13 de enero de 2014

Humor negro

SUELE ocurrir que la muerte de personas que han tenido una larga agonía se recibe con alivio, y más si se trata de ancianos que han visto cumplida la vida. En este caso, en medio de la tristeza, su muerte se vive no como una interrupción, sino como una culminación ejemplar. Así parece haber ocurrido con Nelson Mandela: la gente acudió a su funeral cantando y bailando, con ánimo bien diferente al que habría tenido de haber sido, por ejemplo, el de un joven malogrado.

No es tampoco infrecuente que en los entierros sucedan cosas chuscas y esperpénticas. Quizá sólo nos lo parecen por contraste, y porque en un entierro no es fácil estar a la altura del muerto. Por esa razón en los entierros, si no tiene uno que permanecer en las primeras filas, la gente busca instintivamente las últimas, y es un hecho que en algunos de ellos, 1, se cierran grandes tratos y negocios; 2, se cuentan los mejores chistes o se entera uno de las historias más increíbles, y 3, much*s sienten, en cuanto salen del cementerio, un deseo irracional de aparearse, bien con su pareja habitual, bien con cualquier otra persona de las presentes. Pasados los años la gente, que acaso ha olvidado al finado, sigue recordando la historia que le contaron en su entierro, el trato que hizo allí y, en fin, lo demás, si lo hubo.

El funeral de Mandela se recordará, 1, por el gran Thamsanga Tantjie (el tipo que nadie sabe cómo llegó a la tribuna de los líderes mundiales y fingió traducir sus discursos al lenguaje de los sordos), y 2, por esa instantánea en la que se ve a tres de estos líderes, Cameron, Obama y  Thorning-Schmidt, en el momento en que se hacen un selfie en plan Folies Bergère, ella en el centro flanqueada por sus boys, mejillas con mejillas. La jovialidad de sus rostros sugiere, 1, que acaban de contarse un gran chiste, 2, que han cerrado un buen trato, y 3, que piensan vagamente en lo demás, tal como delata el ceño de la señora Obama, convidada de piedra. En Sudáfrica muchos creen que Thamsanga Tantjie (un perturbado, acusado de asesinato hace años) ha sumido al país en el ridículo, y en el mundo se cree que esos tres líderes no estuvieron tampoco a la altura del funeral de un hombre como Mandela (para salir del paso y hacérselo perdonar, Cameron ha sugerido subastar el selfie para una causa benéfica, reinsertar a Thamsanga Tantjie, supongo). No sería uno tan severo con ninguno de ellos, sin embargo, porque son cosas que suceden en los funerales. Bien al contrario, si Mandela era como dicen que fue, sabría que charlotadas y  sicalipsis son propias de los entierros, y humanísimas, y habría sonreído.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 12 de enero de 2014]

3 comentarios:

  1. Supongo que lo de humor negro viene de que la gente cuenta chistes y chascarrillos en los funerales para evitar la tensión que producen los pésames y demás condolencias, sobre todo si no hubo un contacto afectivo con el finado.
    Recuerdo un cuento de Baroja titulado "Los panaderos" de su primer libro "Vidas sombrías" en el que retrata, vívamente, el funeral de un operario de una tahona madrileña, cuestión que seguramente el escritor vivió en persona puesto que fue propietario de la Panadería "Viena-Capellanes, es un relato de una profunda humanidad y está reflejado en él todo el mundo barojiano.

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  2. Habla consigo Michelle. “La vida, menuda broma… ¡Y esta putona quién es!”

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  3. Un artículo redondo, con su fina ironía y con el regusto amargo que luego queda al comprobar en manos de quien estamos y quien maneja mi barca que cantaría Remedios (última) Amaya.Felicitaciones.

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