28 de septiembre de 2011

Del otoño

HAY un momento, a veces un instante muy breve, como el ruido de la puerta que se abre a nuestras espaldas, en que percibimos que algo ha cambiado irremediablemente. Es un momento único. Y cuando sucede, sucede a su hora, puntual. Nos decimos entonces: ha llegado el otoño, es él quien ha abierto esa puerta. Y volvemos la cabeza aun sin querer, sin atrevernos aún a estar alegres.
Al principio no sabemos muy bien cómo recibir a un huésped tan distinguido que llega con la consideración y los elogios de los espíritus egregios.
Bien por la novedad y el cansancio del verano, bien por sí mismo, el caso es que esas maneras suyas silenciosas nos seducen de tal modo que sin darnos cuenta empezamos a copiarle al otoño el porte, como copiábamos de muchachos en secreto algunos ademanes y actitudes de tal o cual muchacha de la que estábamos enamorados no menos en secreto, con el solo propósito de llamar su atención y que leyese en nuestra mirada atenta y taciturna un “¡somos almas hermanas! ¿Cómo no te has dado cuenta todavía?”.
Así ahora nuestra alma secunda a las hojas de los árboles. Sepultadas por el canto estrepitoso de los pájaros, idos ya en su mayor parte a su emigración, se nos había olvidado que los árboles supieran hablar también. Lo hacen mediante silencios hechos de viento y de cadencias. Tanto más hondos y misteriosos son esos silencios cuanto más sostenidas y profusas son las cadencias, de modo que tal silencio no es ausencia de sonidos, sino lo contrario, suma de ellos. Cuanto más se mueven las hojas, cuanto más ruido hacen, mayor y más hondo parece el silencio que los rodea. Oyéndoselo a los alcornoques, a las retraídas encinas, a los olivos o al verde polvoriento de las zarzas, nos enardecemos también y tratamos de imitárselo, agitándonos como ellos. Y temblamos igual. Nos pasamos así el día oyendo a los árboles en el viento y al viento en los árboles, de modo que cuando llega el crepúsculo tiene uno que sujetarse para no lanzarse descalzo por las callejas, como las hojas muertas.
Ahora es de noche. Una noche sin luna, sin estrellas, Los árboles siguen hablando con la voz apagada, y el alma también imita ese silencio nuevo, sin luna y sin estrellas, por el que puede caminar, no obstante, como a la luz del día. Un sentir con ramas y con hojas y con los nidos vacíos del verano. Hoja él mismo atento a ese momento, único también, en el que habrá de ser separado del árbol al que ha estado unido tanto tiempo. También se oirá un leve ruido entonces, como de puerta, y alguien al oírlo girará la cabeza ilusionado. Que a su alrededor puedan oírse palabras graves y algún sollozo no restará levedad a ese momento.

10 comentarios:

  1. Llega la alegría del Otoño cuando se apagan los faroles y algarabías de las últimas ferias.
    Equinoccio tranquilo y esplendor moral.
    Luces delicadas,nubes expresionistas y sombras bien perfiladas.
    Una lánguida cualidad poética.
    Otoño seductor y reposado.

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  2. Está claro que puede escribir sobre cualquier tema, y siempre dejando el alma en vilo. ¿Por qué no un artículo sobre una humilde mota de polvo?

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  3. gracias por celebrar delicadamente el otoño hablando de la música del silencio y de la vida de la muerte, recordando aquel árboles hombres

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  4. Ya lo escribió Hace años. En forma de poema. Lo publicó acompañando las fotos de Juan Manuel Castro Prieto y lo publicó Mauricio d'Ors en un librito que se titulaba precisamente así, Mota de polvo.

    DESVÁN

    En el desván angosto está ese niño./
    Entre viejas maletas y orillados/
    ajuares descompuestos pasa el tiempo/
    completamente solo./
    Las jácenas y vigas son tan bajas/
    que camina encorvado. En una de ellas/
    a punta de navaja ha escrito un nombre/
    por darse compañía, el suyo propio./
    Otras veces el sol se acuerda de él/
    y le regala un rayo en el que flotan/
    como orbitados mundos malabares/
    millones de miasmas y partículas,/
    y se abisma pensando que en alguna/
    podrá quizás haber otro desván/
    y otro rayo de sol y el mismo sueño./
    Del humano trasiego y la familia/
    ningún ruido allí sube ni le buscan/
    el juego o las tareas,/
    y el silencio es tan grande que hasta el roce/
    de esos átomos vagos se oye mórbido./
    En tan extraño ámbito ha encontrado/
    destierro y paraíso y los papeles/
    de Jeromín y El Cid y el de Ricardo/
    Corazón de León y el de Jim Hawkins/
    que le parecen hechos a medida./
    Nadie ha podido ser, como él lo ha sido,/
    más feliz con tan poco./
    Han pasado los años,/
    y el desván y la casa ya no existen,/
    pero el niño allí sigue; si le miro,/
    me mira y si le hablo/
    no sabe responder a mis preguntas./
    De todos los posibles, este raro/
    disfraz que llevo puesto de mí mismo/
    hubiera sido el último en probarse,/
    y apiadado por ello acaso ahora/
    aquel niño me tiende su navaja./
    En el olmo vetusto de la vida/
    antes de que lo olvides para siempre,/
    Andrés, escribe: Andrés, mota de polvo./

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  5. Este es uno de los "Trapielllos" que más me gusta: el de la prosa poética cuando menos se espera... Deberías de conocer, Andrés, el otoño de la sierra del Segura: estremece y emociona "oír" el viento en la copa de los pinos y los álamos; y el silencio a veces es tal, que uno vuelve la cabeza creyendo que nos pisa los talones... Allí tienes tu casa, amigo Andrés...

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  6. ¿Mauricio d´ors es pariente de miguel dors?

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  7. Mauricio y Miguel d'Ors son primos.

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  8. No se que me gusta más si leer y releer escritos como éste o recordar pequeños fragmentos a lo largo del día. El ofrecimiento del silencio. Muy hermoso.

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  9. ¿Prosa poética? ¿Poesía, que dicen prosa rota? Qué más dan las clasificaciones. Palabras con las que el escritor dice sentimientos, pensamientos sobre quiénes somos en cada momento. Basta, como es en este caso, que haya una persona que, leyéndolas, oíga un ruido a sus espaldas y tiemble de sentimiento, reflexione sobre quién es en ese momento, basta esto para que sean literatura, filosofía.

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