16 de enero de 2014

Lo que duran las rosas, las violetas

RECORDABA ayer en este almanaque un anónimx (¿y no sería mejor, amigx, poderle llamar ahora por su nombre, y agradecérselo?), al hilo del poema de Marià Manent, el Cementerio Inglés de Málaga, y cierto "Epitafio para una muchacha", de María Victoria Atencia.
En ese mismo cementerio se halla uno de los más hermosos y conmovedores epitafios que puedan verse, escrito sobre la tumba de una niña de nombre Violette, que apenas vivió un mes: 

                     "Ce que vivent les violettes".

Quien mandó ponerlo conocía acaso esta otra historia:
En su poema –tan conocido– "Consolation à Monsieur du Perier", Malherbe, plañendo la muerte de la hija de Perier, amigo suyo, compara a esa niña a una rosa:
       
                    "Et Rosette a vecu ce que vivent les roses".

Pero el marmolista no puso esto, y la errata mejoró maravillosamente el verso:

                     "Et rose, elle a vecu ce que vivent les roses".

Leo esto último en uno de los artículos de Azorín que ha recopilado Francisco Fuster en Bibliofilia, nuevo y precioso libro para el que anda uno estos días escribiendo un prologuillo.


Las Viñas, 29 de diciembre de 2013




10 comentarios:

  1. La historia que cuenta Azorín es falsa, por partida doble. Por un lado, esa leyenda no habla de un marmolista sino de un impresor, lo cual es mucho más lógico. Y por el otro se trata de una invención, porque la hija de François du Périer no se llamaba Rosette sino Marguerite (muerta a los 5 años en 1598). Quien se llamaba Rosette era la hija de otro amigo de Malherbe, fallecida en plena adolescencia en 1592, y para quien nuestro "arrangeur de syllabes", como se llamaba a sí mismo, escribió ese mismo año una "Consolation à Cléophon". La "Consolation à Monsieur du Perier" (publicada en 1607) es una versión "corregida y aumentada" de ese primer poema. Y la transformación del verso "Et Rosette a vécu ce que vivent les roses" (que no se halla en la versión definitiva de la "Consolation à Cléophon", sino probablemente en uno de los muchísimos borradores que Malherbe hacía para cada poema) en "Et rose, elle a vécu ce que vivent les roses" es, pues, del propio autor.

    Las dos versiones, con la ortografía de la época:

    "Mais elle estoit du monde, où les plus belles choses
    font le moins de séjour,
    et ne pouvoit Rosette estre mieux que les roses,
    qui ne vivent qu'un jour."

    (Consolation à Cléophon)

    "Mais elle estoit du monde, où les plus belles choses
    ont le pire destin,
    et rose elle a vescu ce que vivent les roses,
    l'espace d'un matin."

    (Consolation à Monsieur du Perier)

    Una traducción rápida de una de las estrofas más célebres de la poesía francesa:

    "Pero era del mundo en el que las cosas más bellas
    tienen el destino peor;
    y, rosa, vivió lo que viven las rosas,
    tan solo una mañana."

    Por cierto, tanto Azorín como Baroja, D'Ors o Ramón Gómez de la Serna son poco de fiar a la hora de contar anécdotas sobre la cultura francesa en general y sobre su literatura en particular.

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  2. Amigo Lejano: así debe de ser, como usted dice. No entro ni salgo en lo que cuenta Azorín, que cito literalmente, salvo confirmar que en efecto él habla de tipógrafo y no marmolista, aunque tratándose de un losa de mármol donde iría ese epitafio, cabe pensar que se trataba de un marmolista y no de un tipógrafo. De lo que puedo hablar con conocimiento es del epitafio de Violette, visto hace casi treinta años con estos ojos que habrán de comerse la tierra. Gracias por su formidable aportación y con el deseo de acercar algún día esa lejanía suya y ponerle un nombre propio, porque nadie parece merecerlo más que usted.

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    1. Gracias a ti por recordarnos cada día que, parafraseando al amigo Friedrich, la vida sin la literatura es un error (y no me "ustedees" que somos de la misma década de los 50 y de la misma ciudad - en la que a finales de los 70 te he visto más de una vez por la calle o en la librería Pastor).

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    2. Acabo de leerlo en las cartas de Van Gogh: "La gente sencilla sabe muchas cosas que los inteligentes ignoran" nieves

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  3. El lejano o Andrés Trapiello, Anónimx (que escribe usted) o María de las Mercedes de Borbón-Dos Sicilias.

    Nada grave, amigos. Amigo, lejano, cercano… Que descargándonos de nuestras propiedades más pesadas, los poéticos nombres comunes nos arrastraran bien: eso sería lo importante.

    A la salud de todos esta mala coplilla:

    De lo que nunca será
    y de lo que fue transida,
    prescindo del nombre propio.
    A ver si el común me alivia.

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  4. Quizás esa forma particular de contar, recuerdos inventados, las anécdotas sea otra forma de literatura, el acontecimiento que se recuerda vagamente, que se transforma por motivos diversos y al final es casi una historia apócrifa que pasa a ser del dominio común. Una cosa es la literatura y otra la historia. AT aporta un comentario poético y EL hace precisión sobre la naturaleza de los hechos literarios, historia de la literatura.

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  5. ¡Oh cielos!. Gran impacto me ha causado lo que creo entrever tras la mesa de cristal, sobre la que reposa el jarrón que contienen las rosas que ilustran esta, nuestra querida, hoja de almanaque. ¿Es un vulgar radiador? Espero que la vista me falle. No podría leer ni un tomo más de Salón de pasos perdidos si ya se que no voy a encontrar trufadas sus páginas de chubesquis sin ton ni son.

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    1. No, son unos barrotitos de madera de ese mueble. Pero no tema. Pusimos calefacción hace unos años, claro que es tan caro encenderla, que seguimos recurriendo a las chimeneas, y pasando frío nos hacemos la ilusión de que seguimos teniendo treinta años.

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  6. Marmolista, tipógrago, rosa, margarita, violeta, nenúfar o caracol...

    Y en su mínimo refugio, libre de todo ruido, la pequeña Violette Pautard ( 24/12/58 - 23/1/59... "ce que vivent les violettes" ). Eso es todo.

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  7. Si unos abuelos han ido al Cementerio Inglés de Málaga varias veces de paseo con su nieta de siete u ocho años; si en el patio más alto y viejo la niña acaba adoptando una diminuta tumba de conchas, de un bebé sin duda, junto a los escalones; si la adorna con una piña seca cada vez que va, y se disgusta mucho si en la siguiente visita la piña ha desaparecido; o si junto al pozo y el epitafio (de no fácil lectura) la niña vuelve a su sitio algo desprendido de una de las tumbas de las tres hermanas…, si esos abuelos cuentan de su nieta por escrito algo así, encabezarlo o firmarlo como Fulano, Mengana, Perengano o Zutana, aunque sea levemente, parece acercar el relato al documento institucional tanto como alejarlo de la literatura, o sea, de abuelos, jóvenes, niños o bebés con o sin conchas encima.

    Sin nombre, y hasta sin cabeza, quién sabe, pueden recibirse las gracias; recibirse y, también ellas, agradecerse. (Bueno, Ana es el nombre de la niña).

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