14 juillet 2011

Monedas sueltas

“SIENTO con todas mis fuerzas que la historia del hombre es como la del trigo: no importa que no hayamos venido a este mundo para prosperar; nos muelen y nos convertimos en pan. Cuidado con aquellos que no están amasados”. Son éstas las bellísimas palabras del Diario de Van Gogh que obsesionaron a Martin Heidegger hacia 1925, sumergido ya en su libro Ser y Tiempo, aquel a cuyo frente puso una dedicatoria llamada a ser, con los años, un monumento a la infamia, cuando su autor la suprimió por estarle dirigida a Edmund Husserl, además de su maestro y amigo, judío. No fue lo único extraño de un libro que a juicio de quienes lo han leído es tan decisivo e inconsútil como difícil y hermético. Tras la dedicatoria figuraba en la primera edición esta frase de Lessing, una de las pocas que entendemos sin esfuerzo y compartimos los profanos y acaso una de las pocas de Ser y Tiempo que no precisarían mucha exégesis, paradójicamente: “La mayor claridad siempre ha sido para mí la mayor belleza”. No estaba demasiado alejada de la claridad que el propio Husserl invitaba a tener a sus discípulos en sus exposiciones, cuando les sugería que las hicieran “mejor en monedas sueltas que en grandes billetes”. Las pequeñas monedas que compran los panes.
(Foto: El Rastro, 2010)

13 juillet 2011

Uñas estética

HAY un tipo de mujeres –así lo sugiere X, a quien acaba uno de ver casual y subrepticiamente pasar por la calle Almirante después de cuántos años– con un tan altísimo concepto de sí mismas, que cuando van a cruzarse con un hombre al que encuentran atractivo o al que les gustaría resultar atractivas, y más desde que son sexagenarias, se despepitan, y bajan la cabeza para revistarse de urgencia el vestido, las tetas, los zapatos. Y hay que aclarar que han descubierto a ese hombre porque mientras caminan por la calle su mirada va muy por delante de ellas, como el que pesca con caña. En cuanto a esa mirada que derraman sobre sí mismas resulta paradójica, diríamos, porque esas mujeres se inspeccionan por delante, pero en realidad están mirándose… por detrás. Quiero decir, que tratan de ponerse en el lugar de aquel que imaginan, o desean, que va a volverse para mirarles el trasero en cuanto pasen, cosa que les obliga, en un esfuerzo supremo y en el momento mismo en que llegan a su altura, a intentar levantar, colocar y devolver ese mismo trasero a su perdida forma juvenil, esfuerzo que suele quedarse en una fantasía sin consecuencias, pues en medio de todo, todos tenemos la suerte de no ver más que a medias lo que pasa a nuestras espaldas.
(Fotos: 
Claudio Coello, Madrid, julio 2011, A.T.

12 juillet 2011

Tú fíate de Unamuno y no corras

“Querido P.: En la famosa contestación de Don Quijote, “¡Yo sé quién soy!”,  todas las ediciones modernas acentúan el pronombre (supongo que en la princeps iría sin acentuar: ¡Yo sé quien soy!"). ¿No sería pertinente quitar ese acento? ¿Cambiaría algo el sentido, aun en matiz, o da lo mismo? Por favor, dime algo de esto, que es cuestión que me importa. Abrazos. A.”

Escribiendo el artículo que se publicó aquí ayer, le mandé este correo a F.R., y nuestro amigo me respondió lo siguiente con generosa diligencia: 

“Pensé en ello en su día. Depende de si se hace tónico, quién, o átono, quien. En el Q., si tónico, es más plural, inclusivo, unamuniano, elige entre una gama amplia; si átono, más modesto y unívoco. Pero el quién dubitante abarca también el quien seguro, conservador. El contexto no es resolutivo: “yo sé [el que] soy” vs.“sé que puedo ser [el que]...” y “soy Valdovinos y Abindarráez” vs. “puedo ser los Doce Pares de Francia”. Las dos formas son aceptables. Pero el principio áureo de la lectio fertilior (vid. anejo “Separata Ecdot2”) inclina a usar quién. Un abrazo”.

Le di las gracias y le contesté a vuelta de correo. No acababa de convencerme:

“¡Y yo que andaba tan descreído de tu ecdosis! Sólo un reparo. Reviso el Unamuno, y allí, por lo que dice, parece, al revés, más bien inclinado a considerar un "yo sé quien soy" [y no hace falta que venga nadie a decírmelo],  frente a un " yo sé el que puedo ser  o yo sé quién soy [con tu ayuda y la del que estuviere a mi lado, acordándome de aquel "yo no digo mi canción sino a quien conmigo va"].

No persistas en el disparate de leer el Q. con UnamunoTú fíate de Unamuno y no corras”, fue todo lo que contestó. Aunque tampoco estoy muy de acuerdo: de Unamuno en general hay que fiarse, y si ha podido uno leer el Quijote con tantos, ¿cómo no vamos a poder hacerlo con Unamuno, por más que pueda irse de vez en cuando, como el mismo don Quijote, por los cerros de Úbeda?

Pues lo cierto es que una lectura más atenta de su libro no nos saca de dudas. Al contrario, diríamos que Unamuno tampoco se aclara demasiado, pues si en la primera edición de su Vida de don Quijote y Sancho (Fernando Fe, Madrid, 1905) adopta en la primera parte de su glosa el “¡Yo sé quien soy!” (“porque como sabe [don Quijote] quien es (…) y como los demás no lo saben, cuanto él haga o diga se les aparecerá como hecho o dicho por quien no se conoce, por un loco (…) [Muy bien puede decir don Quijote] “yo sé quien soy”, y mi Dios y yo solo lo sabemos, y no lo saben los demás”. Entre mi Dios y yo –puede añadir– no hay ley alguna medianera; nos entendemos directa y personalmente, y por eso sé quien soy”, págs. 45-46 de la primera edición), en la segunda edición de ese libro (Renacimiento, Madrid, 1914), acaso la que consultó nuestro amigo P., Unamuno ha corregido ya todos los “¡Yo sé quien soy!”, que aparece indefectiblemente como “¡Yo sé quién soy!”, concluyendo más abajo y contradiciéndose al paso tanto en la primera como en la segunda edición (en Unamuno eso es normal también, sin que importe mucho): “Al decir “¡Yo sé quién soy!” no dijo sino “yo sé quién quiero ser!””.
 Para uno don Quijote sabe desde el principio quien es, y por eso lo deja todo. De no haberlo sabido no habríamos tenido esa novela. Habríamos tenido otra y otro personaje, pero no ese. Poco duda don Quijote y poco se pregunta, al menos en aquello que concierne a su persona, y mucho de duda hay en ese ¡Yo sé quién soy! y nada en un ¡Yo se quien soy! Pero vamos a dejarlo en este punto, pues aunque el abismo que abre esa simple tilde nos atrae lo indecible, podríamos acabar como Filitas de Cos, que murió por extenuación al tratar de resolver la paradoja del mentiroso planteada por Eubúlides de Mileto (“¿miente el hombre que dice que miente?”), resuelta, por cierto, de modo magistral por Sancho cuando fue gobernador de la ínsula.
Estas cosas es mejor que cada cual las sepa para sí mismo, y aun así también mejor a medias, como sospechaba nuestro buen amigo F.R., con el que por una vez y sin que sirva de precedente no le importa a uno estar de acuerdo... aunque sea también a medias.

11 juillet 2011

Somos también lo que olvidamos

El mismo día nos dieron una  noticia que nos quitaba toda esperanza y leímos en el periódico otra esperanzadora. La primera nos concernía de un modo particular: a una persona querida y cercana acaban de diagnosticarle alzheimer. El hecho de que sea una persona de edad avanzada, noventa y tres años, no lo hace menos doloroso. En los últimos meses quien hasta hace poco presumía de recordar todos los ríos, grandes y chicos, de España, con sus afluentes y arroyos a una y otra mano, apenas acierta a balbucir: “Me llamo Tal y Tal, que no se me olvide”. 

En cuanto a la noticia esperanzadora, apareció en los periódicos y en los telediarios, y nos concierne a todos. Hasta donde llegué a entender, en resumen es como sigue: en  un laboratorio de una Universidad de California unos científicos han logrado, mediante  la aplicación de electrodos, que unas ratas recuperaran su memoria, abriendo de ese modo un camino esperanzador para el tratamiento futuro de enfermedades como el alzheimer. En el mismo sentido, o muy próximo a él, otros científicos en laboratorios dispersos por el mundo, tratan de almacenar en unos chips adosados al cerebro humano todo lo que le llega a este, al modo en que lo hace el disco duro de un ordenador, con el fin de que cuando el cerebro empiece a deteriorarse podamos acudir a ese otro cerebro auxiliar y artificial en el que habremos ido metiendo, con minucia archivera, la memoria de todos los sucesos de nuestra vida. Se desmentirá así el verso de Borges que utilizó el escritor colombiano Hector Abdad para relatarnos la historia estremecedora de su padre: Ya somos el olvido que seremos.

Como sucede siempre que la ciencia aborda asuntos que eran hasta hoy una quimera, surgen de inmediato grandes dudas, y con las dudas, grandes problemas éticos. Cierto que es una tragedia no recordarlo todo, pero acaso lo sea aún mayor no olvidar nada, y llegado ese día futuro, tal vez los hombres quieran volver a ser su propio olvido, como se nos cuenta en aquella fábula en la que un hombre a quien los dioses han hecho inmortal, implora que le restituyeran su condición mortal.

Los amantes del Quijote recordarán sin duda las palabras más trascendentales que el hidalgo pronunció jamás, las que le constituyen como ente: “Yo sé quien soy”, dijo (y no, acaso, como se lee también en algunas ediciones, “yo sé quién soy”: sólo un acento, y cambia la novela). Y eso lo decía alguien que nunca nos habló de su vida anterior (“yo sé el que fui”, pudo haber dicho también), acaso porque sólo quien puede olvidar el pasado, como don Quijote lo hizo, puede lanzarse a combatir por su vida eterna en la memoria de los lectores. Somos, ciertamente, lo que recordamos, y el progreso humano está cimentado en eso, en la memoria, pero somos en la misma medida, ni más ni menos, lo que por suerte olvidamos, unas veces de modo involuntario y otras de una manera trabajada. Hubiese sido deseable que ese ser querido muriese recordando, pero al mismo tiempo sabemos que ha llegado con la mente sana a la longevidad sólo porque pudo olvidar.
       [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de julio de 2011]

9 juillet 2011

Oropéndolas

Pobre X, aún no se había publicado ninguno de los dieciséis tomos que siguieron a aquel primero, y ya advirtió que a El gato encerrado le sobraban oropéndolas. Lo cierto es que sólo salía una. Sin duda su canto en el libro le impacientó por abrumador. Creo también que le parecía una insolencia ocuparse de oropéndolas, vete a saber por qué. Luego X se murió, y ya no criticó más nada, que diría el joven promesa. Sin embargo, sin oropéndolas la vida no sería la misma. ¿Alguien lo duda? Al menos la nuestra, y tampoco sin violetas, y sin rosas, y, claro, sin ratas. Gracias a que oímos a la oropéndola, nos olvidamos un poco de las ratas.
Desde aquí pueden oírse. A todas ellas, a las ratas galopando por el tejado, y a la oropéndola en algún lugar escondido. ¿Por qué habríamos de prestar más atención a las ratas? ¿Dónde está escrito?
Es muy difícil ver a una oropéndola. Se diría que cuanto mejor canta un pájaro es más difícil verlo. Nace así su canto de ningún sitio y de todos. Sucede con el ruiseñor, que se esconde en la umbría para hacer su nido y raramente se muestra. Se ha dicho muchas veces que hay pájaros de aspecto anodino y canto melodioso, como el ruiseñor, y aves majestuosas, como el pavo real, o vistosísimas, como el loro, a cuyos gritos y parloteos no podría dárseles el nombre de canto. Sólo unas pocas, como las oropéndolas, parecen reunir todas las virtudes. Hasta su nombre es bonito por lo que dice y por lo que suena: Plumas de oro, textualmente, o si se prefiere, “pájaro de fuego”. Y sucede, también, con la oropéndola, que su canto modulado recuerda al oficio del pendolista, ondulando el aire con la pluma.
Canta “nuestra” oropéndola a unas horas fijas cada día, unos pocos minutos, muy pocos, y luego no vuelve a hacerlo más, hasta la mañana siguiente. Acaso la tengan empleada, así lo sugiere tanta puntualidad. Y más que el canto, del que apenas se puede disfrutar por lo breve que es, resulta impagable esa puntualidad con la que viene a recordarnos precisamente eso, el carpe diem de este lugar, de estos días. Por eso querría uno salir a su encuentro y darle las gracias en nombre de todos nosotros, incluso de las ratas, antes de que su presencia sin orilla, se adentre un día sin orilla en su ausencia.

8 juillet 2011

Tío Pepe Schwitters

SIN el humor de Dada jamás habríamos descubierto a este Tío Pepe, constructivista flamenco o flamenco constructivista, entre los microaspersores de la ferretería. El ingeniero industrial que lo diseñó pudo muy bien concebirlo todo en negro (la mayoría lo son), pero también a él la vida le resultará aburrida pensada desde la lógica estricta de la producción industrial, y ordenó que algunos de los elementos fuesen rojos. ¿Con qué objeto? Alegrarle la vida al serrallo de las violetas, que se sueltan bastante si se las da pie.
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ÚNICAMENTE la vida contemplativa nos permite descubrir el parecido entre el filamento de una bombilla fundida y una araña muerta.
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SI el padre de Salvador Moreno llegó a patentar palillos de dientes con diferentes sabores, no se sabe por qué a nadie se le ha ocurrido todavía patentar bombillas que fuesen al mismo tiempo una de esas bolas de cristal en las que nieva dentro.