3 de julio de 2011

La cruda realidad y el rigor mortis

Ha escrito Vicente Verdú un extraño artículo: “Antonio López y la muerte”. “Todos los pintores españoles”, dice en él, “han pasado por la criba o el rastrillo de la crítica más o menos adversa. Todos menos acaso sólo uno: Antonio López. Incuestionado, intocable, blindado por un extraordinario respeto de público y crítica”. ¿Lo cuestiona Verdú, lo respeta? No es sencillo dilucidarlo. Cada época tiene sus incuestionados, sus intocables, sus santones. Habla Verdú de hileras de feligreses en su exposición. La palabra feligrés, la palabra hilera, no presagian nada bueno. Tampoco las que cierran su artículo: “No pintar, no decir, no estar. ¿Una vida? La mayor parte de los cuadros y esculturas expuestos en la Thyssen son criaturas muertas, hijas de largas y meticulosas sesiones de taxidermista”.
Y lo cierto es que la experiencia que ha parecido tener V.V. ante los cuadros del pintor, la han tenido también otros que formaron parte de esas hileras si no de feligreses, sí de curiosos. Y, cierto, allí nos esperaba la realidad visible, pero no la invisible. V.V. se refirió, hablando de sus figuras, a “zombis y a difuntos a los que se les ha extirpado el alma”, que sólo y muy excepcionalmente parecen tenerla algunas de sus calles de Tomelloso, algunos de los retratos de sus hijas. ¿Y qué es la realidad visible sin su misterio? ¿No será quizá sólo la materia muerta, inanimada, abstracta de fondo y forma, insinuada por V.V.? ¿”La cruda realidad y el rigor mortis” a los que se refiere M.M., ese neurótico afán de añadir, tanto más trágico cuanto que “pintar no es ordenar, ir disponiendo / sobre una superficie, un juego vano, / colocar unas sombras sobre un plano, / empeñarte en tapar, en ir cubriendo”? Pues, sí, si algo se percibe sobre cualquier otro mérito en las obras de este artista es ese colosal trabajo suyo, abrumador, oprimente, empeñativo.
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4 comentarios:

  1. Manuel Cañedo Gago3 de julio de 2011, 9:58

    Las representaciones de figuras humanas de Antonio López a uno le recuerdan, en cierto modo, a la estatuaria funeraria romana; con personajes estáticos que resultan inquietantes y humanos atemporales que no reflejan los cánones clásicos idealizados, sino los de los seres mortales.

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  2. Coincido totalmente con la idea de ausencia de vida en los cuadros del pintor manchego. Sobretodo, por esa factura tan mecánica en su dicción pictórica y la actitud tan firme, paciente y pausada de entomólogo que vivisecciona la realidad (destuyendo su esencia viva tan sutil), y que hace perder el pulso mismo de la naturaleza que se empeña en retratar. A mi modo de ver, la pintura es otra cosa y tiene más que ver con el temblor y la duda de un simple trazo o la indefinición de una mancha leve de azul. Más que ver con algo cogido al vuelo que martirizado con sesiones que duran hasta...años.

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  3. Yo recuerdo, Andrés, la zumba con la que escribía usted cuando vio la escena aquella en la que el pintor iba marcando los membrillos antes de pintarlos, que parecía cosa de la Dirección General de Tráfico. El problema es que en esto de la pintura "está la cosa tan mala" que cuando uno les dice a los amigos (cansados de oírle clamar contra los "sustos baratos") que Antonio López... no le gusta, ponen cara de no entender. David Fdez.

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  4. Soy una feligresa que ha disfrutado con la exposición

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