14 de septiembre de 2011

De un correo

"Los hospitales de pueblo, aunque no dejan de empaparte de su olor y decadencia humana, tienen la ventaja de parecerse a aquellos corrillos de vecinas que se sentaban al atardecer en la calle para desgranar historias truculentas, o tiernas, o complejas vicisitudes sociales y humanas. Ha sido bonito escuchar el repaso que a la guerra civil hacían dos abuelas, con alguna copla incluida, o el derrumbe y dilapidación de bienes de una saga con mucho señorío y tronío de un pueblo cercano. Las horas transcurren brumosas entre esas historias que, como la enfermedad, no parecen remar hacia ninguna orilla definida, pero también, muchas veces, con un aburrimiento mortal intentando aislarte de las conversaciones insulsas de las numerosas visitas, mientras relees por enésima vez el mismo párrafo sin conseguir que se superponga a los gritos del de turno, que vocifera su propia experiencia de enfermo esforzándose en ser escuchado por encima de las otras voces que también reclaman el mismo interés hacia sus males. En los pueblos parece ser que existe la costumbre de aprovechar el viaje al hospital para hacer el recorrido por todas las habitaciones donde intenta descansar cualquier paciente al que se conozca aunque sólo sea de vista, lo que da lugar a un ruido ensordecedor, y a un disparatado trasiego de gente cuyo único objetivo es comentar todo el historial médico propio y de sus allegados. No te imaginas cuantas veces me he encontrado dispuesta a asesinar a gordas dicharacheras, flacas con letanías de males –es increíble como memorizan patologías de nombres impronunciables–, y ni te cuento a las que, aprovechando cualquier alusión, generalmente sin venir a cuento, te sueltan lo que se compraron en la tienda hace tres años para una boda, no se sabe si con la intención de que les des las gracias y las invites a un cafelito en el bar, o lo que es peor, para demostrar los estrechos lazos que presuponen te van a unir a su persona, lo que les arrogará el derecho a pedir un descuento la próxima vez, sin otro preliminar que preguntarte por la suegra y demandar con suficiencia en cuánto se queda lo que señala la etiqueta. A esas, garrote vil. ¿Para que emplear mayores sutilezas?; les iba a costar entenderlas".
Es un fragmento de un correo de E., que pasó el verano "de hospitales". Acunado en la España negra, es estupendo ese humor suyo tan fino y su conformidad, menos fiera de lo que se pinta. Y en medio de todo, que nos recuerde que cuanto escribimos será leído en un hospital, y que por tanto deberíamos hacer nuestros escritos más silenciosos todavía. Si acaban en manos del que vela, para que ese silencio le vuelva inexpugnable, y si es en las del enfermo, con mayor razón.
(J.G.-Solana, Casa de dormir. Grabado)

3 comentarios:

  1. Parece que hay mucho de Solana en esa manera de mirar o de contar; sigue vivo, pues.

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  2. cátedras del dolor, sí, y esa cháchara de cigarra en las visitas, que quisiera con su clamor desacompasado espantar el mal, ahuyentarlo un rato, como a ese hambriento tuso que se acerca con dudosas intenciones a olisquearnos los tobillos.

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  3. Como también he pasado un verano de hospitales quería añadir que, además de lo que se escucha en los corrillos, hay tiempo para atender a lo que está escrito en la pared.
    Por ejemplo en un Hospital,de ciudad,nuevo como un NH recién inaugurado, se puede pasar el rato leyendo infinidad de avisos,noticias y recomendaciones pegados con celo,algunos ya casi despegados de la horizontal.
    Se advierte al instante cierto "diseño" de ordenador, pues el secretariado con un Mac delante ya se sabe de lo que es capaz.
    Las noticias son una especie de prensa local con sus variadas secciones: el resultado de unas elecciones,demandas de sangre,ruegos para un silencio imposible...El premio grande se lo llevó la cuartilla que rogaba en una puerta que por favor se cerrara al salir.Una demanda curiosa pues era automática y se cerraba sola.

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