27 de julio de 2011

El gato de la señora Reynolds

El gato de la señora Reynolds tal como nos lo describe Keats en el poema que le dedicó, un gato caminando por lo cimero de una tapia erizada de cristales de botella, que sortea con suavidad, elegancia y delicadeza (si acaso estas tres cualidades no son la misma), llegó hoy a este oscuro rincón extremeño. Le hemos visto muchas veces, otros años. Se diría que jamás se ha bajado de ese muro, más largo que la muralla china, y que caminando como un funambulista entre los afilados vidrios sin herirse viene de un país remoto a recordarnos cómo tenemos que conducirnos en la vida, sin enfatizar nuestra habilidad ni hacer épica del destino que es caminar siempre por lugares tan peligrosos y expuestos. De la tapia de esa vieja almazara abandonada, dio un salto y desapareció entre la maleza. ¿Desapareció? Seguirá su largo peregrinar a otros lugares en busca de otras gentes solitarias, no lo dudamos, con el mismo propósito que volvió hoy hasta nosotros, y siempre caminando por una tapia bordada de cristales, pero no podrá irse demasiado lejos. Por la misma razón que todos los ruiseñores son deudores del que cantó Keats, no hay un solo gato en el mundo que caminando entre los cristales erizados de una tapia, no sea una reencarnación del gato de la señora Reynolds.
(Foto: R.T., 2011)

5 comentarios:

  1. Pero entonces más que de gatos, mínimos mininos, más que de ruiseñores, cantores alborotadores, cabe hablar de Keats, o sea, de Dios, creador de lo creado, que dió nombre a los animales en su beguining, en su beguin the beguin, en su bikini, que Krahe dixit.

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  2. ¿No es Reynolds? Desde luego, el retrato que ha hecho del gato no va a despintar.

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  3. Cierto. Es lo que nos permite contemplar belleza en cuanto nos rodea. Y exclamar, con Wilde, que la naturaleza imita al arte. No es poco, en los tiempos que corren

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  4. Por fin he encontrado esta imagen que en algún momento leí y que también he vivido.
    Gracias por ponerle las palabras

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