18 de julio de 2011

Del arete a la peineta

No está uno nada convencido de que los asesinos de Eta no sigan matando a quienes les recuerden que lo han sido, lo son y lo serán de por vida, hagan lo que hagan, ganen las elecciones que ganen,  pero de lo que sí estamos seguros es del riesgo que corre cualquiera que cuestione sus cortes de pelo, la ropa que usan o los cuerpos que llevan y como los llevan,  los aretes y pendientes o sus camisetas y los pantalones enseñando esa parte de la espalda que se divide en dos. Se objetará a esto: cada cual se viste y se peina como le da la gana. Cierto, pero lo extraño no es que cada cual se muestra como mejor le parezca, sino que todos quieran parecerse de la misma manera, que hayan convertido esa estética en sus señas identitarias, del mismo modo que los bigotitos-lombriz y los tupés “Arriba España” fueron el modo en que los fascistas españoles aterrorizaron sutilmente a cuantos no eran como ellos ni habían ganado la guerra como ellos (y de ahí que nos cause igual estupor la resurrección de la peineta en la cabeza de la señora Cospedal, al columbrar en estos lodos estéticos aquellos barros éticos).

A la gente puede uno discutirle sus ideas políticas, incluso la patria, pero no la sudadera o la mantilla. Eso produce siempre la mayor irritación. Por eso lo peor de la nueva situación en el País Vasco no serán tanto las cosas que habremos de oír, como las que habremos de ver. 

De las que oigamos seremos todos un poco responsables. Decía Hannah Arendt a propósito de los antiguos nazis que ocuparon los puestos prominentes de la administración y de la sociedad alemana tras la guerra, que de no haberles desalojado con una revolución hecha por los propios alemanes, no los desalojaría nadie. Llegaba incluso más lejos: “Por muy incontrolado y sangriento que hubiera sido un levantamiento, seguro que hubiera aplicado reglas más justas que un proceso árido”. Las diferencias de grado entre un aberchale que haya secundado el terror de Eta y uno de aquellos buenos patriotas alemanes que apoyaron el Tercer Reich no son tantas. Si no hemos sido capaces de impedirles llegar a las instituciones democráticas, de las que parece que siguen mofándose, va a ser difícil desalojarles ahora, al menos durante unos años. Y que les oigamos decir las cosas que dicen no es un problema de lo que piensan, porque siempre lo han pensado, sino del megáfono institucional que les hemos puesto en las manos. Lo peor no será, pues, lo que oigamos, siendo muy grave, sino que tengamos que oírselo... viéndoles decirlo: el aspecto con el que se presentan en formación de tribu (incluso cuando es sólo uno o una quien habla, tienen al lado, a modo de corchete, a dos o más, haciendo de chequistas de sí mismos), y claro, esos aretes y esas moscas tanto más insólitos cuanto que los gastan todos, incluso aquellos que por su aspecto y edad estarían más cerca del batín y las pantuflas. Basta según qué  estética para inducir la ética que adivinamos detrás. Y no, nunca nos acostumbraremos a lo que son, pero sería dramático que acabáramos acostumbrándonos a lo que parecen, sólo porque vamos a verlos cada día en periódicos y telediarios.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 17 de julio de 2011]
(Foto: La Flor Ibética, El Rastro, junio 2011)


4 comentarios:

  1. Desde luego el aspecto, el lenguaje y la actitud cutre de esos tipejos no recuerda para nada la nobleza de la raza vasca...Por el contrario, creo que afean y degradan el hermoso paisaje de su tierra.

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  2. Es curioso: tengo entre manos estos días el 'Young Stalin' de Simon Sebag Montefiore, especialista en ese tema y ese hombre. Trata de la historia 'secreta', o al menos apenas conocida, de Stalin desde su nacimiento hasta que alcanzó el poder, hasta que 'sale de las sombras'. Y hay en el personaje una época de bastantes años en la cual podría muy bien, por su forma de vestir y adornarse que no por la de actuar pues que él lo hacía a lo grande en su labor terrorista y revolucionaria, en la podría pasar por uno de estos del arete. Cuando llegó a los simples aledaños del poder, cambió, como cambiarían ellos si llegasen.

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  3. ¿nobleza de raza???? ufff!!

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  4. El look batasuno, informal, va cambiando con los tiempos: del makarrismo al arete y tal. Lo que nunca cambia, lo que con muchos otros comparten es un gesto atávico, de lodos y barros también deudor: el piño en alto, ¿no?.

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