31 de julio de 2011

Copulativa, disyuntiva (ferlosiana)

Nos sale al encuentro este artículo de Ignacio Echevarría, en el que su autor glosaba hace un par de días (El Cultural de El Mundo) otro de Ferlosio: “Veraneaba [Ferlosio] en Sigüenza con su hija y los dos iban a bañarse a diario a una piscina de cemento precariamente improvisada a la que acudían los veraneantes más modestos los que, como ellos, no se mostraban demasiado exigentes”. Un simple “y”, en vez de esa “o” delatora, y habría cambiado el sentido de esa disyuntiva, que no parece que sea de las de sentido inclusivo. 
El clasismo (enmascarado quizá de ese elitismo que algunos como Adorno, según Hannah Arendt, no acertaban a disimular, tan ajeno al espíritu aristocrático que animaba a gentes como Giner de los Ríos o don Manuel Bartolomé Cossío), el clasismo, decía, que acaso subyace en esas líneas, sólo puede interpretarse por el deseo, muy comprensible, de complacer a Ferlosio. ¿Cómo? Dejando claro que nos confundiríamos mucho si le mezcláramos a él con aquellos a los que se llama con paternalismo diocesano “los veraneantes más modestos”, y aclarándonos que si padre e hija iban allí no era tanto por la necesidad de refrescarse, como todo quisque, sino por antojo o por dandismo bohemio, diríamos, como aquellos señoritos que aseguraban frecuentar las ventas y colmados cochambrosos en unos turbios amaneceres de arrabal por gusto y fantasía y no por vicio, antes de volver a sus vidas regaladas (tal y como vemos, por cierto, en El Jarama, novela que su autor, como es sabido, detesta, acaso por esa misma razón). Algo así como un “podemos estar con los del medio pelo, incluso con los proletarios, aunque conviene recordar a los del medio pelo, y de paso a los-proletarios-del-mundo-entero-uníos, que por cuna nos correspondería estar al otro lado de las barricadas, si es que alguien se ha olvidado de ello”.
No sé por qué, sí sé por qué, recuerda esa frase a aquellas otras que de vez en cuando se les deslizaban a reporteros bien mandados, cuando la llamada “canallesca” no era tan cuidadosa ni a la gente le importaban esos detalles: “El alcalde solicitó la ayuda de uno de los jornaleros presentes o, en su defecto, de alguna persona respetable”. O lo de aquel pariente, cronista deportivo y gran aficionado al fútbol, que en Diario de León y a propósito de cierto accidente ferroviario en el que perdieron la vida algunos jugadores, abrochó su crónica con un escueto “por fortuna eran de un equipo de tercera división”. 

2 comentarios:

  1. No comprende Echevarría, claro, lo que el creador de Alfanhuí, no digamos lo que una niña, pueden ver en una simple piscina de cemento... desarmado.

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  2. Manuel Cañedo Gago31 de julio de 2011, 14:21

    Ríos que fluyen en los libros, libros que esperan a que volvamos a sumergirnos en su lectura: el Tajo, en "El río que nos lleva", de José Luis Sampedro; el colombiano río Magdalena, en "El amor en los tiempos del cólera", de García Márquez; "El río", de Rumer Godden, y llevada al cine por Jean Renoir; Venecia, en "Marca de agua", de Brodsky.

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