6 février 2014

Trabajar para ser pobre (A propósito del Greco y el Rastro) (3)


El Greco se publicó en 1908. Hasta esta fecha resultó una coincidencia providencial. Un año antes, 1907, Picasso había pintado Las señoritas de Aviñón teniendo muy en cuenta al Greco (el Musée Picasso de París, andando los años, expondría ese cuadro enfrentado a otro del cretense), y las vanguardias recibieron con entusiasmo “el descubrimiento” del Greco y a este como una especie de precursor cuya independencia y originalidad a contracorriente encontraban muy apropiadas a sus propios propósitos de originalidad y extravagancia.

De la primera edición de 1908 se hicieron dos tiradas, una encuadernada en una tela parafinada de color granate y tipos elzevirianos (que nos recuerdan que su primer editor, antes de Victoriano Suárez, iba a haber sido un inglés) y otra en rústica, igual que la anterior, pero en una encuadernación muy sobria, con un cartón en el que hay pegada una foto en blanco y negro de una escultura del Greco y un grueso lomo en el que no se ha impreso nada. Yo tengo ambas, pero me gusta más leerlo en esta última, acaso porque descubro en ella el espíritu cuáquero de la Institución Libre de Enseñanza a la que pertenecía su autor.

La “teoría” de Cossío sobre El Greco podrá haber sido cuestionada y discutida por algunos, pero no el tono en el que habla de él. Según Cossío El Greco representa el espíritu de la época, es, como si dijéramos, el pintor “nacional” y místico por excelencia, expresión por un lado de los mejores valores del “siglo de oro” y por otro de una decadencia española que se inició entonces, en la época del Greco, y que había tocado fondo en la de Cossío, en 1898, coincidiendo con el acabose del imperio colonial español.

¿Es esto así? Seguramente no, y en todo caso no creo que a los artistas modernos de 1908 les preocuparan mucho estas cuestiones; no obstante vale la pena leerlo en él.

Dice Cossío a propósito de los rostros del entierro del conde de Orgaz, que no importa en absoluto que sean anónimos; al contrario, precisamente porque no pueden ser el rostro de alguien concreto, pueden ser el de todos. “Así debieron ser los modelos de Alonso Quijano el Bueno, D. Diego de Miranda, los duques, los hidalgos de las novelas ejemplares y del teatro, y todos los demás tipos eternos del siglo de oro de la literatura castellana. Y, de esta suerte, lo que nos priva de identificar a cada uno, diciendo: así fue el personaje, nos impulsa a creer de todos ellos que así fueron nuestros santos, nuestros reyes, nuestros nobles, nuestros políticos, nuestros aventureros, nuestros cardenales, nuestros inquisidores, nuestros frailes, nuestros clérigos, nuestros golillas, nuestros poetas, nuestros artistas”. 
                                                                                (Continuará mañana)


El Rastro, 15 de diciembre de 2013

5 février 2014

Trabajar para ser pobre (A propósito del Greco y el Rastro) (2)


En 1936, al estallar la guerra civil, la historia del Greco, como pintor genial desdeñado durante tres siglos y rehabilitado hacía tres décadas, era conocida por todos. En veinte o treinta años El Greco se había convertido en un artista muy popular, aunque no tanto por sus valores estéticos (no se pasa de Murillo al Greco de la noche a la mañana), como por el aumento exponencial de su cotización. A la gente le gusta el cuento del patito feo porque acaba en cisne, y el plomo que se convierte en oro, quiero decir que las personas, desesperadas por no hallarle un sentido a la vida, nos perecemos por los relatos con final feliz, y el oro se tiene a menudo por un buen final. Cervantes nos lo recordó a propósito de la herencia de don Quijote y cómo ésta les consoló a sus deudos, y Stendhal ironizó sobre todo ello de un modo sutil e insuperable poniendo al pie de su novela “To the happy few”. En fin, se hubiera creído que la Historia estaba diciendo con respecto al Greco: bien está lo que bien acaba, y así, por su valor mítico, hay que entender que el Greco y unos cuadros suyos protagonicen uno de los relatos de guerra del ya célebre A sangre y fuego, de Chaves Nogales, y la obra de teatro de Buero Vallejo, también ambientada en la guerra civil, Misión al pueblo desierto. Con todo esto se quiere significar que el Greco, que había dormido en el olvido tres siglos, pasaba de puntillas por la Historia, para aposentarse definitivamente en la mitología.

A esa mitología contribuyó, qué duda cabe, Manuel Bartolomé Cossío. La mayor parte de las leyendas sobre El Greco tuvieron un origen real en casos que él documenta o en hallazgos de los que fue testigo. El de este cuadro o paisaje de Toledo, por ejemplo: él fue quien lo dio a conocer, atribuyéndolo de manera inequívoca al Greco.

A Cossío debemos también no sólo uno de los grandes libros que se hayan escrito o se vayan a escribir sobre el Greco, sino el tono sumamente cordial con el que hablaba de su pintura. Al margen de su lenta gestación, entre quince y veinte años, fue el primero que se hizo eco de una sensibilidad nueva respecto a ese pintor menospreciado y olvidado, y al mismo tiempo sirvió para amplificarla y consolidarla, con la complicidad entusiasta de algunos artistas escogidos como Zuloaga, Rusiñol o Beruete y casi todos los escritores del 98 (ver la magnífica y extensa semblanza que de Cossío escribió en los años sesenta Julio Caro Baroja, publicada en sus Semblanzas ideales).
                                                                             (Continuará mañana)


Manuel B. Cossío, El Greco. Victoriano Suárez, Madrid, 1908. Tomo I, edición en tela. Tomo I, edición rústica. 

4 février 2014

Trabajar para ser pobre (A propósito del Greco y el Rastro) (1)

HACE unos meses nos pidió Adolfo García Ortega a unos cuantos escritores y con el fin de formar un volumen con todos estos relatos, uno sobre una pintura del Greco, la que a cada cual le tocó en suerte. Y cada cual ha hecho lo que ha creído mejor, ficción, ensayo, crónica,  bien en estado puro, bien mestizo. Lunwerg acaba de publicar el volumen, dentro de los festejos que se le hacen al pintor cretense en el cuarto centenario de su muerte.
En un primer momento pensé que se me asignaba a mí el paisaje del Metropolitan con toda la intención, por conocer ya parte de lo que aquí se cuenta, ya que de ello he hablado en bastantes ocasiones y escrito en algunas. Que fuese fruto del azar (naturalmente no tenían la menor idea mi hallazgo, porque hallazgo fue), hace de ello algo aún más extraordinario, en lo que no voy a insistir, porque de ahí a la ufología, un paso.
Dada su extensión, mi relato, cuyo título figura en la cabecera, se publicará en este almanaque a lo largo de esta semana.
* * *
“VER la verdad por la óptica del artista, pero el arte por la óptica de la vida” decía Nietzsche. Me he acordado ahora de ello a propósito del Greco y de ese extraño paisaje suyo de Toledo que se conserva en el Metropolitan, adonde llegó en 1929 por donación de los hijos de Mr. H.O. Havemeyer, el coleccionista americano que se lo compró a la condesa de Añover y Castañeda, quien lo había recibido a su vez por herencia del antepasado que se hizo con él en la testamentaría de Pedro Salazar de Mendoza, amigo del Greco y coleccionista también de mapas y vistas de ciudades.



No hay pintura ni obra de arte que no tenga detrás una historia, que no arrastre tras de sí, como en la célebre imagen del cesto de cerezas, otras muchas historias. Raro sería que a partir de esta no pudiéramos indagar en la vida de un puñado de personas. ¿Con qué fin? No sólo por un propósito de entretenimiento, desde luego. Aunque lo dijera Baroja, lo importante no es pasar el rato, aunque tampoco venga mal esto. En cualquier tiempo pasado estaba ya el nuestro, del nuestro hablará mejor que nosotros lo que hayamos hecho.


Cuando empezamos a frecuentar el Rastro, en los años setenta del siglo pasado, aún seguían circulando algunas leyendas a propósito de cuadros del Greco, porque siempre había alguien que decía recordar a alguien que aseguraba haber conocido a un chamarilero que presumía de haber descubierto y comprado o vendido en el Rastro un greco por cifras fabulosas, fabulosamente pequeñas, si se trataba de una compra, o fabulosamente grandes, si lo había vendido. Y que apareciera en el Rastro de Madrid tenía su lógica, redoblando la verosimilitud del relato, porque al Rastro acuden cada domingo una docena de gitanos vecinos de Illescas, Talavera o Toledo a vender sus antigüedades y trastos viejos, es decir, gentes oriundas del territorio grequiano por excelencia, pues como es sabido el Greco realizó la práctica totalidad de su obra para iglesias y conventos toledanos, o por encargo de nobles y gentes principales de esa provincia.

Las pautas de estas leyendas suelen tener todas un mismo registro: un cuadro propiedad de tal o cual familia venida a menos, unas monjas que se lo quitaron de encima, porque no les gustaba, un cura que, también sin conocer su verdadero valor, lo había vendido para obrar en la sacristía, acaso un cuadro que, expoliado durante la guerra civil, había permanecido en paradero desconocido…
                                                                           (Continuará mañana)


Narrando desde El Greco. Editor Adolfo García Ortega. Lunwerg, Madrid, 2014.



3 février 2014

Todo es cultura

"LA hija adoptiva de Woody Allen lo acusa de abuso sexual", leo hace un rato en El País (edición en papel). Nada que objetar a ese titular, excepto que esa noticia se da, a cuatro columnas, en la sección de... Cultura. 
Me escandaliza esto casi tanto como que lo que dice Dylan Farrow sea verdad.
Por lo demás sigue teniendo uno el convencimiento de que el mayor logro de la justicia es el de la presunción de inocencia, y lo que se decía en Crimen y castigo: cien sospechas no hacen una evidencia.
Ver la "agitación" (agitprop) que ha originando esa noticia en las redes sociales no hace sino confirmar que vivimos en la aldea global, y dentro de la aldea global, en la famosa corrala universal.

La pátina del tiempo


La Plaza del Grano de León no tiene casi nada, pero con lo que tiene, es suficiente. No la trazó ni el cartabón ni el compás, creció libre, como un sueño. Hubo muchas plazas parecidas en España, aún las hay en pueblos y pueblecitos, con sus casas pequeñas, viejas  y torcidas, un tramo de soportales, una iglesia rústica y una fuente donde antes abrevaban las bestias y ahora beben los pájaros que viven allí al lado, en tres o cuatro árboles copiosos y distinguidos que dan color, temblor y melodías al tono mortecino y parduzco general. Mientras León fue un pueblo, la Plaza del Grano, con sus ferias de ganado y de grano, no corría peligro, pero hasta ese casi nada que tenía se lo van a quitar, si no se remedia. 

¿Y qué es eso tan valioso, si es casi nada? Su carácter, su pátina, la suma sutil de muchas cosas intangibles:  memoria y vida, la hermosura de esos árboles en primavera, la soledad en la que casi siempre se encuentra, el glugluteo de la fuente, las campanas del convento cercano, el aire sentimental y agropecuario de paredes y tejados, el firme irregular de unos cantos rodados entre los que crece la hierba... ¿Hay algo más delicado, algo más poético que la hierba que crece en las llagas de unas losas, entre las piedras? En vista de que no lo hay, alguien ha pensado levantar un suelo que lleva siglos allí y “mejorarlo”.

En Burgos querían mejorarles también cierta calle, y los vecinos se sublevaron en algaradas famosas. ¿Qué podían hacer? Ya sabemos en qué consisten esas “mejoras”: concejales sin escrúpulos y  contratistas codiciosos de la mano. ¿Qué harán los vecinos de León? ¿Acatarán el trágala? De los leoneses se puede uno esperar lo mejor y lo peor. Tanto como una cosa vale su pátina, y acabar con ella es acabar con su  misterio y su encanto y con la cosa misma. “El tiempo también pinta” decía Goya, pero nada más frágil que la memoria. Que sigan en pie el Campidoglio o la Plaza de San Pedro en Roma es hasta cierto punto lógico, tal es su magnificencia, pero que hayan conseguido sobrevivir plazas como la del Grano de León, no deja de ser un pequeño milagro. Y sin embargo la belleza, que nunca se aleja mucho de la verdad, está en estas  plazuelas provincianas por las mismas razones que la poderosa poesía de Homero se halla también en el más sutil poema de Emily Dickinson. “Tienes unos ojos niña, / como piedras de molino / que muelen los corazones / como granitos de trigo...”, se cantaba en aquella tierra, acaso en esa Plaza del Grano, pero ¿qué le importa eso a nadie, y que se olvide? Es sólo pátina.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 2 de febrero de 2014]

2 février 2014

Nada sin sombra (y 3)

DE las decenas de leyendas que ha ido uno recogiendo desde hace años, unas veces en libros, otras en torres, aquí o allá, he visto que podrían dividirse en dos clases, las que llamábamos truculentas y las risueñas, habiendo entre unas y otras las ingeniosas: Cum umbra nihil, sine umbra nihil (Con sombra nada, sin sombra nada) o Omnia somnia (Todo es sueño).
De las truculentas estas, con la mencionada el otro día (Omnes vulnerant...) son las más conocidas: Ab ultima cave (De la última guárdate) o Sit praeterit aetas (Así pasa la vida) o Mox nox (Pronto la noche)
De las otras, junto a las ya citadas, estas son mis preferidas: Nil sine te (Nada sin ti), A lumine motus (Movido por la luz) o la que está tomada de Isaías, 28, Ab umbra veritas (Por la sombra la verdad). Aunque pocas igualarán la de ese reloj francés que acabo de encontrar buscando ilustración para esta hojilla: Il est toujours l'heure de ne rien fair (Siempre es tiempo de no hacer nada).
A ello vamos, hoy es domingo.
Y aquí termina ese fugaz repaso por los relojes de sol, inextinguibles mientras quede un solo hombre en pie sobre la tierra, ya que cada uno de nosotros es gnomon errante. Acaso eso es lo que tanto nos fascina de los relojes de sol, que le hablamos a un hermano, hemano de luz, hermano de sombra. 



1 février 2014

Nada sin sombra (2)

ANTES de llegar a la hoja en la que se hablará de algunos otros relojes de sol, vale la pena detenerse un momento en este. Su leyenda es, en mi opinión, aún más fina si cabe que aquella de la que se hablaba el otro día, "Horas non numero, nisi serenas" (Sólo marco las horas apacibles), a la que tan bien complementa.
Su imagen, después de pasarla a negro, tal como va aquí, sirvió de cubierta a Apenas sensitivo
En las solapas de aquel libro se contaba lo siguiente:
"Este reloj de sol se encuentra en la fachada de la Villa delle Ginestre, en Torre del Greco, al pie del Vesubio, donde Leopardi pasó un tiempo tratando de restablecer su siempre quebrantada salud. La fotografía ha sido virada de blanco a negro, como puede advertirse, pasando ese reloj de ser solar a ser, podríamos decir, de luna. Así lo sugiere la base del gnomon o vástago que marca la hora.
No sabría explicar qué rara asociación me llevó de ese reloj al título de este libro, ni a hacer del día la noche. ¿Acaso fue el hecho de que de la palabra sileo de la leyenda latina ("Sine sole sileo", En silencio sin sol) haya desaparecido la letra e, como si la propia palabra no se resistiera a permanecer en este mundo sin dar ejemplo? ¿El hecho de que el tiempo que mide un reloj de sol, y aun todos los relojes, apenas sea una parte del tiempo, únicamente el menos sensitivo de los tiempos? Quién podría decirlo".
Sin sol tampoco vale mucho la pena escribir, sobre todo lo que de todos modos no puede uno escribir más que de noche, a la luz de la luna, y aun sin luna. Y nunca olvidar el reloj de la Villa de las Retamas.