20 avril 2011

Caballo de Troya

Para que el canto gregoriano, que a cuento de la Semana Santa viene sonando en Radio Clásica, tuviera algún sentido, habría que oírlo tal vez en una iglesia fría como un sepulcro, sentir un final inminente por peste o sífilis, y el pánico de morir en pecado, la condenación eterna. O sea, viviendo atenazados entre un presente incierto y una eternidad insoslayable y opresiva. Hoy, sin embargo, se diría que oímos esas melodías a un tiempo bellísimas y desasosegantes sólo como música de fondo, mientras esperamos la hora del almuerzo, lo único que aún sigue siendo verdaderamente medieval: cordero asado y vino tinto. A nuestro lado el tiempo fabrica ante nosotros su caballo de Troya.

18 avril 2011

Cuando éramos pobres

Acaba de aparecer un libro extraordinario, Los palacios de la Castellana (Turner), cuajado de fotos antiguas. Sólo hojearlo, y al constatar  tanta belleza destruida, produce una grandísima melancolía y una irreprimible irritación: ¿Cómo se permitió acabar con todos esos palacios, con paseo tan noble?, nos preguntamos. Y sobre todo: ¿A cambio de qué? A cambio de la modernización, se nos sermoneó con esa pedantería municipal característica, o sea, a cambio de absolutamente nada, porque lo que nos dejaron en su lugar, edificios y rascacielos de medio pelo, sólo habla de especulación y vasallaje del espacio público. Y esto que se dice aquí resulta tan evidente, que no hay una sola persona que viendo en ese libro lo que destruyeron en nuestro nombre, no deseara volver al pasado, convencido de que podría impedirlo.  Sí, nadie que no se diga: “Esto hoy no habría sucedido”. Así de ingenuo es el ser humano. Porque lo cierto es que acaba de volver a ocurrir, el crimen es parecido y lo han cometido en nuestro nombre, ante los ojos de todos. Lo de menos incluso es que además lo hayan cometido con nuestro dinero.

Como acaso sepa el lector ya, en Madrid contábamos con un gran Palacio de Comunicaciones, Correos y Telégrafos. No era ni siquiera bonito. Carmen Martín Gaite, hablando de él, recordaba lo que le decía su hija Marta cuando la oía denostar su aspecto de merengue vienés, de mole presuntuosa: “Ya se pondrá bonito”. No le han dejado, no le han dado tiempo. Este debe de ser el único país del mundo en el que cumplir un siglo es un baldón. Y eso que por fuera no ha cambiado nada. Ha sido peor, lo han atacado por dentro, lo han vaciado, como los taxidermistas. “Rehabilitado” es la palabra de moda hoy. “Modernización”, fue la de ayer. Y lo han convertido en uno más de esos centros de arte contemporáneo con aspecto de vestíbulo de estación de autobuses que no tardará en degradarse. Es decir, que lo peor está aún por venir: tendrán que llenarlo de eventos (la palabreja asusta) y darle contenido, y esperar a que, como esas ginetas, raposos y perdices disecadas, se llene de polvo y piojos.

Las mayores críticas las ha recibido, no obstante, por haber sido un dispendio irresponsable de millones de euros que los madrileños no podemos permitirnos, y menos ahora, por ser el delirio de un alcalde convencido de que iba recibir en él, convertido ya en casa consistorial, a todos los mandatarios del mundo cuando Madrid fuera la sede de los Juegos Olímpicos. ¿Se acuerdan? Pues bien, tal baladronada, para uno, con serlo y mucho, ni siquiera es lo más grave. Para uno hay razones de otra índole, sentimental e íntima, diríamos. Allí, y durante más de treinta años, ha ido uno, como tantos, a enviar y recoger sus cartas, a veces a diario. Era maravilloso poder hacerlo en aquel palacio vetusto, monumental y un poco des­tar­talado ya, recogido, remansado y pe­­­num­­­broso, que seguía prestando el servicio para el que fue creado hace un siglo, dándonos a los pobres la ocasión de pensar que nuestras cartas merecían una estafeta a la altura no de las cartas, sino de los sueños que poníamos en ellas o esperábamos de ellas, sueños que hoy maldicen su triste destino.

       [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 17 de abril de 2011]

17 avril 2011

Un alazán sólo come nenúfares. (Y una foto del Rastro)






Decir corcel por caballo fue la impecable definición de retórica propuesta por Stendhal hace casi doscientos años. ¿Qué diríamos hoy de alazán, retórica de corcel? Nos lo sugiere los versos de cierto vate publicados ayer en Abc. Al leerlos, no sé por qué, se despertó en nosotros la sospecha de que llevado ese bendito vate a una feria de ganado, sabría distinguir un alazán de un rucio o un potro de una jaca como Villaespesa distinguía nenúfares de nefelibatas. En todo caso algo es seguro: siempre se escribirá, en toda época, esa clase de poesía confitera y académica en la que los alazanes piafan, caracolean briosos y comen nenúfares.

Coda. Por otro lado cree uno sinceramente, para no ser hipócritas, que cada vez que escribimos la palabra vate, tan retórica (escribir vate por poeta lo es), estamos pensando en la palabra vete: "Marcelinico que la grande llevas / y disparates amontonas tantos, / vete a paseo", le decía un crítico de la época a don Marcelino Menéndez Pelayo a propósito de ciertos versos sáficos de este.


16 avril 2011

Tanto frío

Ve venir hacia él un mendigo que hunde su cabeza en el pecho, envuelto en dos o tres viejos gabanes, uno encima de otro. Arrastra unos bultos informes amarrados con cuerdas elásticas a dos ruedas y un asa de procedencia incierta. Camina encogido por el frío. El vapor que sale de su boca se le queda pegado a la cara como niebla. También lleva empañada la mirada, como si se hubiera traído consigo el vaho de los cristales de la cantina.  Al pasar a tu lado sientes, no obstante, no tener derecho a comparar tu frío con el suyo. Para ti sólo durará unos metros, unos minutos, antes de entrar en casa. El frío de ese vagabundo debiera ser declarado de interés histórico, porque viene con él desde el medievo, intacto, como un castillo, como un burgo, como sílabas escuetas de un romance perdido. Recorre Europa al margen de los informativos y telediarios que se dedican cada media hora a hablar del tiempo. No está en los mapas. Sólo le queda eso, vagar libre al margen de la historia, como memoria suya, recordarnos de qué está hecha su infelicidad, la nuestra. Por eso es indecente que nadie se compare con él, y menos un alcalde, con el solo propósito de borrarlo del mundo para borrar el origen de tanto frío.

13 avril 2011

Tres pistas

En apenas tres semanas, has sentido que internet era un circo de tres pistas, semivacío. Trabajan, nunca mejor dicho, para todos, para ninguno. Por el placer de cabalgar. Hay un hombre maduro en la pista, a pie, sobre la arena, que lleva de las bridas dos caballos. Estos galopan en círculo a su alrededor. Sobre los caballos, los jóvenes, sin detener el galope, saltan a uno y otro lado de sus monturas respectivas, se ponen en pie sobre la silla, se sientan de golpe, vuelven a desmontar, como cosacos. El hombre maduro ni siquiera da vueltas, hace pasar las bridas por detrás de sí con el brazo en alto. Les contempla satisfecho, acaso un poco cansado, pero vagamente feliz. Los jóvenes no piensan aún en la felicidad, porque no lo necesitan. El mundo gira. Se ha hecho un gran silencio. Han desaparecido las gradas, la carpa, y se diría que todo lo que sucede, sucede dentro de cada uno de ellos, de los mismos caballos. En todos, el animal de fondo. Fuera, una noche estrellada.



































11 avril 2011

Ocho millones y medio

Nos han dicho: El primer fin de semana la película recaudó ocho millones y medio. ¿Y?

La anécdota, de la que fue testigo Ramón Gaya, es tan divertida que no tendría nada de extraño que ya la hubiese contado alguna vez aquí. Vio el joven pintor una vez a Valle Inclán en la Cacharrería del Ateneo. Discutía este con alguien que le estaba sacando de sus casillas hasta que, no pudiendo sufrirlo más, Valle le gritó: “¡Eso que usted me va a decir es mentira!”.

No ha visto uno la dichosa película de Torrente, pero sé, como lo saben muchos otros que jamás irán a verla, que todo lo que se nos va a decir en ella es mentira. Y esto lo mantendría frente a esos ocho millones y medio de euros que parecen haberla refrendado pasando por la taquilla, sin que sepamos tampoco cuánto  hay de verdad en esa cifra o si sólo es un truco: se dice que es la más vista para que vaya a verla la gente, que sólo va a verla porque es la más vista. Claro que en mi caso, el prejuicio no es propiamente tal, porque vi hace poco, en televisión, media hora del Torrente Uno, “el mejor Torrente”, al que este Torrente Enésimo Redondo, según aseguran sus panegiristas, ha vuelto a parecerse.

Ninguna aristocracia hay superior a la del pueblo, apuntaron nuestros finos y recordados institucionistas, pero también nada tan plebeyo como el público, y así lo advertimos a diario ante la sanción de todo aquello que resulta escandaloso no ver combatido en todas partes, como se combate el machismo, el fascismo y el racismo presentados en su forma más zafia. ¿De dónde procede, pues, la bula, la impunidad de ese personaje, dechado de todos los fascismos, racismos y fascismos? Sin duda de este bucle tan astuto como cínico, que para justificar un negocio que no es menos inmoral que el que tantos giles y giles han hecho en este país, quiere hacer pasar como crítica lo que no es sino connivencia o apología.“He hecho de Torrente lo más deleznable”, ha proclamado el inventor del engendro, creyendo que saberlo le pone a salvo, por aquello que decía el exiliado Esteban Marco, citado también por Gaya: “Se puede llevar una corbata fea, pero sabiéndolo”. 

Eso, con las corbatas, funciona, pero nada más. No se puede ser fascista, racista y machista, y menos aún sabiéndolo.  También se nos está diciendo que ocho millones y medio de euros, o los que lleven ya, no pueden estar equivocados, porque a menudo hemos visto que las multitudes se entregaban a la excelencia de Dickens o de John Ford. Así que estos pícaros de nuevo cuño sólo trabajan en el halago de las masas, excitando sus pasiones más bajas, mientras con una sonrisita ratonil parecen decirnos: “Llámame perro y échame pan”. Miles de espectadores han visto ya esa película, sí. En este mundo nuestro se pondera mucho el éxito y el dinero, cierto, pero quiere uno pensar ahora en aquel que, solo, sin importarle el mundo, le está diciendo a ese Torrente, en sus propias barbas, como Valle al otro en la Cacharrería,  que no ha visto su película ni piensa verla porque sabe que todo lo que le vaya a decir... es mentira, o peor aún, quiero decir, que todo lo que va a encontrar en ella es... verdad.

         [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el día 10 de abril de 2011]