15 de julio de 2011

Salta del agua un pez

LLEGÓ un día, como otros envíos, por correo ordinario. Como tantos, era un delgado libro de versos, un puñado de folios. Como casi siempre, de un autor desconocido. Pero desde las primeras páginas, la sorpresa dio paso a la certeza como quien abre una puerta y con la mayor naturalidad nos pide que pasemos delante. Los poemas, con esa cortesía de la brevedad que ningún poema tiene en mayor grado que los haikús, podían ser de un poeta desconocido, pero en absoluto inmaduro. Bien al contrario, estaban escritos desde la plenitud, la de su autor, y la de la poesía. Todo en el libro parecía meditado, ponderado, escogido.
Meses después, el vértigo de la vida que llevamos acaba imponiéndonos una inexplicable lentitud para las cosas que importan, casi un año después, decía, y tras una carta de respuesta, el autor de aquel libro salió de su sombra, y por una vez pasaba también él delante de sí mismo. Era un hombre serio, tímido, paciente. Lo era, si había esperado a sus cincuenta años para reunir los poemas de aquel que era su primer libro. Escuchaba con atención y sin impacientarse, hablaba sin la menor afectación y con sosiego. Sus observaciones eran siempre inteligentes, sus temores sólo el fruto de la prudencia. Imagina uno al Caballero del Verde Gabán con las trazas de este Emilio Gavilanes. Año y medio después, el libro ha visto la luz, los haikús han saltado hacia lo más alto, y los vemos en el aire unos instantes, antes de desaparecer de nuevo, libres de nuevo en lo más hondo.


La niña coja                                   En una grieta
–aún no sabe que es coja–         la uva. Pasan los coches
juega y se ríe.                                sin aplastarla.                       

Sobre un coche                               A un lado y otro
del parking subterráneo                 –tapia del cementerio–
dos hojas secas.                            brotan las flores.
  

9 comentarios:

  1. Es el primer libro de versos de Gavilanes, pero no, desde luego, su primer libro, porque tiene cuatro o cinco libros de narrativa ya publicados. Me alegra, eso sí, que ahora tenga un hueco en La Veleta

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  2. Manuel Cañedo Gago15 de julio de 2011, 1:33

    Para uno, los haikús son una pincelada en el tiempo que captan un instante en su núcleo de eternidad; una imagen inmóvil, una instantánea como el objetivo de una cámara de fotos.

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  3. Me encantan los haikús. Lo leeré. Gracias por la información.
    Un saludo.

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  4. Muy bonitos, muy visuales, los veo como pequeños dibujos a línea, sensibles, pocos trazos pero expresivos, me recuerdan a aquellas postales humorísticas japonesas, fragmentos breves de la vida. A ver si encuentro este libro. Gracias por presentarlo aquí.

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  5. Algunos ya conocíamos la madurez y la hondura poética de Emilio Gavilanes a través de su narrativa (El río, La gota de ámbar, El bosque perdido, La primera aventura). Ahora leeremos con verdaderas ganas este libro de poemas. Luis Junco.

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  6. ¿Y el valor de prestar oído y algún tiempo, siendo Vos quien sois, a la humilde carta de un desconocido, cuando ABSOLUTAMENTE nadie hace ya eso, cuando sólo se apuesta -literatura de casino- por la última pendejada de los más que consagrados? Desde luego que un pez fuera/aparte del acuario

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  7. No me extraña el magisterio de Emilio Gavilanes en este género poético de la sencillez inexplicable. Su atención y sensibilidad dieron magníficos frutos en prosa (Una gota de ámbar, El río, El bosque perdido...). Sí me asombra su naturalidad en la brevedad tan rigurosa del haiku; cómo estalla el detalle poético en una mirada sabia, de hombre que sabe mirar. Dativo Donate.

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