5 de julio de 2011

Dos asientos y una foto

AL preguntar el otro día en su almoneda del Rastro por él, nos dijo escuetamente: “Mi esposo falleció hace dos semanas”. Esa mujer, para cualquier otra persona que no fuese de su familia o menos querida, hubiese empleado sin vacilación el verbo morir. Sin duda ve en “morir”, y de una manera atávica, algo definitivo y brutal, en tanto que “fallecer” le parece más respetuoso, como si morir lo aplicáramos a los animales y a los extraños o a quienes nos son indiferentes, algo sin posible compostura, y fallecer lo reserváramos para aquellos que no merecieron morir (y esa convención se lleva a los periódicos, donde suelen "morir" los terroristas o los narcotraficantes, por ejemplo, mientras "fallecen" las víctimas de la violencia de género y otras, y desde luego a la esquelas, en las que rarísimamente se encontrará el verbo morir conjugado en ninguno de sus tiempos). Por lo demás, si observamos con atención, quienes encuentran un rasgo de distinción o de urbanidad diferenciar entre morir y fallecer, suelen ser los mismos que en esas  mismas circunstancias, más o menos solemnes o graves, emplean la palabra esposo por marido o la de esposa por mujer.
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“QUE su vida es una ruina es evidente para cualquiera que desee prestarle atención y contemplar su estado”, le dice en una carta Hanna Arendt a su amiga Mary McCarthy, a propósito del marido del que esta trataba de obtener el divorcio. Pero si se piensa bien, quien ha llegado a una conclusión como esa, y lo hacemos a menudo con personas próximas, es porque a esas alturas ni deseamos prestar atención a esa persona ni nos importa lo más mínimo que su vida se haya convertido en una ruina.
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(EN cuanto a la foto que tanto tiene de un caracol con su estela: se prestaría a escribir unas cuantas greguerías, claro que a lo único que no llegarán la literatura ni la fotografía es a traer hasta aquí el indescriptible olor a cedro y a infancia que desalojaban en su danza los faralaes del lápiz)




7 comentarios:

  1. Sólo hay un olor que puede competir con el olor a tormenta: el olor a madera del lápiz.
    Hermosa su metáfora flamenca.

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  2. El de la goma de borrar tampoco es manco, si vamos a eso...
    Lo que es indiscutible es que el olor de las afiladuras de los lápices es la esencia sublimada de la infancia. Seguro que los de nuestra infancia estaban hechos con legítimo cedro del Líbano.
    ¿Qué olor les recordará su infancia a los niños que están empezando a usar sólo teclados y pantallas táctiles? Tal vez se la recordarán precisamente las cosas sin olor, un plástico inodoro de última generación, o algo así.
    La foto es preciosísima. Digna del blog.

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  3. Hola... saludos desde Perú. Acabo de -disculpa- robar el gato encerrado hace algunos días... quede fascinado... ahora... leyendo en tu blog acabo de describir que no fue chiripa (suerte) tu prosa me gusta... y aunque suene quinceañero a mis 23 años no puedo decirlo de otra manera. conseguí una novela tuya - robo también - el buque fantasma... sólo, antes de aventurarme en su lectura... es tan bueno como en lo diarios?

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  4. Sólo hay un fotógrafo que puede competir con Andrés Trapiello:Rafael Trapiello.

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  5. fernandoyubero59@gmail.com5 de julio de 2011, 18:57

    Otro olor de infancia: el olor a humo de leña

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  6. Si fallecen los propios y mueren los otros.
    y si la diferencia entre esposa y mujer está en la legalidad del vinculo.
    El fallecimiento de la mujer supone el duelo de la barragana y la muerte de la esposa la liberación del infierno.

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  7. Quizás Hanna, ante tanta ruina, pensó, algo ruin ella, que es que ese señor iba a fallecer, o mejor quizás, a fenecer. ¡Con lo bonita que estaba Emma Bovary en su tílburi... desfallecida en los brazos de su Femín de Pas fransuá, que ahora no me acuerdo! Y la tinta china del plumier de la infancia, que olía a los calamares que desconocíamos.

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