31 de octubre de 2011

Músicos callados contrapuntos

Empecemos por el concepto: lo que hasta hace poco se denominaba gordura u obesidad ha pasado a llamarse sobrepeso. ¿Hay en tal cambio razones médicas, sicológicas, estéticas? No lo sé. Es decir, la propia palabra ha sufrido un ligero maquillaje, una pequeña operación de adelgazamiento, un lifting. La obesidad o gordura de las sociedades desarrolladas se percibe no sólo en las personas. La encontramos en nuestras casas, en la decoración de bares y restaurantes,  en la saturación musical de los espacios públicos, incluso en nuestras bibliotecas particulares.

Ha citado uno otras veces este aforismo de Juan Ramón Jiménez: “Para leer muchos libros, comprar pocos”. No sabemos cómo (sí lo sabemos) nuestras casas se van llenado de libros, ocupando de ellas pertinaces, implacables cualquier hueco. Por no salir de Juan Ramón y de los institucionistas, tan cuáqueros: si a diferencia de las abigarradas mansiones burguesas les gustaban tanto las casas populares, era por su “pobreza”, porque sus paredes estaban desnudas,  encaladas, y no había en ellas sino pocos y escogidos muebles, tan refinados como sencillos.

La vida sana, saludable, exige un número justo de calorías, de hidratos de carbono, de azúcares, por encima del cual nuestras arterias y nuestro corazón se resentirían. ¿No precisarían entonces nuestras casas, nuestros espacios públicos, nuestras bibliotecas particulares una rigurosa dieta de adelgazamiento?

La publicidad literaria, musical, cultural de nuestra sociedad es tan abrumadora e invasiva como la de cualquier mercancía rentable. Se objetará a esto que en muchas casas no ha entrado aún ni siquiera un libro. Cierto. Lo mismo que en muchas donde los hay a cientos ni siquiera se leen. Imaginemos por un momento que expurgamos nuestras bibliotecas hasta dejarlas abarcables, que en las paredes queda un número razonable de estampas o cuadros como para fijarnos en ellos (los vemos pero no los miramos; tantos son), que no pondremos más música en nuestros tocadiscos que la que podamos escuchar atentamente (no sólo oír), que guardaremos todos los bibelots, a menudo aterradores, que han ido invadiendo nuestras habitaciones sin que nos diéramos cuenta, que... En fin. No será sencillo. Ninguna dieta de adelgazamiento es fácil de seguir, ninguna es milagrosa, pero lo cierto es que, más delgados, caminaríamos no sólo más ligeros, sino más contentos, leeríamos más y viviríamos, en suma, mejor. “Para leer muchos, comprar pocos”. Noble aspiración. Se lo ha sugerido a uno ahora cierto libro reciente en el que aparece la suya junto a las bibliotecas de otros colegas: ver tanto acopio de libros me ha parecido, paradójicamente, una disipación, y constatarlo le ha dejado a uno borgiano y melancólico, pensando en el tiempo que perdió, acaso, acabalándolos, en lo que ganaríamos si pudiéramos decir un día como Quevedo en la Torre de Juan Abad aquel memorable “retirado en la paz de estos desiertos, con pocos pero doctos libros juntos [que] en músicos callados contrapuntos al sueño de la vida hablan despiertos.”
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 30 de octubre de 2011]

30 de octubre de 2011

Sucesivo, sucesivos

QUISIERON unos buenos amigos, conociendo la devoción que siente por todo lo que concierne a ese poeta, el Poeta, regalarle Sucesión, una de las revistas que compuso Juan Ramón Jiménez en solitario, para sí y para todos, cuando el mundo y él, hacia 1932, se dieron la espalda, por suerte para el  poeta y la poesía. Acaso sea la más rara y remisa de todas sus publicaciones, y venían en su sobre original de papel marchito y letras bermejas los ocho números, en cuarto, de cuatro páginas cada uno plegadas en un pliego, igual que los de ciego. 
Reservó una tarde para leer allí tranquilamente lo que hace casi un siglo se escribió con no menor quietud para todos, para ninguno, aforismos de estética y ética estética, poemas suyos nuevos y antiguos, prosas, retratos, caricaturas líricas, traducciones... Alguna de sus páginas es una obra maestra. Lo es "Léontine y Padre Dios" (buscadla, por favor), con todo ese surrealismo celestial, de guasa y de paseo, como el capote de un torero. Y el papel, y los tipos de letra, claros, grandes, elegantes, y el poco rojo, como un reflejo único del crepúsculo. Hasta la errata, un hecha por un echa, como la flor de un búcaro, parece bonita en la meseta de esa prosa, humanizándola como humanizan las amapolas las cunetas (en JRJ las erratas son de mármol de Carrara, lo único en verdad que es de mármol en su obra)
El final de aquella Sucesión vino a plegarse con el final del día, de la tarde, leyendo entre dos luces, si acaso pudiéramos hablar de dos, hablar de luces, con tantas sombras. 
Cómo desearía, pensó, dejar sus días igualmente en este pliego nacido de la luz de una pantalla, y circularlos uno a uno, como iban los suyos en aquellos sobres hoy amarillentos, de casa en casa llevados en mano por el poeta, como llevaban los mieleros su mercancía dorada.
"Vemos una escultura, leemos una poesía, oímos una música antiguas, y nuestro mayor elojio es: “Parece de ahora”. Pues pensemos que el elojio mayor que un antiguo resucitado pudiera hacer de lo nuestro, sería: “Parece de entonces”. Porque el espíritu y el arte (como el sol, el desnudo, el oro, la rosa, el rayo, el mar y la muerte) son siempre iguales", leemos en el primer sucesión, sucesivo y sorprendente JR de una obra como la suya inacabable para todos los sucesivos que vinieron y vendrán tras él.
 



29 de octubre de 2011

Dos libros

Llegaron el mismo día por postas diferentes. Quietud, de Sergio Fernández Salvador, ha sido una atención de su editor (La Isla de Sistolá); Las noches del verano de José Luis García Martín llegó dedicado de mano de su autor. 
El mismo día, García Martín escribía del primero en Crisis de papel. Dice de Quietud cosas excelentes, pondera su madurez, su clasicismo y su hondura, y madurez, clasicismo y hondura advertirá con verdadera alegría quien lea los poemas de este joven poeta leonés que se da a conocer con este su primer libro. En el de García Martín, que no será el último, se relatan con amenidad, al modo renacentista, unos coloquios amistosos entre caballeros y damas contemporáneos a los que une su amor a la poesía, a la literatura, a los libros y al misterio. Son estancias en las que se conversa de todo. La realidad y la ficción están tan próximas que no siempre resulta fácil saber qué tierra o qué aire se pisa. Los hechos reales parecen ficticios, la ficción finge su realidad, como en un trampantojo. Personajes históricos viven con naturalidad episodios apócrifos y de ese modo las biografías de Pessoa o de Blasco Ibáñez quedan completadas (feliz especialmente el duelo a pistola de este último). Citando a Unamuno, Fernández Salvador nos recuerda que el verdadero sentir detiene el tiempo. García Martín se va fuera del tiempo, como fuera de la ciudad salieron los protagonistas del Decamerón, para sentir el momento presente, y cita a Auden, a Omar Kayyan, a Horacio: carpe diem.
De Sergio Fernández Salvador no habíamos oído hablar. De García Martín se habla más incluso de lo que él puede imaginar. Verederos diferentes han traído sus libros, y son libros distintos. El escritor viejo reconoce en el joven virtudes que admira, y nosotros reconocemos en ambos virtudes que comparten: el amor por la cosas pequeñas y el desdén por la solemnidad.

28 de octubre de 2011

Habitación de hotel

Foto: Habitación de hotel. Santander, 27 de octubre de 2011

Mujeres de la vida


Solana hizo visible en la pintura y en la literatura la pústula española, y en ellas, como flor de la miseria, la poesía, lo más humano nuestro, como un candor nuevo. Antes de él existía lo solanesco, desde luego, pero sólo él iba a mostrárnoslo a todos, ciegos a ello. Como ciega estaba la pintura al descubrir el amor en la muerte y la muerte en el amor, naipes que reparte el tiempo. Ramón Gómez de la Serna lo llamó "vidente de realidades" dando a entender con ello que nadie ve tan lejos como él ve lo que tiene alrededor, y en ese sentido, como dirían las mujeres de la vida, todas las esquinas son únicas, porque en cualquiera de ellas puede acabar la nuestra.
En La España negra se incluye este fragmento: “Seguí por la calle abajo y vi un pobre anciano, buhonero viejo que había vendido su buho por no poderle dar de comer: estaba lleno de harapos; vino hacia mí, y quitándose la gorra apoyó su calva cabeza en mi vientre como topándome, y cogiéndome de las manos me las besó con unos besos tristes de viejo; yo noté al hablar con él su falta de memoria y que no andaba bien de la cabeza por las palabras incoherentes; me pidió un cigarro; pero yo comprendí su necesidad y le ayudé a quitarse la correa, le bajé los pantalones y como a un niño pequeño le hice hacer sus necesidades. ¡Cómo salvar a ese hombre!, dije para mí; le llevaré a un asilo; no, no puede ser; le llevo conmigo; tampoco, yo soy viajero; ¿qué hago?, dije. Y una voz me contestó: Sigue tu camino, puede que te veas tú lo mismo el día de mañana”.
Ni que decir tiene que a quien se encontró Solana fue a Solana, el otro, el mismo.
 
  [De una conferencia en la Fundación Botín, Santander, 27 de octubre de 2011]

José Gutiérrez-Solana, Mujeres de la vida

27 de octubre de 2011

Einstein y JRJ

RECOGEN hoy algunos periódicos estas palabras: "Para A.T. Juan Ramón fue el Einstein de la poesía española". Y no dicen nada más, como si uno hubiese ido a La Rábida a soltar esa hipérbole y a abrocharla con un "ahí queda eso". En realidad lo que se dijo fue lo siguiente, a propósito de la exclusión de JRJ de la antología de J.M.Castellet: "Es como si alguien vetara en la historia de la física del siglo XX a Einstein. JRJ sería en ese sentido el Einstein de la poesía española". Y lo de que cuando alguien comete un atropello de esa magnitud no suele estar solo ni suele ser valiente. En aquel caso lo acompañaban muchos que hoy pasean por las plazas de España sus ejemplares de la Segunda Antolojía. Puesto que lo consintieron con su silencio, cuando no lo encontraban acertadísimo en sintonía con guillenes, salinas, cernudas y tantos imperantes entonces.

Muro sin u

AL igual que Demófilo o Rodríguez Marín hicieron con los cantares populares y anónimos, le gustaría a uno ir poniendo en el arca de Noé de los tipógrafos aquellos papeles ejemplares que la vida deja tirados aquí y allá, como medias verónicas, salvarlos para siempre del despiadado anonimato. Cuánta poesía en las imprentas de pueblo, en los impresos provincianos, en aquellos pliegos de cordel; hasta los crímenes más atroces parecían en ellos tener un algo delicado, como los rojos estambres de la flor del azafrán. Imaginamos al cajista de turno trabajando en la forma, al igual que los que trenzan las palmas de Elche con filigranas imposibles lo hacen de un modo religioso.
Entre las cosas curiosas que se tropezó uno en la última feria de libros viejos de Recoletos, estas dos. La primera, "poesías, historietas, pensamientos, cantares, epigramas, logogrifos, charadas y otros pasatiempos", todos ellos escritos sin la vocal U por su autor, el señor Sebastián López Arrojo, abogado del colegio de Madrid y Santander, que hizo con tal empresa honor a su apellido. Uno nunca se atrevería a diseñar una cubierta como esa, pero admira el valor de quien la realizó. Y la segunda, esta revista, Muro, hecha en la prisión de Burgos por los presos, en los años sesenta, de modo artesanal, a mano, como un códice. De esta última sólo tenía interés tipográfico, y mucho, esta notabilísima portada a la que tanto se parecen los diapasones que el Tono pintaba sobre los muros de Madrid (el resto, incluidos los poemas de Marcos Ana, caligrafiados con lápices de colores, no pasaban de ser trabajos manuales de jardín de infancia).
Nada más. Frente a otras tipografías virtuosas que parecen sonar como un stradivarius, la música de estos papeles recuerda un poco a la de un rústico rabel o, mejor aún, a la de una de aquellas ocarinas que tocaban los ciegos en la soledad de los campos para hacerse más llevadera la vida a sí mismos y hacérsela a su lazarillo y de paso, recordándolos, a nosotros.  


26 de octubre de 2011

Impromptus rábidos (el silencio de oro)

1. En la luz, nacarada, de un cielo de ida y vuelta; en los altos pinos verdes, negros, que abren los brazos frente al mar; en los reflejos dorados de la ría; en las gaviotas elevándose en el aire como cometas rotas; en el canto del estornino que no sabe distinguir ya su propio canto de todos aquellos cantos que aprendió de otros pájaros; en las tierras rojas que hablan la lengua del arado; en la campana del monasterio que suena de noche para el viento; en el verde salitroso de las marismas; en las velas que dejan en el agua un reflejo de plata, y en todo lo que el poeta recordó mientras pudo, en la otra orilla, de todo lo fatal.

2. Llegó a La Rábida para decir: "He sido juanraminiano de primera hora, desde mi lejana juventud", camisa vieja de los juanramonianos, como si dijéramos, y para demostrarlo metió la mano en su balandrán y sacó con usura un ejemplar aculatado, deslucido y marchito de la Segunda Antolojía, a punto de romperse. Añadió: "Lo compré en tal sitio, era un libro prohibido", y bla, bla, bla. También, igual, lo dicen otros, con su birlibirloque.
Y uno se sonríe y dice, bien está. Nada en la obra de esos hombres, en su vida, ética y estética, abona sus palabras. Pero bien está. Lo que viene sucediendo con JRJ le recuerda a la lucha antifranquista, al concierto de los Beatles en Madrid, a los amigos de Lorca: todos corrimos delante de los grises, todos estuvimos en Las Ventas aquel día, todos acompañamos a "Federico" la víspera de su viaje a Granada camino de su muerte, y, sí, todos hemos sido juanramonianos desde la lactancia. Si les hace felices, puedes no creerlos, pero déjales contarlo. Acaso de ese modo dejarán tranquila su Segunda Antolojía en casa y así podrá durar un poco más, ya sólo para aquellos que la merezcan.

3. Y la alegría de saber que nos espera El silencio de oro (ed. José Antonio Expósito), el segundo Epistolario (Ed. Alfonso Alegre) y Monumento de amor (Ed. María Jesús Domínguez Sío) con setecientas cartas del poeta a su amada, y todo ese misterio del que acabó escribiendo fatalmente: “A Zenobia de mi alma, este último recuerdo de su Juan Ramón, que la adoró como la mujer más completa del mundo, y no pudo hacerla feliz”. Y que, sin embargo, fue feliz con él. Además. Perfecto e imperfecto: completo, había dicho. Como las horas pasadas en La Rábida, perfectas, completándose con tantas imperfectas en tantos sitios. 
(Foto: Gato y limones, La Rábida, 25 de octubre de 2011)

25 de octubre de 2011

Campillo del Mundo Nuevo

FILÓSOFA y militante feminista, pero en la solapa de sus libros tiene prohibido que se publique la fecha de su nacimiento. 
* * *
El mundo es un Bilbao más grande, decía Unamuno, y podríamos añadir que internet es un pañuelo.
* * *
CUANDO hace cien años alguien escribía m…, sin completar la palabra, no lo hacía por mojigatería o puritanismo, sino porque no podemos escribir según qué palabras sin que nos ensucie su porquería.
* * *
SI yo fuese publicitario y me encargaran una campaña de fomento de la lectura, sacaría al rey leyendo un libro. Como inédita, sería una imagen impactante. 

Foto: Campillo del Mundo Nuevo o Las Américas (El Rastro), Madrid h. 1900. Envío de J.M.Bonet

24 de octubre de 2011

La industria del ruido

La sala de cine donde vimos El árbol de la vida, la última, poética  e impactante película de Terrence Malick, estaba bastante concurrida. Cuando terminó, el público, que la había visto en completo silencio (creo que los que la empezaron comiendo palomitas, a los cinco minutos comprendieron que estas eran incompatibles con lo que estaban viendo, y dejaron de comérselas, o lo hicieron sin masticarlas), el público, decía, no se movió de sus asientos, sobrecogido por el lenguaje majestuoso y sinfónico de Malick. Muchos incluso se quedaron en el mayor recogimiento viendo pasar los rótulos. Aseguraría que todos estábamos haciendo tiempo,  pensando cómo podríamos salir a la calle con el peso de las preguntas que nos habían sido formuladas en el cine: “Y tú, ¿qué estás haciendo de tu vida? ¿Por qué no vives únicamente lo importante? Recuerda que es muy corta”.

Que es corta lo sabemos todos, aunque preferimos olvidarlo para seguir viviendo. Pero, ¿qué es lo importante? Eso, en cambio, sólo suelen saberlo quienes han sobrevivido a un accidente; los que vencieron una enfermedad grave; a veces, los solitarios como Van Gogh, cuyas vidas son tristes, míseras y rutinarias; los que están expuestos a peligros constantes; los que por amor le entregan su vida a los demás... Cuando se les pregunta, responden que lo importante tiene que ver con los afectos y con el cultivo del bien, y que para esta vida estorban muchas cosas. Dicen también: con la mitad menos se vive el doble de feliz.

Por los mismos días de El árbol de la vida pasaron por televisión su opuesta y complementaria De dioses y hombres, de Xavier Beauvois, Palma de Oro en Cannes igual que la otra, una de esas películas esenciales, como Ordet, de Dreyer: una pequeña comunidad de monjes benedictinos franceses que viven en un rincón remoto del Magreb, dedicados a ayudar a sus vecinos musulmanes y entregados a la oración, han de afrontar la amenaza de los terroristas de Al Qaeda. También de esta película modestísima impresionaba, en primer término, el silencio. El silencio como condición de posibilidad de la vida espiritual.

La que llevamos la mayoría, sin embargo, es ruidosa. No puede ser de otro modo. Nos quejamos del ruido de las ciudades, pero contribuimos a incrementarlo. Conducimos, alborotamos los bares, discutimos, porfiamos en el trabajo, miramos la televisión, concertamos las vuvuzelas, nos despierta cada mañana la estridencia de un despertador... La industria más globalizada y rentable del mundo es precisamente la del ruido. Todo lo que destruye hace ruido, desde las guerras hasta la secreta corrupción de los despachos, aunque use silenciador. Que estas películas hayan hecho con su roce de hojas secas un nido en el árbol ruidoso de nuestras vidas, ha sido un gran don, y un milagro el haber logrado oír a tiempo su silencio. Lo normal es que no hubiésemos oído nada, porque entre nosotros y lo que importa se interpone una cortina de ruido. Y es triste estar sordos a las preguntas importantes, pero más aún a las respuestas, si acaso un día llegaran a nosotros.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 23 de octubre de 2011]

23 de octubre de 2011

Muñeca descuartizada en greguerías

POR aquello que decía Ramón: los menudillos son las greguerías del pollo.


Foto: El Rastro, 23 de octubre de 2011

Sin acritú (literatura del yo)

SI yo diera clases en una Escuela de Letras (a todo se llega, decía JRJ) o fuese Juan de Mairena (a eso no se llega, de eso se parte) les pediría a los alumnos que ruaran por el título del libro de Leopoldo Panero, Escrito a cada instante, y por el del blog de Antonio Muñoz Molina, Escrito en un instante. Les preguntaría qué les sugería uno y otro título y si distinguían sus diferencias de grado y de clase.
* * *
“ANTIGUAMENTE se leía una novela como si fuese la vida real; ahora se leen las biografías o los diarios como si fuesen novelas”, escribe Chantal Maillard en su reciente diario Bélgica. Las novelas, si son como imagina uno que tienen que ser, no se leen como si fuesen, sino porque son la vida. Y las diarios, porque si no pareciesen una novela, ¿cómo nos los podríamos  creer?
* * *
CADA vez que X publica una nueva novela, los críticos la saludan públicamente como “una obra maestra”, lo cual parece darles derecho para circular en privado con más o menos resentimiento y cobardía (y más o menos en voz alta) que la anterior era pésima. Cuando Z publica su nueva novela los críticos se apresuran a decir que es “pésima”, y para dejar sentado que en ese juicio no hay nada personal añaden (en voz baja, desde luego) que la anterior, por el contrario, era muy buena. Así lo vienen haciendo con cada nueva novela de X y de Z desde hace veinte años. Y como en este asunto están implicados muchos que trabajan en las Escuelas de Letras, sería mejor dejárselo a Juan de Mairena.
* * *
SE incluye en el último Pequeño Larousse por primera vez la palabra vuvuzela. No figura todavía en el Drae. ¿Por qué uves y no bes? ¿No sería lógico con c y no con zeta (y por qué zeta y no ceta)? Claro que es bonito que sea con z, pues de ese modo, supongo, se homenajea al pueblo zulú de donde procede la palabra.

22 de octubre de 2011

El engaño a los ojos

LA huella de Dios es el silencio.
La vida de Carlos Pujol ha sido larga y fecunda y sigue dando frutos sazonados. Muchos y mucho hemos aprendido a leer en sus traducciones y ensayos, primero, más tarde en sus novelas y poemas. De sus novelas, las dos últimas, por no irnos más atrás, Antes del invierno y El teatro de la guerra, son dos pequeñas obras maestras. Se dice pequeñas no por rebajarlas, sino para no asustar a nadie: dechados de gracia, sutileza, humor y virtuosismo que habría firmado con los ojos cerrados Henry James. De sus libros de poemas, el último, El corazón de Dios (Ediciones Cálamo, 2011), acaba de aparecer hace una semana. Tan dickinsoniano. En él, un hombre que está llegando al final de su vida se interroga  sobre lo que ha sido, sobre lo que será, le interroga al silencio, se interroga a sí mismo y le interroga a Dios:

No te voy a contar
nada nuevo: vivimos
en una casa demasiado llena.
Con muebles, versos, chismes,
perifollos y plantas de interior,
palabras que no quieren decir nada
y soberbias locuras
para pasar el rato.
Es lo que llaman calidad de vida.
El día en que nos llames estaremos
doblemente desnudos,
echando en falta en medio de la luz
el engaño a los ojos de las cosas.
 
Es Carlos Pujol el hombre más silencioso de la literatura española, acaso porque pocos habrán estado rodeados de tantos ruidos y ninguno habrá sido tan indiferente a ellos como este hombre que ha acabado teniendo el aspecto de un monje tibetano.
Oímos hace una semana a un amigo: "No sabemos si Dios existe, pero habla el lenguaje de las matemáticas". Pero Dios es sólo elocuente en su silencio. Él habla por silencios, él habla por huellas.
Las que acompañan estas palabras están sacadas, una vez más, del mechinal de G., y fueron en su origen remedo de las huellas digitales. El propio G. nos habló hace unos días de esa tradición china de escribir poemas con agua sobre la tierra, sólo silencio. 
Y los silencios, como una cadena, se eslabonan.

Suzanne

Sonó cientos de veces la cara donde estaba esa canción, Suzanne, una y otra vez, de modo obsesivo, en aquella buhardilla angosta del barrio de los Pajaritos, en Valladolid. No se veían los trenes, pero su estrépito se metía por una claraboya. Estaba allí recogido por la beneficencia de sus amigos, medio escondido. Se iban ellos a dormir a sus casas cada noche, si acaso habían venido, y allí se quedaba él con Suzanne y la voz de aquel hombre que parecía decir: ¿Quién no está solo? Cuando la aguja llegaba al final se levantaba y volvía a dejarla al principio, sin que el plato dejara de girar. Hasta la madrugada. Así durante las trescientas sesenta y cinco noche del año. Cuántos años, ¿uno, dos? Dice Benítez Reyes de esa voz: "Ha pasado el tiempo y ahí siguen sus canciones, más intensas aún porque se han aliado con el tiempo nuestro, con el tiempo de adentro de cada cual, con la historia de cada uno". No podría haberlo dicho mejor. Tu historia... te preguntas. Desde entonces nunca ha podido oír completa aquella canción. Aquel tiempo se rompió por dentro y si la oyera se vertería en él como agua en el suelo. Pero guarda, sí, memoria de aquel tiempo, y gratitud al hombre cuya voz hablaba de aquella partisana que a su vez le susurraba: "Ya no estás solo". 
No queda nada de aquel tiempo, pero sí la canción.

21 de octubre de 2011

Diente de león

AMANECE cuando Madrid empieza a quedar lejos, poco a poco el amanecer, poco a poco el alejarse. Hay algo sencillo y grato en esas madrugadas ferroviarias, como lo había en aquellas que le llevaban a la imprenta de Torrejón de Ardoz, La Ventura, Trieste, algo que tiene que ver con los oficios, con el honrado trabajo de tipógrafo. Si va uno por ahí hablando de literatura, de poesía, de sí mismo, es raro que no vuelva a casa vacío, de vacío. El oficio de tipógrafo le gusta, como le hubiera gustado el de jardinero, el de ebanista. Le esperaban en el viejo edificio de Salvat en Barcelona. Tenía que decirles: esto han hecho nuestras manos, y lo dijo en la lengua de las imprentas muertas, como quien ha trazado un surco recto. Dijo también: lo que importa en esa cubierta es lo que no se ve, el viento, pero está, y todos debiéramos sembrar en el viento, "cual estival vilano", como esos dientes de león que van a todas partes. Habló también de diccionarios. Dijo: el día que falten los diccionarios de papel, ¿qué haremos, cómo sabremos lo que son las palabras si no las vemos en una página al lado de otras muchas? En internet los diccionarios nos las dan de una en una, como en una probeta. Y habló de su amor por los diccionarios pequeños como hablaría de maderas, de plantas, de ruiseñores que no han perdido su "notable canto" como lo han perdido ya en otros diccionarios más famosos. Se sonrió también al descubrir el suyo en ese panteón de nombres ilustres del final, junto al de Trajano, ¡con las mismas líneas!, y todavía se sonrió más al comprobar que juntando las dos páginas, su nombre venía a besar el de Alonso de Madrigal, conocido como El Tostado, y pensó que un diccionario es la demostración más clara del principio de Arquímedes y que todo lo rige el sic transit gloria mundi. Y pensó en el desconocido al que habría desplazado él, y en el conocido que le desplazará un día también a él. Se dijo: un nombre pesa poco, menos aún que una semilla. El tren que lo traía de vuelta, doce horas después, entró en Atocha poco a poco, como había entrado poco a poco en la noche el crepúsculo rojo con sus vetas de oro. Las palabras, iba pensando, van con el viento sembrándose a todas partes, pero se recogen cada noche, como los pájaros, en un pequeño diccionario como este. Y al llegar a casa le mostró sus manos honradas por el trabajo de artesano, y dijo, estoy cansado, y el sueño le cubrió como caen las hojas secas sobre un vagabundo.
Cubierta de PLI, 2011. Ilustración: Guillermo Trapiello. Tipógrafos: Alfonso Meléndez y A.T.

20 de octubre de 2011

De pájaros, poetas y pajareros

HAN entrado en nuestra casa por la ventana de internet y enviados por Juan Marqués, siempre atento, los poemas que Eloy Sánchez Rosillo ha escrito sobre pájaros, pensando en el librito que habrá de publicar Pre-Textos. Y al mismo tiempo, en el mismo día, ha entrado, por los sótanos de Correos, el libro Personajes y Escenas del Rastro Madrileño con las fotografías de Eduardo Dea, entre las que hay unas cuantas de los pajareros que se ponían en la Ribera de Curtidores y en la calle de Rodas.
El segundo de los poemas escogidos por Juan Marqués, dedicado a las golondrinas, se incluía en el libro Elegías, que se publicó hace casi treinta años. ¡Casi treinta años!... Han pasado en menos de lo que dura el giro de uno de sus vuelos! Leemos:

OH abril, con cuánta alegría
van y vienen por tu cielo
las golondrinas.

Vienen y van, van y vienen,
mas lo que en el cielo escriben
nadie lo entiende.

Quién entendiera
semejante misterio:
la primavera.

Casi treinta años cuando lo editamos, y tres los que tenía JM cuando ESR escribió este poema, y emociona ver a poeta tan joven buscando lo mejor de sí mismo en lo mejor del pasado.
Se ha ido la tarde, es un decir, en buscar y leer en los libros de nuestro amigo los veinte bellísimos poemas que formarán uno de esos libritos en octavo menor de la colección “El pájaro solitario”. Y a medida que la tarde se iba, se iban quedando a nuestro lado, sí, golondrinas, gorriones, petirrojos, verderones, mirlos, ruiseñores y jilgueros, esos jilgueros suyos únicos que cantan para todos, para ninguno, para siempre.
De la foto decir que fue hecha en un tiempo en que aún no estaban prohibidas muchas artes de cazar pájaros y que todo lo triste que es una jaula con un pájaro dentro, es alegre una jaula vacía, pues no se habrá encontrado una manera mejor de decir la libertad, y que en esa gran foto los que parecen cautivos ya del tiempo son los cuatro pajareros.

Foto: Eduardo Dea, Pajareros, 1982
           (Foto: Rafael Trapiello, Cuervo en Whole Foods Market, Austin, Texas, 2011)


19 de octubre de 2011

Granadas

Desde hace quince o veinte años, si no más, nuestro amigo César Moreno nos envía desde Elche una caja de granadas. Esa llegada es todo un acontecimiento, porque a pesar de que las esperamos, vivimos las semanas antes de su llegada fingiendo que lo hemos olvidado, y de ese modo no hay año que no nos sintamos sorprendidos cuando llegan, y la alegría que sentimos entonces es la misma que cuando llegan las golondrinas en primavera, sólo que  esto viene a suceder en otoño, cuando ya se espera poco de días cada vez más cortos.
Algún año las granadas se retrasan, y entonces nos invade una extraña congoja, porque pensamos que le habrá sucedido algo malo a nuestro amigo. Ocurrió una o dos veces. Una cuando su padre estaba muy enfermo. Ni siquiera nos atrevíamos a recordarnos que las granadas no habían llegado, ni menos aún hablarlo con él, telefoneándole, por superchería, pero nuestro amigo también envió su regalo ese año triste, y al llegar nosotros las recibimos como se recibiría a una paloma mensajera con una ramita de olivo en el pico, porque venían a decirnos que detrás de la tempestad las aguas habían bajado ya.
Cuando Ramón Gaya vivía, apenas llegaban las granadas de C. le llevábamos unas cuantas y R., a veces al día siguiente, las hacía entrar en una de sus pinturas, como se le da la entrada a un cantante en una ópera. De ese modo, y con la misma puntualidad que C. nos enviaba sus granadas, R. la retrataba. Las granadas de muchos de los cuadros de R.G. de esos últimos años suyos son las de C.M. y de ese modo, cuando llegan ahora, hacen que nos acordemos también del amigo que no está con nosotros, porque pensamos que le habría gustado pintarlas, y de ese modo tan sencillo logramos verlas tal como llegan y tal como serían si el amigo pintor siguiera viviendo aquí al lado, en la plaza de la Villa de París.
Es raro que no haya una fruta o un fruto que no pueda ser pintado, porque todos son pictógénicos a su manera, los cardos de Sánchez Cotán, las ciruelas veladas de Chardin, los girasoles de Van Gogh, la raja de melón en las manos de los niños murilleses. Pero las granadas son, si nos lo permiten decir esas otras frutas y verduras, acaso más hermosas y fascinantes. Hay frutas que lo que tienen, lo tienen por fuera, como las cerezas, y otras que lo que tienen, lo tienen por dentro, como las granadas. En el caso de las granadas acaso porque ese exterior hermético suyo no se corresponde con su aspecto cristalino de dentro, como si fuesen en realidad una geoda, o mejor aún, como una copa llena de diamantes ya tallados, con todos esos brillos que sólo se despliegan en los calidoscopios.
Le habría gustado a uno compartir con todos los que leen estas líneas una de las granadas de nuestro amigo C., como las compartíamos hace años con Cuca y con Ramón, hacer que esta página estallase como los proyectiles que tomaron de ellas el nombre y que algo de su magia llegara a todos los rincones del universo, pero no se me ocurre de qué forma podría hacer algo así tan prodigioso, y me resigno a este almanaque, pobre y limitado.
Foto: G., 18 de octubre de 2011


18 de octubre de 2011

Otro final

ALUDÍAMOS hace unos días al final de Van Gogh, final, decíamos, que no arrancó de él un falso testimonio contra la vida, tal y como la entendió en pinturas, dibujos y cartas. "Vivir, trabajar y amar son una misma cosa", le había escrito a su hermano en 1881.
Hoy se ha dado a conocer una hipótesis de ese final que lo reescribiría por completo: el pintor sucumbió a un disparo fortuito de unos amigos suyos, que jugaban ebrios con un revólver, y no porque hubiese querido suicidarse tal y como declaró el propio Van Gogh después, para librar del castigo, según tal hipótesis, a sus jóvenes amigos. Si resultó extraño el hecho de que no hubiese aparecido nunca el arma, aún lo fue más que el hombre que tuvo fuerzas para esconder el revólver y volver herido al pueblo por su propio pie, no las tuviese para dispararse una segunda bala.
Se confirme esta hipótesis o se corrobore la que ha prevalecido hasta ahora, no cambiará en absoluto el valor de su obra ni nuestra consideración de las circunstancias heroicas en las que fue hecha. Pero qué duda cabe que acrecentará aún más la leyenda de quien, según esta nueva versión, acabó sus días inmolando su vida por sus semenjantes, tal y como aprendió en los tiempos que predicó la buena nueva entre los mineros de la región del Borinage, del mismo modo que tampoco dejó de entregar a su pintura ni un ápice de su fuerza sobrehumana ni todo su talento. 
Foto: Juan Manuel Castro Prieto, Musée d'Orsay

17 de octubre de 2011

Pero ¿cómo de grave?

Desde sus inicios en el siglo XVIII hasta hace como quien dice dos minutos los periódicos se leían en horizontal. Por internet, en los móviles y portátiles, se leen, como es sabido, en vertical. El papel es horizontal y la luz vertical, nuestros analógicos van de izquierda a derecha, y los digitales de arriba abajo. ¿De leer el periódico de una u otra manera, cambia el sentido de lo que leemos? ¿Cambian las noticias? Probablemente. Una esquela, en la página de las esquelas, dice una cosa, y en portada otra muy diferente. Y si cambian las noticias, pueden cambiar los hechos, parecer más o menos importantes o decisivos, como puede cambiar nuestro pasado si se confirma que el neutrino es más veloz que la luz.

Mientras los periódicos eran de papel, los periodistas conocían bien el valor que tenían las páginas, y dentro de las páginas, los espacios. La primera era mejor que la segunda, pero la tercera era más importante también que la segunda, y la última, que muchas otras, y la parte superior derecha, más que la izquierda, etcétera. Ateniéndose a este criterio los directores jerarquizaban las noticias, y al jerarquizar las noticias, los hechos. Para ellos, como para Napoleón, la página era un campo de batalla, y no digamos en aquellos periódicos del siglo XIX que tenían formato literalmente de sábana, de meseta.

Paradójicamente el espacio de internet, que acoge el infinito, se limita a una pantalla que apenas admite otra cosa que titulares. Y eso producirá algunos cambios: estaremos mejor informados de hechos a los que no tendremos tiempo de prestar mucha atención. Los periódicos analógicos suelen componer a cuatro, cinco y seis columnas; los digitales, a tres. ¿Quién ha decidido que la más importante en estas sea la de la izquierda, donde vienen las noticias, y no la de la derecha, como hubiera cabido pensar? La segunda columna, la del centro, la médula, suele reservarse a las noticias de deportes, conciertos de rock, escándalos y vida social. Y la tercera, a contenidos diversos sin clasificar, es el cajón de sastre, lo que no ha cabido en las otras dos. 

Y aquí viene lo más extraño y desconcertante de todo. Aunque en internet leamos de arriba abajo, también seguimos leyendo de izquierda a derecha en la pantalla, de modo que vienen a coincidir, por ejemplo,  a la misma altura en nuestra mirada, el accidente nuclear de Fukhusima, la última borrachera de Paris Hilton y un parpadeo publicitario; o que se hunden las bolsas, que ha ganado el Unicaja, que Mandela cumple años. De ser ciertas las alarmantes noticias sobre la marcha económica del mundo y los índices de pobreza, deberían haber estallado ya las revueltas. Pero la gente se dice: Exageran, no será tanto si ha ganado el Unicaja, si a esa noticia le dan el mismo rango que a la quiebra de Lehman Brothers. Desde hace tres años a la sociedad moderna le están diagnosticando a diario algo terrible, y como esta aún no se encuentra mal del todo (las metástasis tienen eso: pueden ser corteses durante un tiempo), nos preguntamos como los del Titanic: pero ¿cómo de grave?, mientras sigue la música sonando.
      [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 16 de octubre de 2011]

16 de octubre de 2011

La sombra y lo visible

EL mismo día que secuestraban a las jóvenes cooperantes españolas en Kenia Montserrat Serra y Blanca Thiebaut, El Cultural de El Mundo le daba su portada y cuatro páginas de entrevista al joven escritor Alberto Olmos, de quien destacaban, a modo de titular, esta frase: “Estoy harto de la impostura de la solidaridad: ha sido una broma, una estafa difícil de criticar”.  “Yo sé –arranca el que El Cultural considera “el último provocador”– que como tengo barba y no me parezco a Juan Manuel de Prada se da por hecho que soy superprogre y que tengo que movilizarme por todas las causas, no sé… por Egipto. Bueno, yo no sabía que en Egipto había un dictador, pero qué fácil es decir al día siguiente que estás a muerte con la ‘primavera árabe’”. Hay cosas, sin embargo, que conviene saberlas y no hay nada malo tampoco en ponerse al día. Bien podríamos empezar por el excelente artículo que ayer mismo publicaba Chantal Maillard en El País. Y aunque Olmos se referirá, supongo, a todos aquellos que parasitan la pobreza en beneficio propio y se adornan con el dolor ajeno, lo cierto es que Montserrat Serra y Blanca Thiebaut, hasta ayer mismo en la sombra, sabían qué podía esperarles en Kenia, en el campo de refugiados donde trabajaban doce horas al día, y para ello se prepararon concienzudamente. Ha sucedido y confiamos en que pronto estén de vuelta, porque el mundo, el que escribimos con minúsculas, necesita de su solidaridad y de su coraje acaso tanto como de nuestros publicitados provocadores.
Montserrat Serra y Blanca Thiebaut


15 de octubre de 2011

Octubre gayesco

UNO de esos correos que van y vienen de oriente a poniente en esta vieja casa llegó ayer oportunísimo. Lo propició sin duda el mes de octubre, para todos los amigos de Ramón Gaya su mes por excelencia, ya que en un mes de octubre de 1910, el día 10, nació él, y en otro, el 15 del 2005, murió. Así envió Miriam su escrito, y así se quede aquí, como la luz dorada de las tardes inusitadamente bonancibles y pródigas de este otoño que tanto nos recuerdan a quien nos mostró que "el atardecer es la hora de la pintura".
               


"LA segunda lectura de la Obra completa publicada en Pre-Textos confirma mi impresión de que la originalidad de las intuiciones de Ramón Gaya en torno a la creatividad es como la luz de un relámpago que abre pistas inesperadas y fecundas en torno a la idea de tiempo. En primer lugar porque tengo la sospecha de que una de las propuestas más sugerentes de la obra de Gaya alude a la distinción entre dos niveles de profundidad diferentes del tiempo y en segundo lugar porque estamos ante uno de los pocos autores contemporáneos que ve el pasado como una fuerza y no como una carga. Una fuerza que tiene que ver con el recuerdo:
«Lo que sucede es que el hombre real, el moderno real, que se sabe envejecer paso a paso, comprende que sólo es posible refrescarse en el principio, en lo primero, y por lo tanto se necesita, no propiamente “volver” a lo antiguo, sino “acordarse”, o sea, acordar “la antigua juventud” del hombre con “su actual vejez”. » (OC, p. 231).

Entonces cabría decir que este recuerdo-acuerdo abre una vía de escape en el cauce lineal de nuestro tiempo de historia que Gaya percibe como un vendaval arrollador que nos desgasta con su aceleración y nos hastía con su vacío:   
«Nosotros, por lo visto, estamos cansados, gastados, y también eso que se llama estar… en crisis. La naturaleza, en cambio, cada mañana aparece, amanece, no ya de nuevo, sino por primera vez, inédita. La naturaleza ha escapado a la historia, nosotros no hemos podido.» (OC, p. 418).

Historia como inquietante actualidad que nos hunde en la noche. Pero Gaya parece dejar abierta una puerta a la esperanza cuando alude a una dimensión temporal generadora que él llama “tiempo completo”.  
«Veo, por fin, en el Museo Correr, Las cortesanas, de Carpaccio. ¡Qué cuadro tan misterioso! Lo que me atrae, sobre todo, en él, es su primitivismo y su modernidad fundidos en un tiempo único, en un tiempo... completo.» (OC, p. 401).

Como si las grandes obras de arte fueran el gesto de resistencia, la corriente de fuerza para conjurar la desolación y el secreto para salvar -en el sentido de saltar, sobrevolar, atravesar- esta condena de la indigencia en la que estamos atrapados. En este sentido no sería demasiado osado decir que Gaya alude a un tiempo cualitativo en el que la vida respira, se propaga y se multiplica. Es el tiempo de la creatividad en el que las cosas nacen y se realizan, un tiempo que alimenta la inspiración y la vitalidad de las artes: su amanecer".

                                                               Miriam Moreno, 14 de octubre de 2011

Ramón Gaya, Didujo de un bloc de Venecia, 1953



14 de octubre de 2011

Retrato de Pedro Luis de Gálvez cuando estaba en capilla

ENTRE las muchas curiosas historias que cuenta Girbal en su libro, esta, para mí desconocida. Se encontró después de la guerra a Diego San José. Venía aquel del penal del Dueso y este del de la isla de San Simón frente a Redondela, donde pasó cinco años. Tras un tiempo en Madrid, se instaló en Redondela. Tuvieron que ser razones muy poderosas las que le empujaron a vivir en el lugar donde había penado. San José, Dieguito, como le llamaban, le contó que le habían condenado a muerte por haber sido jefe de prensa de la temible Dirección General de Seguridad. Millán Astray, a quien fue a visitar la mujer de San José pidiendo clemencia, lo libró del pelotón de fusilamiento porque era un lector y admirador suyo, y ocurrió esto cuando esperaba en compañía de Pedro Luis de Galvez cumplimiento de sentencia en la cárcel de Porlier. Estos dos escritores se intercambiaron sendos sonetos, escritos según Girbal la víspera de su ejecución, estando ya en capilla y tratando de exorcizar la Muerte. Seguramente no fue la víspera: desde que los condenaron a muerte hasta la ejecución de Gálvez pasaron cuatro meses. Da igual. Llegados a ese punto, la vida es ya una novela. El de Gálvez por Diego es, sin lugar a duda, el último retrato que se le hizo al escritor más unánimemente denostado de la guerra civil, y no sé si ha sido editado en algún otro lugar aparte del libro de Girbal. Este es:

A este don Pedro Luis, de barba cana,
luenga melena y ojos con anteojos,
negra la cabellera y los ojos
claros, le conocí en mi edad lozana.
Ahora véngole a hallar, ¡miseria humana!
–por venganzas de azules contra rojos–
a través de una reja con cerrojos,
y mirando a la Muerte como hermana.
La Muerte no vendrá, mas si viniera,
presumo que al instante detuviera
su paso alucinante e inconcreto...
Y olvidándose, al fin, a qué venía,
absorta, a su pesar, se quedaría
oyendo a Gálvez su postrer soneto.


En cuanto al postrer soneto al que alude San José fue precisamente el que le dedicó a él, y figura en último lugar de los poemas completos de Gálvez que le editó La Veleta, probando de ese modo que la vida no es un juego de espejos, sino metalitaratura en estado puro y constante más allá de la muerte. La madrugada de aquella primavera de 1940 que siguió al día en que uno y otro se hicieron sus retratos, San José salió de la celda para el penal y Gálvez para el cementerio con una entereza que al parecer no siempre adornó su vida.
Foto que aportó Gálvez como prueba (número 19) de ejemplaridad cristiana con crucifijo al fondo en el Consejo de Guerra que lo condenó a muerte (tras cortar de la foto la parte izquierda, en la que presumiblemente estaría su compañera, a quien pretendía proteger de ese modo).

13 de octubre de 2011

Arsenal estoico






EL misántropo probado. Pasan las cuadrillas de cazas, helicópteros, bombarderos y demás aeronaves bélicas, atronadoras, en vuelo rasante durante un destile militar, pero él sigue su camino sin levantar la vista del suelo. A mí me queda mucho todavía para llegar a eso.
* * *
A un enemigo pequeño no se le puede hacer un gran daño, precisamente porque es pequeño, por lo mismo que a un enemigo grande sólo se le puede hacer un daño pequeño, justamente porque es grande. Esto deberían saberlo quienes pierden el tiempo en combinar venganzas que no llevan a ninguna parte ni a los pequeños ni a los grandes. Escribir para vengarse es absurdo, sólo se escribe por amor al arte.

* * *
ESTA es la norma: jamás responder al insulto, calumnia, mentira de un anónimo. Si ha tenido fuerzas para tirar la piedra, debería tener el valor de dejar la mano a vista de todos. Pero el anónimo, creyéndose muy astuto, se dice: no voy a ser tan tonto y dar la cara; o sea, lo que piensan los tontos del... Dejémoslo aquí.
* * *
EN Internet probamos del Árbol de la Ciencia, el Árbol del Bien y del Mal, del que pende todo, pero también advertimos nuestra desnudez. En ese instante sentimos nostalgia del libro, de sus limitaciones, de su pobreza, y de abrigarnos con papeles y hojas secas, como los vagabundos, nostalgia de ser libres con poco, frente a los que son esclavos de mucho.
* * *
"NUNCA pasa nada, y cuando pasa no importa" (Luys Santa Marina).
* * *
NO hay cosa más fea
que el pro domo mea
ni más desvarío
que el qué hay de lo mío.

Foto: El Rastro, 25 de septiembre de 2011

12 de octubre de 2011

Galicia, algunas vetas de poesía y un poco de esperanza

“HABRÍA bastado con que en vez de ‘Galicia’ o de ‘los gallegos’ se hubiese dicho ‘cierta Galicia’ y ‘algunos gallegos’, y no habría hecho falta más”, me dices.
Tienes razón. Suponía que cuando Larra habla de ‘los españoles’ o de ‘los madrileños’ era obvio que no lo hacía de ‘todos’ los españoles ni de ‘todos’ los madrileños. Escribir en España es llorar, pero qué suerte la de Larra que podía hacerlo sin la gendarmería de la identidad encima. Pues de lo que deberíamos estar tratando es de lo que Cristina García Rodero nos mostraba, de esas mujeres enlutadas, de esas romerías desoladoras, de esas bacanales delirantes y de ‘esa Galicia’ que vive en el “trastempo” (este era, por cierto, el título de la exposición y del catálogo), y no de mi artículo.
La imagen que García Rodero da de Galicia es esa y no otra, estereotipada acaso para quienes tenían noticia de ella (y les gustaba poco), y brutal, extraña o mágica para quienes la ven por primera vez. Solana fijó un canon de lo negro, todavía vigente, cuando ante tal o cual estampa real decimos: “solanesco”, añadiéndola al amplio catálogo de estampas solanescas que él mismo nos dejó en sus obras. García Rodero ha reunido imágenes de una Galicia profunda y ha contribuido a fijar una idea de ella. A sus imágenes iremos sumando otras, durante cuánto tiempo, igualmente “garciaroderescas”, expresión de un tiempo que en su servidumbre vivía lejos aún de la emancipación ilustrada. Solana y García Rodero, sutiles creadores en y de mundos trastornados y lúgubres, supieron hallar en ellos vetas de poesía, a pesar de todas las supersticiones. Un día estas desaparecerán y no las echaremos de menos. Nos quedará, sin embargo, el recuerdo de la rara belleza que nacía de ellas y que uno y otra descubrieron, y sólo por eso les estamos agradecidos, por lo mismo que no es incompatible ser pacifista y lector de la Ilíada.
Y en esto estaba uno, pensando en cuánto le quedará a la España negra de negra y a la Galicia profunda de profunda, sin demasiadas esperanzas a causa de estos tiempos, cuando, embarcado como estoy en la lectura de las cartas de Van Gogh, me encontré con este fragmento esperanzador, a su hermano Theo, en 1879: “Muchos creerán que el hecho de creer en una mejoría no es más que una superstición. A veces, en invierno hace tanto frío que uno se dice: hace mucho frío, poco importa el verano, el mal siempre vence sobre el bien. Pero tarde o temprano el frío riguroso se termina, con o sin nuestra aprobación, y una hermosa mañana el viento sopla en otra dirección; es el deshielo. Cuando comparo los cambios de nuestro estado de ánimo y de nuestras condiciones de vida con las variaciones del tiempo, conservo un poco de esperanza: quizás esto termine mejor de lo que pensamos”.
Que terminara como terminó, no nos hará levantar un falso testimonio de la vida.

Foto: Juan Manuel Castro Prieto, Musée d'Orsay

11 de octubre de 2011

Una confidencia

                                                                                      Para Malcolm Otero Barral

Es normal que el lector actual de este almanaque note la ausencia en él, o casi, de los problemas colosales de los que la prensa diaria y la televisión dan cuenta con puntualidad y minucia, guerras, cataclismos bursátiles, corruptelas políticas, desempleo de millones de personas, precariedad del Estado de bienestar, terrorismo… Pero también es razonable pensar que el lector futuro (¿qué lector?) agradezca que sólo se traten en él asuntos inactuales con minuciosa vaguedad, el tiempo que hace, las nubes que pasan, el Génesis, el otoño y los mirlos, la rosa firme, la lectura de un libro de poemas, el adiós a un amigo...
Claro que algunos encontrarán presuntuoso pensar que nadie va a querer leer en el futuro (¿qué futuro?) estas palabras, pero no se crea; no lo es en absoluto, o lo es tanto como creer que tenemos derecho a algún lector actual sólo porque se publica cada día y podrían verlo millones de personas.
O sea, que mientras el mundo se hunde y nosotros con él, seguiremos retransmitiendo el tiempo que hace, las nubes que pasan, el Génesis, el otoño y los mirlos, la rosa firme, la lectura de un libro de poemas, el adiós a un amigo… "Es bueno amar tantas cosas como se pueda; ahí radica la verdadera fuerza; quien ama mucho, hace mucho, puede mucho, y lo que se hace con amor está bien hecho", le dice en 1878 Vincent Van Gogh a su hermano Theo, cuando ni siquiera podía saber lo mucho que estaba llamado a hacer. Un mes antes le había escrito incluso: "Es bastante dudoso que triunfe, que haga todo lo que se exige de mí".
Nada que temer ni que esperar: ni temer lo que se espera ni esperar lo que se teme. A ese lector futuro le llegará nuestra voz como llega a nosotros la luz de las estrellas muertas.
Foto: Michael Kenna (envío de Alice Déon)