Affichage des articles dont le libellé est Guerra Civil. Afficher tous les articles
Affichage des articles dont le libellé est Guerra Civil. Afficher tous les articles

18 novembre 2019

En la tumba de Chaves Nogales

JORGE Bustos hizo una crónica magnífica y sobria de aquel acto. 
Las palabras que yo leí, escritas la víspera, son estas.

"El prólogo de A sangre y fuego se escribió y publicó al inicio de la guerra civil, pero tardó más de cincuenta en ser leído y en que se le prestara atención. De haberse leído en 1937, muchos habrían comprendo al fin la naturaleza devastadora de los totalitarismos europeos que fascinaron a millones de personas, a las que alentaron a cometer los más horribles crímenes en nombre del Progreso y de la Historia. Chaves fue testigo de cómo tales crímenes empezaban a cometerse en España, de donde tuvo que salir para salvar su vida. Hoy los totalitarismos han mutado en populismos y nacionalismos e igual que entonces amenazan con destruir Europa, a sangre o, como estamos viendo estos días, a fuego. 
Estamos aquí un puñado de españoles para rendir homenaje a un hombre valiente, junto a su tumba, lejos de su país, que le ignoró durante décadas. Fue también alguien comprometido como escritor y periodista con la verdad de los hechos cuya obra no es sino la constante defensa de la libertad e igualdad de todos. Al maestro Manuel Chaves Nogales le debemos por todo infinita gratitud y consideración. Esas palabras que leí al principio y todas cuantas completan su admirable prólogo de A sangre y fuego nunca debieran ser olvidadas. Ciudadano del mundo, que esta tierra lejana y esta tumba sin nombre te sean leves".



Tumba sin lápida de Manuel Chaves Nogales, parcela CR-19, en el cementerio de North Sheen












24 juin 2019

Una entrevista con Daniel Gascón

Ha aparecido este mes en Letras Libres, a preguntas de Daniel Gascón.


En cierta manera Las armas y las letras es un libro siempre infinito: ahora, cuando se cumplen 25 años, aparece una edición ampliada. ¿Cuáles son para ti los cambios más importantes?

La idea es la misma desde la primera edición: contar la historia de escritores, artistas e intelectuales durante la guerra civil, pero especialmente de quienes siendo de izquierdas, de centro o de derechas fueron estigmatizados por razones políticas. El libro ha ido creciendo desde entonces, unas veces incorporando figuras centrales, como Morla Lynch o José Castillejo, cuyos libros se publicaron sólo recientemente, y otras, de segundo orden, como Estelrich. En esta edición hay cientos de citas y datos nuevos, que completan algún pasaje (todo lo relativo a Chaves Nogales, por ejemplo, con las ediciones de sus libros inéditos, o a Unamuno, de quien podemos fijar mejor el episodio del paraninfo de la universidad de 1936, tras las investigaciones últimas del matrimonio Rabaté), o añaden detalles interesantes. Por ejemplo: al lado de la sección “A paseo” de El Mono Azul, que “paseaba” en efigie a algunos intelecutuales en el momento que se “paseaba” de cuerpo presente a otros muchos, había un José Luis Salado, escritor comunista, que llevaba otra sección en un periódico madrileño que se titulaba “Tiros al blanco”. El crimen como un deporte. Hay, igualmente, fotos inéditas y desconocidas de guerra, entre las mejores que yo haya visto nunca. Una por ejemplo que ilustra uno de esos tiros al blanco, en la que se ve cómo disparan sobre un hombre indefenso y por la espalda como sobre una alimaña. El resultado final ha sido un trabajo de taracea. No hay una página que no haya sido corregida, ampliada, matizada. Creo que esta edición tiene unas cincuenta páginas más que las otras. Y confío en que sea la definitiva.

El libro cambió la forma en que muchos veían la guerra y el papel de los escritores. Incluye muchos nombres que ahora son más conocidos que entonces, analiza las obras, y construye un relato. Reediciones, estudios, rescates o incluso ficciones son, en cierto modo, herederos Las armas y las letras. ¿Como ha variado la forma en que vemos esa época en este tiempo?

Creo que la gente ha acabado asumiendo que aquello no fue cosa sólo de buenos y malos. Porque entre los malos había buenos, y entre los buenos, malos. Que no todos los que apoyaron el levantamiento militar eran fascistas, ni demócratas todos los que lucharon en el bando republicano, sin que esto oculte el que el 18 de julio se produjo un golpe de estado contra un régimen legítimo que para muchos, Chaves Nogales entre ellos, desapareció el 19 de julio porque no podía proteger a ninguno de los que le reconocían como legítimo. Y desde luego, que la especie de que los mejores escritores e intelectuales se pusieron de parte de la República es falsa, un triunfo de la propaganda republicana, con la que trataron de demostrar la idea de superioridad moral que creían tener sobre los sublevados, primero y sovre los venvedores de la guerra después, superioridad moral que aún siguen inexplicablemente sintiendo algunos.

En el prólogo de 2019 dices: “Muchos escritores e intelectuales, como tantos españoles, se vieron obligados a escoger, y a menudo de manera dramática, entre dos visiones de la historia y de la vida que en muchos casos acabaron siendo delirantes, totalitarias y mesiánicas”. Estas dos visiones, en el fondo minoritarias, se imponen a una mayoritaria. ¿Qué define para ti esa tercera España?

Aquella que hubo de elegir bando a la fuerza, sin que ello significara que de haber  elegido el contrario, estaría también a gusto en él. La tercera España es la que acabó sometida a cualquiera de las otras dos, y en definitiva, la silenciada, la mayoritaria. Por eso los verdaderos vencedores de la guerra civil fueron, políticamente, los falangistas y los comunistas. Falange Española y Pce contaban al principio de la guerra con unos veinte mil afiliados, y al final, con dos millones cada uno de estos dos partidos. Los falangistas administraron la victoria real, y los comunistas el relato, es decir, la ficción. Los escritores de derecha, sin embargo, perdieron los manuales de literatura; y a muchos de los de izquierda, se les tributó trato de grandes escritores, sólo porque la perdieron. Y en medio los perdedores absolutos, los Chaves Nogales, Elena Fortún, José Castillejo, Clara Campoamor, a esos ni unos ni otros les resarcieron con nada, fueron condenados al olvido. Demasiado libres y, sobre todo, testigos incómodos de los crímenes de los republicanos. Y en esa tercera España silenciada estuvieron también quienes como Juan Ramón Jiménez no le servía plenamente a ninguna de las otras dos. Acaba de pasarme Carmen Hernández-Pinzón una carta de JRJ de 1943 en la que dice que no quiere saber nada ni de los falangistas ni “de ciertos elementos” que andan por el exilio. Se refería, entre otros, a Segundo Serrano Poncela, uno de los responsables de las sacas de Paracuellos. Y tercera España, son, dentro de España Gaziel, Espina, Répide y tantos más.

Una de las ideas del libro es que la República gana la guerra de la propaganda desde el principio, dentro y sobre todo fuera de España. Nadie, ni las mentes más admirables (JRJ o Gaya, por ejemplo), está por otra parte siempre libre de su influencia. Uno de los éxitos de la propaganda sería popularizar la idea de que los escritores importantes se quedan el República.

Aunque va contra la idea que tiene uno de la literatura, en la penúltima edición me atreví a poner en dos columnas a unos ciento cincuenta esctritores, setentaicinco de un  bando y setentaicinco del otro, o adscritos por las circunstancias a cada uno de ellos. En esta he añadido algunos nombres más. Es la única manera de desmontar la propaganda. Con la República estuvieron Juan Ramón, Lorca, Machado, Azaña, sí… ¿Pero son menos que ellos, como escritores, Baroja, Unamuno, Azorín, Gómez de la Serna o Ortega y Gasset? ¿Américo Castro es más que Menénende Pidal? A otros la guerra y su muerte les dio una gran notoriedad, como a Miguel Hernández, pero ¿es menos poeta él que Manuel Machado? Me entusiasma Rosa Chacel, pero no podría decir que es “mejor” que Cunqueiro. Me gusta mucho, como es notorio, Chaves Nogales, pero nadie puede decir que Pla no esté a su altura como periodista. De modo que ese es el mito que hemos de desmontar.

¿De qué escritores te sientes más cercano o lejano de esa época? ¿Ha cambiado en algo tu opinión sobre ellos desde 1994 hasta ahora?

En general estroy más cerca de aquellos que fueron refractarios al sectarismo de su propio bando, y más lejos de los sectarios, sobre todo de los sectarios oportunistas y aprovechados, tipo Neruda o los Alberti…. Aunque le gusten a uno poco Luisa Carnés o Arconada, sus vidas difíciles de exiliados parece justificar que su literatura no fuera algo mejor. Y aunque no me gustara lo que escribían antes de la guerera ni después, admiro la valentía de León Felipe al reconocer que también se equivocó afirmando que los poetas republicanos “se llevaron la canción” . Me emocionan siempre Antonio Machado, Juan Ramón, Gaya. Me admiran Unamuno y Azaña, tan enemigos uno del otro. Baroja, Azorín. Ortega, Clara Campoamor, Chaves, Castillejo… Y al contrario, no sólo no he cambiado mi opinión sobre ellos, sino que ha crecido mi admiración por su obra. Algunos, como Azorín y Barojan, escriben y publicabn, en lo más duro de la dictadura franquista y pese a todo, algunos de sus mejores libros. En general la gerra hizo mucho daño a la literatura y la poesía en el momento, y fue necesario que la guerra pasara para que dieran lo mejor de sí, por ejemplo María Zambrano. Sus escritos de guerra son aterradores. Cuando anda por medio la propaganda, la literatura y la poesía se evaporan. Lo decía Machado, la retórica de la guerra es igual en los dos bandos.

Una diferencia que señalas en el campo republicano, entre los intelectuales, es una mayor discusión, a veces problemática, mientras que entre la zona nacional dice “una sola crítica adversa de los poemas de Rosales, Pemán, Vivanco o Ridruejo, o de la novela de Foxá o de las teorías de Laín habría significado para su autor represalias sin cuento”. Hablas de una uniformidad de juicio.

En general es como digo. Una revista como Hora de España no existía en la zona nacional. Y aunque Cernuda se va de España porque esa revista censura su poema a Lorca por razones morales (evocaba y descubría el amor a los efebos del poeta granadino), el nivel intelectual es muy alto. La derecha trata en sus revistas de estetizar la política, y la izquierda de politizar la estética. Quizá el tiempo sea menos cruel con la estética que con aquellas dos políticas totalitarias. O por lo menos yo tolero mejor la literatura de evasión que la del compromiso con las políticas totalitarias.

Escribes: “A los intelectuales republicanos parece interesarles España. A los nacionalistas, más el imperio, o sea, una bandera. A unos el pueblo y a otros los tercios, los cruzados. Y ya se sabe: nada como la patria para para arrancar sentimientos insinceros o solemnes, de los que insufla el viento y el tiempo dispersa como vilanitos secos”. Me gusta ese recurso, que usas más veces en el libro, de un contacto de repente con lo natural o lo concreto. En el prólogo nuevo hablas también de nuestro tiempo de populismos y nacionalismos, “reactivación de la roña carlista”.

Se ve que uno es irremediablemente un escritor realista. Me gusta que las palabras tengan color y olor. Debe ser cosa instintiva. Escribir con imágenes, metáforas y sinestesias tiene la ventaja de los atajos, es como darle alas al pensamiento. Es algo que hacemos todos hablando constantemente, y por eso decía JRJ aquello de que “quien escribe como se habla llegará más lejos en lo porvenir y será más leído que quien escribe como se escribe”. Y en eso hace uno lo que puede.

Dices: “el humor heterodoxo en España tiende a hacerse de derechas”. ¿A qué se debe?

El escritor de izquierdas, sobre todo el marxista, tiene por lo general una idea de sí mismo más complaciente y satisfecha. Suele creer que tiene la Historia de su parte, y se exhibe orgulloso su compromiso político, y ve el humor como una debilidad o una frivolidad, un obstáculo y una alienación. El Quijote se vio durante casi doscientos años como una obra menor, porque era obra humorística. El humorista, si es inteligente, sea de izquierdas o de derechas, se mofa de esas distinciones, por eso pueden verse en los chistes de Tono sátiras improbables en la otra zona. Es incluso difícil saber cómo algunos de sus chistes pasaron la censura, como ese en que se ve a un miliciano goerdo de la Cnt en la consulta del médico. Este le dice, para su gordura le conviene paser; y el miliciano responde: ¿A quién? El chiste va dirigido a lectores que sin duda tenían parientes y amigos “paseados…”. Y sin embargo…. Después de la guerra el humor fue la única válvula de escape de crítica al régimen franquista, y acabó en manos de gentes que siendo más bien de derechas, como el gran Chumy Chúmez, resultan de izquierdas, o de izquierdas, como Vázquez Montalbán, que con servicio doméstico uniformado y parque móvil, son indistinguibles de cualquier burgués de derechas.

También me ha llamado la atención la comparación que haces entre Sender y Cela.

Son los dos escritores un tanto tremebundistas y un poco toscos. Simpatizaron mucho después de la guerra, se reconocieron como de una misma tribu. Por eso su amistad acabó en una reyerta.

Este es, entre otras cosas, un libro sobre la memoria. En los últimos años se ha hablado mucho de la cuestión de la memoria histórica. Criticas la ley. ¿Qué es lo que se ha hecho mal y qué es lo que habría que hacer?

Nuestros padres hicieron algo bien, no importa del bando que fueran: inculcar a sus hijos que todo antes que repetir otra guerra civil. Y fueron más honestos que muchos de sus nietos: conocían la verdad de los hechos y sabían hasta qué punto todos, unos y otros, tenían mucho de que arrepentirse. Por eso llegada la transición lo confiaron todo al olvido, en aras de la convivencia y la paz. Y aunque supieran que sin justicia no hay paz posible, sabían también que a veces la paz es preferible a la justicia. Goethe lo sintetizó en un célebre díctum: Prefiero la injusticia al desorden. Y como dice Nietzsche: un exceso de memoria acaba con la vida. Y así lo entendieron Carrillo, Pasionaria, González, Suárez, incluso Fraga. No es que cerraran en falso la historia. Confiaban en que el tiempo acabara de cicatrizar las heridas. Y todo parecía hacer pensar que se iba a lograr, hasta que… llegaron al poder quienes parece que  legislaron no para resarcir a las víctimas, sino para reescribir la historia.

A la par que ha habido una reivindicación de la memoria histórica, hemos visto alarmas ante los excesos del recuerdo y su instrumentalización para ganar las batallas del presente. ¿Es algo que te preocupa, crees que ha ido en aumento?

Los que hicieron la transición, que fue modélica, no se olvide, se equivocaron en algo: el deseo de los nietos de algunos derrotados de la guerra civil, víctimas después del franquismo, decidieron hacer olvidar con los crímenes franquistas la condición de victimarios de algunas de esas víctimas. Y para ello decidieron en no pocos casos reconstruir la historia, ennoblecer la derrota. En una exposición reciente sobre la Defensa de Madrid organizada por el populista Ayuntamiento de Carmena se hizo desaparecer el papel de los militares, Miaja y Rojo, sólo para presentar la defensa de Madrid como un logro “del pueblo de Madrid”, cuando todos hemos leído cómo Miaja tuvo que disparar sobre el pueblo de Madrid que en desbandada desertaban de las defensas de la la Casa de Campo. Y por supuesto, hay que recordar, pero hay que recordarlo todo. De ahí que resulte un exceso retórico y una caricatura volver a oír el grito de “No pasarán” (la última vez la noche de los resultados electorales frente a la sede del Psoe por enardecidos y exultantes que celebraban la victoria), conociendo lo que sucedió en 1939: no sólo pasaron, sino que se quedaron cuarenta años, y Franco murió en su cama.

Hablas y defiendes muchas novelas, pero dices que no es el mejor género: Las mejores novelas de esta época, dices, son los testimonios. ¿A qué crees que se debe esto?

La muerte y el peligro dejan en la memoria una impronta indeleble. A su lado la ficción palidece casi siempre. Aunque Chaves Nogales diga que sus relatos de A sangre y fuego sean mezcla de ficción y realidad, el lector los percibe como crónica. Lo mismo sucede con la que para mí es acaso la mejor novela de la guerra civil, Celia en la revolución, de Elena Fortún. Todo en ella tiene esa impronta, y el lector percibe que la vida en un bien muy frágil y que bien pudo morir relmente en cualquiera de las peripecias. De ahí que a las novelas de la guerra les sea tan difícil competir no sólo con memorias y diarios, sino con cualquier página de periódico de la época de la guerra.

Escribes que si la primera edición fue responsable de la reivindicación de Chaves Nogales, la nueva versión debería servir entre otras cosas para hacer más conocidos a Carlos Morla Lynch y José Castillejo. ¿Qué te interesa de ellos?

En el caso de Morla, la visión de alguien que ni siquiera es un intelectual ni nun escritor. Alguien que apenas tiene los rudimentos de la liuteratura, que se limita a describir lo que ve, y que es libre porque escribe bajo el pabellón chileno, es un testigo fiel e imparcial. De Castillejo, pese a alguna de sus ideas disparatadas (llegó a creer que la solución a la guerra era partir España en dos, una para cada bando, adelantándose en eso a la partición de Alemania), interesa todo, el tono tan institucionista, la mesura, los modales, diríamos, y el querer ir a la raíz del problema: la incuria de la nación española, la falta de instrucción, el fanatismo religioso, la intransigencia. Lo mismo que Clara Campoamor. Lo que ahora hemos de preguntarnos nosotros como españoles es por las razones por las que hemos tardado casi sesenta años en descubrir sus obras, sus conductas, su ejemplo. Fue lo primero en lo que se pusieron de acuerdo las dos Españas, en callarlos y hacerlos desaparecer como testigos incómodos.

Otra forma de leer el libro es verlo como un libro sobre la retórica. Una reflexión sobre la guerra y la retórica está casi al principio, y uno de los momentos más emocionantes es la parte final, cuando Manuel Machado viaja a Collioure, donde acaba de morir su hermano. Dices “ahí deberíamos ver el arranque de la reconciliación nacional”. ¿Por qué?


Es algo que también hemos aprendido. Los hermanos Machado eran más que hermanos, eran almas gemelas, se veían a diario, escribían juntos, se admiraban uno al otro sinceramente y lo manifestaban con los mayores encomios. Pensaban parecido en todo, eran liberales. De haber caído Antonio con los franquistas y Manuel con los republicanos, ¿no habría hecho Antonio lo que hizo Manuel, y Manuel lo que hizo Antonio? La propaganda, la retórica de los perdedores, puso a Antonio en el puesto más alto de la literatura, rebajando al tiempo a Manuel, pero lo cierto es que el soneto a Líster de Antonio es peor aún que el de Manuel a Franco. La reconciliación pasa por leer lo mejor de uno y de otro sin la mediación de la propaganda, y descubrir los poemas maravillosos que uno y otro escribieron, sabiendo que lo que acaso tenga Antonio de superior sobre su hermano no fue desde luego consecuencia de su postura en la guerra civil, ni a la inversa, Manuel no es menor en relación a su hermano, porque pasara la guerra en Burgos. Esa es la libertad que trata de inculcar ese libro mío. Despojar a los lectores de los prejuicios que inculcaron en él muchos años de propaganda, de uno y otro bando.

25 janvier 2014

La niña del caracol

HACE unos meses encontró uno este no muy lucido ejemplar de La niña del caracol (1933), el primer libro de Agustín de Foxá, libro del que podría decirse, con todo, que es inencontrable (no había visto hasta entonces ningún otro a la venta). Lo editó, supongo que a expensas del autor, Manuel Altolaguirre, quien dejó en él una piadosa procesión de erratas y faltas de ortografía, por las que sentía debilidad.
Es una colección de romances que llevan la impronta de los de Lorca (a quien dedicó, por cierto, un ejemplar de El toro, la muerte y el agua días antes de que el poeta granadino dejara Madrid para reunirse con el toro, la muerte y la sangre, en Julio de 1936; y en Julio de 1936 está dedicado también el ejemplar que tengo de El toro, la muerte y el agua, en este caso al escritor asturiano Casimiro Cifuentes).
Nos hemos ido un poco lejos. Los romances de La niña del caracol están en su mayor parte dedicados a amigos, parientes, maestros. Las dedicatorias desaparecieron en la edición que hizo el propio Foxá de sus poemas en 1948, pero volvieron en la edición póstuma que se hizo de sus obras. 
Entre esas dedicatorias (a Juan Ramón Jiménez, a Ramón Gómez de la Serna o a Gutiérrez-Solana, a este un romance muy solanesco y funéreo), llama la atención la que figura en el romance de Alfonso XII a... María Zambrano. Lo que pudo haber debajo de esa dedicatoria (ironía, simple amistad, complicidad acaso en un momento en que la República había mandado al romancear a Alfonso XIII y la propia Zambrano mantenía lazos de amistad con monárquicos, falangistas y futuros sublevados, lazos que llevaron a José Bergamín a aconsejarla en los primeros meses de la guerra a marchar a Chile una temporada mientras en Madrid los memoriosos dejaban de acosarla por su pasado político), lo que pudo haber debajo de esa dedicatoria, decía, sería una más de las historias que nos ayudarían a comprender mejor lo que ocurrió entonces en España. 
Y claro, habría que poner junto a ella lo que diría Foxá de María Zambrano en Madrid de Corte a cheka, cuando ya nada tenía remedio.




17 novembre 2013

Propaganda, que algo queda

EN los primeros números de la mítica Hora de España, apenas iniciada la guerra civil, un jovencísimo Ramón Gaya mantiene una enconada polémica con José Renau, un cartelista ya célebre entonces pero sobre todo hombre poderoso y estalinista temible. El objeto de la polémica: los carteles y su función propagandista en la guerra. La observación de Gaya es tan irreprochable (los carteles nazis se están pareciendo a la propaganda soviética y de la República española como dos gotas de agua), que unos meses más tarde el colaborador más insigne de la revista, Antonio Machado, se hace eco de la misma idea de Gaya en uno de sus “mairenas”: la retórica de la propaganda, la retórica de la guerra, pueden acabar haciendo de los dos contendientes la misma cosa, lo cual sería grave. Si Michel Lefebvre-Peña hubiese incluido en su espectacular libro propaganda de los dos bandos (de uno de ellos hay sólo algunas pequeñas muestras), se habría podido ver eso mismo que también quedó patente en su día en los hasta hoy canónicos y monumentales tomos de los hermanos Carulla: en la propaganda, como en la guerra, vale todo y nada se aviene mejor con la estética que un poco de política, y con la política otro poco de estética. Si se hace así, ya tenemos uno frente a otro a los dos grandes totalitarismos del siglo XX, o por decirlo con énfasis épico: nazismo y comunismo disputándose el FF (final feliz). 
Lefebvre-Peña, francés, hijo de un soldado republicano español que fue dirigente comunista en el exilio, ha renunciado a darnos un libro de “los dos bandos”, centrándose en “el suyo”, y lo hace sin engaño (“Mi guerra de España” titula su efusivo prólogo): Guerra gráfica (Lunwerg, 2013) Y esa España la conoce con minucia aportando documentos únicos y desconocidos incluso para los especialistas: carteles, fotos, folletos, revistas, periódicos cosechados en archivos privados y públicos de medio mundo… Hemos de decir también que estamos ante un libro especialmente bien editado. ¿Libro para ver, para leer? Prima en él, claro, la profusión de ilustraciones, pero haría mal quien no se perdiera por el vericueto de notas y pies que acompañan tantas imágenes. ¿Y qué prueban estas? Que únicamente con propaganda no se ganan las guerras. Se quejaba Dionisio Ridruejo, jefe de la propaganda de “la otra parte”, de no haber tenido los medios con los que habían contado sus enemigos. Era, digamos, una queja retórica y un brindis al sol, porque lo dijo cuando ya habían ganado la guerra. Este libro nos muestra alguno de los hitos propagandísticos republicanos, caudillados por artistas como Picasso o Miró y fotógrafos como Gerda Taro, Chim, Capa, Reuter y tantos más, y aunque escamotee otros (la espeluznante foto del saqueo y profanación de momias en la iglesia del Carmen en Madrid, que dio la vuelta al mundo precisamente porque se circuló como propaganda: propaganda anarquista primero, y propaganda antirrepublicana después, la misma foto), el conjunto vuelve a despertar en nosotros antiguos discernimientos. Pues a estas alturas ya nadie puede dudar de que la guerra militar la ganaron los rebeldes desde el primer día, y la guerra de la propaganda, también desde el primer día y en todo el mundo, los republicanos. Los franquistas dejaron de ganar la suya en 1975 (más o menos), pero la propaganda de la República sigue ganando la suya aun hoy, en la medida que nos lanza preguntas de no fácil respuesta. Desde luego de respuesta no tan simple ni esquemática como quería José Renau y como vemos en tantos de los documentos reproducidos en este libro.
    [Publicado en El País (Babelia) el 16 de noviembre de 2013]

Asalto a la Iglesia del Carmen, Madrid, 1937

14 novembre 2013

Aquellos polbos (una atribución)

HACE ya años (Las armas y las letras, 1994) puso uno en relación los tristemente famosos  "paseos" que se popularizaron en los primeros meses de la guerra civil en la zona republicana con la sección "A paseo", que se publicaba en la revista El mono azul, dirigida al alimón y sub rosa por Alberti y Bergamín. Algo tan obvio tardó en decirse cincuenta años, y eso que ya existía entonces facsímil de la revista. Esa es parte también de nuestra historia y de la historia de la memoria histórica. La publicación de El mono azul se solapó como quien dice con Cruz y raya, que dejó de aparecer justo entonces, cuando estalló la guerra, por razones obvias: no sólo estaba financiada por conocidos miembros de la carcundia católica, como Ruiz Senén y congregaciones como la de los marianistas, sino que contaba entre sus colaboradores con algunos de los más conspicuos intelectuales del fascio español (Rosales, Luys Santa Marina, Vivanco, Valdecasas).
Leyendo estos días la Enciclopedia Cervantina me tropiezo con la entrada "calles acostumbradas", aquellas por las que se paseaban a los sambenitados de la Inquisición y reconciliados, es decir, las más concurridas y por las que tenía la gente costumbre de pasar. "Expresiones análogas son", se dice en la Enciclopedia, "'pasear las calles' o 'pasear las acostumbradas' (...) 'mandar pasear' o simplemente 'paseo'". 
El "paseo" de 1936 arraigó muy pronto como expresión popular porque nunca había estado ésta desarragiada del todo de la memoria española, pero tampoco ofrece para mí la menor duda que quien volvió a circular esa palabra sólo pudo ser alguien que conocía la expresión por su trato con las cosas de Iglesia y los textos clásicos: José Bergamín, de cuya mano salieron no pocos de aquellos tristes "A paseo" de El Mono Azul (llevan su sello inconfundible), instigadores de los otros, los de verdad. Ni que decir tiene que el gran Bergamín, y está dicho este "gran" sin la menor reserva poética, jamás pidió perdón a las víctimas, cosa digna de la mayor reserva ética. Y Bergamín, que había servido al Santo Oficio en su doble vertiente (Vaticano y Pce), murió, como es sabido, siendo secuaz de Eta, Santo Oficio de nuestro tiempo, que le despidió con honores militares. Y viene esto último a cuento de un brillantísimo análisis de Santiago González sobre víctimas y verdugos y el nexo que une la justicia que reclaman unos y la paz que buscan los otros: la memoria. Nadie mejor que González nos lo recuerda. De obligada lectura.


Goya, Aquellos polbos. Aguafuerte de Los caprichos.


8 novembre 2013

La erudición

LA erudición, al menos para los que no somos eruditos examinados, es una fuente de ilimitados e inofensivos deleites, como lo es para un niño esa cama elástica en la que puede pasarse saltando todo el día, sin cansarse. Porque lo cierto es que la erudición nunca le va a llevar a uno más alto que adonde le lleve su propio impulso, pero en ese trayecto cuánto goce y qué excelsas panorámicas las que se ven cuando no se tienen los pies en el suelo.
Y aunque la erudición tenga pésima fama ("no es sordo el mar, la erudición engaña" decía Góngora en celebérrimo verso), lo cierto es que sólo por ver cómo vienen a nosotros los datos, como pollitos a los que se echa de comer un puñado de trigo, pita, pita, pita, vale la pena ser erudito, siquiera dominguero.
Uno lo es, sobre todo dominguero, porque debe a los andorreos domingueros del Rastro más de lo que haya podido aprender, claro que siempre de una forma caótica.
Aunque no del Rastro, sino de una vieja almoneda de Madrid, vino esta fotografía de don Niceto Alcalá Zamora. Prometí buscársela al amigo Fernando Arcas, que le llevará a uno a Priego  a ciertas jornadas organizadas por la Institución que lleva el nombre del Presidente de la República, y aquí está. Dentro del universo alcalazamorino será poca cosa, seguramente, pero en la erudición no hay nada ruín: toda broza hace pared (¿quién nos dice que en la dedicatoria de esta foto no se esconde una novela?).
Novela, desde luego, hay en la vida del político, cuya casa fue asaltada y saqueada en los primeros meses de la guerra, que le sorprendió fuera de España. No volvería ya nunca. Entre las cosas que le robaron se encontraban sus diarios, que fueron publicándose mutilados en la prensa republicana con patentes propósitos denigratorios, al igual que los hubo en la publicación de los de Azaña, también manipulados, en la prensa de los rebeldes, y en eso y en mil detalles más vemos que se podría hacer con las vidas de ambos unas de aquellas que Plutarco llamaba "paralelas".
Pasados los años, y después de habérseles perdido la pista...
Dejemos que lo cuente wikipedia

"A mediados de diciembre de 20081 unos 1.200 documentos históricos fueron recuperados por la Guardia Civil.2 Entre ellos estaban las memorias manuscritas del presidente, así como cartas y diversos papeles que le fueron sustraídos en febrero de 1937Un empresario anónimo ofreció en venta los valiosos documentos al escritor César Vidal, quien se puso en contacto con el historiador Jorge Fernández-Coppel, y con el Grupo de Patrimonio de la Guardia Civil, para que su colega se reuniera con el empresario en Valencia y, así, pudiera ser incautada la documentación mediante la intervención de un agente de incógnito conocida como laOperación León.3Rogelio Blanco Martínez, firme defensor [e impulsor] de la Ley de la Memoria Histórica, decide mantener ocultos estos diarios donde el que fuera presidente de la Segunda República entre 1931 y 1936 reflejaba la realidad del proceso político de aquel período.4 (...) Entre las 1.100 páginas de los papeles que mantiene secuestrados el Ministerio de Cultura se encuentra una explicación de los sucesos de la Revolución de octubre de 1934 y la constatación del fraude en las elecciones que dieron el triunfo al Gobierno revolucionario del Frente PopularJosé Rodríguez Labandeira, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid, considera que aportará luz sobre la destitución ilegal del presidente tras las elecciones de febrero de 1936".

Este Rogelio Blanco fue, en efecto, un oscuro funcionario más tenebroso que blanco y más azulete que rojo... Pero siendo de León, no será del todo malo, y bien merece que sea otro con mejor plectro el que cante su novela.

Sin duda alguno de los insignes eruditos de buena ley que leen este almanaque sabrá decirnos quién fue el autor del retrato (todo parece indicar que fue Alfonso), el año y el lugar donde se hizo y a quién está dedicado.

6 novembre 2013

Una fotografía

Foto Walter Reuter. Valencia, 1937. De izquierda a derecha: Vitín Cortezo, Blanca Pelegrín, Luis Cernuda,  Carmen García Lasgoity, Manuel Altolaguirre y Carmen García Antón.

AYER se cumplieron cincuenta años de la muerte de Luis Cernuda. El ver esta fotografía publicada en El País, ha hecho que me acordara de estas páginas que se publican a continuación. 
Recuerdo el día en que nos la trajo Luis Muñoz, que coordinaba el álbum de Cernuda que maquetábamos para la Residencia Alfonso Meléndez y yo. No la había visto nadie aún excepto nosotros. Fue uno consciente desde el principio de su importancia no sólo como icono cernudiano, sino como testimonio que venía a desbaratar el blanco y negro con los que se ha tendido a ver todo lo de la guerra, y por esa razón la elegimos para las guardas. Otros trabajos de entonces me impidieron escribir el texto que doy a continuación, que se escribió cinco años después, en 2007, para ser leído en unos actos de celebración del cincuenta aniversario del II Congreso de Intelectuales Antifascistas de Valencia de 1937, y publicado, unas semanas después, en la revista Clarín. 

UNA FOTOGRAFÍA 
No soy historiador, de modo que no se deberá esperar de estas cuartillas revelaciones extraordinarias ni novedosas. No soy más que un escritor, y si no se me tomara por una arrogancia, diría que un modesto novelista y un poeta que se ha ocupado de hechos nimios casi siempre, y de un hecho nimio, microscópico, voy a ocuparme ahora: de una fotografía.
Llegó después de la guerra al Ministerio de Fomento, requisada por algún servicio de incautación del ejército vencedor. Allí permaneció sepultada muchos años, hasta que este Ministerio cedió en los años sesenta sus viejos  archivos de la guerra al Ministerio de Información y Turismo, que a su vez los traspasó al de Cultura, donde seguían en 1984, año en el que finalmente este Ministerio hubo de desalojar el edificio y traspasar aquellos fondos documentales y gráficos a la Biblioteca Nacional. Allí siguieron durmiendo su largo sueño otros veinte años, hasta que, en el curso de ciertos rastreos documentales, Eric de Giles, un joven investigador comisionado por la Residencia de Estudiantes, la descubrió.
Acaso nadie desde que fuese tomada en el verano de 1937 la había vuelto a ver, con la excepción de los funcionarios que la inventariaron y custodiaron esos años. Pero era, desde luego, y a todos los efectos, una fotografía desconocida para todo el mundo, aunque no son en absoluto desconocidos los seis personajes que aparecen en ella ni tampoco el fotógrafo que la hizo.

Se ve a un grupo de seis personas, tres hombres y tres mujeres, cogidos del brazo, todos ellos en traje de baño, y avanzando en carrera hacia el fotógrafo como en aquel juego infantil de “tapar la calle”. Siguen siendo jóvenes, a pesar de que la edad de muchos de ellos se tuviera entonces por la de quienes han dejado ya atrás la juventud y los juegos, y han buscado conscientemente componer la fotografía, porque aparecen simétricamente salteados.

Su aspecto les adscribe de modo inequívoco a una clase superior. En una época en la que el aspecto personal y la indumentaria delataba la clase social a la que se pertenecía, y a veces con gravísimas consecuencias, ya que “parecer” burgués por la indumentaria o la fisionomía podía acarrearle a uno la muerte, y “parecer” obrero o campesino lo mismo, según el bando en el que se estuviese, podemos asegurar que quienes aparecen en esta fotografía pertenecían a una clase privilegiada. Privilegio era, sin duda, disfrutar de un día de playa. La alegría que muestran les vuelve inocentes: aseguraríamos incluso que viven en sintonía con su medio natural. El hecho de la indumentaria es significativo porque el año en el que fue tomada la foto, 1937, se libraba en España una guerra civil y era preciso sintonizar con el medio en el que se estaba si se quería sobrevivir. También es significativo el lugar donde fue tomada, Valencia, ciudad escogida por la Alianza de Intelectuales Antifascistas para el II Congreso Internacional de Escritores que estaba teniendo lugar entonces y donde, desde hacía siete meses, se había instalado provisionalmente el Gobierno de la República.

 La guerra, que algunas fuerzas políticas consideraron en la zona republicana una revolución, había enaltecido los valores populares, proletarios y campesinos, y en las filas de ese pueblo se miraba con desconfianza, cuando no se la perseguía abiertamente, cualquier manifestación del viejo espíritu burgués. Sin embargo la actitud festiva de esos personajes sugiere que se trata de unos burgueses que no temen a las circunstancias, de unas gentes que porque no se sienten culpables creen estar a salvo. ¿Lo estaban? El día en que el fotógrafo los fijó para siempre en ese trozo de papel emulsionado disfrutaban de un día de playa. ¿Habrá algo menos bélico que esa escena en la que alguien decide orillarse de la guerra para desnudarse, es decir, para dejar a un lado las armas y desarmado, o sea, inerme, tomar el sol y nadar sin temor?
Que son burgueses lo indica también el hecho de que de ese momento feliz haya quedado testimonio fotográfico. Ni los proletarios ni los campesinos de entonces tenían por costumbre tomar el sol en una playa ni mucho menos fotografiarse en ella si lo hacían. Por lo general las clases humildes no tenían tiempo de tales expansiones, tan extremosas eran sus vidas, y sólo acudían al fotógrafo cuando se casaban o, si acaso, cuando se cruzaban con uno ambulante en una plaza o en una feria de atracciones. Nunca cuando vacaban, valga decir. Y por ello esta fotografía llama poderosamente nuestra atención, ya que si algo parece contradecir una guerra es la idea de vacación, siendo la guerra el más duro, inexcusable e ininterrumpido de los trabajos, se gane o se pierda.
Los personajes de la foto parecen estar viviendo un momento de plenitud, desde luego, tanto o más extraño cuanto que están rodeados por todas partes de destrucción y sospechas, aunque las expectativas no son malas. La mayoría cree que la guerra no está perdida todavía. Muchos admiten incluso que se puede ganar. En medio de todo Valencia está alejada del frente, y los bombardeos de la aviación o de la armada facciosas no son ni tan frecuentes ni tan sangrientos como los de Madrid. Pese a que hace un año nadie habría podido imaginar que aquel levantamiento pudiera haber durado tanto, son muchos los que creen en una pronta victoria, persuadidos de ello por la propaganda de un gobierno controlado por los comunistas a través del doctor Negrín, que tras los trágicos sucesos de mayo de ese año ha sido promovido como presidente del consejo de ministros. Y sin embargo algo ha empezado a cambiar. Una de las personas que aparece en la fotografía ha sido detenido ya por el temible Servicio de Seguridad Militar, acusado de espionaje, y aunque le pusieran en libertad después de una noche de zozobra, algunos de sus amigos vivieron esas horas con alarma. Todos saben que en una noche sobran muchos minutos en los que cualquiera puede desaparecer para siempre o aparecer a la mañana siguiente tirado junto a la tapia de un cementerio. Muchos han sido asesinados de ese modo en Madrid y en otras partes de España en menos tiempo. Si aquel hubiese sido un hecho aislado es posible que sus amigos no lo hubieran tenido en cuenta, pero unas semanas antes le había ocurrido algo parecido a una persona conocida bien por todos los que figuran en esa foto, Concha de Albornoz, a quien ni su trayectoria personal ni su trabajo durante la guerra ni su apellido habían librado de una detención arbitraria, bajo acusaciones idénticas, y con el consiguiente susto. Por tanto, cuando detuvieron a ese hombre que en un extremo de la foto corre en bañador, descalzo, con el torso desnudo y riéndose, muchos pensaron que la ciudad de Valencia, tan apartada del teatro de la guerra, era no menos peligrosa o más si cabe que el mismo frente, porque la bala que podía acabar con la vida de cualquiera podría llegar por la espalda, como había sucedido en Barcelona en los sucesos de mayo.
La detención, no obstante, no preocupó al interesado, que mostró siempre para esa clase de hechos una irresponsable displicencia. Aún sería detenido alguna que otra vez, y ya no por razones políticas, sino “morales”, como se hizo constar en el correspondiente atestado, sin duda porque su aspecto, otra vez los indumentos, era, según su amigo Gil-Albert, “el de un personaje de comedia wildeana más que de ciudadano en pie de guerra”.
Pero no todos acogen los mismos sucesos con idéntico temple, y aquella detención del amigo preocupó e inquietó lo indecible a algunos de los que ese día se fueron a la playa con él. La vio como un presagio funesto de lo que a él mismo podría sucederle el que ocupa el centro del grupo. Es este hombre joven, sin duda, la persona a quien el tiempo tenía reservado un más distinguido destino y amargos sinsabores. Pero entonces no era sino otro miembro más de la generación de poetas que había irrumpido con estrépito en la escena literaria española, pero a diferencia de quienes ocupaban las primeras filas, ni su nombre ni su obra había conseguido imponerse más allá de unos círculos restringidos. Tenía además fama de ser un hombre difícil. En la fotografía no lo parece. A diferencia de sus amigos, que muestran en ella el torso desnudo, lleva una de esas camisetas habituales entonces en los atuendos de bañista. Corre en su compañía y ríe también. Diríamos que es un hombre enteramente dichoso. De los cientos de fotos que de él se conservan sin duda es esta en la que aparece más distendido y risueño, a diferencia de tantas en las le vemos posando con estudiada gravedad o afectación. Nos llama la atención igualmente ver tan bien avenido con sus camaradas a quien pasaba por ser un espíritu ríspido, misantrópico y solitario.  Lleva el pelo hacia atrás, fijado con pomada o acaso mojado, por haber salido del baño, y luce uno de aquellos bigotes recortados con el que los galanes de cine  a lo Errol Flynn favorecían sus conquistas. Abraza por la cintura a las dos mujeres que le flanquean. Ellas, ya lo hemos dicho, van igualmente en bañador. Es probable que ese hombre nunca haya estado tan cerca de una mujer en bañador, y desde luego es seguro que nunca lo ha estado así de dos, rozándose con sus cuerpos. Y la fotografía resulta llamativa también porque no solía buscar la compañía de las mujeres, sino la de los hombres. Y por esta razón, por advertir que la “moralidad” de su amigo o la suya propia despertaba la misma intransigencia y fanatismo tanto en la España vieja como en la nueva en la que él se había quedado combatiendo precisamente para cambiar cosas como aquélla, que se pudiese detener a nadie por razones “morales”, no pudo tomarse a broma el percance que su amigo había tenido con el Servicio de Inteligencia Militar, como tampoco se tomó a broma que a él mismo le acabase de ser censurada, un mes antes, la elegía que había escrito a la muerte de su amigo Federico García Lorca, a quien, a pesar de todo el ensalzamiento de que era objeto como valioso icono propagandístico, se perseguía muerto por parecidas razones “morales”.
La censura de aquella estrofa en la que el poeta evocaba “los radiantes mancebos / que en vida tanto amaste”, los “desnudos cuerpos bellos que se llevan / tras de sí los deseos” dejó en la página donde la elegía se publicaba una línea de puntos y en el ánimo del poeta la más tenebrosa impresión y el mayor de los desánimos. Detrás de aquel atropello intelectual estaba, ejerciendo la censura del Ministerio de Instrucción Pública, Wenceslao Roces, un hombre oscuro al servicio del NKVD soviético, uno de esos funcionaros que parecen combinar impávidos en la sombra toda clase de crímenes de guante blanco. Acaso entonces, en el mismo momento en que fue tomada la foto, estuviera espiando al grupo desde algún lugar cercano, personalmente él o algún esbirro. Desde luego sabemos que entonces estaba ya acopiando los documentos trucados que engrosarían ese libro, monumento de la infamia, que un año después publicaría con el título de Espionaje en España y el seudónimo de Max Rieger, en el que se justificaba la liquidación del POUM y, por consiguiente, el aniquilamiento del dirigente Andreu Nin y de cuantos militantes poumistas y trotskistas fueron asesinados bajo la fantasiosa sospecha de ser agentes de Franco.
Desde mayo, eran muchos ya los que habían dejado de hablar libremente por temor a ser delatados a alguno de esos ciegos servidores del estalinismo. Las conversaciones en la calle, en los cafés, en las asambleas y mítines o en los colmados se reservaban lo indecible, y quienes como León Felipe no lo hacían (“ese sinvergüenza de Wenceslao me quiere matar”, le oyeron gritar en el hotel Victoria), se exponían a lo peor, como aquel Robles Pazos, traductor de Dos Passos, que un buen día desapareció sin dejar pistas.
Las protestas del poeta, al ser informado de que su elegía tenía que publicarse censurada, no sirvieron de mucho, pero le retrajo de una manera inequívoca en su actividades sociales, y su decisión de permanecer al margen de los actos del inminente Congreso de Intelectuales que estaban preparando sus jóvenes amigos de Hora de España fue irrevocable.
Aunque siguiera colaborando con la revista, el poeta dispondría de todo el tiempo. Había llegado el verano, y a falta de cosa mejor que hacer, empezó a ir a la playa. Allí lo encontró Elena Garro, primera mujer de Octavio Paz, integrantes ellos dos de la legación mejicana que iba a participar en el Congreso. “Veía todos los días a un inglés tendido sobre una toalla blanca y con un bañador azul. Nadie se bañaba, sólo aquel solitario y yo. Los chiringuitos estaban cerrados y la playa desolada. No fue él quien me dirigió la palabra, fui yo: “¿Usted es inglés?”. “No, soy español”. “Pues tiene un color más bonito que el mío”, dije. “Es que hace más tiempo que vengo a la playa”, contestó. Y páginas más adelante, cuando ya se ha informado de quién es aquel solitario bañista, nos dirá: “Vivía separado del mundo por una cortina invisible”, informándonos Garro de que por entonces la única amiga verdadera de aquel solitario bañista era, precisamente, Concha de Albornoz.
El tercer hombre de la fotografía es quien les ha reunido a todos. Hacía un año que habían asesinado a García Lorca. La conmoción entre sus amigos fue devastadora y los sentimientos de dolor y de rabia les llenaron de congoja. Nadie alcanzaba a comprender cómo el primero en morir, y de aquella manera tan ignominiosa, fuese precisamente quien, por su alegría y su candor, parecía estar destinado por los dioses a una vida feliz llena de éxitos. Los homenajes, los escritos en su memoria, las menciones y honores en toda clase de actos se sucedieron a lo largo y ancho de la España leal, elevando su figura a la de mártir, y el gobierno, “como era natural”, nos dice Valender, “quiso sacar de aquel martirio el máximo provecho político”. Esa fue la razón por la cual el Ministerio de Instrucción Pública, encargó al tercero de los que figuran en esa foto la puesta en escena de una de las obras teatrales de Lorca con el fin de agasajar a los asistentes al congreso.
Eligió Mariana Pineda, estrenada diez años antes. Por tal motivo están reunidos los seis personajes de esa fotografía. Las mujeres que tan expansivamente comparten la escena con sus amigos son actrices. Conocemos sus nombres. Habían actuado con el propio Lorca en los montajes de La Barraca. En la reposición valenciana el director le ha ofrecido a una de ellas el papel de Mariana; a otra, el de la Clavela. Los figurines los hará el hombre a quien semanas antes detuvo el Servicio de Inteligencia Militar, y el papel estelar de don Pedro se lo reservó al poeta a quien la censura parecía haber empujado al ostracismo voluntario. No era éste un actor, desde luego, pero el director, cuya bondad es unánimemente admitida por todos, quizá haya querido traerle de su solitaria playa y mezclarle de nuevo entre las gentes.
Muchos años después el figurinista recordaría aquellos días de plenitud e incertidumbre. Los ensayos de la obra, en el paraninfo de la cerrada Universidad, fueron divertidos. Todos envidiaban a aquel grupo que parecía haber encontrado una ocupación que les distraía de los pesares de la guerra. Las subvenciones del gobierno habían sido generosas y eso les había permitido a todos ellos desahogar unas economías apretadas por las restricciones y el mercado negro. Nos dirá: “Íbamos a todos lados en equipo [y así parece confirmarlo la fotografía]; podíamos permitirnos bebidas en el Volga (antes Baviera) y comer en el único restaurante “burgués” con camareros auténticos, abierto para diplomáticos, misiones y periodistas extranjeros”.
En todas las informaciones se deslizan pequeños, nimios detalles cuya elocuencia espera ser atendida. ¿No nos dice acaso ese cambio de nombre de un local tanto como un tratado de sociología? ¿No anuncia ese Volga que desplaza a Baviera de su oscuro simbolismo algo más que una contingencia política?
Al fin, la obra se estrenó en una sesión especial programada para los delegados del II Congreso el día 3 de julio en el Teatro Principal, según vemos en el cartel que hizo para la ocasión el amigo de todos ellos Ramón Gaya. La puesta en escena disgustó en los círculos oficiales: “El refinamiento del montaje y la actuación un poco diletante de los actores fueron ferozmente criticados. Cierta pluma incipiente y agit-prop del Partido veía un estilo a la federica en el vestuario. El director cayó en desgracia, lo que celebró con alborozo, y su cohorte, como fuimos llamados, nos dimos por satisfechos con lo bailado”, nos contará el figurinista.
En cierto modo se diría que los seis personajes de esa fotografía estuvieran, cogidos de la cintura, bailando una polca. Es probable también que les haya arrastrado a la playa quien mejor y más asiduamente la frecuentaba. No, no hay ninguna preocupación en ninguno de ellos. Ni siquiera en el fotógrafo que registró la instantánea, a quien esa alegría tuvo necesariamente que contagiar. Desde luego no le vemos la cara, porque el fotógrafo es siempre alguien que ve en silencio. Todas las fotografías han de conservar algo del silencio en el que ha trabajado el fotógrafo. ¿Cuántas copias hizo de esa instantánea? Los tiempos en todo caso no eran propicios para esa clase de dádivas, el material escaseaba y se precisaba para más urgentes cometidos: bélicos, políticos o de propaganda. En cualquier caso nunca se encontró ninguna copia en ninguno de los fondos o legados de quienes allí comparecen ante la posteridad, y sólo se conoce la que ahora se encuentra en la Biblioteca Nacional, de dieciocho centímetros por veinticuatro, y positivada por el mismo fotógrafo en ese momento, como atestigua su firma al dorso. Que salió del laboratorio y del alcance de Walter Reuter no ofrece dudas porque quienes la incautaron lo hicieron en algún centro de propaganda o redacción de periódico republicanos. ¿Se publicó entonces? Es difícil saberlo, pero probablemente no. Pues lo que caracteriza a esta fotografía es… su inconveniencia. Es cualquier cosa menos una fotografía de guerra, está expresado en ella todo menos aquellos sentimientos que parecen ser propios de una situación de miedo, angustia, muerte e incertidumbre o aquellos otros que la propaganda difundía a todas horas de sacrificio, de solidaridad, de coraje. ¿Qué habrían pensado los milicianos, obreros y campesinos, que en el frente recibieran el periódico con esa foto publicada, al ver a sus intelectuales y artistas de ese modo? ¿No dirían acaso: “¿Para eso estamos haciendo esta guerra”? Y así creeríamos que recae sobre ella una indisoluble culpa: la de representar la felicidad en el tiempo en el que otros muchos, jóvenes, saludables, hermosos, felices y fotogénicos murieron. Por eso podríamos hablar de una fotografía… inconveniente, y, por tanto, impertinente. Lo extraño es, incluso, que la  foto no la hubieran publicado inmediatamente después de la guerra los servicios de propaganda fascistas con fines igualmente propagandísticos y mendaces, para desprestigiar una causa republicana que esperaba ganar la guerra con sus intelectuales (homosexuales “además” algunos de ellos) tomando el sol; aunque si los servicios de propaganda franquista no lo hicieron fue, suponemos, porque ninguno de los que en la foto aparecen era lo bastante famoso entonces como para ser reconocido por nadie ni mucho menos para servir a la propaganda de masas. De hecho la foto sólo ha podido alcanzar su significado pleno ahora, pasados los años, cuando ya sabemos muchas cosas de todos ellos y de aquella guerra.
Tampoco es probable que ninguno de los que en ella aparecen la vieran. La vida, siempre cruel, quiso hurtarles la imagen más feliz que les quedara de la guerra. ¿De haber llegado una copia a manos de alguno de ellos no la habrían conservado como lo más dichoso, acaso lo único, de aquellos años desolados, y de haber sido así, no la habríamos conocido hace ya mucho? De haberla visto, ¿no habría escrito sobre ese momento Luis Cernuda, acostumbrado a celebrar los pocos dones que el destino puso al alcance de su mano?
Es él quien ocupa el centro de la escena. A su derecha está Blanca Pelegrín y a su izquierda Carmen García Lasgoity; ambas han pasado su brazo por la cintura del poeta, como él ha entrelazado a su vez la cintura de las dos. Junto a Blanca está Víctor María Cortezo, Vitín Cortezo, el íntimo amigo de Cernuda, y junto a Carmen está Manuel Altolaguirre, quien a su vez abraza por el hombro a la otra Carmen del grupo, Carmen García Antón. La foto fue tomada por el mítico fotógrafo Walter Reuter. Sólo la vida de este hombre, que murió a la edad de noventa y nueve años hace dos, daría para una gran novela. Sin duda la de todos esos personajes fue novelesca.
Probablemente ese fue también la última vez que estas siete personas estuvieron juntas. Desde luego la fotografía sería imposible de repetir sólo unas semanas más tarde. La vida acabó dispersándoles por caminos para todos ellos difíciles y llenos de precariedades y servidumbres. Cernuda partiría al exilio sólo unos meses después. No pudo sobreponerse a un ambiente que encontraba política y moralmente inaceptables, y a una ciudad controlada por oscuros designios. Jamás regresó a España y el día que murió los periódicos mejicanos le despidieron con notas más breves aún que los anuncios por palabras. A Vitín Cortezo le encontraremos colaborando en la revista fascista Vértice el mismo “año de la victoria”, 1939, y a partir de entonces en múltiples proyectos del teatro nacional de esos años, sin que ninguno de sus antiguos amigos le reprochara que lo hiciera, porque lo sabían, tan disparatadamente wildeano, un hombre que con ponerse a salvo de su “moralidad” en aquella España del nacionalcatolicismo tan contraria a ella, tenía bastante. Altolaguirre, acabada la guerra en España, vivió en París, y más tarde en La Habana, y dos años después en Méjico. El impresor por cuyas prensas habían pasado libros de todos los poetas de su generación, acabaría dejando su oficio para dedicarse al del cine. Tampoco podía sospechar que cuando regresara a España en 1959 para presentar en el festival de San Sebastián una película sobre San Juan de la Cruz, la muerte le estaría esperando en forma de accidente de coche en la carretera general a la altura de Burgos. Carmen Antón se exilió en Buenos Aires, donde ha muerto hace sólo unas semanas. Dejó publicadas sus memorias, que nos ponen ante una mujer inteligente y bondadosa, pero también ante la fragilidad de todas las vidas, apenas un puñado de arena que el viento mueve de sitio, o de cenizas, las suyas, que fueron esparcidas por decisión de la actriz junto a la estatua que García Lorca tiene en un parque de Buenos Aires, como si se tratara de uno de esos leales canes que figuran en las esculturas funerarias medievales, dando a entender con ello que acaso nada más significativo ocurrió en su vida desde aquel lejano 1936. Carmen García Lasgoyti fue otra más de esas ancianas que abonándose en su acabamiento a los actos de la Residencia de Estudiantes actual se diría que perseguían aún algo de lo mucho que les había sido arrebatado injustamente. ¿Vivirá o habrá muerto Blanca Pelegrín?  Este silencio ilustra también el que ha pesado sobre las vidas de muchas mujeres de esa época. Alguien conocerá sus historias completas. ¿Se exilaría Blanca Pelegrín como Cernuda sin volver a España o moriría fuera de ella como Carmen García Antón? ¿Se quedaría como Cortezo? ¿Se exilaría y volvería a España como Altolaguirre? ¿Se haría apátrida y vagamunda como Reuter?
En todo caso, tanto si existió esta sola copia como si circularon más, tenemos que preguntarnos por qué razón, siendo una instantánea en la que todos los que aparecen en ella, jóvenes y saludables, salen tan fotogénicos y felices, por qué, digo, permaneció tanto tiempo oculta, desconocida. ¿Nadie de los que se tropezaran con ella en su largo y oscuro recorrido sintió que había que sacarla a la luz como testimonio de lo mejor del hombre, de un tiempo en que pareció triunfar sólo lo peor?
Finalmente acabó publicándose por vez primera en 2002 en el Álbum Luis Cernuda que hizo Luis Muñoz para la Residencia de Estudiantes, y cuando el tipógrafo Alfonso Meléndez y yo mismo tomamos la decisión de que figurara también en las guardas de ese volumen, estábamos insinuando que la vida de Luis Cernuda, tan desdichada, merecía abrocharse con esa imagen feliz e inusual. Es decir, pudo ser publicada al fin cuando la misma guerra era una cosa tan del pasado que a nadie podría ya escandalizar. “Sí, somos felices, disfrutamos de la playa y del baño, nos reímos, España y su salvación han quedado momentáneamente orillados, y ahora nos entregamos a nuestro solo gusto, egoístamente, ¿y qué?”, parecen decirnos todos y cada uno de esos seis personajes, con ese derecho a ser felices que ninguna guerra ni ninguna desgracia pueden menoscabar.
Se ha repetido a menudo que España no tiene su novela de la guerra civil como tenemos hoy de las campañas rusas de Napoleón Guerra y paz. Aunque sólo sea como un síntoma nos interesa fijarnos en el desaliento que parece producirnos a los lectores españoles esta falta, porque lo que ello significa es que la necesitamos aún, conscientes de la orfandad en la que vivimos por su causa.
Y no la hemos tenido, he pensado siempre, por dos razones. Por haber sido aquella una guerra civil (a diferencia del la novela de Tolstoi, en la que todos los rusos pueden sentirse identificados contra el invasor francés, esa posible novela española habría de convencer y conmover a dos mitades que aún siguen irreconciliadas e irreconciliables en muchos aspectos) y, en segundo lugar, porque de las novelas que se han escrito hasta ahora, o de las que yo conozco al menos, quedaban excluidos momentos de plenitud y dicha como el que esa fotografía representa, de gentes que no perdían la esperanza, pese al “opresivo entorno político”, como lo llamó Cortezo, o a la complejidad humana que hace que podamos ser felices incluso en medio de las mayores tribulaciones.
Decía Machado que propio de la guerra era la retórica y que la retórica guerrera era igual para los dos bandos, y, añadiríamos nosotros, que nada tan nocivo para la literatura como la retórica. Si algo advertimos en esa fotografía es precisamente, en su espontaneidad, en su naturalidad, la falta de retórica. Nadie finge en ella ni nadie trata de convencer a nadie de la alegría que transmite. Ni mucho menos de vencer, porque si algo resulta naturalmente persuasivo y contagioso es la alegría. Cuando una novela nos parece retórica, la encontramos muerta, decimos. Y muerto nace lo que nace sin alegría. La tristeza no es contraria a la felicidad, como tampoco la desdicha es lo opuesto de la alegría. En aquel Congreso se debatió una vez más el viejo dilema del compromiso y la libertad: si me comprometo no soy libre, si soy libre no puedo comprometerme. Algún día alguien escribirá esa compleja novela de la guerra, sin retórica, en la que aparezcan, como los personajes de esa foto, comprometidos con su libertad tanto como libres para comprometerse con su obra, aparecerán, decía, unos seres vivos, reales, que logren la felicidad en su tristeza sin dejar de estar alegres en su desdicha, porque ya han comprendido que la muerte puede venirles de cualquier lado, incluida la espalda, y eso lo afrontan del único modo que un español puede hacerlo: cervantina y quijotescamente al mismo tiempo. 
 
(Texto leído el 19 de septiembre de 2007 en el Ateneo de Madrid en el curso de unas jornadas con ocasión del Septuagésimo Aniversario del II Congreso Intelectual de Escritores Antifascistas de Valencia de 1937)