12 de julio de 2011

Tú fíate de Unamuno y no corras

“Querido P.: En la famosa contestación de Don Quijote, “¡Yo sé quién soy!”,  todas las ediciones modernas acentúan el pronombre (supongo que en la princeps iría sin acentuar: ¡Yo sé quien soy!"). ¿No sería pertinente quitar ese acento? ¿Cambiaría algo el sentido, aun en matiz, o da lo mismo? Por favor, dime algo de esto, que es cuestión que me importa. Abrazos. A.”

Escribiendo el artículo que se publicó aquí ayer, le mandé este correo a F.R., y nuestro amigo me respondió lo siguiente con generosa diligencia: 

“Pensé en ello en su día. Depende de si se hace tónico, quién, o átono, quien. En el Q., si tónico, es más plural, inclusivo, unamuniano, elige entre una gama amplia; si átono, más modesto y unívoco. Pero el quién dubitante abarca también el quien seguro, conservador. El contexto no es resolutivo: “yo sé [el que] soy” vs.“sé que puedo ser [el que]...” y “soy Valdovinos y Abindarráez” vs. “puedo ser los Doce Pares de Francia”. Las dos formas son aceptables. Pero el principio áureo de la lectio fertilior (vid. anejo “Separata Ecdot2”) inclina a usar quién. Un abrazo”.

Le di las gracias y le contesté a vuelta de correo. No acababa de convencerme:

“¡Y yo que andaba tan descreído de tu ecdosis! Sólo un reparo. Reviso el Unamuno, y allí, por lo que dice, parece, al revés, más bien inclinado a considerar un "yo sé quien soy" [y no hace falta que venga nadie a decírmelo],  frente a un " yo sé el que puedo ser  o yo sé quién soy [con tu ayuda y la del que estuviere a mi lado, acordándome de aquel "yo no digo mi canción sino a quien conmigo va"].

No persistas en el disparate de leer el Q. con UnamunoTú fíate de Unamuno y no corras”, fue todo lo que contestó. Aunque tampoco estoy muy de acuerdo: de Unamuno en general hay que fiarse, y si ha podido uno leer el Quijote con tantos, ¿cómo no vamos a poder hacerlo con Unamuno, por más que pueda irse de vez en cuando, como el mismo don Quijote, por los cerros de Úbeda?

Pues lo cierto es que una lectura más atenta de su libro no nos saca de dudas. Al contrario, diríamos que Unamuno tampoco se aclara demasiado, pues si en la primera edición de su Vida de don Quijote y Sancho (Fernando Fe, Madrid, 1905) adopta en la primera parte de su glosa el “¡Yo sé quien soy!” (“porque como sabe [don Quijote] quien es (…) y como los demás no lo saben, cuanto él haga o diga se les aparecerá como hecho o dicho por quien no se conoce, por un loco (…) [Muy bien puede decir don Quijote] “yo sé quien soy”, y mi Dios y yo solo lo sabemos, y no lo saben los demás”. Entre mi Dios y yo –puede añadir– no hay ley alguna medianera; nos entendemos directa y personalmente, y por eso sé quien soy”, págs. 45-46 de la primera edición), en la segunda edición de ese libro (Renacimiento, Madrid, 1914), acaso la que consultó nuestro amigo P., Unamuno ha corregido ya todos los “¡Yo sé quien soy!”, que aparece indefectiblemente como “¡Yo sé quién soy!”, concluyendo más abajo y contradiciéndose al paso tanto en la primera como en la segunda edición (en Unamuno eso es normal también, sin que importe mucho): “Al decir “¡Yo sé quién soy!” no dijo sino “yo sé quién quiero ser!””.
 Para uno don Quijote sabe desde el principio quien es, y por eso lo deja todo. De no haberlo sabido no habríamos tenido esa novela. Habríamos tenido otra y otro personaje, pero no ese. Poco duda don Quijote y poco se pregunta, al menos en aquello que concierne a su persona, y mucho de duda hay en ese ¡Yo sé quién soy! y nada en un ¡Yo se quien soy! Pero vamos a dejarlo en este punto, pues aunque el abismo que abre esa simple tilde nos atrae lo indecible, podríamos acabar como Filitas de Cos, que murió por extenuación al tratar de resolver la paradoja del mentiroso planteada por Eubúlides de Mileto (“¿miente el hombre que dice que miente?”), resuelta, por cierto, de modo magistral por Sancho cuando fue gobernador de la ínsula.
Estas cosas es mejor que cada cual las sepa para sí mismo, y aun así también mejor a medias, como sospechaba nuestro buen amigo F.R., con el que por una vez y sin que sirva de precedente no le importa a uno estar de acuerdo... aunque sea también a medias.

2 comentarios:

  1. Pues sí que da para mucho el acento de marras. Cabría también la posibilidad de que Cervantes no se hubiera planteado la distinción, y se refiriera a "quién", acentuado, pues el no acentuarlo me parece un poco forzado, y él siempre buscaba la simplicidad al escribir.

    Saludos.

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  2. Y sin embargo también el Quijote es en parte el proceso de la quijotización de Sancho y de la sanchificación de don Quijote, por aquello de la hondura comunicante de la amistad y por lo que Goffmann llamaría "distancia de rol" o esa cierta libertad o el cuartelillo que a veces nos concedemos para escapar de la prisión de la identidad, ¿no?

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