16 de julio de 2011

El bien en minoría

Cuando se dice que en las guerras aparece lo mejor y lo peor del ser humano, es exacto en cuanto a la cualidad pero no en la cantidad. Pues lo cierto es que mientras el terror, la barbarie, los crímenes, las injusticias y atropellos proliferan de modo generalizado, unas veces promovidos por el Estado y otras por la ausencia de él, los actos virtuosos y nobles, en franca minoría, sólo suelen ser posibles por la determinación y el coraje particular de individuos que a menudo deciden actuar al margen, exponiéndose con ello a ser arrollados por ese mismo mal que tratan de combatir.
Es como si el mal radical encontrara todas las facilidades espaciotemporales para desplegarse, en tanto que el bien hubiera de abrirse paso siempre a duras penas contra todos y contra todo. No hay, pues, simetría posible entre una mayoría y una minoría. Por eso hablamos de seres excepcionales, porque son la excepción.
Así debemos entender la actuación de los Jiménez, JRJ y su mujer Zenobia, en las primeras semanas de la guerra civil. No tuvo mucho más tiempo el poeta, porque amenazado él mismo, se vio obligado por las circunstancias a escapar del país para preservar su vida. En ese tiempo en que Madrid vivía su orgía de checas y “paseos”, la Junta para la Protección de Menores les confió una docena de niños, a los que él y su mujer instalaron en uno de los pisos que Zenobia solía alquilar, y se ocuparon de vestirlos y darlos de comer. Como los Jiménez no eran ricos, pronto hubieron de empeñar algunas cosas en el Monte de Piedad para sufragar los gastos. Yendo a buscar una cuna para uno de aquellos niños, el poeta fue detenido en un control por un anarquista que le ordenó que le mostrase la dentadura: buscaban a alguien que tenía sus mismas trazas y, al parecer, los dientes de oro. El episodio pasaría años más tarde a su poema “Espacio”: a JRJ, el poeta de la minoría, le salvaron sus dientes blancos y sanos, y el anarquista moriría esa misma tarde de una bala que era “para él, para él, no para mí”.
El percance persuadió al poeta del peligro tan grande que corría en Madrid, y decidieron marcharse de España, pero nunca abandonaron a esos niños, y a pesar de sus escasísimos recursos, se las arreglaron durante toda la guerra para girarles dinero, suyo propio y de otros. Todo ello lo hicieron con discreción siguiendo el consejo evangélico: “Que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”. Jamás alardeó de su conducta y  únicamente gracias a su libro Guerra en España conocimos los detalles exactos. En ese sentido JRJ, como se dice en Las armas y las letras, encarnó mejor que ninguno de los intelectuales de entonces las palabras de Hannah Arendt: “En las circunstancias imperantes en el Tercer Reich, tan sólo los seres “excepcionales” podían reaccionar “normalmente””. JRJ, que en Puerto Rico no quiso estrechar la mano de Serrano Poncela (“no me he exiliado para darle la mano a un asesino”), extremó su excepcional “minoridad” negándose a volver a la España de Franco.
           [Publicado en El Cultural de El Mundo, 15 de julio de 2011]

5 comentarios:

  1. Manuel Cañedo Gago16 de julio de 2011, 1:07

    Juan Ramón Jiménez cargó con el sambenito de ser huraño y esquivo con sus familiares y amigos, pero basta conocer algunos de sus aspectos estrictamente personales para desmontar esa injusta imagen y descubrir a un hombre generoso y conmovedor. He aquí un extracto de la carta que el poeta envió a su madre con motivo de la muerte del médico Nicolás Achúcarro:
    "Achúcarro, mi amigo, murió hace días, después de un año de terrible enfermedad. Es una pérdida inmensa, porque era uno de los primeros hombres de ciencia de España. No tenía más de treinta y siete años. Yo, estos días, estoy visitando a todos sus amigos y compañeros que significan algo, para hacer luego un libro... Yo le quería mucho, y es un trabajo gustoso, que me creo en el deber de hacer por tan gran amigo..."

    ResponderEliminar
  2. Gracias por difundir una imagen de JRJ alejada del tópico.

    ResponderEliminar
  3. > 'En ese tiempo en que Madrid vivía su orgía de checas y “paseos”'.
    *
    MEMORIA HISTÓRICA.

    Pueblo español, pueblo serio
    que asesina, si le peta,
    como en cárcel o cuneta
    en el propio cementerio.

    ResponderEliminar
  4. Pero este episodio de JRJ, el miedo que sintió por su vida, el que debiera escapar con premura, ¿no desmonta cierta visión canónica de la guerra civil que quiere enfrentar de un lado a la Ilustración y a la civilización contra la carcundia y la barbarie del otro?
    Recuerda además esto de JRJ a la peli Hotel Ruanda y a La lista de S, y entonces a lo de Wilde acerca de la realidad y el arte.
    Saludos

    ResponderEliminar
  5. Desconocía esta anécdota de JRJ, y te la agradezco porque desmiente la mala fama que se le atribuye. Debieron ser terribles aquellos primeros meses de la guerra en Madrid, también se fue Gómez de la Serna en circunstancias parecidas, y tantos otros...

    ResponderEliminar