la España profunda. Los románticos buscaron la luminosidad de Andalucía, sus cantes, sus leyendas góticas. Regoyos, primero, y Solana, Noel y los del 98 después, le dieron una vuelta de tuerca al romanticismo, destilándolo. Se pasó del oloroso de Málaga y las manzanillas del Puerto al áspero aguardiente de la raza; de la pandereta y los caireles al silencio crepuscular de los calveros.
Pero al contrario que los clásicos románticos, Regoyos es un romántico moderno, como lo será Solana. No vive en o del pasado. No es uno de aquellos casticistas que azotaron la literatura y el arte finisecular del XIX. Él es un viajero, sí, pero no en pos de improntas prestigiosas. No le interesa el prestigio, sino la fuerza de las cosas comunes, aunque le lleguen sin pedigrí: un camino, un huerto, un campo de maíz, el Consistorio de una villa, una plaza  mayor de cualquier parte, unos oficios, unas beatas (que trasplantó de los dulces beguinados belgas a las ásperas mesetas españolas). Sus ojos, como los de los pintores primitivos (Regoyos tiene algo de primitivo como lo tuvo el Giotto), miran por vez primera el mundo. ¿No tenemos la sensación de que esa escena, por lo demás común, de un puente feo pero sólido, de ingeniero español, cruzado por un tren y unos devotos, es una escena única? Sus cementerios, sus iglesias y estaciones de tren, sus paisajes son comunes también, no hay en ellos nada artístico, parece habérselos tropezado, como la vida, logrando lo que pocos pintores han logrado: trasmitirnos el don de la naturalidad.
La España negra no hay que ir a buscarla. Está por todas partes. Y es hermosa. No hay que darle más vueltas, insiste Regoyos, harto de dar explicaciones a los que no acaban de comprender qué le encuentra a todo eso. Basta con comprenderla. Comprensión es compasión, virtudes cervantinas. Y Regoyos comprende, y Regoyos se compadece, y Regoyos, con seriedad y respeto, se  ríe un poco. De sí mismo, por supuesto, de la inofensiva patología que le imanta a lo negro del mundo, y de lo negro del mundo, que no puede dejar de mirar con ojos de poeta lírico. Porque moderno como el que más, sigue siendo un romántico.
     [Publicado en el catálogo de la exposición Otras miradas, organizada por la BNE y que puede verse en el Museo de Bellas Artes de Bilbao]


Arriba: Darío de Regoyos, Viernes Santo en Castilla, 1904. Abajo: Portada de España negra, de Darío de Regoyos y Emile Verhaeren, 1899

9 comentarios:

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  2. Hay mucho de tópico en la negrura de España. Aquí tuvimos Inquisición, pero no fuimos los únicos. A Giordano Bruno y Galileo les persiguieron por motivos religiosos en Italia. Y a su manera la represión calvinista no fue a la zaga. Sugiero leer, o releer, el ensayo "Castellio contra Calviño", de Stefan Zweig, sobre la ejecución de Miguel Servet en la Suiza renacentista. Es cierto que en España tuvimos un rebrote religioso en el Barroco, y de ahí arrancan las procesiones de Semana Santa (que se mantienen). Las vestimentas de los nazarenos o penitentes parecen ropas del Ku-Klux-Klan, lo que llama la atención de muchos turistas. Con el franquismo otra vez se favoreció la religiosidad y su inculcación en las escuelas, pues la Iglesia fue uno de los pilares sociológicos del régimen. Pero muchas de estas cosas siguen teniendo auge por su atractivo turístico, como el flamenco y los toros. Sin embargo irán cayendo gracias a Internet y a la libertad que la Red propicia. Reparemos en que ningún canal de TV en abierto ofrece corridas de toros, simplemente porque tienen poca audiencia. La España negra se disipará deprisa, por suerte y para bien.

    AITOR SUÁREZ

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    1. Realmente la España negra es la de los muchos amargados que patológicamente reniegan de su condición de españoles, un curioso fenómeno que no se da ni en los países ricos ni en los más míseros. Algo muy destructivo nos empapa. Mientras no nos despojemos de complejos y frustraciones seguiremos siendo muy grises y muy oscuros. La España que vitoreaba a El Deseado en su regreso del exilio es muy parecida a la de hoy, no hay más que recordar la reacción visceral que colocó en el trono al otro Fernando VII tras los atentados del 11M, y lo volvió a revalidar, para mayor gloria de nuestra historia.

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  3. Negros el tren y el cortejo;
    tradición este y aquel, progreso.

    Piedra orgánica en el barranco
    y domesticada en el puente.

    Dos caminos que se cruzan,
    uno de hierro, de polvo el otro
    en esta bella estampa
    llena de tiempo y movimiento.

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  4. yo veo en el cuadro una sutil ironía avant la lettre del reciente Encuentro entre monseñor Cañizares y el prodigioso JLR Zapatero
    saludos

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  5. Tan negra la que describe mi paisano Regoyos como la de Cascos, asturiano también, pero modesto en su condición de simple retratado, a cambio de suculentos ciento noventa mil euros facturados por Antonio López.

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  6. Premonitorio futuro moderno debajo de un puente , pájaros de mal agüero.
    Chao

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  7. Gracias por sus artículos, señor Trapiello. Por cierto, vivo en la calle Darío de Regoyos (en Oviedo). Hoy ha sido un día tan gris que parecía pintado por su santo patrón en el callejero.
    Saludos

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  8. la espña negra donde se mas se notaba (se nota) es en la gente ignorante y miedosa, es devir la que no esta informada vamos...
    Un saludo!

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