1 de septiembre de 2011

Museo: molino de la soledad

MIROTEABAN una de esas salas con vitrinas llenas de puntas de sílex, cacharros malparados, marros en los que resultaba difícil adivinar forma ninguna de hacha,  pedazos más o menos informes de metales calcinados… Les había traído hasta allí no su valor o su belleza. Ni siquiera su rareza: iguales o parecidas esquirlas de la prehistoria pueden encontrarse hoy desparramadas por museos de medio mundo, en abundancia casi superior a las astillas del lignum crucis. No, únicamente su resistencia a desaparecer, el haberle echado un pulso al tiempo y haberlo vencido, les ha franqueado la puerta de la historia. Siguen siendo, como si dijéramos, patitos feos y deleznables que no acabaran de creerse cisnes, pese a ver cómo tienen al retortero un ejército de celosos conservadores e historiadores que los tratan con guante blanco, por no hablar de los visitantes como nosotros a los que en ese orden de cosas podrían muy bien darles gato por liebre.



Y del museo, hoy en el antiguo Palacio de las Veletas, donde vivió hace cien años el autor del Nuevo Libro de Yerbas lo más destacable, el museo en sí, tan cuidado y vacío como muchos museos provinciales, encantadores en parte porque están vacíos; el aljibe, porque donde hay agua, y más si es ciega, hay sueño; un plato, en el que figura un cazador y un perro; el nombre de una almazara en una zafra y esas dos figurillas en madera de boj, tan brancusianas (avant Brancusi, claro), en cuya base está el sello con el que cada panadero improntaba los panes salidos de su tahona. Esa probidad de los gremios artesanos y la satisfacción por su obra bien hecha, que les llevaba a firmarla sólo después de hecha, es rara, desde luego, en los gremios artísticos, acostumbrados a lanzar el yo por delante.

3 comentarios:

  1. De donde se deduce que la obra debiera darle fama al autor y no a la inversa.

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  2. A mí,del Museo de Las Veletas,me gusta hasta el nombre.Su contenido es modesto,pero cercano y,a veces,entrañable.Su visita resulta muy agradable,se trata de un paseo que te permite pararte para disfrutar del suelo,las ventanas,el patio...EL aljibe,una delicia.La Plaza,una maravilla.

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  3. Esas cuñas y rascadores desgastados que admiramos en los museos, los admiramos, efectivamente, porque han perdurado en el tiempo, porque todavía existen.
    Si intentamos eliminar ese aura de antigüedad, nos olvidamos de la pátina romántica y nos quedamos sólo con los objetos desnudos, se nos revela ante nosotros una colección de objetos anodinos, puras herramientas.
    Como en los puestos ilegales del rastro donde podemos encontrar desde pilas usadas y maquinillas de afeitar hasta dentaduras postizas.
    Quién sabe, quizás dentro de miles de años esas maquinillas de afeitar, si todavía existen, pasarán a formar parte de una vitrina como las del Palacio de la Veleta.

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