17 de julio de 2011

Las alegres urracas de Madrid

COMO en tantas ciudades, en verano Madrid se llena de trabajos. Miles de vecinos aprovechan el buen tiempo para obrar en sus casas y las casas se visten de andamios como muchachas que se vistieran únicamente con sus tirantes. Tienen algo especial las casas con esos andamios alrededor, envueltas, se diría, en dibujos de papiroflexia, construcciones que fuesen a plegarse en cualquier momento.
El buen tiempo nos permite a todos vivir con las ventanas y balcones abiertos las veinticuatro horas del día. Gracias a eso oímos los coloquios de las calles, a menudo enloquecidos, ellos y nosotros por ellos. Pero también nos gusta oír. Al obrero marroquí que habla en su lengua con un paisano desde las ocho de la mañana mientras picotea con su alcotana la cal exhausta de una fachada. La música de piano, reiterativa como una sonata de Czerny, que viene de algún sitio. Los dos repartidores que se cruzan y no dejan de hablarse a gritos de acera a acera, como escolares, hasta que se pierden de vista. Y los más misteriosos de todos, los cínicos graznidos de las urracas. Desde que tienen esos andamios enfrente de la casa, han tomado la costumbre de venir a las siete de la mañana. Nos resultaba difícil al principio dar una explicación a esa regularidad, hasta que advertimos que aprovechan esa hora y la atalaya para decidir en qué ventana entran para llevarse algo. El descubrimiento nos ha entusiasmado, y desde que lo hemos hecho, le ponemos delante los libros malos. Los libros malos son peor que las urracas y sin saber cómo acaban entrando en todas las casas, unas veces por nuestra culpa y otras ellos solos, con el cartero. Los nuestros supusimos  que las urracas se los llevarían, teniendo en cuenta que la mayor parte de ellos son de autores tanto o más rutilantes que sus cubiertas, y a las urracas les gusta todo lo que destella. El experimento no surtió efecto. Así que hace una semana lo variamos, y añadimos entre los libros malos, uno bueno. Los dejé en el balcón, junto a un geranio, y me escondí detrás de sillón grande, a la espera. Por hacer más breve este relato: tardó muchos minutos en decidirse. Comprendió que me escondía, que la espiaba. Gran pájaro esta urraca, o picaza  o pega como la llaman en León. Pero al fin dio un ligero salto de su andamio de enfrente hasta nuestro balcón. Movió a uno y otro lado la cabeza, como esos que roban en los supermercados antes de decidirse a meterse debajo de la camisa algo, y a continuación se lanzó cobre el libro bueno, la edición de Signo del Cántico espiritual. Sin titubeo. Se alejó con él en el pico tal y como representó Velázquez al cuervo que traía cada día un pan a San Antonio Abad en el desierto. Desde entonces, cada día se lleva su libro bueno. ¿Qué hace con ellos? Quién lo sabe. Cierta vez oí a alguien recriminar a un amigo que acababa de darle una limosna a un viejo y acreditado borrachín de Valladolid, pues iba a gastársela en vino. Quiso el azar que de allí a unos días esos dos amigos volvieran a cruzarse con el mendigo, y quien le dio limosna la primera vez, insistió en dársela de nuevo, pero diciéndole: “Se la doy, con la condición de que se la gaste en vino”. Así uno con esta alegre urraca de Madrid. Que se gaste esos libros como mejor quiera, en hacer fábulas o en empapelar su nido. Sé que son de los mejores: nosotros se los escogemos. ¿Y los otros? ¿Los de las cubiertas brillantes, barnizadas? Nuestro querido Manolo Gulliver nos secunda en el crimen, que, naturalmente, celebramos con vino.

1 comentario:

  1. El libro bueno entre los malos, a la inversa que la manzana pocha en el cesto entre las sanas, ¿les amejora un poco? ¿les contamina en algo de sus logros por misteriosos vasos comunicantes de la contigüidad física? Y la última: ¿se equivocaba la urraca, se equivocaba?
    Saludos

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