11 de julio de 2011

Somos también lo que olvidamos

El mismo día nos dieron una  noticia que nos quitaba toda esperanza y leímos en el periódico otra esperanzadora. La primera nos concernía de un modo particular: a una persona querida y cercana acaban de diagnosticarle alzheimer. El hecho de que sea una persona de edad avanzada, noventa y tres años, no lo hace menos doloroso. En los últimos meses quien hasta hace poco presumía de recordar todos los ríos, grandes y chicos, de España, con sus afluentes y arroyos a una y otra mano, apenas acierta a balbucir: “Me llamo Tal y Tal, que no se me olvide”. 

En cuanto a la noticia esperanzadora, apareció en los periódicos y en los telediarios, y nos concierne a todos. Hasta donde llegué a entender, en resumen es como sigue: en  un laboratorio de una Universidad de California unos científicos han logrado, mediante  la aplicación de electrodos, que unas ratas recuperaran su memoria, abriendo de ese modo un camino esperanzador para el tratamiento futuro de enfermedades como el alzheimer. En el mismo sentido, o muy próximo a él, otros científicos en laboratorios dispersos por el mundo, tratan de almacenar en unos chips adosados al cerebro humano todo lo que le llega a este, al modo en que lo hace el disco duro de un ordenador, con el fin de que cuando el cerebro empiece a deteriorarse podamos acudir a ese otro cerebro auxiliar y artificial en el que habremos ido metiendo, con minucia archivera, la memoria de todos los sucesos de nuestra vida. Se desmentirá así el verso de Borges que utilizó el escritor colombiano Hector Abdad para relatarnos la historia estremecedora de su padre: Ya somos el olvido que seremos.

Como sucede siempre que la ciencia aborda asuntos que eran hasta hoy una quimera, surgen de inmediato grandes dudas, y con las dudas, grandes problemas éticos. Cierto que es una tragedia no recordarlo todo, pero acaso lo sea aún mayor no olvidar nada, y llegado ese día futuro, tal vez los hombres quieran volver a ser su propio olvido, como se nos cuenta en aquella fábula en la que un hombre a quien los dioses han hecho inmortal, implora que le restituyeran su condición mortal.

Los amantes del Quijote recordarán sin duda las palabras más trascendentales que el hidalgo pronunció jamás, las que le constituyen como ente: “Yo sé quien soy”, dijo (y no, acaso, como se lee también en algunas ediciones, “yo sé quién soy”: sólo un acento, y cambia la novela). Y eso lo decía alguien que nunca nos habló de su vida anterior (“yo sé el que fui”, pudo haber dicho también), acaso porque sólo quien puede olvidar el pasado, como don Quijote lo hizo, puede lanzarse a combatir por su vida eterna en la memoria de los lectores. Somos, ciertamente, lo que recordamos, y el progreso humano está cimentado en eso, en la memoria, pero somos en la misma medida, ni más ni menos, lo que por suerte olvidamos, unas veces de modo involuntario y otras de una manera trabajada. Hubiese sido deseable que ese ser querido muriese recordando, pero al mismo tiempo sabemos que ha llegado con la mente sana a la longevidad sólo porque pudo olvidar.
       [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de julio de 2011]

3 comentarios:

  1. Quizás dentro de poco se comercializen deuvedés a modo de los que regalaban a los eliminados de la Academia de OT y demás reallitys en los que con empalagosa música se nos recuerde el paso propio por la academia extraña de la vida, que es un cuento lleno de ruido y de furia narrado por Berlusconi, que ha vivido tanto que es muy posible que nada recuerde él en su memoria, salvo un extraño Rubí que le sigue por allí brillando, aunque sin saber bien de qué.

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  2. El olvido algo necesario en estos tiempos para sobrevivir, personal e intransferible.

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  3. Lo mejor del olvido es el recuerdo

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