6 de julio de 2011

Cartas

ACASO la parte más terrible y desoladora de una larga relación amorosa entre dos personas que vivieron toda su vida juntas, compartiéndolo todo, sea la ausencia de cartas entre ellas: no las necesitaban y, por tanto, no las echaban de menos, fiándolo todo a sus coloquios. ¿Qué sentido hubiese tenido escribírselo? El drama, la tragedia más bien, diríamos, sobreviene cuando una de esas dos personas muere. La persona que ha sobrevivido busca entonces en los armarios, en las gavetas, en cómodas  y carpetas vestigios de ese amor en palabras veraces, y no las halla. Saldrán a su encuentro, incluso, para su desesperación, cartas que le dirigieron gentes que nada significaron en su vida, que le recordarán a su vez  las que él mismo escribió a personas que ni siquiera recuerda. Y eso le ocurre en un momento en que la edad empieza a borrar de su memoria no sólo las huellas del otro, sino las de sí mismo en su pasado. Únicamente, tal vez, si cultivó mientras vivía eso a lo que se refirió H. A., la doble naturaleza del yo, tantôt je pense, tantôt je suis, que hace que sólo estemos verdaderamente acompañados cuando estamos solos, sólo entonces, decía, la persona amada y ausente de forma irremediable podrá encarnarse en esa otra mitad suya, el pensamiento, que dará carta de naturaleza a su existencia. Podrá pensar, y gracias a pensar el que fue, vuelve el ausente a ser.

3 comentarios:

  1. Al final, lo importante, lo realmene esencial es no buscar nada fuera de uno intentando dar con esa carta, sino entrar en la memoria y abrir solo los cajones en los que se guardan los momentos que, juntos, hicieron sentir placenteramente. Y ello mientras se pueda, pues cuando no sea posible, entonces ya no nos podrá importar, no seremos nosotros. Carpe diem

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  2. ¿Es mejor, a efectos de pensar en el otro, una carta o una imagen? O acaso, cómo cuentan que le hacen a Sharon para un poco reanimarle en su coma (debería decirse mejor... entró en puntos suspensivos), hacerle desfilar delante de las narices una paletilla de lechal recién asada en el esplendor inconfundible de ese aroma tan rico?

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  3. Aunque, como dijo Pessoa, sólo amamos en los demás lo que de nosotros hallamos, o suponemos, y el peligro del recuerdo es imaginar lo que no fue o pudo ser, sólo tenemos nuestra referencia acerca de nuestra vida compartida con otro; y aunque parezca en el caso más altruista que nos debimos exclusivamente al otro mientras duró, realmente nos impelíamos contra la soledad y lo llamamos amor. De ahí el dolor de la pérdida si hubo previa correspondencia en el sentimiento, aunque no fuera por carta.

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