30 de junio de 2012

Una novela

EL día 3 de octubre próximo tiene prevista su aparición esta novela, Ayer no más, y las líneas que siguen a propósito de ella se publicaron ayer en El Cultural en un reportaje de Daniel Arjona sobre algunos novelistas actuales y su modo de entender el oficio de escribir novelas.


Nos gustan tanto algunas novelas porque hallamos en ellas un sentido que no tiene la vida, hasta el punto de que a veces acabamos ”metidos” en sus páginas, seducidos, creyéndonos parte de una ficción y entre personajes que acaban siendo más reales que nosotros mismos.
Yo tengo unas nociones muy elementales sobre la técnica y la teoría novelísticas. Escribo las mías por instinto, deseando que acaben siendo un organismo más que un mecanismo. Un organismo vivo es siempre superior, a mi modo de ver, a cualquier mecanismo, por perfecto que este sea, y acaso por eso no me ha importado arriesgarme de una manera un tanto insensata con temas “complicados”: continuar la trama del Quijote en Al morir don Quijote, un incesto en Los confines, o Ayer no más, la novela que se publicará el próximo octubre. Cuenta la historia de un profesor especialista en Guerra Civil, exmilitante del Pce, que regresa en 2006 a su ciudad natal, León. Allí se entera por azar de que su padre, falangista y vivo aún, presenció cómo se asesinaba en 1936 a un hombre delante del hijo de este, de nueve años. 70 años después ese niño aparece exigiendo reparación, justicia y, sobre todo, saber dónde enterraron el cuerpo de la víctima. El relato, inspirado en algunos hechos reales,  está contado por todos y cada uno de los personajes que aparecen en él, enfrentados no sólo por el pasado, sino, principalmente, por el modo de recordarlo en un presente en el que pocos parecen atreverse a saber toda la verdad, contra lo que ellos mismos creen. 

Cubierta y faja de la próxima novela de AT, que aparecerá en librerías el 3 de octubre de 2012

29 de junio de 2012

Moderna España negra

La España negra, de Emile Verhaeren y Darío de Regoyos, es un libro raro en todos los sentidos. Ni siquiera es un libro del que podamos decir que es bonito como lo decimos de otros. Todo él trasmite, sin embargo, exactamente lo que pretendía trasmitir, una idea de España, una visión que alcanza, claro, a la manera que se tenía aquí hace cien años de hacer los libros, que era una manera un poco descuidada, dolorosa y gris, más que negra, y eso pese a todos los grabados que jalonan el texto, de gran interés y también de mucho valor por tratarse de bojes originales, por no referirnos a la viñeta en verdad deslumbrante de su portada, que es, pese a su causticidad, o precisamente por ella, una obra maestra de las viñetas tipográficas: una calavera tocada de una montera de torero,  sobre una banderilla y un estoque chorreante de sangre a modo de tibias, sugiriéndonos desde la portada que algunos asuntos será mejor tratarlos con humor, aunque sea negro, o dejarlos de lado.
Es acaso por todas estas pequeñas cosas, y por alguna otra que diré ahora, uno de los libros de mi propia biblioteca al que más aprecio le tenga. No sólo porque sea de una gran rareza, real, o porque mi ejemplar esté avalorado por una dedicatoria autógrafa de Regoyos, sino por lo que significa en la literatura y… más allá de la literatura. Digámoslo sin demora: estamos ante un libro fundacional. Por primera vez dos autores, uno belga y otro español, abordaban el mito de la España negra, y aunque no pretendían combatir con ese mito la Leyenda negra, lo consiguieron mucho más eficazmente que todos los embajadores, cancilleres y escribanos que venían sucediéndose desde Felipe II, tan melancólicos como estériles. “Hay que mirar detrás de las puertas, señores”, parecen decirnos, “las apariencias engañan, y si no engañan, mejor”.
Son ellos los que acuñan ese concepto que desarrollaría veinte años después, fijándolo para siempre y llevándolo a su perfección de una manera magistral Gutiérrez-Solana: “Lo negro es hermoso, es verdadero”, parecen recordarnos. Son hermosos los pueblos, los tipos, las costumbres españolas de la España profunda. Los románticos buscaron la luminosidad de Andalucía, sus cantes, sus leyendas góticas. Regoyos, primero, y Solana, Noel y los del 98 después, le dieron una vuelta de tuerca al romanticismo, destilándolo. Se pasó del oloroso de Málaga y las manzanillas del Puerto al áspero aguardiente de la raza; de la pandereta y los caireles al silencio crepuscular de los calveros.
Pero al contrario que los clásicos románticos, Regoyos es un romántico moderno, como lo será Solana. No vive en o del pasado. No es uno de aquellos casticistas que azotaron la literatura y el arte finisecular del XIX. Él es un viajero, sí, pero no en pos de improntas prestigiosas. No le interesa el prestigio, sino la fuerza de las cosas comunes, aunque le lleguen sin pedigrí: un camino, un huerto, un campo de maíz, el Consistorio de una villa, una plaza  mayor de cualquier parte, unos oficios, unas beatas (que trasplantó de los dulces beguinados belgas a las ásperas mesetas españolas). Sus ojos, como los de los pintores primitivos (Regoyos tiene algo de primitivo como lo tuvo el Giotto), miran por vez primera el mundo. ¿No tenemos la sensación de que esa escena, por lo demás común, de un puente feo pero sólido, de ingeniero español, cruzado por un tren y unos devotos, es una escena única? Sus cementerios, sus iglesias y estaciones de tren, sus paisajes son comunes también, no hay en ellos nada artístico, parece habérselos tropezado, como la vida, logrando lo que pocos pintores han logrado: trasmitirnos el don de la naturalidad.
La España negra no hay que ir a buscarla. Está por todas partes. Y es hermosa. No hay que darle más vueltas, insiste Regoyos, harto de dar explicaciones a los que no acaban de comprender qué le encuentra a todo eso. Basta con comprenderla. Comprensión es compasión, virtudes cervantinas. Y Regoyos comprende, y Regoyos se compadece, y Regoyos, con seriedad y respeto, se  ríe un poco. De sí mismo, por supuesto, de la inofensiva patología que le imanta a lo negro del mundo, y de lo negro del mundo, que no puede dejar de mirar con ojos de poeta lírico. Porque moderno como el que más, sigue siendo un romántico.
     [Publicado en el catálogo de la exposición Otras miradas, organizada por la BNE y que puede verse en el Museo de Bellas Artes de Bilbao]


Arriba: Darío de Regoyos, Viernes Santo en Castilla, 1904. Abajo: Portada de España negra, de Darío de Regoyos y Emile Verhaeren, 1899

28 de junio de 2012

Pecios

“PECIOS” fue en origen, en la obra de Ferlosio, el nombre de aquellos fragmentos o aforismos que quedaban de textos mayores venidos a pique. Con el tiempo, se diría que su autor ha empezado a fabricarlos ex profeso, antes de la botadura y aun del armazón de los buques a los que deberían pertenecer, como algunas editoriales, pienso en Taschen, fabrican libros de saldo que nunca pasarán por las librerías, camino directo de los grandes almacenes en los que un márketing bastante sofisticado los presentará como una oportunidad.
Claro que puede ser entendido el pecio en sentido lato, justificado en la imposibilidad de expresar nada que no sea únicamente reliquia de un pensar inabarcable.
Con todo, no me resisto a reproducir este, aparecido hace unos días en El País, que expresa mejor que ninguno el verdadero talento de su autor, tanto más firme cuanto más sensorial, la imagen de un gato caminando entre los cristales erizados de una tapia, o esta bombilla: “(El progreso) Los adelantos pueden conseguir tristezas nunca antes conocidas; ya algún pintor francés del siglo XIX nos mostró cómo la luz de una bombilla puede llegar a ser infinitamente más triste que la de un candil”.
Cabría objetar, sin embargo, que el de la tristeza es un camino que lo recorren todas las cosas alguna vez, bombillas y candiles, y que cada una de ellas lo lleva hasta un final propio al que no podría llegar ninguna otra. Por no mencionar que pocos inventos tan poéticos como esa ampolla de cristal en la que monta guardia una araña incandescente que nos permite por un segundo ser dioses: Hágase la luz, y la luz queda hecha, por nuestra mano, a menudo lejos de donde estamos.

27 de junio de 2012

La mariposa de jade

ESTUVO sobre la pared doce horas, inmóvil, desplegada,  la mariposa de jade. ¿De dónde vino? ¿Adónde se fue luego? Nadie le pregunte a una mariposa, de caminar errático. En ella no cuenta ni el futuro ni el pasado, sólo el presente. Igual que la alegría. Esto nos trajo ayer el día, ese su afán: poder mirarla.

Las Viñas, junio de 2012

26 de junio de 2012

Cómo acabalarse una biblioteca

SE hablaba ayer aquí de don José Mor de Fuentes y del Bosquejillo de su vida. En él se encuentra uno de los pasajes más sentidos que pueda leerse sobre los libros viejos y los buscadores de libros viejos, en la ciudad en la que acaso más amor ha mostrado por ellos.
Aquí va este homenaje a ellos de un hombre al que los libros le dieron ilusión y sentido:
"He hablado antes de la Biblioteca; todo París viene a ser una librería perpetua. Además de las tiendas principales, que son muchísimas y perfectamente surtidas, el Baluarte, plazuelas, pretiles, antepechos de puentes, todo asoma cuajado de obras que, aun siendo absolutamente nuevas, se suelen dar por menos de la mitad del precio que tienen señalado en la portada o en el lomo; de modo que un sujeto de algunas facultades, con una cantidad corta, en un rato puede acabalarse una biblioteca selectísima; y así se hace forzoso a los aficionados el pasar de largo, pues en clavando la vista se cayó en la tentación". 


A la pregunta de si tenía a mano una foto de bouquinistas que se saliera de lo normal, nuestro amigo, parisino y amante de los libros y que ayer también nos dio otra alegríanos respondió: "Sí. La primera es de un soldado alemán, y está tomada por André Zucca, el fotógrafo de Signal que, como tenía carretes Agfacolor, pudo fotografiar un París que siempre vemos en blanco y negro; si no lo tienes, te recomiendo vivement el catálogo de la exposición que le dedicaron hace unos años. Las otras dos, que son mejores (quizás me guste todavía más la frontal, sin Notre Dame), son de William Vandivert, un buen fotoreportero de Life, y de justo antes: de julio de 1939. Siento que todas ellas lleven marcas de agua, pero las de Life no molestan. Abrazos y espero haberte sorprendido con unos bouquinistes que no son los de Yvon, el postalero, tan manido. JMBonet".

25 de junio de 2012

Viva el delirio

RECORDAMOS, y ha quedado como una frase más de nuestro propio léxico familiar, la que el pintor Ramón Gaya solía decir ante tal o cual exceso, no necesariamente de la vida artística y sus “sustos baratos”: “Es todo tan grave, que ya no importa”.  

No vendría mal recordarla en estos momentos por los que atraviesa España. Así, pues, ni una palabra más sobre la crisis, nuestros banqueros y nuestros políticos. Lo que todos ellos puedan hacer hoy contra nosotros lo intentaron ya ayer, y volverán a intentarlo mañana, pero hemos llegado a ese punto de sublimación en que pueden atravesarnos con un sable, igual que a los faquires.  “Sablecitos a mí”, diremos, como don Quijote. Por mí hoy el mundo puede venirse a pique: tengo esta pequeña barca. Si usted quiere, suba a bordo, hay sitio para dos. No me importa remar. Hablo de un libro, muestro esquife: Bosquejillo de su vida. Como todo lo valioso, no le será fácil encontrarlo. Desde luego no lo hallará en ninguna librería de nuevo. Lo escribió Don José Mor de Fuentes, un hombre singular que fue muchas cosas, marino, militar, aventurero, viajero, escritor. Estuvo en Madrid durante el levantamiento popular contra la francesada,  de ahí partió a Zaragoza, que defendió con los patriotas, y huyendo del rey absolutista pasó a Francia, de cuya capital, París, nos dejó en ese libro páginas deliciosas.  En Barcelona vivió miserablemente e imprimió alguna de sus raras y admirables obras que no lo sacaron de pobre, al contrario, lo devolvieron a su pueblo aragonés, Monzón, donde lo recogió por caridad un amigo suyo sastre, en cuyo desván murió.

Pese a la opinión que tenía de este país (“se escasea, como en todo pueblo corto, de racionalidad entre nosotros, sin más recurso que el ridículo juego de naipes y la chismografía bárbara y mohosa”, nos dirá, haciéndole el dúo a Larra), el Bosquejillo de su vida confirma que no hay vida mala ni aburrida, si se cuenta bien.

Volvió uno a ella buscando noticia de su conmovedor Elojio de Miguel de Cervantes, de 1837, recién encontrado en el arroyo. Este es un librito que pese a ser del tamaño de un naipe, otro esquife, parece la cortesía de su autor para recordarnos que en este país escaso de racionalidad hubo también quienes encontraron en Cervantes el modo de sobrevivir a la miseria moral. Lo hizo además con el tono más jovial del mundo, acorde a su curiosidad insaciable por cosas, personas y ciudades y con una escritura tan natural y sazonada que envenena nuestra nostalgia: ¿por qué ya sólo hablamos como patanes? Pero la enseñanza de Mor de Fuentes es neta: no es fácil dilucidar nuestras suertes, en cualquier momento cambian.  ¿Es más grave que nuestra prima de riesgo haya alcanzado hoy los 548 puntos o que varios seísmos hayan arrasado el norte de Italia, llevándose por delante vidas humanas y cientos de iglesias y torres que cifraban la belleza del mundo para miles de personas?  José Mor de Fuentes, como Larra, consciente de que el mundo es fiero con las personas nobles y desinteresadas como él, no se arredra. Al contrario, es rico en auroras. Espera la suya cada día, y antes de echarse de nuevo a la calle, dice con humor, encogiéndose de hombros: “Vamos adelante, viva el delirio”.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de junio de 2012]

24 de junio de 2012

A tres bandas

ÉL solo. Por la mañana temprano. No hay nada triste en su "canto. Al contrario.  Oculto entre los árboles ensaya infatigable con los palillos o castañuelas, su trabajo. El pájaro carpintero.
* * *
HAY que contar con aquellos que delante de Homero y Shakespeare juntos siguen diciendo: “Pues no es 'pa' tanto”.
* *  *
¿QUÉ significa la costumbre de interpelar al marido en público por el apellido con el que se le conoce a éste en su ámbito profesional? Creo que la señora de ese pintor quería darnos a entender estas dos cosas: que lo que distingue a un paria y a un señor son precisamente los apellidos, la genealogía (los pobres sólo tienen nombre de pila y apellidos que únicamente escuchan en las consultas de la Seguridad Social, en las oficinas del paro o en las de Hacienda), y que, una vez establecido que su marido pertenece a la casta de los "álguienes", ella está encantada no sólo de compartir con él el lecho conyugal, sino su brillante carrera, como otro más de sus rendidos admiradores, recordándoles también a estos que sólo ella comparte su lecho conyugal.

"El campeón Carrera ya ha dado el tacazo y ahora observa el movimiento circular que ha tomado la bola", se lee en el dorso de esta fotografía de 1948 de la agencia Keystone, encontrada en el Rastro el 10 de junio de 2012.

23 de junio de 2012

Celtas cortos

LA entrada de ayer vino propiciada en realidad por el hallazgo, el pasado domingo, de esta cajetilla de Celtas cortos, intonsa y como recién salida de un estanco. 
Al pronto llegaron con ella aquellos tiempos pucelanos en los que un joven pequeñoburgués debía fumar lo que fumaba el proletariado si albergaba la esperanza de que le entraran en la cabeza, por las vías respiratorias, los principios de marxismo leninismo (pensamiento Mao Tse Tung), que, como es sabido, al igual que el humo de esos cigarrillos en los pulmones, aplican en las neuronas la política de tierra quemada.
No es tan bonita como la de Ideales ni siquiera como la de los famosos Gauloises, de los que estos son réplica tosca, pero han llegado justo en el momento en que galos y celtas tendrán un combate deportivo singular que tiene en vilo a muchas gentes, entre las que se cuentan no pocos viejos marxistas lenistas (pensamiento Mao Tse Tung) que ya no creen que el fútbol sea cosa de Franco ni el opio de las masas.

22 de junio de 2012

Ideales

EN 2000, siendo ministro de cultura Mariano Rajoy (todos vamos a menos), se hizo en el Reina Sofía de José Guirao (otros, en cambio, consiguen mantenerse a flote) una exposición sobre diseño, comisariada por Alberto Corazón, Emilio Gil y Enric Satuè (estos siguen invariables en lo suyo, ni más ni menos).
En el catálogo figura la muy "decó" cajetilla de Ideales como diseño emblemático del año 1936 y obra del pintor Carlos Vives (una y otra cosa seguramente serán verdad, pero después de ver que se atribuían en ese mismo catálogo las cubiertas de la Opera Omnia de Valle Inclán a  ¡Rafael de Penagos!, le han quitado a uno la ilusión por la verdad.
Sea o no diseño del año 36, el año en que precisamente los ideales quedaron tendidos en el campo de batalla o en los "paseos" de retaguardia, nos resulta graciosa la idea de fumar los ideales. Como las ilusiones. Sobre todo en una época en la que esta palabra era tan importante como tentadora: todos querían arrimarse a ella, incluso los dueños de cierta ferretería de la calle Atocha, que nosotros hemos conocido y cuyo rótulo anunciaba la especialidad de la casa: «Bombas "El Ideal"».

Del Rastro, hace unos años



21 de junio de 2012

La trama López

HA leído uno la información en El País, que le dedica periódicos y sonados bombos todos los primeros viernes de cada mes, quiero decir, que no es sospechoso de ser tendencioso en esto, y si no lo he entendido mal, la cosa es como sigue: Antonio López, a un tiempo el más figurativo de nuestros pintores abstractos y el más abstracto de nuestros figurativos, pintará por 190.000 el retrato del señor Álvarez Cascos, quien siendo ministro de no sé qué le encargó al citado pintor los melones de la estación de Atocha, "uno de los trabajos más maravillosos posibles", a juicio del propio autor, que no sabemos lo que cobró por ellos ni si lo cobró, como hará ahora, a través de la galería Marlborough, dirigida en su día por María Porto, hoy señora de Cascos. ¿Qué queréis que os diga, amigos? Ha habido tramas que han empezado por menos.
Felipe Benítez Reyes adelantó en Fbook su glosa: " Hay quien lo tilda de genio. [Y qué bien elegido aquí ese tildar, que según se mire y quien lo diga, en la hipérbole asoma siempre el escarnio, y nada tan triste como ser tildado de genio, no siéndolo]. Puede ser, quién sabe, ya que la genialidad no está sometida a un patrón, y generalmente la condición de genio suele otorgarse desde tribunas periodísticas. La duda que a uno le entra es la siguiente: ¿Puede un genio razonar como un bobo?", se preguntaba un FBR perplejo, supongo, ante el razonamiento de un pintor a quien le parece ridículo que nos quejemos de tener que pagarle (se los pagamos todos) 190.000 eurillos de nada, precisamente ahora que nadie estafa por menos de 24.000 millones.
López oye que lo llaman genio y que se le compara un día sí y otro también con Velázquez como lo oyó Zuloaga y otros antes que él, acaso con más mérito, y tiene razón en lo de los  190.000 euros. Todos los encontraríamos pocos y bien empleados si pensaráramos de verdad que, como dicen los periódicos, es un genio. 
Bueno, basta. De dinero que hablen ellos, que son los que entienden de eso.
Incluso se le han quitado a uno ahora las ganas de abordar esa estúpida costumbre tan siglo XIX, según la cual todos los "cargos" tienen derecho, tras su ejercicio del poder y de una manera indiscriminada, a ser "inmortalizados" por un pintor. ¿Es que se supone que todos ellos lo merecen? ¿No es más cierto que a la mayoría de ellos, por fortuna, los olvidamos apenas dejan su cargo?
Hace unos días se vio uno esperando unos minutos en un pasillo de la Biblioteca Nacional en el que había colgados una docena de retratos de directores de esa institución, todos ellos con su pomposa cartela. En ella figuraba el nombre del director correspondiente y el del pintor que lo pintó. Le dio tiempo a uno a ver diez de esos retratos, y he de confesar, no menos perplejo que nuestro amigo Felipe, que de los veinte, diez y diez, no reconocí ni a uno solo de los Cascos ni a uno sólo de los López. 


20 de junio de 2012

María, la hija de un jornalero

ESTA novela de Wenceslao Ayguals de Izco, la más conocida y editada de las suyas, acaso no sea un dechado literario, pero habría sido poco juicioso haberla dejado pasar de largo, pese a tratarse sólo del segundo de sus dos tomos. Las posibilidades de que complete la obra son escasas, porque escasas y raras son las obras de este autor en el mercado, pero las posibilidades de que, apareciendo, coincidieran sus encuadernaciones, son nulas.
¿Por qué decíamos entonces que habría sido poco juicioso dejarlo ir? 
Por las características formales del libro. El pobre aspecto de esta literatura popular con aire de folletín (lo que en realidad es esa novela), al igual que ocurre con los pliegos de cordel, seguramente propició su destrucción o inmolación, ayudando a enceder los fogones de los hogares humildes donde entró. Y sin embargo son unos libros extraordinariamente atractivos, al menos para mí, por la sugestión que producen en uno esos grabados tallados en madera, tan toscos unas veces como habilidosas otras, empapados siempre del espíritu de la época.
No me resisto a traer aquí uno de ellos (homenaje a nuestro amigo Ramón Gaya, que tantas veces pintó ese mismo tema de los visitantes ante algún cuadro de Velázquez), y dos páginas más, modelo de tipografías románticas admirables.
La novela está escrita bajo el modelo de instruir deleitando y deleitar instruyendo, por lo que el bueno de Ayguals, un escritor al que Baroja encontraba de muchacho su aquel, lo mismo nos habla de las fechorías de un fraile o de un carlista que de las características del Museo de pinturas, las reales fábricas de cristales de La Granja o el origen de los carnavales, y a propósito del de 1837 en Madrid escribe: "No faltó en esta bulliciosa y animada enciclopedia, el macareno contrabandista montado en su brioso jaco, ostentando el puro en la boca, su indispensable trabuco a la diestra, y en la grupa su peregrino pimpollo, que equivale a decir una de esas jembras rumbosas, de ojos homicidas, que sólo germinan en el suelo español, con más gracias que una amnistía y más sal que un alfolí".
De su descripción del Museo de Pinturas, en el Prado, interesa, sobre todo, por razones sociológicas, el orden en el que cita a los pintores, que no es sino el orden en el que los tenía la gente en sus preferencias: "Rafael de Urbino, del Corregio, Miguel Ángel, el Ticiano, el Dominiquino, Albano, Andrés del Sarto, Vasano, Reni, Boscho, el Parmegiano, Vinci, Sasso Ferrato, el Tintoreto, Rosa, Vacaro, Veronés, Piombo, Carachi, Rubens, Teniers, Rembrandt, Vandik, Mengs, Lorenés, Durero, el Pusino, Murillo, Velázquez, Cano, Ribera, Juanes, Zurbarán, Rivalta, Morales y otros infinitos que en obsequio de la brevedad pasamos en silencio". Y de que Rafael de Urbino era el príncipe de los pintores para los amantes y entendidos del siglo XIX no ha que decirse, viendo la exposición de sus obras en ese mismo Museo de Pinturas de Madrid, sino lo que ya dijo Valdés Leal: Sic transic gloria mundi.

"María: la hija de un jornalero, historia-novela original de D. Wenceslao Ayguals de Izco, Diputado a Cortes en las reformadoras, Comandante de la Milicia nacional de Vinaroz durante la guerra civil, ex-alcalde primero constitucional en dicha villa, Director de la Sociedad Literaria, Socio de la de Sevilla y del Liceo de Córdoba, Individuo de la Academia de Buenas Letras de Barcelona y de otras corporaciones cintíficas y literarias. Madrid, 1847. Imprenta de D. Wenceslao Ayguals de Yzco. Calle Leganitos, nuúm. 47". De la portada de este libro.


19 de junio de 2012

Final de una novela y principio de otra

"AQUÍ yacen D. Fidel Martínez Molinero, teniente de regulares. Falleció por Dios y por la Patria el 28 de julio de 1940 a la dad de 26 años. Doña Benita Molinero de Martínez falleció el 24 de abril de 1953 a la edad de 62 años. Los niños Manuel Julián Juan Ignacio Martínez".
Cómo llegaría al Rastro esta colla de gentes de las que habla esa chapa de porcelana es una pregunta ociosa y cándida: guiadas por su ángel de la guarda, que aparece al lado, y los salteadores de tumbas.

Del Rastro, 6 de mayo de 2012.

18 de junio de 2012

Ban¿qué?

Como va a dar igual lo que yo escriba, va a dar igual que usted lo lea; lo advierto por si al final de este artículo se le ocurre a alguien venir con reclamaciones, y tampoco quiere uno hacerse responsable de que ese alguien u otro quiera comprar, ya leída esta página, una lata de gasolina y prenderle fuego al mundo. ¿No advirtió el consejo de administración de Bankia a sus inversores que podrían perderlo todo? Es lo que su presidente asegura que dijo, cierto, pero hay que recordar que, si lo dijo, lo dijo cuando declaraban 305 millones de euros de beneficio para la entidad, que en  realidad eran 4.500 millones de pérdidas y un agujero de otros 19.000 millones (que lo que no se va en lágrimas se va en suspiros), o sea unos 23.000 milloncetes que el gobierno ha decidido cubrir... ¡con deuda pública!

Uno, como seguramente usted, que sigue leyendo este artículo pese a las advertencias, vive estos acontecimientos con la mayor  perplejidad. Claro que no  tiene uno la menor noción de economía y que cualquiera del consejo de administración de Bankia sabe de estas cuestiones más que ninguno de nosotros, por lo menos que yo, pero por fortuna el sentido común tiene la ventaja de que puede ser común a todos, incluso a ellos. Sin llegar a desear lo que se estila en Japón, es decir, que el consejo de administración de Bankia en pleno se hiciera el harakiri ante los ahorradores, o en China, donde acaban de condenar a pena de muerte a una mujer por actuaciones parecidas a la de los bankianos, uno esperaría  al menos que estos comparecieran en el congreso de diputados, y anunciaran, todos, los del Psoe, los del Pp, los de Ccoo, los de la Ugt, los enchufados, todos: “Hemos fracasado en nuestra gestión: ahí están los millones que nos hemos llevado crudos directa o indirectamente estos años, los devolvemos”. ¿Y el nuevo presidente no podría anunciar, por ejemplo: “Me suspendo de sueldo, pero no de empleo, hasta que la enditad dé beneficios; durante este tiempo viviré de lo que ya me he llevado hasta ahora del sistema financiero español, y cuando la cosa vuelva a ser rentable, ya me pondré al día en los cobros”? Eso sí que sería un proyecto “ilusionante” y “de futuro”, como ha dicho de Bankia con ese lenguaje hortera de los banqueros. Claro que ese hombre, sabiendo de economía 23.000 millones de veces más que ninguno de nosotros, estará pensando con el sentido común, y dirá, “quiá, soy economista, pero no idiota”. Porque, si no he comprendido mal, el Estado tapará el agujero con deuda pública que comprarán a un interés altísimo los bancos, alemanes por ejemplo. ¿El Estado empleará el dinero en educación o sanidad? Desde luego que no. Antes que nada habrá que  ¡”tranquilizar”! a los inversores de Bankia y de otras entidades (ya se han puesto todos a la cola, el mejor sistema financiero del mundo), que naturalmente al ver su dinero repuesto en la caja se tranquilizarán, cómo no, y se lo llevarán corriendo a otra parte segura, a los bancos alemanes por ejemplo, mientras el Estado, asfixiado por los intereses, se endeudará el doble habiéndonos recortado el cuádruple.

¿Qué hacer? Usted, que está leyendo este artículo, nada. Lo que yo, disfrutar del aperitivo dominical, mientras lo haya. En medio de todo, tampoco están tan mal las cosas, porque si la ley de Murphy está bien falsada, echaremos de menos esto,  ya que mañana será peor.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 17 de junio de 2012]

PD. Entre la fecha en que se escribió este artículo y esta en la que se publicó, han sucedido tantas cosas que se diría que sólo tiene ya vigencia, tres semanas después, la última frase. 

17 de junio de 2012

Algo más que cartas

LA Residencia de Estudiantes acaba de publicar de una manera ejemplar, como es norma en aquella casa, el segundo volumen de las cartas de Juan Ramón Jiménez, en el que el lector encontrará más de doscientas inéditas, del medio millar que ha logrado reunir, anotándolas con asombrosa minucia, Alfonso Alegre Heitzmann. Este trabajo pone a Alegre Heitzmann al lado de Guerrero Ruiz, Palau de Nemes, Sánchez Romeralo, Garfias, Campoamor o Expósito, el escogido grupo de estudiosos que le han dedicado su mucha ciencia y paciencia a quien como Juan Ramón dejó una obra laberíntica y tuvo una personalidad compleja y una vida difícil, porque fue el poeta difícil por antonomasia. No quiere decirse aquí que JRJ es un poeta al que sea difícil leer y comprender. Al contrario, es un poeta tan cercano y natural que la labor de leerlo es siempre lo que dijo él, un trabajo gustoso. Nos referimos a que su naturaleza y la rectitud de su proceder en los asuntos literarios y humanos le complicó mucho la vida y las relaciones con sus contemporáneos, que se confundieron a menudo con él, tomándolo por el que no era, y que, en todo caso, resultaron ser tantas veces personas bastante más retorcidas e interesadas que él, y desde luego, con harto menos talento.
Como esta no es una reseña erudita, dejemos de lado las razones técnicas que hacen de la edición de estas cartas algo único. Lo verá quien las lea. Pues de lo que se trata ahora es de que usted, que me está leyendo a mí, corra acto seguido a ese epistolario, y descubra en él mil pequeñas y grandes cosas, utilísimas para conducirse en la vida y hacer de ella algo noble y limpio, quiero decir vivo en el sentido poético ejemplar que le daba Unamuno a esta palabra.
En primer lugar le sorprenderá la manera en que se relacionó JRJ con su familia, con su madre y sus hermanos. Nada más lejos de la imagen del señorito egoísta, neurótico y ocioso que sus enemigos se empeñaron en circular durante medio siglo. Descubrirá a un hijo cariñoso y protector para con una madre que vive sola en el pueblo, entre estrecheces económicas endémicas, y a la que no puede visitar tanto como querría, a veces también por falta de dinero; alguien que se ocupa de los muchos y no siempre pequeños problemas de una familia que vive con decoro su necesidad y a la que el poeta socorre como puede, mandándoles quincenal o mensualmente unos duros que con frecuencia proceden de la casa de empeños. Durante mucho tiempo se presentó a JR como el poeta de la torre de marfil. Ni torre ni marfil; dígalo, si no, su destartalado hermano Eustaquio, de quien JR arrastra infructuosamente durante años por los anticuarios de Madrid diversos muebles y un tibor del que el poeta está hasta el copete, mientras le confiesa que no puede enviarle más dinero porque los libros “ya no se venden bien”. Dígalo, igualmente, su propia mujer, Zenobia, la gran Zenobia, también trabajadora en un país en el que sólo trabajaban las mujeres pobres, las mujeres públicas y, como ella, las mujeres libres.
El lector de este epistolario, hallará, claro, cartas importantes a otros escritores. Algunas son conocidas, porque ya forman parte de la historia literaria del país, principalmente las que apuntalan las polémicas con los poetas del 27. Se habían acercado estos a él, lo habían saqueado y le habían apuñalado por la espalda con chistecitos y suciedades. Otro cualquiera los habría mandado a freír puñetas, síntesis perfecta de hacer puñetas y freír espárragos. Pero incluso en los insultos y la gracia de decirlos, dones que JR tuvo como pocos, fue un hombre generoso y les concedió una importancia que sin duda ni tenían ni merecían. Especialmente divertidas, a pesar de su crueldad, o precisamente por ello, las dirigidas al algo zascandil Guillermo de Torre, cuyo prolijo libro Literaturas europeas de vanguardia califica como una “especie de Guía de ferrocarriles de estaciones abolidas o inexistentes”. Importantísimas también son las escritas, pero no enviadas, a algunos otros, desconocidas hasta hoy. Feroz, por ejemplo, la que leemos a Ortega y Gasset: lo acusa abiertamente de ser un intelectual venal que ha fundado Revista de Occidente para orquestar sus bombos. O la que escribe a su “suyísimo” Antonio Machado, uno de los contados amigos con los que se tutea; más que una carta parece JR estar enviándole los padrinos: “Te agradezco mucho el ejemplar de lujo que me mandas de tus Nuevas canciones, avalorado por los manuscritos de las poesías olvidadas de imprimir en él y tu dedicatoria, pero razones superiores me obligan a no cometer la farsa de aceptarlo y te lo devuelvo, rogándote que me dispenses. Tu antiguo amigo, JRJ”. ¿A qué razones superiores se refería? ¿Qué edición de lujo es esa, que no conocemos? Probablemente JR no la enviara nunca, pero jamás tampoco dejó de reconocer, allí donde tuvo oportunidad de decirlo y hasta que murió, la altísima estima en que tenía al poeta sevillano, una admiración sólo compartida por él con la que sentía también por Unamuno. O la que le envía a la viuda de un escritor, Icaza, que le solicita un elogio de su marido y a quien con enorme tacto le dice que su marido no habría aprobado que dijese de él, muerto, lo que no dijo en vida.
Todas, pues, tienen su pequeño, gran valor. En todas aprende uno algo. En unas, las escritas a su familia o a los niños (bellísima la que envía a una Isabelita García Lorca de doce años), le vemos más humano que nunca, ni envidioso ni envidiado, ni a la defensiva ni atacante; y en otras, las literarias en general, nos asombra su exigencia de ser justo en todo, en la obra y en la vida. Que lo exigiera a otros, le hizo sumamente antipático a muchos. Se lo dijo él mismo a Díez-Canedo en 1921. Qué lejos estaba entonces de pensar que ese vaticinio acabaría cumpliéndose fatalmente: “¡Y con este “delirio de perfección”, según Alfonso Reyes… ¡acabaré en un manicomio!”. Sólo que a uno, incluso loco, le parece JRJ el más cuerdo de los hombres. Y, como solía decir su amigo, el también “difícil” Ramón Gaya: “Yo lo encontraba simpatiquísimo”. Basta leer estas cartas para verlo.
            [Publicado en El País, Babelia, el 16 de junio de 2012]

Carta de JR a Miguel Pérez Ferrero escrita en la anteportada de su libro Poesía el 20 de oct. 1936 e incluida en el volumen que se comenta.



16 de junio de 2012

Pierre Saunier (y 2)

                                                                                       Para Alice Déon

DESDE luego lo que más llamaba la atención de aquella librería eran precisamente los libros. En una ciudad como París, abrumada por el peso del surrealismo y las vanguardias, resultaban, como poco, exóticos: romanticismo, realismo, parnasianos, simbolistas y, especialidad de la casa, veta feérica, en su doble cuño, seráfica y satanista. Frente a los libros de cubiertas a menudo estridentes y coloristas de la vanguardia, aquellos libros amarillos de aspecto humilde y tacto pajizo resultaban tan discretos como la melodía de un solo de acordeón frente a una trepidante jazzband. Y en ese punto sentía uno indecible simpatía por un librero que parecía haber ido recogiendo en los arrabales de la bibliofilia lo que París llevaba desdeñando, literariamente, ochenta años. Y no sólo sentía uno hacia aquel librero simpatía, sino gratitud por la atención que le prestaba a la gran poesía (lo otro, más o menos vistoso, no eran en su mayor parte sino los abalorios del siglo XX): Jammes, Laforgue, Verhaeren, Verlaine, Rodenbach (Le règne du silence, dedicado por su autor, quinientos francos, mi primera compra, a la que siguieron otras de Jammes, sus raras plaquettes de Orthez, su ingenua y lírica visión de la naturaleza). 
Puede que la simpatía que nos causa el librero no se corresponda con el trato que dispensa a sus clientes (a mí me entra siempre la tentación de regalarle los libros, después de habérselos pagado, por si eso le arranca al fin una pequeña sonrisa), pero tal vez este forme sólo parte de su humor voltario.
Y que es una persona humorada, lo demuestra en sus extraordinarios catálogos, por lo demás de un rigor bibliográfico infrecuente en el gremio, presentados de este modo: "Pierre Saunier. Libros en buen estado o en estado deplorable. Precios moderados o excesivos. 22 rue de Savoie. 75006 Paris. Condiciones de venta conforme a los usos del Sindicato de las Librerías de Viejo y Modernas y a los reglamentos de la Liga Internacional de Librerías de Viejo".
En fin, y pocos consejos más: si caes un día por allí, mejor no preguntes nada, y si preguntas, con monosílabos, por si acaso. Como suele tener puesta siempre una música excelente (Mozart, la última vez), no cuesta en absoluto sumarse a su silencio. Hasta su móvil lo tiene en modo parpadeo.
Y cosa extraña: si se le solicita, puede conceder rebajas significativas, tanto en los precios moderados como en los excesivos.


Cubierta modernísima de uno de los cincuenta ejemplares de la plaquette Vers de Francis Jammes 1893.

15 de junio de 2012

Pierre Saunier (1)

DE cuantos libreros de viejo raros lleva uno acopiados por el mundo, creo que este, en la gama alta, se lleva la palma.
Hace más de veinte años, cuando lo conocimos, tenía una librería angosta y mal iluminada en la calle, creo recordar, de los Grandes Agustinos, o en alguna otra próxima a esta. Apenas unos diez o doce metros cuadrados con las paredes forradas de libros. Entré en ella por azar y ha sido una de las pocas que le ha podido uno brindar a JMBonet, cosa aún más extraña tratándose de París, su ciudad natal. 
Llevaba entonces ya cinco o seis años funcionando y sólo abría por las tardes, detalle que bastaba para que, si paseaba uno por allí por las mañanas, pudiese llegar a creer que se trataba de una más de esas librerías de París que llevan cerradas desde 1862, sin que a nadie parezca preocuparle lo más mínimo. Y en el hecho de que fuese una librería especializada en libros del siglo XIX, y no en vanguardias, es posible encontrar el original desinterés de JM, para quien con el tiempo se ha convertido, como para mí también, en una de las mejores, y así lo ha dicho él en una guía imprescindible sobre librerías de viejo del viejo y nuevo mundo.
De aquella calle ha pasado Saunier a una de las más tranquilas y luminosas de París, la de Saboya, y de aquel local lóbrego a uno amplio y tan soleado que su escaparate se ve obligado a menudo a poner papeles de celofán de protección 5.
Y de Pedro Saunier acaba de llegarnos el último catálogo. Cada catálogo suyo es un acontecimiento, no sólo por los libros que se repertorían en él (en este un ejemplar de las Escenas de la vida privada dedicadas por Honorato de Balzac, el ejemplar de los Poemas en prosa que perteneció a la madre de Baudelaire u otro de Por el camino de Swann, dedicado por su autor a no sé quién), sino por los universos que los acompañan.
                                                                                            (Mañana más)

Frontispicio y primera media página del catálogo de la Librería Pierre Saunier. Paris.

14 de junio de 2012

Grande oficio también

LA  vida le ha traído hasta aquí.
Es un joven que empieza. 
Empieza por donde han de empezar los jóvenes: por la poesía.
La poesía es lo no visible, pero no invisible, de todo cuanto vemos. Saber esto es crucial para un fotógrafo, que ha hecho del ver y del mirar lo que hacen los poetas del oír, del escuchar: un sentimiento.
Es también el suyo oficio de solitarios. La soledad es un aprendizaje que no termina nunca, como no termina la mirada, la palabra. 
Nunca es más hondo un poeta que cuando está más solo ni nadie está más cerca de algo o de alguien que un solitario. Fotógrafos y poetas son solitarios.
¿Y cómo le enseñaremos a un hijo a ser un solitario?
Habrá de aprenderlo solo, grande oficio también si se es alegre.

Rafael Trapiello, Central Park, 2011. (Galería José R. Ortega, Villanueva, 42, Madrid; del 14 de junio al 14 de julio)

13 de junio de 2012

Diabluras de Satán (o el Tratado del vicio)

"BUSCANDO algo de uno de los fotógrafos franceses que salen en el libro comprado el domingo, libro que es una auténtica mina, he dado por casualidad (en un blog caprichoso pero sin muchas indicaciones de fuentes) con esta que no se de qué va, pero que inmediatamente me ha hecho pensar en aquella postal de cabaret que encontré en los gitanos y que al final te llevaste tú y comentaste en el blog. He buscado un poco más y he dado con una vista estereoscópica de lo mismo. No sé si es una broma; lo de DIABLERIES, en la estereoscópica, me induce a pensarlo". (De una carta de JMBonet).


12 de junio de 2012

Otro siete moderno

NO sólo lo avala su séptimo título en Roland Garros, sino ser el primero en la historia en conseguirlo.
Es, hoy por hoy, el siete más moderno de todos.
¿Qué nos fascina de este deporte, como de ningún otro? No sólo el hecho de que se trate de un juego en el que cada uno de los dos jugadores depende de sí mismo (por eso el tenis es el deporte más cercano al arte o a la filosofía: Deleuze le dedicó elogios encendidos y comprensibles), sino ver cómo se despliegan sobre una pista en forma de libro abierto cuerpos y mentes llevados hasta el límite, vidas que escriben en ese libro abierto un relato constantemente nuevo, irrepetible siempre, inesperado. Sin olvidar, claro, que en ningún otro deporte se advierte tanto la fragilidad del ser humano ni lo tornadizo de la fortuna, el carácter de los jugadores, su temple, su generosidad o malas tretas, o la importancia de sobreponerse a la adversidad o la de no dormirse en los laureles. Un simple yerro les separa de la corona. Un simple acierto, se la acerca. Y eso puede durar apenas un segundo decisivo, metáfora de toda vida.
Rafael Nadal ha conquistado su séptimo Roland Garros y nos recuerda por su actitud dentro y fuera de la pista a uno de aquellos atletas cuyo valor, nobleza y talento, fuerza de cuerpo y claridad de mente, celebraron los poetas de la antigüedad clásica.
Habría merecido esta pequeña glosa en versos yámbicos.

Rafael Nadal, Roland Garros 2012

11 de junio de 2012

Sálvese quien pueda

NO trata este artículo, como acaso acabas de pensar, de los tiempos que corren, sino de aforismos, del género de los aforismos, que conoce un auge inusitado acaso, precisamente, por los tiempos que corren. Pues se diría que, a falta de sistemas articulados de pensamiento necesitáramos sólo un puñado de recetas, como píldoras de un oráculo manual que mantengan la inteligencia y la esperanza en unos niveles aceptables. En muy poco tiempo se han publicado algunos libros de aforismos y se anuncian otros, de autores clásicos y de contemporáneos. El que ha propiciado estas líneas es de Fernando Pessoa,  un tomito escogido y traducido por José Luis García Martín, él mismo notable cultivador de aforismos. Pessoa no publicó nunca aforismos, y si no conociéramos la probidad del antólogo podríamos pensar que algunos de estos pudo haberlos escrito él. Porque llegados a este punto hemos de confesar algunas de las razones por las que tanto nos gustan los aforismos. En primer lugar, porque todos los aforismos, proverbios y máximas tienen algo de anónimo y algo de apócrifo: en la noche de la literatura todos los aforismos son pardos. En segundo, porque cualquiera puede escribir un buen aforismo (como cualquiera puede hacer una buena foto, lo que no le convierte en fotógrafo) y en tercer lugar, porque los aforismos, como los refranes, sus parientes pobres de pueblo, son un atajo que no olvida tampoco que no hay atajo sin trabajo.

Nietzsche, tal vez el aforista más deslumbrante, escribió en El ocaso de los ídolos: “Lo que no me destruye, me hace más fuerte”. ¿Es muy diferente esto de nuestro castizo “lo que no mata, engorda”? Ni siquiera podríamos asegurarlo, pero esa es otra de sus virtudes: el aforismo bueno es a un tiempo panacea y placebo, y no hace mal nunca, valiendo tanto para un roto como para un descosido.

En este pequeño gran libro de Pessoa nos sale al paso uno, que nos entusiasma, apropiadísimo para la crisis: “El entusiasmo es una grosería”. Deberían recordarlo tanto los entusiastas como aquellos que tachan de antipatriotas o derrotistas a los estoicos. Pensando en estos Pessoa dice también: “Os digo: Practicad el bien. ¿Por qué? ¿Qué ganáis con eso? Nada, no ganáis nada. Ni dinero, ni amor, ni respeto, ni acaso paz de espíritu. ¿Entonces ¿por qué os digo: practicad el bien? Porque no ganáis nada con ello. Por eso mismo vale la pena practicarlo”. ¿Predicó con el ejemplo Pessoa? Desde luego que sí: murió solo, pese a haber practicado el bien como pocos, dejándonos una obra llena de enseñanzas y consoladora belleza: “Ser poeta no es una ambición mía, es mi manera de estar solo”, nos dijo. ¿Y fue feliz? En la medida en que “para ser feliz es preciso no saberlo”, no. Pero no le culpó a nadie de ello. No sabemos si el mundo que hemos conocido hasta aquí se está hundiendo. Puede. Así lo indican los “sálvese quien pueda”, aforismo de moda, despiadado y estúpido, que oímos desde todas partes y a todas horas. Y sin embargo, Pessoa, el solitario y estoico, viene en nuestra ayuda a socorrernos, a salvarnos, y nos dice: “Nada le falta a quien nada es”. Y en eso estamos: aprendiendo a ser nada, aprendiendo a ser nadie, disciplina que nada tiene que ver, por cierto, con la resignación.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de junio de 2012]

10 de junio de 2012

Tres sietes modernos

VEMOS a diario durante años tal o cual rincón; la pared de un patio de luces, por ejemplo. Un buen día una circunstancia fortuita, un rayo de sol, tal vez, arranca de ese lugar un arpegio, y se diría que obedeciendo tal música se acciona un resorte hasta entonces secreto y nos franquea la entrada a un mundo nuevo, y ese rincón, esa pared en este caso, jamás vuelve a ser lo que había sido. Como cifra mágica que al fin, revelándose a sí misma, nos revelara esa sabiduría y esa fraternidad universales que se celebran en el Templo de Salomón.

Patio de luces. Conde de Xiquena, junio de 2012







9 de junio de 2012

Un Madrid de diez (itinerario y aviso)

SE publicaron ayer en El País estas líneas (para una sección en la que piden a la gente "su" Madrid), con un par de frases que no cupieron allí, y una fotografía en el nuevo Museo Romántico, más museo que nunca desde su restauración y, ay, un poco menos romántico.

1. Plaza de París. Mendigos. Vivacs en invierno, fuegos aquí y allá, hasta hace bien poco. Yo paseaba a la perra, y todos éramos amigos de todos: Niños, perros, mendigos, lo mejor de la ciudad. Y el recuerdo de Ramón Gaya, que vivió aquí los últimos años de su vida.

2. Gran Vía. La calle que más veces he recorrido a pie, ida y vuelta, durante veinte años. Tenía en ella su gabinete Alfonso Meléndez, compañero camarada tipógrafo. Una calle universal, Nueva York en La Mancha. Toda clase de gente, turistas y provincianos como yo, que van, vienen y sobre todo están, dándole ese aire de cosmópolis de tercer orden, tan hospitalario.
3. Cuesta de Moyano. Durante muchos años la visitaba una o dos veces por semana. Antes de la "peora" actual. La vida de los libros. Como los buquinistas de París pero sin Sena. Buenos amigos, libros viejos y libreros de viejo. Y acacias y pájaros. Y al lado el Reina, sobre todo el de Bonet, antes también de las “peoras”. Y siempre a un paso de El Prado, “la roca española”, el baluarte. La razón de la vida, el arte: “la verdad mira y calla”.
4. El Rastro. Acudo cada domingo desde hace 32 años. Un mundo distinto. Lo que fuimos, lo que somos, lo que seremos. Lo importante allí no es lo que se busca sino lo que se encuentra. Y lo que encontramos o lo lleva uno de casa puesto, o es mejor no buscar. Al Rastro vamos a reconocer, a reconocernos.
5. El Retiro. Sobre todo en invierno y en otoño. Sin gente. En verano también, junto al estanque. La naturaleza en Madrid, los paseantes, los melancólicos. Y los mirlos, y Baroja, cuya sombra se encuentra uno algunos días entre la niebla.
6. El Jardín Botánico. Nuestra dosis de racionalidad. En primavera. Los días de diario. El regalo a veces de unos niños pequeños, visitantes de un colegio, corriendo por los viales, gritando como los pájaros, y sus maestras jóvenes, también ellas un poco a lo suyo, soñadoras entre las rosas.
7. Las Vistillas. Con el viaducto de los suicidas al lado y los atardeceres más hermosos de España, velazqueños, la Casa de Campo, el Guadarrama. Y una cerveza fría con amigos. La vida, el paraíso.
8. La Cava de San Miguel. Aquí "vivió" Fortunata. La posibilidad de vivir una ficción como realidad y la realidad como una ficción. Y la vida extraña de los soportales de la Plaza Mayor. La picaresca y la vida galdosiana de las cavas todavía, figones, posadas, cordelerías, boteros que ya no existen más que en la memoria, como casi todo.
9. Conde de Xiquena. Nuestra calle. Corta y bonita. Esta es además una de las pocas en Madrid donde nadie ha cometido ninguna tropelía arquitectónica. Se ve a un lado Santa Bárbara, la iglesia barroca que hace que nos sintamos en Roma, pero lo insinúa con delicadeza para que no olvidemos que estamos en Madrid, la ciudad de todos porque no es de nadie, y acaso por eso mismo, perfecta. Frente a la ciudad eterna, la ciudad humana.
10. Museo Romántico. Escribí aquí ‘La vida fácil’, hace treinta años, un libro de poemas, durante seis o siete meses. Iba cada mañana. Había semanas en las que el museo no tenía ni un solo visitante: una maravilla. Con la única biblioteca del mundo en la que podías leer sentado en una mecedora.  Y me gustaba tanto porque no se parecía a un museo, era como una casa vieja, la casa de la vida. 


y el Aviso para aquellos que estando hoy en Madrid tuvieren pensado ir a la Feria del Libro del Retiro: este hemeroflexo estará hoy sábado de 12:00 a 14:15 en la caseta de la editorial Pe-Textos firmando ejemplares de su último libro Segunda oscuridad y de Salón de pasos perdidos,  y por la tarde, de 19:00 a 21:15 y de toda su obra, en la de la librería Antonio Machado.

En el Museo Romántico, Madrid, junio de 2012 (Foto: Samuel Sánchez)


8 de junio de 2012

Altolaguirre. Un álbum

NO podemos decir que Manuel Altolaguirre sea el mejor poeta de Málaga, ni siquiera de la generación del 27, pese a tener él el que acaso sea el nombre más heráldico y musical de toda la poesía española.
Pero tuvo también algunas otras virtudes personales: generosidad y simpatía. Las derrochó ambas con sus amigos como mejor supo a lo largo de una vida tan rica en acontecimientos y dificultades como trágica: haciéndoles de tipógrafo de cámara y libros en algún caso memorables. A él se deben algunas de las ediciones más hermosas de su tiempo y su impronta y personalidad en la tipografía poética española son netas y firmes. 
Son las que le han hecho merecedor del cuarto álbum fototipobiográfico de la Residencia de Estudiantes, tras los que se le han dedicado a Luis Cernuda, Pablo Neruda y Juan Ramón Jiménez. Es obra de James Valender, autor del texto; al cuidado tipográfico, como en los otros tres, estuvimos Alfonso Meléndez (siempre) y yo, y en el cuidado general, Belén Alarcó, nuestra minuciosa arquitecta universal al fente del servicio de publicaciones de la Residencia. Ha durado su gestación seis años y ayer lo presentó en la Residencia Juan Manuel Bonet, magnífico as usual. No puedo decir mucho más sin incurrir en lo indecoro. Quienes conozcan los anteriores álbumes, lo encontrarán parecido, y como aquellos en la de sus autores respectivos, este es un hito en la bibliografía del poeta/tipógrafo malagueño.
Confiemos en que podamos todos continuar esta albuminia que la Residencia tuvo el acierto de poner en marcha un día con José García Velasco, hoy sostenida por Alicia Gómez Navarro, su directora. Pero aún esperamos algunos más, en su misma estela y sin salirnos del área residencial: Unamuno, Azorín, Antonio Machado, Ortega y Gasset, d'Ors, Gómez de la Serna, Lorca, Moreno Villa y desde luego la propia Residencia de Estudiantes. Para empezar.

Álbum Manuel Altolaguirre. Residencia de Estudiantes, Madid, 2012

7 de junio de 2012

Se lo tenía merecido

LA Fundación Príncipe de Asturias se ha dado el Premio de las Letras en Joseph Roth, ¿o es Philip Roth?, confirmando, un año más, que:
No le dan un premio a nadie que no lo tenga ya
o
Cuando te dan un premio es porque ya lo tenías
o
Sólo te hacen académico si ya lo eras... Etc., 
* * *
LAS gallinas caminan de perfil como los jeroglíficos.
* * *
El ego es eco. No puede ir por delante.

Bernard Plossu

6 de junio de 2012

El estilo y los "ortegajos"

"EL estilo es la mentira, la verdad mira y calla", decía Galdós. Y "el estilo", por seguir con lo de ayer, "es el hombre", en frase de Buffon que gustaba repetir Ortega y Gasset, quien hizo del estilo un modo de vida, el tono propio de una modernidad que buscaba la individuación. Cada sujeto no sólo tiene su propio estilo, sino la obligación de descubrirlo. A ello contribuyeron como pocos Ortega y su Revista de Occidente con narradores y poetas "deshumanizados" (frente a Juan Ramón, Jorge Guillén –lo que acaso motivó la carta durísima de JRJ a Ortega–; frente a Galdós o los novelistas del 98, Jarnés; frente a Unamuno, el propio Ortega, y hemos de decir al paso que todas las comparaciones son tanto o más odiosas cuanto más pertinentes son).
El estilo del que habló Ortega para el arte, lo aplicaron igualmente a la política los señoritos de Falange Española, de modo señalado Sánchez Mazas, lo que no debe de ser del todo ajeno al hecho de que haya sido el hijo de este, Sánchez Ferlosio, quien mejor haya caracterizado el estilo de Ortega y sus estilemas como "ortegajos", a saber, palabras o alocuciones refitoleras tan empalagosas como indigestas.
Y a sabiendas de lo injusto que a veces somos con quien es autor de una obra considerable y a menudo sobresaliente (¿Qué es filosofía?, La idea de principio en Leibniz), Miriam Moreno nos hace entrega de la lista de algunos de estos ortegajos espigados en La deshumanización del arte y otros ensayos de estética (Ed. Valeriano Bozal, Austral, 2002): "poder aerostático [del poema]", "los árboles infolies del invierno", "las caravelas de la seriedad", "cinglan victoriosas", "la historia se columpia rítmicamente", "odoraciones", "ungénito", "repristinaba" y otros muchos corceles dispuestos en su prosa como bibelotes de biscuit.
Y a modo de envío, esta frase de Gaya, encontrada igualmente para la ocasión por MM: "El estilo, la jaula de oro del estilo, sólo sabe encerrar pájaros disecados, es decir, arte quieto, arte decorativo, arte artístico, plumaje solo, belleza sola".
Silla, 2 (y detalle). El Rastro, 3 de junio de 2012.