6 mai 2011

Un caballero del punto fijo (y tres aforismos)

OÍ que una mujer mayor le decía a otra más joven: “Ese es de los que arrima el agua a su sardina”. Pudo haber dicho también que llevaba el ascua a su molino. Como Sancho. La lengua viva. Y no hubiera podido adivinarse si lo decía con admiración o con desdén.
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ASEGURARÍAMOS que César Vallejo citaba de lejos a la vida cargando la suerte y adelantando la mandíbula, como al torear vemos que hacía Juan Belmonte.
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HAS perdido un papelito con dos o tres palabras, y te has vuelto loco buscándolo, más y más desasosegado cada hora que pasa. Pusiste la casa patas arriba. ¿Qué sucederá cuando pierdas la vida? ¿Dónde te dejarán ir a buscarla? ¿Qué podrás poner patas arriba?

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DE este vídeo, su autor advierte: abstenerse impacientes, dura doce minutos. Pero valen la pena, mira la vida por nosotros, y al mismo tiempo que la impulsa, la detiene, como aquellos caballeros del punto fijo que medían meridianos y ecuadores.

5 mai 2011

Elegía atravesada

























LLAMÓ un periodista de El Mundo hace tres días. Traía la noticia de que la última fábrica de máquinas de escribir que quedaba sobre la tierra, la Godrej&Boyce, en Mumbai, India, acababa de cerrar sus puertas. Vino buscando una elegía. Le dije que no sentía ninguna nostalgia, que había sido un invento útil pero rígido, incómodo y pesado, mucho menos versátil que el lapicero, por ejemplo, o el bolígrafo o la estilográfica. Y qué tormento hasta lograr ver una página mecanografiada sin errores, qué calvario. Cada pifia mecanográfica se fosilizaba en la página de inmediato, y acababa calcificando también la palabra en la que se había incrustado y al rato la cuartilla, perdida su flexibilidad, se convertía en lápida mortuoria. Sólo recuerdo con nostalgia de aquellos años el fascinante papel carbón, que multiplicaba, arrancándolos de la noche, universos prodigiosos. El papel carbón tenía algo de rimbaudiano y maldito. En todos los años de agonía y arrumbamiento de la máquina de escribir no hle pensado ni un minuto en ninguna de las muchas que tuve, percutibles y luego eléctricas. El periodista, muy joven, decepcionado, trataba de arrancarle a uno unas lágrimas en el cortejo fúnebre. Advertí que, desilusionado, me tomaba por un cínico. “¿Pero no acompañaba con su traqueteo característico y el vaivén de su carro la cadencia de la creación literaria, el flujo y reflujo de la marea de la inspiración?”. Él jamás había utilizado una máquina de escribir, confesó, pero le habrán enseñado a hablar de esa manera en alguna escuela de letras, en la que seguramente habrá escrito también relatos a lo Hammett sobre una vieja Remington. Confesión por confesión, le dije: “La máquina de escribir era como el braguero de la literatura”. No sé de dónde le pudo venir a uno esta imagen tan extravagante. Hubiera querido decir corsé, pero la primera palabra que salió fue esa otra. Para no dejar en el aire una falsa impresión y que pensara que yo también había asistido a una madraza de letras, le dije, en tono más vacilante, que por irse, la máquina de escribir se ha ido sin haberle dado tiempo a nuestra lengua en más de un siglo a crear una palabra original para ella, haberla llamado mecanografo (como llana), por ejemplo, o el maquinógrafo o el grafomec o el mecagraf.
La foto que acompaña este pequeño escrito, de una máquina de escribir bastarda, la hice en el Rastro hace cuatro o cinco meses, y nunca llegué a entender con qué objeto alguien había cubierto con un pequeño trapo las teclas, acaso como se hacía con los cascos de los caballos cuando se quería apagar el estrépito de sus pasos sobre la tierra, al llegar la noche, cuando su dueño, un poeta sin duda (lo prueban las heridas que tiene su teclado), empezara a contarnos su sigilo.

4 mai 2011

Según y conforme (apócrifo de Juan de Mairena)

Llegó esta mañana Mairena a clase mucho más locuaz de lo acostumbrado, debido quizá al resultado obtenido ayer por su equipo (Mairena, viviendo en Madrid y no siendo especialmente aficionado al fútbol, tenía la fantasía de decirse del Barça por lo mismo que, no siendo confesional, se habría declarado anglicano en Roma y católico en Londres):
–Dígame, García, qué relación ve usted entre la República Barataria y el Reino de España.
–La que media entre Cervantes y Felipe IV, entre Puerto Lápice y Cartagena de Indias, adonde no tuvo el rey el santo cuajo de dejar marchar a nuestro Príncipe de las Letras, cuando se lo pidió.
–No está mal, pero adivino en usted un fondo de guasa y de resentimiento y ello me obliga a darle un aprobado raspado. ¿Está usted conforme?
–Según.
–García, no me tiente; aún estoy a tiempo de atizarle la matrícula de honor.
–¿Como hace el Rey de España cada año con los premios Cervantes, después de lo que le hizo su bisabuelo a nuestro querido manco?
–Es usted incorregible, y siempre cojea del mismo pie.
–Conforme.

3 mai 2011

Una idea

Arpas (nostalgia de la vanguardia)

El arpa es, principalmente, un alegato contra la artrosis.


Hay muchos instrumentos de cuerda, guitarras, violines, chelos, bandurrias, pero a un estrangulador le gusta sobre todo el arpa, porque puede hacer su trabajo sin quitar las cuerdas.


Lo lógico es que el arpa la tocara un canario, con el pico de las alas. 


Más:


Los virtuosos del arpa suelen poner entre las cuerdas, para mejor afinación, un terrón de azúcar y una hoja de lechuga.


Hay algo sádico en los afinadores, el refinamiento quizá con el que estrangulan el aire.


Dios hizo la lira de una costilla del arpa.


En realidad el arpa tiene todo el aspecto del esternón de un barco.


En fin, vamos a dejarlo aquí antes de entrar en barrena.

2 mai 2011

Huérfanos de mujer

Nada da tanta pereza como una conversación sobre lugares comunes. Por ejemplo: hombres y mujeres hablando con lugares comunes de hombres y mujeres: “Vosotras tal/nosotros cual, vosotros cual/nosotras tal”. Uno de los principales problemas que han tenido y tienen  tantas mujeres será acaso el de su invisibilidad, el de que fuera o al margen de sus papeles tradicionales apenas se las vea, se las oiga, se las considere. Y uno de los principales problemas de los varones es el mismo, pero al revés, incapaces de ver, oír o considerar a las mujeres como no sea cuando han de hacerse cargo de los niños, de los enfermos o de la casa. “Es ella la primera que no quiere verme por la cocina o planchando, sabiendo lo desastre que soy”, oímos a tantos con falsa resignación, casi cínicos. O bien al contrario: “Soy yo la que no quiero verlo por allí”, y la mujer se esponja como una gallina, orgullosa de que se tenga en cuenta su voz, aunque sólo sea en ese lugar de los trabajos serviles.

Acabamos de ver en la televisión una escena común. Hasta la locutora advirtió lo anacrónico en ella: entre los cuarenta representantes de las finanzas, empresas y negocios que acudieron a la llamada del presidente de gobierno para una reunión al más alto nivel, sólo había una mujer.  Naturalmente, si se les preguntara a esos señores, responderían, acaso con el mismo asombro y falsa resignación, que todos ellos son partidarios acérrimos de la igualdad de la mujer. Teniendo en cuenta lo mal que están gestionando el país, ni siquiera recurren al cinismo del gatopardesco príncipe de Salina: contar con mujeres hechas a su medida, para que todo siga igual. O sea, que además tampoco deben de ser muy inteligentes.

Más que sus trajes caros o sus corbatas,  intercambiables y aburridas, llamaban la atención sus rostros. Los de algunos causaban espanto. Si se tuviera que rodar una película con el Infierno del Dante se les podría escoger y no precisamente de extras. Al ser viejos bastantes de ellos, sus facciones estaban ya muy hechas, en unos era la soberbia la que primaba, en otros la turbiedad, en otros la dureza, su fosilización, miradas astutas, arteras, rictus de desprecio, de engreímiento, de vanidad... Incluso cuando sacaron riendo a algunos, no se traslucía nada tranquilizador de esa risa. Al contrario. Banqueros, hombres de empresa, especuladores, agiotistas que por cómo hablaban o dejaban ver los tirantes al ponerse la chaqueta o cerraban la puerta del coche, daban la impresión no de estar allí convocados por el presidente del gobierno, sino de ser ellos quienes lo habían llamado para leerle la cartilla y decirle las cosas que tenía que hacer con el fin de que sus negocios marcharan a su plena satisfacción, tal y como harían con su cochero, su cocinero, su palafrenero o su zapatero. Sin embargo uno sólo pensaba viéndoles: ¿cómo podrán vivir sin mujeres al lado a las que preguntar, con las que discutir en el mismo plano de igualdad? ¿No se aburrirán de sí mismos, de sus conversaciones, de sus lugares comunes? Fue entonces cuando advertimos algo extraño: bajo tanto aplomo, se traslucía el pánico. Asustados como niños, su orfandad de la mujer causaba una pena infinita.

         [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 1 de mayo de 2011]


1 mai 2011

Fotos del Rastro

Hace unas semanas compareció aquí una fotografía en la que se veía este mismo paisaje manchego y, en primer plano, un hombre de aspecto cervantino. En la de esta mañana, el retrato ha desaparecido, pero aún continuaba la foto del paisaje, subrayando la orfandad en la que nos dejan ciertos objetos. No sé, como si ese hombre, muerto ya cuando lo vimos entonces, se hubiese ausentado para morir por segunda vez.
La otra, de Franco, está dedicada por este de su puño y letra al Reverendo Padre Provincial de los Teatinos en España y la Argentina. No es infrecuente ver vestigios del dictador en el Rastro, cada día más devaluados, pero menos de este modo, juntos la Iglesia y el Estado, recordándonos no ya nuestra orfandad, sino, por el contrario, nuestra liberación de una y otro. El cristal roto no es sino la carcajada póstuma, oh justicia poética, de todos los cristales que deberían haberse roto en el asalto al Palacio del Pardo, aquel asalto en el que tantos soñaron, sin que el destino se apiadara de ellos.