Affichage des articles dont le libellé est Las Viñas. Afficher tous les articles
Affichage des articles dont le libellé est Las Viñas. Afficher tous les articles

31 octobre 2012

Aurora y tramonto de la luna

ACASO lo que caracteriza la aparición de la luna sea el paso siempre misterioso con que lo hace, la majestad con la que asoma, la soledad que lleva consigo, palpable en el modo silencioso con el que las estrellas todas se van apartando de su lado hasta dejarla en lo más alto completamente sola.
Pero de todo su recorrido, el amplio trazo con el que apuntala la bóveda celeste, tal vez sean esos primeros momentos, los de su aurora, en los que se desembaraza de su horizonte, los más hermosos, los más estremecedores. Asistimos a ellos con el ánimo encogido, como a la aparición de una gran actriz que al salir a escena ha hecho que cesen hasta los roces de las sedas y satenes de los espectadores del teatro abarrotado, quienes acaso temen que no vaya a estar a la altura de la expectación que ha despertado, bien porque haya olvidado su papel, bien porque no siempre podemos estar a la altura de los silencios sobrehumanos. 
Así la luna ayer. Se fue abriendo paso entre las ramas de los seculares e inmobles alcornoques de lontananza y de las muy ligeras y pascalianas cañas de nuestro lado, para acabar subiéndose a un cielo que la iba a arropar con nubes negras de tormenta. Lo que luego sucedió fue aún más misterioso, pues apenas había asomado, cerró de nuevo la puerta tras de sí. Su aparición apenas duró unos minutos, y la aurora y el tramonto se confundieron, como si fuesen anverso y reverso de una misma moneda. En realidad, la gran actriz, la emperactriz de las tablas, podríamos decir, salió a escena para leer este breve comunicado: "Por razones ajenas a la empresa, se ha suspendido la sesión".
Y así, mohínos y desconcertados, vednos a los espectadores levantarnos e irnos sin saber cuándo podremos verla de nuevo, y en qué papel.

Las Viñas, 29 de octubre de 2012.

16 novembre 2011

Cosas de familia

Después de la tormenta vino el viento y arrastró las nubes. Había tantas que no daba abasto a sacarlas del cielo, y se le desbocaron como una manada de potros. Por más que la luna trataba de colaborar y aspeaba los brazos, las nubes pasaban por encima de ella, aunque por suerte para todos sin tocarla. De la tierra se elevaba el frío de la noche y aunque no dijeran nada, o precisamente por ello, se les oía a los pájaros guardar silencio ante ese espectáculo majestuoso. En aquellas alocadas galopadas había algo de sinfónico, pero el silencio de los pájaros y del agua en el regato y de los olivos era un silencio de cámara, y allí arriba la luna tratando de sosegar el cielo. Sabíamos que ella no se movía ni un centímetro de donde estaba, pero cualquiera hubiera dicho que la luna iba corriendo de un lado a otro tratando de sofocar aquel motín tras la tormenta. No sé, como si ese incendio gélido y plateado la hubiera sacado de la cama en camisa de dormir y caminara descalza como una loca. La vimos un buen rato anonadados, sin poder hacer nada. ¿Cómo ayudarla? Incluso, creo, empeorábamos las cosas, pues el frío hacía que de nuestras bocas, con cada palabra, saliera un puñado de vapor blanco, como otra nube, que al verse en libertad, corría fuera ya de nuestro alcance para ponerse del lado de las amotinadas en su negra barricada. Al final, con indecible tristeza, comprendimos que todo eso era asunto de ellos y que era mejor no intervenir, como si fueran, en fin, cosas de familia, y nos despedimos de la luna, de las nubes, del viento, del silencio de los pájaros y de cuantos sonidos acordados esperaban un poco de sosiego. El nuestro, en la casa, vino luego.