14 mars 2012

Europa-Kalender 1944/45 (1)

LOS hallazgos del Rastro. ¿Cómo llegó hasta aquí? Mitad agenda, mitad almanaque. En cuarto. Encuadernación de hule rojo. Apropiada para llevar encima, sin duda en un macuto. Tipografía dura, de batalla. La batalla del Reich en toda Europa. Atrás han quedado ya derrotados los sueños imperialistas de la letra gótica: venció una egipcia (de la familia rockwell), en la que está compuesto. Este ejemplar no ha sido utilizado. 1944/1945. A semana por página. En las páginas finales sólo unas notas, a partir del 4 de mayo del 45. Aquí y allá, intercaladas, efemérides alemanes, desde el nacimiento de Nietzsche a la anexión de Hungría. Recordarles a los soldados de todos los frentes por qué luchaban, quiénes eran. Y muchas páginas de publicidad. Recordarles que les esperaba de nuevo el confort del hogar, los adelantos modernos, en cuanto dejaran instalado en la vieja Europa el trono de los mil años. Debió de pagarla Telefunken, privilegiada en el trato. Anuncios de Merces-Benz, de Agfa, de Pelikan, del Deutsche Bank, de Zeiss Ikon y de otras empresas; presentación de Ribbentrop, fotos de artistas alemanes, músicos alemanes, intelectuales alemanes, industrias alemanas. Todo en ella es alemán, exaltación nacional. Llama la atención, no obstante, la ausencia de símbolos del Tercer Reich. Acaso por esa razón pasara inadvertida a los siniestros sabuesos nazis que todavía hoy recorren el Rastro a la búsqueda de estos trofeos.
Lo más sorprendente, con todo, son estas anotaciones últimas, a lápiz y con apretada, segura, firme caligrafía de alguien urgido a dejar constancia de esos días, sin duda cruciales. "Últimos días de Bln". [¿Berlín?] la única frase en español. Esto lo vuelve más misterioso. El dueño de esa agenda en 1944 (rara agenda en la que figura el calendario completo del año 1944 y sólo hasta marzo el de 1945), estaba lejos de sospechar que sólo un año y medio después todo se desmoronaría para él, quedando así como testimonio de una derrota y ahora, para nosotros, como vestigio de una de las épocas más demenciadas de la Historia.
¿Qué era tan importante anotar en una agenda que ha permanecido intonsa en todos y cada uno de los días que van del primero de enero de 1944 al 31 de marzo de 1945?
                                                                 (Continuará)

Cubierta, páginas interiores y anotaciones manuscritas.

13 mars 2012

Aproximación a la verdad

La revista Mercurio, del grupo Planeta, a cuyo consejo editorial pertenecía el propio Carlos Pujol, acaba de publicar unas páginas dedicadas a su memoria, de las que forman parte estas cuartillas: 

Si la página que escribí sobre Carlos Pujol hace dos meses fue una de las más difíciles que haya tenido que escribir nunca, pues lo hacía ante su cuerpo sin vida, esta será acaso la que menos me cueste, ya que no deja de ser algo que escriba ante el cuerpo vivo de su poesía.
Creo que Carlos Pujol fue ante todo un poeta, antes incluso de empezar a publicar sus versos, lo que hizo de forma tardía a sus cincuentaiún años acaso sólo por respeto, aquel Gian Lorenzo de 1987 que prologó su amigo Juan Perucho. “La prosa es más difícil, pero el verso vale más”, leemos en esa inagotable fuente de saberse literarios y poéticos que son sus “Cuadernos de escritura”, para decir en otro lugar de ese mismo libro: “El poeta está para ver lo que no se ve, para lo que se ve ya está el resto de la gente”.
En 2007 reunió en un tomo que publicó La Veleta sus doce libros de poemas editados hasta entonces, y le añadió otro más inédito, Me llamo Robert Browning, al que se sumó hace unos meses el último, El corazón de Dios, a esperas de que se publiquen acaso los que estaba escribiendo, “poemas píos como tú los llamas”, de los que hablamos la víspera de su muerte, por no hablar de toda la poesía propia que vertió en la de otros, en sus muchas y ejemplares traducciones de Shakespeare, Dickinson, Barret Browning, Verlaine, Jammes, Hopkins y tantos más.
Para el tomo de su poesía reunida escribió apenas una cuartilla y media que bastaría reproducir aquí para que el lector supiera qué pensaba de la poesía en general y qué pensaba de la suya propia. Lo que yo dijera, ni lo que diga nadie de ella, va a ir más lejos ni más alto ni más hondo: “ “La poesía me parece una cosa inagotable y modesta”, escribió en 1961 José María Valverde; y yo no sé qué añadir a estas palabras tan sencillas; una cosa –un objeto, no la vida, aunque hecha de resonancias personales– a cuyo fondo nunca llegamos, y que se traiciona si no se ve con humildad (…) Dar más explicaciones acerca de esta poesía de los últimos veinte años sería un capricho impertinente; lo que queremos y creemos decir siempre es oscuro para nosotros, y la opinión de los demás no sirve de casi nada (…) Los versos dignos de este nombre dicen lo que cada lector cree entender o sentir. Y en el curso de los años sólo se salvan si alguien los revive como propios (la indiferencia o el olvido tampoco son situaciones trágicas, si tuviéramos que recordar toda la poesía escrita hasta hoy, la memoria sería un infierno, o como mínimo el camarote de los hermanos Marx)”.
Parece que le estamos oyendo. Esta manera de escribir suyo que le  era propia, quitándole énfasis y solemnidad (o sea, retórica) a todo lo que pudiera tenerlas.
Como Unamuno, sabía que había dado sus poemas a la indiferencia del público. “Estos libros han sido acogidos con una cariñosa indiferencia, lo cual no es ningún mérito, sólo un accidente”, volverá a decir con ironía, para acabar recordando la cita que puso de Paul Claudel al frente de Retrato de París, uno de los libros que publicó en La Veleta: “siempre decimos una sola cosa, tal vez minúscula  e inacabable, que se viste de mil maneras, porque no disponemos de otra verdad”.
La verdad poética de Carlos Pujol era sencilla y compleja al mismo tiempo, los trajes que usó para ella fueron siempre sencillos, clásicos (“en literatura se es un clásico o no se es nada, se escribe con perennidad o para el olvido”, decía), cuando no disfraces, otras voces en las que él se sentía cómodo, Bernini, Vermeer o Browning, avenidos a decir y a sentir lo que Carlos Pujol quería que dijeran, naturalmente (“hay que robar a otros. Si se tiene talento lo robado será ya inevitablemente muy propio y personal, originalísimo, y si no se tiene talento ¿qué más da robar o no?”).
En todos sus poemas se trasluce un fondo de soledad y tristeza, tal vez las de su propia infancia solitaria y triste: “Infierno es lo que se lleva dentro / sofocado para que no nos pueda”, dice por boca de Browning, pero como no era dado al teatrismo, estoy viéndole salirnos al paso en esta línea con otro de sus versos: “¿Explicar la poesía? ¡Nunca, nunca!”. En otro sitio nos dice que la poesía es  “Una aspiración a la verdad, y a quien aspire a lo definitivo, / a lo claro y tajante, / que no pregunte a los poetas”. Es cierto; pero no dijo nada de los poemas. A los suyos se les puede preguntar todo, porque suelen responder siempre de una manera clara, humilde, sencilla, por intricado y obtuso que sea el sentimiento con que hagamos la pregunta.



12 mars 2012

El Caso abierto

Fue el semanario más anormal que ha habido jamás en España, y el más fascinante. Decíamos la semana pasada que su lectura manchaba las manos de sangre, es cierto, pero también de literatura: hay más literatura en El Caso que en muchas de las novelas que se publicaron en la España realista de la posguerra. Aunque todo es opinable: “Eso de que chorreaba sangre es mentira. Además en aquella época se mataba poco y mal”, le dirá Eugenio Suárez, editor y propietario de El Caso, a Juan S. Rada, autor del apasionante El Caso. Semanario de sucesos. 60 aniversario, que incluye una gran antología facsimilar.

Recuerdo la primera vez que le habló a uno de Suárez Eduardo Haro Tecglen. Se refirió a él con admiración, cierto, pero con alguna reserva. No creo que envidiara su talento de periodista, Haro pensaba que no le hacía falta envidiar eso, y él diría que tampoco envidiaba la fortuna fabulosa que hizo Suárez, pero habló mucho de millones para no pensar que Haro no pensaba en ellos. Quizá la envidia venía de otra parte: Suárez se limitó a contar España y lo hizo mejor que la mayoría de los que decían querer salvarla. 

Empecemos por los millones. Llegó a vender medio millón de ejemplares. Todas las semanas. Lo nunca visto hasta entonces. Causaba verdadero furor entre las clases populares, que lo buscaban abiertamente, o en aquellos que lo hacían de manera vergonzante... Berlanga o Fernán Gómez, que pertenecían a una clase social que encontraba El Caso de pésimo gusto, se dejaron de tonterías y se sumergieron en sus páginas con avidez, buscando en ellas temas para sus películas, como Flaubert sacó de la costilla de un periódico a su madame Bovary. De esas incursiones salieron El Verdugo, de Berlanga, y El extraño viaje del Fernán Gómez.

Con esto entramos de lleno en el otro asunto: el periodismo. También en eso El Caso pudo dar lecciones de probidad profesional a muchos que lo miraban como la escoria de la profesión. Un periodismo sin libertad no tiene ningún interés, y en la España de Franco apenas se podía informar de nada. Suárez, que había sido falangista, consiguió al fin el permiso gubernativo, después de gritarle a quien se lo negaba: “¡¿Y para eso hemos muerto un millón de españoles?!”. Pero tuvo problemas siempre para informar de la realidad española, que seguía intacta allí donde escondía sus demonios. La censura sólo les permitía un crimen por número y eso fue contraproducente: les empujó a hablar de robos, estafas, fraudes, timos... La España real asomaba al fin en los pliegues de la España oficial, y miles de vidas hicieron suya esta enseñanza solanesca: “Lo que sale en El Caso puede sucederle a cualquiera”. Es posible que no todos seamos asesinos ni delincuentes, pero vivimos a dos pasos del abismo. Su éxito fue ese. La gente que leía cada semana la sinrazón de la España negra, como nosotros hoy, no lo hacía para sentirse superior ni para reírse de la desdicha ajena ni por amarillismo, que El Caso no siempre sorteó. Al contrario, lo hacía con el mayor respeto, con la mayor seriedad: contemplaba sus propios fantasmas en otras vidas.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de marzo de 2012]


El Rastro, 4 de diciembre de 2011









11 mars 2012

Agitprop (un trío y un poker)

Se reedita al parecer Antagonía de Luis Goytisolo, y Juan Cruz le hacía ayer una entrevista en Babelia. La primera pregunta y su respuesta son estas: 

"J.C: Escribe Echevarría: «Diré de entrada que Antagonía es una de las grandes novelas del último siglo; comparable en sus logros, y no sólo en su ambición, a títulos como Retrato del artista adolescente, de James Joyce, En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, o El hombre sin atributos, de Robert Musil»... ¿Cómo se siente usted ante esta clasificación?"

"L.G.: Claude Simon [el premio Nobel] [corchetes del entrevistador] decía que para él las cuatro novelas del siglo pasado eran En busca del tiempo perdido, El cuarteto de Alejandría, Ulises y Antagonía".


Se informa igualmente en la entradilla de la entrevista que "la obra cumbre del escritor y académico cuajó en una prisión en el año 1960". Como el Quijote. A continuación se añade que fue "en unas notas tomadas en un rollo de papel higiénico".
Y así todo, incluso mejor.

10 mars 2012

Luna de marzo

A diferencia de lo que ocurre en el campo, donde a la luna se la ve llegar de lejos como a las caravanas de Arabia, en la ciudad irrumpe inopinadamente, al doblar una esquina, al cruzar una calle, confundida con el farol chinesco de un teatro. Si en el campo no hay noche que no falte a su cita y resulta imposible no tener con ella unas palabras, en la ciudad sentimos que no siempre aparece, sólo porque somos nosotros los que no acudimos al encuentro, ocupados como estamos en mil pequeños negocios, cabizbajos, de un lado para otro, como hormigas cuya carga obliga a caminar con la mirada en el suelo. De modo que al descubrirla en lo alto, desnuda bajo su peplo, apenas podemos articular palabra, agradecidos de que se haya dado de tal modo, sin nada a cambio. Sin nada a cambio.

Calle Gravina, Madrid, 8 de marzo de 2012

9 mars 2012

Cada vez que se rompe el mundo

CADA vez que se rompe el mundo, nace otro. Como las flores sucesivas de un calidoscopio: la nueva destruye la anterior, y así sucede siempre, mientras gira. Sin nostalgia.
De las grandes aportaciones de las vanguardias artísticas de principios del siglo pasado, estas son para uno las impagables: el humor y la libertad con la que empezaron a hacer juegos de magia con la tipografía. El humor para exorcizar la muerte que había asomado su hocico en las trincheras de Verdúm con máscaras antigás que se quedarían en una mueca grotesca y terrible, treinta años después, en las cámaras de gas, y sus tipografías rotas, como en Schwitters, metáfora de un mundo que ha perdido sus palabras.
Se lo sugirió a uno esta fotografía tan schwittersiana encontrada en el Rastro la semana pasada. La circuló la agencia oficial norteamericana Usis y recoge los trabajos de reconstrucción tras el devastador terremoto que asoló la ciudad de Ancorage, Alaska, el 27 de marzo de 1964. Sólo lamento que no salga mejor reproducido, como en la foto original, todo ese puzzle de letreros y neones, el schwitters real.

8 mars 2012

Profesiones y oficios (y 5)

ESTOS son algunos de los oficios que he visto de cerca. De ellos, algunos los he ejercido yo mismo en alguna época de mi vida y muchos me ha entretenido y aprovechado verlos ejercitar a otros. Le ha gustado a uno estar cerca de un artesano, mirar cómo trabajaba, dándole conversación si no le estorbaba su tarea. Le gusta a uno ver la destreza de sus manos y con cuánta propiedad y naturalidad hablan de las herramientas y procedimientos propios de su labor. A menudo algunos escritores, poetas y novelistas, teniendo que hablar de tal o cual asunto relacionado con un oficio, delatan su desconocimiento, y sentimos sus palabras  acorchadas y muertas.  Entre los escritores, dos de mis preferidos, que he visto que sentían verdadero amor por el trabajo de los artesanos y los oficios, son Azorín, en toda su obra, y el Ferlosio de las Andanzas e industrias de Alfanhuí. Ambos me parece siempre que saben de lo que están hablando. Por otro lado, recordar que la primera novela española es obra de un niño que ejerció uno de los oficios más antiguos del mundo, lazarillo de ciego, en lo que también cree uno ver una hermosa metáfora de toda escritura, como lo es el memorable pasaje en el que Leopardi nos describe a un "carpintero en vela, / que en el taller cerrado y alumbrado / por un candil, quisiera / terminar su labor antes del alba". El lazarillo que guía al ciego y el carpintero que construye el mundo a la luz de un candil... ¿Caben más hermosos homenajes a los oficios?
Quiero traer aquí en primer lugar el oficio de labrador, por haber sido el de mi padre, que fue también por afición colmenero y curtidor de pieles. He visto también, y alguno lo he ejercido yo en alguna época de mi vida, muchos otros. De todos me gustaría un día escribir un libro, por si el mundo desaparece un día, que quedaran ahí recogidos. Claro que es una cosa muy tonta pensar que va a desaparecer el mundo pero no ese libro. Albañiles, carpinteros, fontaneros, electricistas, aperadores, herreros, zurcidoras, canteros, boteros, zapateros de portal, tan parecidos a los memorialistas de portal y pendolistas, carboneros, armeros, floristas, vidrieros, tipógrafos y minervistas, las obreras conserveras de anchoas en aquella pequeña fábrica asturiana, campaneros, alfareros, canasteras, sastres, churreros, afiladores, cocineras, lañadores, pellejeros, matarifes, capadores, pastores y labradoras, claro, que en León eran igual de frecuentes que los labradores, porque las mujeres trabajaban en el campo, igual que trilladoras, ganaderas, segadoras, lecheras o panaderas, hortelanas y tenderas, tanto como panaderos, tenderos y hortelanos, furtivos, mineros, musicantes (gaiteros, dulzaineros, tamborileros, acordeonistas), esquiladores, fotógrafos minuteros y los otros, cereros, pescadores de bajura y de altura, carreteros y carreros, taxidermistas, guarnicioneros, luthieres, relojeros, joyeros, saltimbanquis, tejedores y tejedoras, imagineros, buzos, fundidores, artificieros, poceros, aljabibes, zarracatines y demás poquiteros del Rastro, libreros de viejo y de nuevo, y porque es el más viejo del mundo y el más triste oficio de todos, el de puta, torneros, encuadernadores, fumistas, viajantes, maquinistas, mecánicos, jardineras... y muchos más con los que en algún caso he pasado no ya horas, sino días, y de cuya amistad, con algunos, me precio.
No obstante quiero recordar ahora especialmente dos, acaso por haberlos visto de niño, aquel hojalatero que trabajaba con la puerta de su taller abierta y de cuyas manos salían lo mismo primorosas aceiteras que troqueladas chapas para tapar gaseosas, y, sobre todo, el astillero del barrio, que surtía de astillas o teas de pino a todas las cocinas de los contornos, cortadas por él con milimétrica exactitud de ebanista, y en cuyo taller tenía montado un cuadrilátero de boxeo en el que entrenaba a los muchachos a los que él mismo buscaba nombre artístico, mi primer contacto con la novela: Angelín Montero "Impecable", Luis Gómez Ardón, "El Lobo de las Omañas", y así.


Tijeras del Museo de la Minería, Sabero (León)