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20 janvier 2016

El enemigo de los libros (un prólogo en singular)

ACABA de aparecer en la editorial Fórcola este curioso y entretenido libro de William Blades, Los enemigos de los libros, del que recuerdo especialmente divertido el capítulo sobre polillas y carcomas y el modo en que su autor las alimentaba con diferentes clases de papeles historiados, tal y como se recoge en el prólogo que va a continuación.
* * *
William Blades fue un bibliógrafo inglés que al parecer tuvo también pujos de bibliófilo. Hoy es conocido sobre todo por haber sido el primero en catalogar y estudiar el acervo caxtoniano, o conjunto de libros impresos por William Caxton. Fue este un mercader al uso del siglo XV, es decir, mercadeaba con un poco de todo, y andando en esas mercaderías, por los Países Bajos, llegó a su conocimiento la invención de la imprenta; aprendió el oficio de tipógrafo en Brujas, dejó el oficio de mercader y se hizo impresor y editor, pasando a la historia por ser el primero en instalar una imprenta en Inglaterra. Blades, que rastreó por todo el mundo los rarísimos incunables que salieron de las prensas de Caxton y descubrió muchos que no pasaban por suyos, cuenta su vida como sólo saben hacerlo los historiadores ingleses, con amenidad y seriedad al mismo tiempo.
Blades despliega esas mismas dotes en este libro delicioso. Se ve que era  hombre curioso de variados saberes relacionados con dos o tres musas, y aunque está profundamente convencido de la utilidad de los conocimientos y amenas erudiciones que tachonan estas páginas, tampoco quiere pasar por un excéntrico ni un maniático.
Al ser un inglés del siglo XIX tenía una gran fe en el progreso, pero al no llegar a conocer el XX no le dio tiempo a desengañarse. El progreso pasaba, en lo que a él concernía, por la conservación de los libros. Cierto que vivió en una época que no tenía mucho aprecio por los libros o por lo menos no la estima indiscriminada y de gran peralte en que se les tiene hoy. Así que estaba convencido de que la filantropía pasaba por buscar libros viejos en los establos de la campiña inglesa y mantenerlos alejados de la polilla
Dedicó Blades a ese asunto de la conservación de los libros viejos este decálogo donde se especifican, a grandes rasgos, sus principales enemigos: el fuego; el agua; el gas y el calor; el polvo y el abandono: la ignorancia y el fanatismo; la polilla; los ratones y otras plagas; los encuadernadores; los bibliófilos, y los niños. Es, como puede verse, un decálogo mal contado, porque mete en alguno de esos apartados dos y tres asuntos diferentes.
Como quiera que sea, no llega uno a comprender por qué razón Blades no incluye aquí el que para mí es el principal enemigo de los libros: el autor, por no hablar del tiempo y el uso, que si no son sus enemigos, son una de las razones de su inexorable acabamiento. Si los autores fueran mejores de lo que lo son, y se respetaran un poco más a sí mismos, no escribiendo más que libros buenos, probablemente se les tendría en mejor consideración, y la gente no llevaría sus obras a los establos, sino que los tendrían entronizados en un lugar preferente de la casa. En cuanto al tiempo y el uso, lo dejo para el final de este prólogo.
Blades sabe muchas historias de libros. Las historias de libros se parecen casi todas mucho: bibliotecas famosas que se venden, libros que, impresos con tintas venenosas, matan misteriosamente a los lectores que los abren por primera vez, almonedas de ejemplares rarísimos vendidos por unos cuantos chelines en una lejanísima alquería, tratados de valor incalculable pudriéndose lentamente en monasterios de monjes ignaros… Muchas de ellas Blades las sabe como las saben los bibliófilos: por transmisión oral, como las leyendas de la Edad de Oro. Otras las ha vivido personalmente. Unas y otras parecen haber sucedido ayer, desde la que se cuenta en los Hechos de los Apóstoles, 19:19  (el precedente de las quemas de libros de la Inquisición), hasta la fastuosa historia del buhonero que compró al peso un valioso alijo bibliográfico o la venta de cierta biblioteca en el condado de Derbyshire.
Aunque el lector español no esté familiarizado con la edición de los Cuentos de Canterbury de Caxton, o el Boke of Albans, el Decamerón bibliográfico de Dibdin o la primera edición de Golden Legend, se hará inmediatamente a la idea de que le están hablando de El Dorado, es decir, de ejemplares tan míticos como el unicornio. Esas historias son parecidas también en todas las culturas donde haya una tradición de libros y bibliotecas. Para mí ha sido especialmente hilarante e instructivo el capítulo dedicado a la polilla, algo que sólo pudo haber escrito un admirador de Darwin. Debiera figurar en todas las antologías del llamado humor inglés. De ese capítulo extraigo este párrafo: “En diciembre de 1879 el señor Birdsall, un conocido encuadernador de Northampton, tuvo la amabilidad de enviarme por correo un gusano bien gordo que había encontrado uno de sus ayudantes en un libro viejo cuando lo estaba encuadernando. El ejemplar hizo un buen trayecto, mostrándose muy animado al salir del sobre. Yo lo acomodé en una caja, en un ambiente cálido y silencioso, con unos trocitos de papel de un Boethius de la imprenta de Caxton y de la hoja de un libro del siglo XVII. Se comió una pequeña porción de la hoja, pero, ya fuese porque había demasiado aire puro, por la desacostumbrada libertad o por el cambio de alimentación, se fue debilitando poco a poco y murió en cosa de tres semanas. Sentí mucho perderlo, y me lancé a verificar su clasificación mientras se encontraba aún en buen estado. El señor Waterhouse, del departamento de Entomología del Museo Británico, lo examinó amablemente antes de que muriese y dictaminó que se trataba de una Oecophora Pseudospretella”.
Como este pasaje encontrará el lector otros muchos, que le mantendrán entretenido hasta el final.
Es chocante que el editor le haya pedido a uno este prólogo, porque como saben mis amigos más cercanos y seres queridos a mí, al menos de unos años a esta parte, ya no me gustan tanto los libros como me gustaron, sobre todo desde que descubrí que a veces los libros son el primer enemigo de la poesía y de la literatura, que es lo mismo que decir que son los enemigos de la vida. Aún los sigue uno buscando y leyendo, tanto si son viejos como si acaban de publicarse, y muchos de ellos conservándolos, cierto, pero sabiendo que los libros debieran hacer ociosos en nosotros los libros.
Yo mismo me debato, pues, sin saber si he de seguir buscando más libros viejos y nuevos o si, por el contrario, con releer los que tengo sería suficiente.
Si un libro no se lee, no vale la pena que lo conservemos, y vale eso para el más modesto de los libros de bolsillo y para la Biblia Complutense. “Libro que no has de leer, déjalo correr” ha repetido uno otras veces. Decía con mucha gracia Gómez de la Serna que el Rastro de Madrid era (al menos en el tiempo en que escribió el libro que le dedicó, los años diez del siglo pasado) el lugar donde aparecían libros ilegibles. Paradójicamente fue también, sesentaitantos años después, el lugar en el que encontramos los libros del propio Gómez de la Serna, el único, por lo demás, donde hubieran podido encontrarse por entonces, ya que ni se habían reeditado ni quedaba ninguno en las librerías de nuevo.
¿Leeríamos los libros de los que habla Blades? Demos por descontado que pudiéramos hacerlo en el latín en que están compuestos o en el inglés primitivo de la época de Caxton, ¿de verdad que serían los libros que querríamos leer? Es uno sensible, desde luego, a la belleza de una página bien compuesta e impresa, pero si no entendemos qué quiere decir es como si nos pasaran una partitura, no sabiendo música.
No nos dice nunca Blades si los libros que tanto ama le gustan o no, si vale o no la pena leerlos, ni siquiera por qué debemos conservarlos. ¿Leen los bibliófilos los libros que acopian con tanto afán y cuidan con tanto mimo? ¿Los conservaremos como unas ruinas informes?
Al final de su vida Juan Ramón Jiménez, el poeta que más gustaba de los libros bien compuestos tipográficamente y el que hizo algunos de los mejores de su tiempo, señaló un pequeño poema de Miguel de Unamuno como una de las cinco cumbres de la lírica en castellano. Se halla ese prodigio de hondura en su Cancionero, y se titula por su primer verso: “El armador aquel de casas rústicas”. Se cuenta en ese poema la escena en la que Jesús de Nazaret viene, caminando por las aguas, al encuentro de sus discípulos, a quienes empezó a hablar con palabras que eran “semillas aladas”, “hasta que al fin cayeron en un libro / ¡ay tragedia del alma!”. Y si eso son los libros mejores, una tragedia del alma, ¡qué no serán todos los demás!
De momento en ellos, los buenos y los malos, los viejos y los nuevos, están las “aladas semillas”, esperando el día en que se liberen de nuevo, y se hagan poesía viva, inmaterial, cumplida.
William Blades escribió este tratado para ayudar a conservar los preciosos cofres donde duermen, algunos en verdad bellísimos y raros, tales semillas, advirtiéndonos de enemigos y asechanzas, mientras esperan “del salón en el ángulo oscuro”. Porque un libro, como el arpa, si no se pulsa, es sólo papel muerto.
Se refería uno antes al tiempo y al uso. No diría nunca que ni el tiempo ni el uso sean los enemigos del libro, aunque contribuyan siempre, y a veces más que nada, a su desaparición. También son el tiempo y el uso los que los embellecen y revisten de dignidad y nobleza. ¿Hay algo más hermoso que ese libro que sabemos ha pasado ya por muchas manos a lo largo de los años, sobreviviendo a mil avatares, muertes, herencias, almonedas, reventas, metidos siempre en una rueda que gira y gira incansable como la propia vida? Y por el contrario, ¿hay algo más triste que un libro que no se lee?
Fernando Zóbel fue un filántropo ex alumno de Harvard, a quien su universidad nombró patrono de la última de sus bibliotecas, precisamente aquella a la que irían a parar todos los libros de las otras bibliotecas que no habían sido pedidos en préstamo o consultados en los últimos cien años. Habilitaron para ello una biblioteca subterránea, por cuyos pasadizos los bibliotecarios se deslizan con patines y botellas de oxígeno, pues, se me olvidaba decir, conservan allí los libros al vacío como la compota.
Si los consejos que da Blades es para que los libros sigan vivos mucho tiempo, bienvenidos sean. Si lo son, sin embargo, para que adquieran la prestancia de una de esas bibliotecas de college oxoniense que gustan tanto a los del cine, con su gótico aspecto de venerables bibliogeriátricos, mejor sería darlos al vacío, quiero decir al olvido.
Porque si los libros no son criaturas vivas, ¿para qué querríamos su compañía?
Yo con este que vas a empezar a leer he pasado una tarde de lo más grata. Y aunque no tenía cerca un fuego, me pareció sentir cerca de mí las llamas de la amistad y del cuidado, el verdadero argumento de estas páginas.
                           Madrid, 25 de noviembre de 2015.


14 décembre 2014

A modo de epílogo (Pessoa)

ACABA de reeditarse este hermoso libro, y a propósito de él escribió uno estas líneas cuando se publicó por vez primera. Sirven de epílogo en su reedición:


Se diría que, a falta de sistemas articulados de pensamiento necesitáramos sólo un puñado de recetas, como píldoras de un oráculo manual que mantengan la inteligencia y la esperanza en unos niveles aceptables. En muy poco tiempo se han publicado algunos libros de aforismos y se anuncian otros, de autores clásicos y de contemporáneos. El que ha propiciado estas líneas es de Fernando Pessoa,  un tomito escogido y traducido por José Luis García Martín, él mismo notable cultivador de aforismos. Pessoa no publicó nunca aforismos, y si no conociéramos la probidad del antólogo podríamos pensar que algunos de estos pudo haberlos escrito él. Porque llegados a este punto hemos de confesar algunas de las razones por las que tanto nos gustan los aforismos. En primer lugar, porque todos los aforismos, proverbios y máximas tienen algo de anónimo y algo de apócrifo: en la noche de la literatura todos los aforismos son pardos. En segundo lugar, porque cualquiera puede escribir un buen aforismo (como cualquiera puede hacer una buena foto, lo que no le convierte en fotógrafo) y en tercero, porque los aforismos, como los refranes, sus parientes pobres de pueblo, son un atajo que no olvida tampoco que no hay atajo sin trabajo.

Nietzsche, tal vez el aforista más deslumbrante y confeso admirador de nuestro Gracián, escribió en El ocaso de los ídolos: “Lo que no me destruye, me hace más fuerte”. ¿Es muy diferente esto de nuestro castizo “lo que no mata, engorda”? Ni siquiera podríamos asegurarlo, pero esa es otra de sus virtudes: el aforismo bueno es a un tiempo panacea y placebo, y no hace mal nunca, valiendo tanto para un roto como para un descosido.

En este pequeño gran libro de Pessoa nos sale al paso uno, que nos entusiasma, apropiadísimo para la crisis, pero también para todo tiempo, pues no lo hay que no sea crítico, de crisis: “El entusiasmo es una grosería”. Deberían recordarlo tanto los entusiastas como aquellos que tachan de antipatriotas o derrotistas a los estoicos. Pensando en estos Pessoa dice también: “Os digo: Practicad el bien. ¿Por qué? ¿Qué ganáis con eso? Nada, no ganáis nada. Ni dinero, ni amor, ni respeto, ni acaso paz de espíritu. ¿Entonces ¿por qué os digo: practicad el bien? Porque no ganáis nada con ello. Por eso mismo vale la pena practicarlo”. ¿Predicó con el ejemplo Pessoa? Desde luego que sí: murió solo, pese a haber practicado el bien como pocos al dejarnos una obra llena de enseñanzas y consoladora belleza: “Ser poeta no es una ambición mía, es mi manera de estar solo”, nos dijo. ¿Y fue feliz? En la medida en que “para ser feliz es preciso no saberlo”, no. Pero no le culpó a nadie de ello. No sabemos si el mundo que hemos conocido hasta aquí se está hundiendo. Puede. Así lo indican los “sálvese quien pueda”, aforismo de moda, despiadado y estúpido, que oímos desde todas partes y a todas horas. Y sin embargo, Pessoa, el solitario y estoico, viene en nuestra ayuda a socorrernos, a salvarnos, y nos dice: “Nada le falta a quien nada es”. Y en eso estamos: aprendiendo a ser nada, aprendiendo a ser nadie, disciplina que nada tiene que ver, por cierto, con la resignación.


23 novembre 2014

El peatón de París


SI alguien os pregunta si es posible compendiar en un pequeño tomo La comedia humana y En busca del tiempo perdido, como pretendía aquel niño queriendo meter el mar de Cartago en un hoyo de la playa, respondedle sin titubeos:
–Sí, si ese libro es El peatón de París.
Es uno de los más hermosos que se hayan escrito sobre una ciudad, obra maestra y dechado de sucesivos y asombrosos hallazgos de todo tipo: verbales, poéticos, literarios, históricos, narrativos, humorísticos… A un tiempo acorde y arpegio. Je ne me fie pas trop à l’inspiration, dirá su autor en una de sus primeras páginas. Lo dice por cortesía: encuentra más discreto y elegante hablar de trabajo que de musas. Y sí, no se fía demasiado de la inspiración, pero acaso sea uno de los libros más inspirados que hayamos leído.
Dicho esto además de una ciudad como París, categórica en sí misma, que contó aquellos años con tantos escritores, y tan extraordinarios algunos, como pintores y artistas hubo en la Italia del Renacimiento. Muchos de ellos aparecen aquí, a veces meros comparsas, pero otras con retratos sagaces y sumarios: Proust, por encima de todos en su estima, Paul Valéry y Larbaud, con los que fundó la revista Commerce, y Morand, Cendrars, Philippe, Radiguet, Mac Orlan, Satie o Ravel, de quien fue amigo íntimo, entre una multitud de gentes de toda laya, hoteleros, músicos, aristócratas, rufianes, artistas, poetas, sastres, entretenidas, bohemios, millonarios, todos y cada uno con su nombre y apellidos propios y señalados en una calle, esquina, plaza, barrio precisos, La Capilla, el Cuartel Latino, Nación, el Monte de los Mártires, los Muelles, la Marisma, San Germán de los Prados, San Miguel, cuando no bares, bistrós, restaurantes, hoteles, salones, cabarés, teatros, cines, antros…
Este es un libro que habría entusiasmado a Stendhal, perpetuo homenaje a los detalles exactos. Épico y moderno. En tal sentido es una obra que sólo pudo haber escrito alguien que había dejado atrás hacía mucho su medio siglo, destilación de toda una vida, al igual que À la recherche es destilación de la de Proust. Como en el caso de Proust podría afirmarse incluso que Léon-Paul Fargue no hizo otra cosa en su vida que prepararse para escribir El peatón de París; toda su existencia, todas sus experiencias humanas y literarias, todos sus libros desembocan en estas trescientas páginas (podrá observarlo el lector de esta edición leyendo D’après Paris, que los editores han tenido el buen acuerdo de dejar para el final, pese a ser anterior; las prosas de ese libro, poéticas y a menudo atemporales, no hacían en absoluto presagiar el todo armónico en su diversidad de El peatón de París, pero leyéndolas después de El peatón no podemos dejar de verlas ya como sus precursoras).
Fargue, que había nacido en 1876 en París (de una modesta costurera y un ingeniero e industrial de la vidriera que tardó años en reconocerle, lo que para alguno de sus escoliastas explicaría la melancolía de sus obras; bah), escribe la mayor parte de El peatón de París en 1938 para publicarlo un año después. Tenía entonces sesentaitrés y apenas llevaba diez casado. Hasta ese momento había sido un hombre libre. Un hombre libre en aquel París a caballo de esos dos siglos, XIX y XX, no quiere decir lo mismo que en otras partes y en otros tiempos. Para que se comprenda de qué hablamos: Fargue asiste de muchacho en el instituto a las clases de Bergson por la mañana y a la tarde se pasa por la tertulia que se celebra en casa de Mallarmé. Si en esta página pudiera linkearse la palabra Mallarmé veríais abrirse la fronda de quienes asistían a aquellos célebres martes y que hoy se nos antojan olímpicos. En fin, la evocación du temps passé no es uno de los menores encantos de este libro.
Como los franceses, y especialmente los parisinos, tienen una predisposición genética para encajar en salones literarios, tertulias y redacciones de periódicos y revistas, ya encontramos a Fargue, antes de cumplir los treinta, en el núcleo de fundadores del que sería bastión de los simbolistas, y con el tiempo, una de las grandes aportaciones francesas a la literatura universal: la Nouvelle Revue Française. Y de ahí, del simbolismo de Mercure de France y de la poesía, no se moverá Fargue en su vida, siempre al lado de Valéry, de Gide, de Claudel… Y siempre fino y sutil, ligero pero nunca superficial.
Esta fidelidad le trajo algunos problemas con los surrealistas, a los que no tomó nunca demasiado en serio y que acaso por eso lo hubieran querido asesinar, que es, como se sabe, la secreta vocación de todo buen surrealista. A Fargue no sólo no le importó, sino que hizo gala de tales desdenes, pues con toda esa melancolía que atraviesa sus escritos no dejó nunca de ser alguien jovial. La prueba la tenemos en esto: la coña y distancia con la que observaba las sucesivas voladuras de la vanguardia no le impidieron aprovecharse de alguno de sus procedimientos más acreditados: síncopas, vértigo, ligereza, humor, destellos… Este libro está lleno de ellos: hablando de la irrupción del cine en la vida cotidiana nos dirá: “la explosión del grisú cinematográfico”. La palabra grisú nos lleva de la mano a un mundo subterráneo, negro, mineral que estalla a cada momento. Tenía fama de dejar esperando a los taxis en sus recados y visitas (Brassaï le vio junto a uno de ellos en memorable retrato), olvidándose a menudo que los había dejado allí desangrando sus economías: “el contador del taxi cocía a fuego lento”, dirá; recordando… Basta, podríamos encontrar tres ejemplos más por página.
Y fue entonces cuando todo sucedió. 1938. Su carrera literaria había sido muy parecida a la de otros muchos de aquellos hombres de letras que tenían París verdaderamente congestionada de literatura. Pues no contento París con tener una media de tres artistas por metro cuadrado, empezó a recibirlos de todas las partes del mundo en oleadas abrumadoras, en muchos casos en estado lamentable de desnutrición y en otros, con mecenas, inversionistas y publicistas millonarios incluidos, principalmente norteamericanos.
La batahola iba en aumento. El estrépito de las bombas de la Gran Guerra hizo guardar a todos silencio durante un rato, claro, pero pasada la primera impresión, volvieron a la carga y se redoblaron los gritos y el paroxismo de todo lo que llevara una x, incluido paroxismo, se apoderó de París, de los parisinos y en especial de los artistas: el sexo libre, los saxos de las jazz band y los cláxones. París declaraba inaugurados los felices años veinte, los de la plenitud de Léon-Paul Fargue.
La fama de Fargue se debía, desde luego, a sus poemas, en verso y en prosa. Incluso cuando escribía ensayos o relatos, Fargue lo hacía como suelen hacerlo los poetas, con extrema pulcritud y precisión, pero acaso sin olvidarse de sí mismo, de los versos, de la prosa. A fin de cuentas los hombres de letras están para hacer literatura. Y sí, entonces sucedió: Fargue tomó su pluma, contuvo el aliento y no respiró hasta terminar El peatón de París. Un libro que es mucho más que literatura. Acababa de meter en él, a su manera, la Comedia humana y En busca del tiempo perdido. Un soplo de vida y la vida en un soplo. Se diría incluso que lo escribió en un rapto, acaso porque todo el libro parece un único y modulado plano secuencia. O si se prefiere, una melodía. Pour la musique es el título de uno de sus libros de poemas, él, que contó con la amistad de Ravel o Satie, que musicaron algunos de ellos. Secuencia y melodía, sí. Unas veces más rápido, otras más lento, pero sin corte, sin desmayo, sin tropiezo, como a menudo vemos en La ronda de Max Ophüls. Todo fluye en él. También como un calidoscopio que no dejara de girar. Sí, Fargue fue el inventor de un calidoscopio que sintetizó por primera vez simbolismo y cubismo. El mundo lo mira un simbolista y lo cuenta un cubista. La cuadratura del círculo. Claro que no se trata de un simbolismo tétrico, sino también vital. Saint-John Perse, que prologó sus poesías completas, lo advirtió muy bien: “ningún anatema contra la existencia ni tentativa de despreciar la vida, a la manera de los simbolistas”. Es decir, como decía Nietzsche: ningún falso testimonio contra la vida, por mal que vengan dadas.
Y con esa disposición vital el plano secuencia dura, el calidoscopio gira y gira en este libro: la eterna novedad del mundo ( “me siento nacido a cada instante a la eterna novedad del mundo”, decía Alberto Caeiro; y porque viene al caso, recordar que el Libro del desasosiego, el otro gran libro del XX sobre una ciudad, es a Lisboa y a la melancolía, lo que El peatón es a París y a la alegría de vivir; y que los dos son parte de una misma moneda), la eterna novedad el mundo, decíamos, no es en Fargue otra cosa que la novedosa eternidad de la vida.
Podrá decirse que el París del que nos habla Fargue ya no existe, que han muerto todos sus actores, que aquel tiempo pasó, que no queda con vida ninguna de aquellas novedades. Pero esa es precisamente la novedad del mundo, que nada hay nuevo bajo el sol y que nada sea igual nunca. “Heme aquí al término de mi viaje sentimental y pintoresco por un París que ya no existe”, confesará Fargue con humildad, “un París cuyos ecos ya sólo nos llegan adoptando la forma de recuerdos cada día más desvaídos o de noticias desgarradoras: la muerte de un amigo muy querido, el fin de una familia hasta hace no mucho prometedora, la demolición de una casa antaño elegida para celebrar reuniones de buen gusto”.
En esta frase se compendia a su vez lo que Fargue escribió en esa larga tirada, conteniendo el aliento: memoria sentimental de la ciudad y de sí mismo, de lo que vio, de lo que ya no existe, amigos, familias enteras con su novela, casa, barrios, plazas. Todo ello saliendo del punto del plumín de su estilográfica con la menor cantidad posible de estilo literario. Digámoslo ya: si Fargue nos gusta tanto es porque no quiere tener mucho que ver con sus colegas los escritores, y prefiere conceder “el noble título de poeta” a los carreteros, vendedores de bicicletas, tenderos y hortelanos, pero no se lo niega al aristócrata o gran burgués, si lo merece. Atget o Proust son la misma moneda, la única que le permite circular libremente por París.  Aunque no es un ingenuo y sabe que “escribir es saber desnudar los secretos que hace falta aún transformar en diamantes”, este flâneur incomparable no pierde de vista lo esencial: el poeta es aquel que está en “perpetuo estado de ósmosis”. ¿Qué quiere decir eso? En su caso “llegar a no tener necesidad de mirar para ver”. Para escribir de París, como Fargue lo hará, era necesario llevar antes París en el corazón. “Llevo toda una sociedad en mi cabeza”, dijo Balzac. Sabido esto, ni siquiera hubiese sido necesario salir a la calle, hubiera podido escribir su Peatón en un cuarto en penumbra, como Proust À la Recherche.
Todo esto es este libro. Desde su publicación gozó de la mayor de las consideraciones. Todos comprendieron y admiraron el fulgor y brío de un libro que se presentaba, como el buen simbolismo, atenuado y  discreto. Hasta los escépticos tuvieron que admitir que Fargue tal vez no había inventado la pólvora (inventada acaso por Baudelaire en su Spleen de París, que inauguró un género, el de los libros sobre París; la lista sería interminable: Apollinaire y Le flâneur des deux rives,  Benjamin y su Libro de los pasajes, la Nadja de Breton, el París de Green, los libros de Mallet, Modiano, y, claro, el trabajo de fotógrafos como Izis, Brassaï. Doisneau, Cartier Bresson, Luc Dietrich, Plossu, Moï Ver o Kertesz que tanto han contribuido a fijar la “idea” de París) pero sí algo mejor, aplicada a París: la epilírica, género enteramente moderno, mitad romántico, mitad clásico, simbolismo y vanguardia. Fargue podía despedirse de esta vida tranquilo y satisfecho, con el deber cumplido.
Lo que le restaba de ella, nada menos que la ocupación, la pasó como pudo, sobreviviendo: encontramos su nombre en el segundo plano de revistas y periódicos poco recomendables, Combats, La Légion, Patrie (al fin y al cabo la mayor parte de sus amigos eran simpatizantes de Vichy, como lo habían sido del bando franquista en la guerra de España, en Occident se publicó la lista de adhesiones; y porque viene a cuento, recordar el pasaje de El peatón donde Fargue, hablando del hotel en el que vive, el Palace, habla de quienes lo comparten con él unos días, son los del Congreso en Defensa de la Cultura, Pasternak, Malraux, Bloch, Aragon y… Carranque de Ríos).
Aquí tienes, lector, una ciudad y un libro ideales. Si lees con atención en una y otro advertirás que el París de Fargue y el París de hoy no han cambiado tanto.
“Los cafés han cambiado de aspecto, pero los amores fugaces permanecen”, nos había dicho Fargue. Y no digamos los amores eternos, como Paris o Fargue.
          (Prólogo a El peatón de París de Léon-Paul Fargue. Ed. Errata Naturae, Madrid, 2014)

Editorial Errata Naturae. En librerías a partir del 17 de noviembre.


26 octobre 2014

Diario de un inadaptado


AUNQUE al frente del Libro del desasosiego figura el nombre de Pessoa, sabemos que lo escribieron dos heterónimos suyos, Vicente Guedes y Bernardo Soares. ¿Eran necesarios? “Crear otro Yo que sea el encargado de sufrir por nosotros, de sufrir lo que hemos sufrido”, dirá, y esa es exactamente la puerta del sueño, la que traspasan los niños que juegan solos para formar de la propia costilla de su soledad su compañera, la vida. Y la vida como es, es tal como se sueña: “Hay criaturas que sufren por no haber vivido en la vida real con el señor Pickwick y haber estrechado la mano del señor Wardle. Soy uno de ellos. He vertido sobre esa novela lágrimas verdaderas, por no haber vivido en aquel tiempo, con aquella gente, gente real”.
Y así fue como Pessoa concibió este libro único, escrito a lo largo de veinticinco años. Se lo encomendó a Guedes, primero, y luego a Soares, gentes reales como Pickwick, para que sufrieran por él su incontenible tristeza, su “infortunio nato”. Y Soares, un oscuro auxiliar contable en la Rua dos Douradores, decide soñar su vida, que tanto se parece a la vida real del propio Pessoa, empleado gris, atento y sensitivo como Baudelaire (Mi corazón al desnudo le consuela de su desasosiego), insobornable y orgulloso como Nietzsche (¿no es Pessoa, “predicador de la renuncia”, un Zaratustra de la Baixa? Es “un error doloroso” dividir la humanidad en clases: adaptados o inadaptados, eso es todo). Así es como convirtió su Libro del desasosiego en el diario de un inadaptado. Todos los que escriben un diario lo son, pero nunca nadie habrá mirado con mayor delicadeza aquella Lisboa cosmopolita y provinciana, la de los pobres hombres, poetas, o barberos, empleados o rentistas que “tienen como yo su futuro en su pasado”. Si los encontramos tan valiosos hoy, es porque nos parecen más que reales, soñados.
Y sueña, pero no se engaña: sabía que los que le comprendiésemos en el futuro, seríamos los incomprendedores de los Soares de ahora. No es este un libro que nos enseñe a vivir, sino a algo mucho más difícil. Soñar, “pero sin ilusiones”, de eso se trata: “No he pretendido nunca a ser otra cosa que un soñador”. ¿De qué naturaleza? “Amo los paisajes imposibles y las grandes zonas desiertas de las llanuras donde nunca estaré. (…) Duermo cuando sueño lo que no existe; me despierto cuando sueño lo que puede existir”. Paradójicamente, y Pessoa es el paradójico por excelencia, sin la vida real su sueño no existiría, de ahí que enalteciendo la vida con su sueño, enaltezca su sueño, pero sobre todo la vida.
No sé, se dicen en este libro cosas tan abismales e íntimas de cada uno de nosotros, que cuesta hablar de él en público. Aunque sea la novela de Soares, el poema de Pessoa, el gran diario de Lisboa… es más que un libro, es nuestra propia y gris biografía, esa que él describe como “un trozo roto de algo”, consciente de que es mejor eso que no tener ni siquiera el recuerdo de esa fractura.
      [Publicado en El País, Babelia, el 25 de octubre de 2014]



24 octobre 2014

Oscar Wilde

El Libro del desasosiego no es exactamente literatura, o lo es en la medida en que consideramos que no ha desperdiciado su vida quien la ha consagrado al estudio y la literatura. Por esa razón, cuando se tropieza uno en él con algo "literario", nos hace sonreír. 
Y eso en un libro y con un autor en el que es difícil rastrear humor. Lo hay, y mucho, en esa frase, una de las pocas que puede considerarse a la altura de las más felices del autor irlandés: "Hablar es tener demasiada consideración con los demás. Por la boca muere el pez y Oscar Wilde".

Pierre Henri de Valenciennes, Louvre 10 de octubre de 2014

17 octobre 2014

Mi alma

"MI alma es una orquesta oculta; no sé que instrumentos tañen y chirrían, cuerdas y arpas, timbales y tambores, dentro de mí. Sólo me conozco como sinfonía", leemos en el primer fragmento de este libro (Pre-Textos; traducción de Antonio Sáez y edición de Jerónimo Pizarro).
Y pensando en esa reseña que has de escribir para el periódico, vuelves a esa partitura que es el Libro del desasosiego en busca, paradójicamente, de un sosiego que sabes que allí estará esperando siempre.


Le Sidaner, Museo del Louvre, 10 de octubre de 2014


20 février 2014

De Chejov a tod*s nosotros

TRADUCIDA del inglés por Elvira Lindo, que la circuló ayer en su fbook, y encontrada en él por M., aquí la traemos con nuestra gratitud a E.L.. No se puede ser más generoso: con esta carta tan sabia como llena de afecto, A. Ch. nos hace de su misma estirpe y nos recuerda que siempre que tratamos de cultivarnos tenemos 30 años, lo mejor de la vida. Tenía él, al escribirla, 26.

* * *

CARTA DE ANTON CHEJOV A SU HERMANO MAYOR NIKOLAI

                                                                                        Moscú, 1886

¡A menudo te me quejas de que la gente no te entiende! Goethe y Newton no se quejaban de eso… Sólo Jesucristo se quejó, pero él estaba hablando de Su doctrina y no de Sí mismo. La gente te entiende perfectamente. Y si tú no te entiendes a ti mismo, no es culpa de nadie. 
Te aseguro, como hermano y como amigo, que te entiendo y te aprecio con todo mi corazón. Conozco tus grandes cualidades como conozco la palma de mi mano. Las valoro y las respeto profundamente. Si quieres, para demostrar cuánto te entiendo, puedo enumerar todas esas virtudes. Pienso que eres amable hasta extremos de blandura, magnánimo, generoso, listo para compartir tu último centavo; no sientes ni envidia ni odio; eres sencillo de corazón; tienes piedad por los hombres y por los animales; eres confiado, sin resentimiento ni malevolencia y no eres rencoroso. Tienes un don del que otra gente carece: tienes talento. Ese talento te sitúa por encima de millones de hombres, porque en la tierra sólo uno entre dos millones es un artista. Tu talento te distingue de los otros: si tú fueras un sapo o una tarántula, incluso entonces, todo te sería perdonado. 
Tú sólo tienes un fallo, y lo falso de tu posición, tu infelicidad y tus problemas intestinales son debidas a él. Se trata de tu extremada falta de cultura. Perdóname, por favor, pero “veritas magis amicitiae”… Verás, la vida pone sus condiciones. 
Para sentirte bien entre gente educada, estar como en casa y feliz entre ella, uno debe ser cultivado en cierta manera. El talento te ha introducido en ese círculo, tú perteneces a él, pero… estás siendo apartado. Y es que las personas cultivadas satisfacen, en mi opinión, las siguientes condiciones: 
1. Respetan la personalidad ajena, y además son siempre amables, gentiles, educados, y listos para ceder ante los otros. No montan un escándalo porque una herramienta se haya perdido; si viven con alguien no lo entienden como un favor que hacen, y no andan diciendo, !nadie puede vivir contigo! Disculpan el ruido y el frío y la carne seca y la presencia de extraños en sus casas. 
2. No sólo tienen simpatía por los mendigos y los gatos. Su corazón se duele también por lo que su ojo no ve. Se levantan de noche para ayudar, para pagar la universidad de sus hermanos, y para comprar ropas a sus madres. 
3. Respetan la propiedad ajena, y pagan sus deudas. 
4. Son sinceros, y temen a la mentira como al fuego. No mienten ni tan siquiera en pequeñas cosas. Una mentira insulta al que la escucha y le pone en una posición humillante a los ojos de quien la cuenta. No fingen, se comportan en la calle como en casa, no presumen ante sus camaradas más humildes. No son dados a la charlatanería, ni fuerzan a los otros a escuchar confidencias no deseadas. Por respeto a los demás a menudo mantienen silencio en vez de hablar. 
5. No se desprecian a sí mismo para despertar compasión. No manipulan los corazones de otras personas para sacarles algo. No dicen, soy un incomprendido, o me he convertido en alguien de segunda fila, porque todo eso tiene un efecto barato, es vulgar, falso… 
6. No tienen una vanidad hinchada. No les importan esas ridiculeces como conocer a gente famosa, o estrechar la mano al borracho P. Si ganan un poco de dinero no lo malgastan como si hubieran hecho cientos de rublos.  
7. No presumen de entrar en lugares donde otros no son admitidos. El talento verdadero se mantiene siempre oculto entre la multitud, y tan lejos como sea posible de la publicidad. Incluso Krylov ha dicho que un barril vacío puede tener más eco que uno lleno. 
8. Si tienen talento lo cuidan. Sacrifican a ese talento el descanso, las mujeres, el vino, la vanidad… Están orgullosos de ese talento. Además, son cuidadosos. 
9. Desarrollan un sentido de la austeridad. No pueden irse a dormir con la ropa puesta, ver cucarachas por las paredes, respirar aire viciado, caminar sobre el suelo que se ha escupido, cocinar sobre una estufa aceitosa. Buscan tanto como sea posible contener y ennoblecer el instinto sexual. Lo que quieren en una mujer no es solamente una compañera de cama… No buscan esa agudeza que se manifiesta en la mentira continua. Quieren, especialmente si son artistas, frescura, elegancia, humanidad, la capacidad de una mujer para ser madre… No beben vodka a cualquier hora de la noche y del día, no olfatean en las alacenas porque no son cerdos. Beben solamente cuando están de recreo, en ocasiones. Defienden una mens sana in corpore sano. 
Y todo eso. Así es como es la gente cultivada. Para ser cultivado y no estar por debajo del nivel de tus semejantes no sólo es necesario haber leído The Pickwick Papers y haberse aprendido el monólogo de Fausto. Lo que se necesita es trabajo constante, día y noche, lectura continuada, estudio, voluntad… Toda hora del día es preciosa para ello.  
Vuelve a nosotros, estampa la botella de vodka, túmbate y lee… a Turgenev, si quieres, a quien no has leído. Tienes que renunciar a tu vanidad, no eres un niño… pronto tendrás treinta años. ¡Este es el momento! Yo lo espero. Todos lo esperamos de ti.
                                                                                    A.Ch.



Arriba: Chejov y Tolstoi, Yalta, 1901. Abajo: Lev Tolstoi (Moscú, 1960), de donde fue tomada.


8 janvier 2014

No afligirse

EN una semblanza ejemplar de Stendhal escrita por Pedro Torres Curiel y publicada en el último número de Clarín (uno de esos números "completos", con mucho y bueno: una carta del propio Stendhal, de mano maestra, donde traza sus recuerdos de Lord Byron; un artículo magnífico sobre las bibliotecas, de Eduardo Jordá; una entrevista con José Mateos, sustancioso y certero y la revelación de los poemas de Rodrigo Olay; los pasajes matizadísimos del Azorín parisino, de Francisco Fuster, el viaje de Antonio Rivero Taravillo, tan sagaz, o la crónica desternillante de Enrique García Máiquez de cierto congresazo chez Caballero Bonald, por no hablar de las reseñas de Benítez Ariza o Juan Marqués, entre otras), en esa semblanza de Stendhal, decía, nos encontramos con uno de los muchos alegatos epicúreos del escritor que nos ha hecho amar la vida tanto como la literatura, quiero decir, que nos ha hecho amar la literatura tanto como la vida, acaso porque fue el primer escritor que nada detestó tanto como la retórica:

"Apresurémonos a gozar, nuestros momentos están contados, la hora que he pasado afligiéndome no me ha acercado menos a la muerte. Trabajemos, pues el trabajo es el padre del placer; pero no nos aflijamos nunca. Reflexionemos sanamente antes de tomar partido; y una vez decidido éste, no cambiemos jamás. Con la obstinación se alcanza todo. Dadnos talentos: un día lamentaré el día perdido". (Diario, 23 Mesidor, año IX, 12 de julio de 1804).



23 juin 2013

El fin de los tiempos

DEL Diario de Bloy. Después de haber intentado vender a Zola y a Robert de Montesquiou (a quien se le ofrece igualmente para iluminar uno de los libros del conde), después, decía, de intentar venderles infructuosamente su correspondencia con su amigo Barbey d'Aurevilly, muerto tres años antes, Léon Bloy anota: "Parece que han llevado a Montmartre una gran cruz luminosa. Faltaba esta profanación. Encantadora guinda del republicanismo de León XIII. Es evidente que el fin está cada vez más cerca". ¿Qué diría hoy de un papa que tuiteara con su grey? De todos modos, no se entiende que sean aquellos que tienen asegurada la eternidad quienes más preocupados parecen siempre por el fin de los tiempos.


El Rastro, 9 de septiembre de 2012






5 juin 2013

Léon Bloy, El Terrible

INICIA uno hoy la lectura de este Diario (Mercure de France, 1956), que JM Bonet, de paso por Madrid, ha puesto en mis manos. Es en su opinión, y aparte de otros indudables méritos, "el más feroz y maldiciente" de la literatura francesa.
De modo que entra uno con alguna prevención en sus páginas, por si salpica. 
El autor de El mendigo ingrato, lo empieza el 14 de febrero de 1892.
Esta es la primera línea:
"Visita a Georges L..., que miente más que un musulmán".
Caramba, sí, esto promete.
Y en este punto se acuerda uno de Carlos Pujol, la persona más bondadosa que hayamos conocido. Esta clase de ferocidades le divertían una barbaridad. Que conocía esos mismos diarios es cosa segura, pero nos quedaremos sin saber qué pensaba de ellos, y esto nos lleva a un país muy extraño e inhóspito: nunca volveremos a oír voz. Y tal certidumbre nos conduce hasta la La novela extramuros y su Itinerario francés. Y al rato nuestro amigo, que oyó que lo llamábamos, ha salido a la puerta para hablarnos, como él lo hacía, con finura y  sagacidad. Nunca escribió, creo, de este Bloy, que entendía su radical catolicismo de una manera bastante poco franciscana, pero recordamos de pronto, inspirados por su recuerdo, lo que dijo de él.

El Rastro, 2 de mayo de 2013

15 décembre 2012

Grandes expectativas


HACE seis años se publicó este prólogo de Grandes esperanzas, la fascinante novela de Dickens que hoy vuelve a editarse enriquecida con las inspiradas ilustraciones y viñetas de Charris. Le van estas al texto y a Dickens como anillo al dedo y  se confirma que Círculo de Lectores sigue siendo, después de medio siglo, una de las editoriales españolas que mayor esmero tipográfico pone en sus libros. Que en los tiempos que corren hayan querido editar uno como este, dechado de su género, no deja de ser uno de esos finales felices que Dickens solía poner a sus cuentos de Navidad.
El título de la novela, como es sabido, se tradujo desde el primer momento como Grandes esperanzas, cuando todo el mundo que la haya leído sabe que trata de las grandes expectativas de su protagonistas en un medio en el que nadie puede hacerse grandes esperanzas. Los editores, acaso con buen criterio, han preferido no obstante respetar un título que hizo fortuna y que así ha perdurado en la memoria de muchas generaciones de lectores.
* * *
¿SE leían las novelas de Dickens en su tiempo de la misma manera que las leemos ahora? Muchos las encuentran hoy demasiado tenebrosas y tristes. El modo de relatar es además un tanto profuso. ¿No les importaba entonces, pues, que fuesen unas novelas tan largas y tan tristes? La tristeza en Dickens tiene una sombra característica, a la que podemos llamar melancolía; esa melancolía es inseparable de las cosas que trata y de las ciudades por las que ambulan sus personajes. La melancolía en las novelas de Dickens es el musgo que les sale sin que nadie lo siembre, en el lado norte y sombrío de su alma. Por eso, sí, Grandes expectativas, es una novela triste, pero apenas se nota, porque el novelista tendrá siempre la cortesía de arrancarnos una sonrisa en cuanto puede. No puede decirse que tenga tampoco un argumento extraordinario. El argumento de la vida suele ser más descorazonador que el argumento de las novelas, pero acaba siendo mucho más apasionante; si a esto añadimos que las grandes novelas, como muchas de las de Dickens, tienen más que ver con la vida que con las novelas, admitiremos que las novelas son tanto como la vida; mejor dicho, son una forma de vida mejorada. Y si se admite esto, da lo mismo que las novelas sean tristes o alegres; en realidad las buenas novelas no son ni tristes ni alegres, ni optimistas ni deprimentes; lo más valioso que hay en ellas es un germen de autonomía que las sitúa en una realidad con estatuto propio: algo que siendo literatura vale tanto como la vida, y algo que estando vivo va más allá de lo que entendemos por literatura y literario. Creo que quien mejor aprendió la lección de Dickens, tan cervantina, ha sido no un escritor, sino Chaplin, aquel hombrecillo capaz de hacernos sonreír mientras asistíamos al drama desproporcionado de un vagabundo que para matar el hambre, se come su propia y desclaveteada bota vieja. Guardan los dos incluso muchas semejanzas vitales, la manera de tratar a los niños, el modo de divertirles y de organizar su hogar…
Pero contemos las cosas de otra manera. Sería difícil encontrar hoy a nadie que escribiera una novela como esta y en cambio no a quien quiera leerla, pese a que las adaptaciones del cine hayan saboteado un poco su lectura. Vivimos una época en la que muchas gentes creen conocer un libro por haber visto una adaptación cinematográfica. No sabemos, claro, lo que habría pensado Dickens de esas adaptaciones. Probablemente le gustaran. Él hizo muchas con sus novelas para una sesiones teatrales que le hicieron célebre, y en las que no dudada de cortar, alargar, pegar y modificar las versiones escritas y conocidas con tal de lograr una mayor afluencia de público. Grandes expectativas es, desde mi modesto punto de vista, una de las más hermosas que escribiera su autor, aunque no llegue a la perfección de David Copperfield, sin lugar a dudas su novela más perfecta y una de las grandes novelas de todos los tiempos. Se parece a David Copperfield (1851), sin embargo, en que ambas fueron escritas en una primera persona en la que los biógrafos del novelista han descubierto muchos recuerdos y vivencias personales del autor, y acaso como en el propio David Copperfield y muchas otras novelas, adolece a menudo de la conocida dejadez estilística de Dickens y esos desmayos suyos narrativos tan característicos como, en el fondo, irrelevantes. Los sesudos jueces olvidan a menudo que la novela se fundó como género con una obra, el Quijote, que une como pocas la armónica paradoja de sus imperfecciones y sus excelencias.
Antes de decir algunas cosas de Grandes expectativas es conveniente recordar que Dickens la escribió para publicarla en una revista de su propiedad, All the Year Round (Todo el año), continuadora de una anterior en la que había dejado de publicar por desavenencias con sus propietarios y que se llamaba Palabras del hogar. Para la nueva, financiada por él, buscaba también un nombre que recordara al anterior por fuera y por dentro, algo del tipo El canto de la casa o La armonía del hogar. “Porque, a pesar de su vida desventurada”, nos dirá Lemonnier, “continuaba considerándose el paladín de la familia y de la felicidad conyugal, y deseaba que la nueva revista, como la anterior, llegase a todos los hogares ingleses”. Sí, Dickens escribía novelas que se leían en familia y que, por tanto, tenían que tener atractivos suficientes como para cautivar no sólo a familias de muchas clases sino, dentro de la misma familia, a todos su miembros, mujeres y hombres, viejos y jóvenes… El nombre que buscó para la nueva fue ese Todo el año, donde publicaría Grandes expectativas en entregas quincenales. ¿Y tiene alguna importancia todo esto, que se publicara antes en una revista? Por supuesto que sí. Claro que todos estos pequeños datos no son apenas nada si no se conoce un poco la vida de Dickens en esas fechas, hacia 1960.
Cargado de hijos, alguno de los cuales han empezado a vivir y trabajar por su cuenta en negocios comerciales o militares, Dickens ha de hacer frente a un sinfín de obligaciones familiares, tales como socorrer a la viuda de su hermano y a los cinco hijos de éste o a su propia madre. “Parece que no se me lega nunca nada excepto parientes por todas clases”, dirá con más humor y resignación que con resentimiento, porque era una persona que puso por encima de todas las cosas la armonización de su vida familiar, sus incontables relaciones amistosas y tal cúmulo de trabajo que ya por estas fechas los retratos fotográficos nos muestran a un hombre que pese a ser un melancólico feliz es también alguien prematuramente avejentado. La necesidad de dinero para mantener con decoro sus casas y atender las necesidades de tan numerosa parentela le ha llevado, como es bien conocido, a unas lecturas públicas, como empresario de sí mismo, en teatros de toda Inglaterra e Irlanda (sin contar la apoteósica gira que ya había realizado por los Estados Unidos) que al tiempo que le hicieron conocer de primera mano el alcance y universalidad de una fama como pocos escritores habrán conocido nunca, le dejaron en las playas del extenuamiento físico. Visto desde hoy nos causa asombro y verdadera admiración no sólo el monto de su insuperable talento, sino el modo arrollador con el que llevó hacia delante esa vida.
La marcha de Todo el año no iba bien y Dickens decide, como fino estratega, acudir en su socorro proyectando para ella una nueva novela por entregas que le inyectara a la publicación más lectores cautivos. Estamos a finales de 1860. Dickens desde nuestra perspectiva actual es en esa fecha un hombre joven, de cuarenta y ocho años. Apenas le quedan de vida otros diez. Sin embargo ha conocido todo el éxito al que un escritor puede aspirar y que le ha sacado de pobre.
Los problemas domésticos se multiplicaron por entonces y el trajín de galas, dineros y visitas parecerían un escollo insalvable para que nadie pudiera escribir no ya una gran novela, sino un libelo. No, desde luego, si hablamos del portentoso Dickens, capaz de sacar adelante sus cien trabajos sin perder un ápice de su humor. Lo tiene en tanta abundancia, como el talento, que no duda incluso en llevar a las novelas que tiene entre manos aquellos elementos del pasado o del presente que le afectan de modo directo, como si esas mismas novelas que escriben fueran su propia casa, en la que salen y entran aquellos seres próximos que cuentan su confianza, como ese gran amigo suyo, el escritor Butler-Lytton, que le hará cambiar algunas partes sustanciales en la narración y que afectaban al protagonista… pero no nos adelantemos a los acontecimientos.
Grandes expectativas se ha traducido en España desde el primer momento, y sólo en España, con el título equívoco de Grandes esperanzas. Sería tal vez el momento de acabar con esa disparada inercia. Philip, el memorable Pip, protagonista de esta historia, fue alguien que nació, como todos los de su clase, sin ninguna esperanza, aunque un azar, inverosímil como todos los azares, le hará albergar algunas expectativas respecto de sí mismo, o lo que es lo mismo alguna posibilidad de mejorar de fortuna. La novela narra exactamente la ascensión desde la nada hasta… la nada.
Naturalmente Dickens como novelista se toma algunas licencias. Acabamos de referirnos a la circunstancia azarosa que cambiará la vida de aquel niño que comienza el relato delante de la tumba de sus padres y sus siete hermanos, a ninguno de los cuáles llegó a conocer. Trata de imaginar cómo serían por el tamaño y la forma de las letras que han sido grabadas sobre las lápidas, ya que tuvieron la desgracia de morir unos años antes de la invención de la fotografía, y el azar, disfrazado de presidiario (al azar le gusta siempre jugar con sus víctimas), se presenta ante él. Nada que objetar: sin azar no se pueden escribir novelas, y sin azar la vida no sería tolerable, por lo mismo que sin Paraíso sería insoportable la idea de eternidad.  La siguiente licencia dickensiana es proporcionar a Pip la misma memoria e inteligencia que tiene Dickens, y le hace protagonizar la hazaña decir y recordar cosas, frases, trajes, situaciones y detalles de su remotísima infancia que ni el más memorioso de los hombres sería capaz de igualar. El libro, este libro, es la memoria de Pip, pero ningún niño puede llegar a recordar tanto, sin novelar. Pero el novelar es una prerrogativa incluso de los niños, más inclinados a fantasear que a novelar. Y si Pip es un niño que va todavía sobre los hombros de su bondadoso cuñado, casado con una de la mujeres más malas de la historia (sólo es buena cuando un golpe en la cabeza la vuelve idiota), puede tener pensamientos y silogimos de tan alambicada elaboración que dejan a los que tuvo Jesú en el Templo en meros trabalenguas.
Pip quiere saberlo todo, y por eso pregunta, sobre todo a partir del día en que alguien, una mujer, en realidad “la mujer de su vida”, entonces una niña como él,  le avergüenza por encontrarle pobre, basto y vulgar. ¿A quién pregunta? No tiene muchos sitios donde preguntar, desde luego, y acaba haciéndolo en primer lugar al único ser vivo de este mundo por cuyas venas corre la misma sangre que la suya. Apenas tiene siete u ocho años, pero la lección que le da su pérfida hermana no tiene desperdicio: “Si no quieres que te digan mentiras, no preguntes”.
A partir de ese momento el lector se encontrará con el característico estilo de Dickens, a un tiempo efusivo e irónico, profundo y coloquial. Por esa razón, porque no va a tener muchos en los que confiar, le hará prometer a un amigo circunstancial la decisión más importante en su vida: “Biddy –le dije después de que prometiera guardarme el secreto–. Quiero ser un caballero”. Y de eso trata esta novela: ¿Puede el aprendiz de un herrero llegar a ser un caballero? Un sueño parecido es el que tenemos todos, en una u otra media, poniendo la palabra caballero y lo que significa, más arriba o más abajo. Nos preguntábamos al principio de estas líneas, si se leerá esta novela igual que la leyeron sus lectores naturales del siglo XIX. Desde luego que no. Ni siquiera Dickens podría haberla escrito de esta manera. Tiene en mente al hacerlo la sociedad a la que va dirigida, millares de hogares ingleses que al llegar la noche no tienen otro entretenimiento que ese en el que una persona lee al resto de la familia, junto al fuego, las entregas de una novela. Ha de ser por esa razón el estilo directo y comprensible, para ser oído tanto como leído. No le importa ni siquiera alargar profusamente los diálogos. Con ello da un respiro a quienes escuchan. Los retratos de los personajes han de tener también algo de caricatura para que se queden impresionados con facilidad en la memoria de los oyentes. No son tampoco personajes excesivamente rebuscados: no olvida Dickens que van a entrar en casas de muy diferentes estatus. Y por ello ha encontrado en ese estilo tan británico (y tan quijotesco también, explicando de ese modo que fuesen los ingleses los primeros y más fervorosos lectores de Cervantes), amante de las hipérboles, circunstancial y perifrástico que ama decir una cosa por otra, buscando el regocijo de las inteligencias finas y afinando las inteligencias que no lo son demasiado. Desde luego que la mayor cortesía de Dickens es hacer que el lector se crea más inteligente y con mejor corazón del que seguramente tiene, por lo mismo que el gran don Juan es aquel que hace creer a las mujeres que ama no sólo que son ellas a las que más ha amado nunca, sino que son además un poco más hermosas de lo que seguramente son. Dickens es, desde luego, un grandísimo seductor. ¿En qué lo notamos? En que quiere gustarle a todo tipo de lectores. Lo mismo que el burgués gordo y malvado ríe en una película de Chaplin en la que aparece un burgués gordo y malvado en el que no se reconoce, los malvados de las novelas de Dickens serán los primeros en enternecerse cuando se le describan los devastadores efectos que las malas acciones, como las que él está harto de cometer en la vida, tienen sobre el protagonista de esa ficción.
¿Pero son ficciones las que Dickens cuenta? No, desde luego. Pip, por ejemplo, es para nosotros mucho más real que los seis o siete hijos que tuvo el propio Dickens. Es una criatura tan viva, que no sería de extrañar que se encontraran documentos que acreditaran la vida que llevó lejos de su país y de la mujer a la que amó como a nadie después de que Dickens cerrara esa parte de su peripecia.
La historia de Pip va transcurriendo sin sobresaltos. El acierto de la novela se basa casi siempre en la andadura, en las frases del momento. Muchas veces ni siquiera son imprescindibles para la acción general. Pero tampoco lo son la inmensa mayoría de los hechos que acaecen en nuestra vidas. El interés se sustenta en los hechos en sí, en que están trabados con especial arte. O sea, que los hechos dan un poco lo mismo, pero no el arte de trabarlos, que es lo que diferencia a unas novelas de otras. No hay vidas mejores o peores en literatura, sino modos diferentes de ser contadas, logrando el modo que parezca verdadera una vida ficticia e irreal una verdadera. En realidad el argumento de la novela es tan esquemático que lo encontramos ingenuo, con ese primitivismo que adorna a las mentes puras: Un huérfano conoce desde que tiene uso de razón la soledad y la tristeza de saberse solo en este mundo. Le recoge una hermana harpía y su marido, ese ser bondadoso necesario para no perder la fe en la raza humana. Al niño, en forma misteriosa, se le aparece un hada madrina en forma de abogado que, sin revelarle el origen de su buena fortuna, le rescata del hogar humildísimo donde vive, le viste adecuadamente y ante las buenas expectativas, le hace concebir esperanzas. De ahí, sin duda, la confusión entre las dos palabras, tan diferentes. El final se lo ahorraremos al lector, pero viene a confirmar algo elemental: en esta vida nunca hay nada lo bastante grande, y menos en materia de expectativas o de esperanzas, como para hacerle ver al que es inteligente que al final de su vida está en el mismo punto de donde partió, eso sí, con muchas menos expectativas y casi siempre con muchas menos esperanzas.
Cuando llegamos al final de la novela, Dickens ha puesto en nuestra boca una melancólica sonrisa y ha teñido nuestro ánimo de un cordial desasosiego. ¿Es un final feliz? No enteramente; podría haber sido peor. Incluso barajó Dickens dos finales diferentes, como es sabido. Sentimos que Pip, el bueno de Pip, no haya vivido más todavía. Querríamos saber cómo le irá en la vida. Dickens piensa en sus lectores, ha de poner en ellos, en nosotros, pasados los años, el consuelo de una pequeña esperanza. Sin saber cómo, todos nosotros desechamos la mayor parte de las cosas, personas y ambientes que nos habrían hecho enteramente dichosos, y corremos en pos de aquellos que nos alejarán de nuestra dicha. Esa es la tragedia de la vida. Cuando queremos darnos cuenta, todos estamos tan alejados de todos que ya es tarde para intentarlo de nuevo: quien más o quien menos ha probado del Árbol de la Ciencia, y ese es el fruto que nos hace más sabios, desde luego, pero más solitarios.



Charles Dickens, Grandes esperanzas. Ilustraciones de Charris. Círculo de Lectores, 2012. Cubierta y viñeta.