11 janvier 2014

Del aburrimiento de FGonzález


LEE uno escandalizado esta noticia: Felipe González ha decidido dejar Gas Natural "no porque haya incompatibilidades, sino porque es muy aburrido". El asombro que causa la frivolidad de estas palabras en un país con seis millones de parados y diez por debajo del umbral de la pobreza se corresponde al asombro que produjo en uno que el socialista FG. aceptara formar parte (y pillar de paso unos eurillosde ese Consejo de Administración por razones no muy diferentes a las que dio en su día cierto político valenciano del Pp: "Yo he entrado en política para forrarme". Cuánta razón llevaba FG. al sustanciar uno de sus más profundos pensamientos: "La misma mierda".
Denota, en todo caso, esta frase "in bellezza" de FG. uno de los rasgos principales de su carácter, la soberbia, que le permitió arrostrar hechos gravísimos como los del Gal o la corrupción, determinantes en sus mandatos como Presidente de Gobierno, con el mayor cinismo. Claro que en su caso ha podido ser cínico sólo porque ha gozado de impunidad.
Recuerda uno con vago resentimiento aquellos años en los que tantos intelectuales y escritores españoles acudían en masa a la famosa bodeguiya a darle coba y escuchar sus latosísimas logorreas, y lo que no habría dado uno por haber sido invitado a aquellas zambras para haber dicho que no. O mejor aún, para haber dicho que sí, y haberlo podido contar luego.
Claro que a día de hoy este desahogo mío no vale nada ni como brindis al sol.

El Rastro, 20 de octubre de 2013

10 janvier 2014

La doble invención

HACE unas semanas se hablaba en este almanaque de El Rastro y de las jornadas ramonianas que tuvieron lugar en la cripta de la sede de Revista de Occidente. Aquí va el texto que se leyó entonces, prólogo de esa reedición del libro de Ramón que editaron los libreros de viejo de Madrid, y una fotografía de Baroja en el Rastro. Y viendo esta foto, está uno tentado de dilucidar  ambos Rastros, el de Baroja, a quien desagradaba tanto Ramón, y el de Ramón, que jamás se tomó en serio a Baroja. Porque, qué duda cabe, son dos Rastros diferentes, como lo son sus literaturas.
* * *
Ante la ingente obra de Gómez de la Serna tendemos a pensar que toda ella ha sido escrita por igual en una edad madura, de imprecisos límites temporales. No creemos que el mismo Ramón tenga una edad precisa, sino que la tiene muy difusa, una edad que podría extenderse de sus veinte a sus sesenta años, y que dentro de esos cuarenta han ido gestándose, madurando y cosechándose los frutos más logrados de su talento. Y no sólo porque él puede representar al mismo tiempo veinte que sesenta, sino porque en la mayor parte de sus libros no hay nada que nos delate ni la falta de experiencia de la juventud ni la sobra de escepticismo de la vejez.
Pues tendemos también a creer que la edad de un clásico es indefinida, una edad sin edad, valdría decir, salvo en aquellos en los que su genio floreció en una determinada y bien concreta sazón: Garcilaso o Leopardi sólo pueden ser jóvenes, por lo mismo que a Homero sólo nos lo imaginamos viejo y ciego, como si jamás hubiera gozado de años mozos. Pero en quienes tuvieron para sí y para su obra toda una larga vida por delante, aquélla parece haber acabado apoderándose de ésta hasta el punto de borrar en ella las aristas del tiempo. ¿Qué edad diríamos que tiene Virgilio?  o ¿cómo es más fácil representarnos a Baroja o a Azorín? ¿Jóvenes, viejos? En el caso de estos diríamos que hay en ellos una gravitación de vejez, como si no hubieran hecho otra cosa en su vida que prepararse para ser viejos, apenas salieron de la juventud.
La edad de Gómez de la Serna es, me parece a mí, más indefinida que la de otros escritores, como en cierto modo podría ser la de Ortega o la de Juan Ramón Jiménez, una edad en los tres de invariable madurez, sin juventud y sin decadencia.
Sabemos que Ramón empezó muy joven a publicar libros, apenas con dieciséis años, y que siguió publicándolos por decenas toda la vida hasta que murió, en número difícil de precisar incluso para los ramonistas. Pero desde muy joven logró ese estado ideal, alcanzando, diríamos, su particular velocidad de crucero, que ya no le abandonó sino hasta dos o tres años antes de su definitivo aterrizaje en las pistas del cáncer y de la muerte.
Este libro, El Rastro, fue el primero de sus libros de madurez y sin duda uno de los más perfectos suyos, si acaso puede mentarse la palabra perfección en él; uno de los más frescos, más felices, más inspirados y más completos libros, en él, que todo lo dejaba a medio acabar, por agotamiento.
Tenía veintitrés años cuando se publicó, en 1914, mucho antes de que hubiera vanguardias en España, mucho antes de que ni siquiera Ramón supiera que era vanguardista, diez años antes de que André Breton hiciera algo parecido por los vericuetos del Mercado de las Pulgas de Saint Ouen. No conviene olvidar este dato de la extrema juventud de Ramón al ponerse a escribir este libro, porque es el que nos lo hace aún más portentoso.
El Rastro es también el libro en el que Ramón se inventa como escritor a sí mismo y en el que inventa el Rastro como literatura. La  doble invención. Con él pasa literaria y directamente de la Prehistoria a la Modernidad y hace que el Rastro deje atrás la picaresca y conozca el romanticismo vanguardista o a la vanguardia romántica, que de las dos maneras cabe llamarle a eso.
Cierto que un año antes, en 1913, otro escritor, muy amado y estimado por Ramón, José Gutiérrez Solana, había dedicado al Rastro un capítulo de su Madrid, escenas y costumbres, en la misma línea de lo que sería más tarde El Rastro ramoniano, pero esas páginas admirables e insuperables tienen que ver con Ramón todo y nada. Digamos que el Rastro de Solana fue a Ramón lo que la España negra de Verhaeren y Regoyos fue para el propio Solana, una precursión, el Bautista que llega anunciando la buena nueva.
Fue ésta la del amor por las cosas en sí mismas, y en ningún sitio podrían hallarse tantas juntas, tan heterogéneas y diferentes, venidas de tan diversos mundos y con tanta historia detrás, como en el Rastro madrileño.
Nadie hasta él tampoco las había mirado como a criaturas vivas, únicas en su orfanato a la espera de que alguien viniera a sacarlas de allí en adopción. Y él las dotó de alma, y cuanto más averiado, estropeado o desportillado encontraba su cuerpo, más amor se diría que ponía en su recreación, ya que lo milagroso del Rastro no es tanto que las cosas viejas nos hagan el avío de las nuevas, sino que nos hacen ese avío que las nuevas no saben ni pueden hacernos, y por eso vamos a buscarlas al único lugar donde con suerte podremos encontrarlas. Ya que tales cosas viejas tienen una superioridad muy notable sobre todas las nuevas, que es saberse, pese a su vejez, o precisamente por ella, únicas, y su valor viene determinado en su rareza muchas veces más que en su industria o en otras virtudes propias.
A diferencia de libros de naturaleza parecida, pensemos en el de los Pasajes parisinos de Walter Benjamin, no encontraremos en El Rastro una teoría, ni un sistema, como hiciera años después Ortega con el mundo de la caza, con el que el del Rastro guarda tantos parecidos. “Tengo la cabeza poblada de muebles y cosas diferentes que me sirven para entender la vida, aunque esta doctrina de la vida sea difícil de exponer en ideas de mitin”, nos dirá. No. El pensamiento del joven Ramón es un pensamiento afectivo, casi sin ideas, con teorías un poco de decorado, que tienen la única misión de envolverle, como aquella manta tendida entre dos cañas que vio Cervantes por toda decoración en las representaciones de Lope de Rueda.
Le mueven a Ramón en este Rastro intuiciones geniales, observaciones certerísimas, asociaciones asombrosas y formidables, músicas inauditas, imágenes que antes de él habían pasado inadvertidas para muchos de la misma manera que a millones de hombres de la antigüedad se les pasó por alto durante siglos que pudieran compararse una mujer y una rosa.
Cuando Ramón supo esto, que en el Rastro había esperándole miles de cosas y que a todas podía cortejarlas y amarlas como un verdadero don Juan, se puso a escribir un libro.
Pero entonces no sabía escribir libros, porque era muy joven. Seguramente no supo nunca lo que era un libro, con su planteamiendo, nudo y desenlace. En los libros de Ramón se encuentra uno con todas las combinaciones posibles: libros con planteamiento y con nudo, pero sin desenlace; con planteamiento y desenlace, pero sin nudo; con nudo solo o con planteamiento solo, incluso libros sin libro dentro, puros como almas desnudas.
Así que en vez de escribir un libro sobre el Rastro, se llevó el Rastro a casa, y de casa lo fue poniendo en limpio, sobre las cuartillas.
Todo él es fruto de una exaltación cercana a la poesía. Por ello y  pese a su extrema facundia, es el menos barroco de los suyos (la poesía no puede ser barroca, como es bien sabido), y si la vanguardia se iba a embarrocarse en muy pocos años, aquí Ramón es como el Fra Angelico de todos aquellos ismos que él historiaría años después, incluidos los propios suyos.
Creo que no se podría hacer una antología de este libro, como no se podría antologar el Rastro. Yo no sabría indicarle ahora al lector que buscase tales páginas o tales otras. Uno y otro, Rastro y libro, hay que recorrerlos de cabo a rabo, de punta a punta, por más que en este libro haya trozos memorables (sobre los acordeones, por ejemplo, o sobre esa maqueta de barco que asoma como un buque real por las costrosas calles rastreriles), por más que contemos en el Rastro con nuestros rincones predilectos, nuestras almonedas irrenunciables, nuestras esquinas indelebles. Si la antología del Rastro da siempre como resultado eso tan falto de gracia y de misterio que es un anticuario, una antología de este libro no pasaría de ser el fogonazo de una alucinación más o menos sombría y absurda. Por eso sólo cuando se lee de la primera página a la última se advierte en él el fondo maravilloso de humanidad, de lógica, de discurso, aunque no necesariamente tengamos que leerlo palabra por palabra, como tampoco al fatigar el Rastro vamos registrando todos y cada uno de los objetos que van saliéndonos al paso.
Y para esta ingente labor de acarrear todo el Rastro consigo, y cargar con él, no le bastaba el vigor de su juventud, sino dotarse de una voz potente.
Es aquí cuando Ramón da con su tono característico, el que raramente le abandonará ya nunca. Es un tono exclamativo, reiterado y rotundo, un tono oratorio, terminante y enfático, porque sin oratoria y sin énfasis, y lo saben muy bien los vendedores de cosas viejas del Rastro, no se vende. Y a su modo Ramón nos va a vender todo ese “montón de cosas” y nos va a vender, sobre todo, su libro. Ramón acaba ganándole siempre a uno, convenciéndole, pese a sus defectos.
No vamos a enumerarlos aquí ni vamos a hacer el escrutinio de todas esas cosas. Ya lo hace él con mucho gusto. Nos habla de cientos de objetos, de miles, engolosinado, concupiscente, insaciable. Creo que no se le escapa ninguno, ni la plancha de hierro ni el loro disecado, ni la lápida de cementerio ni el clavo inservible sin cabeza. Y próximo a ese tono, su voz. Una voz propia, y originalísima. La literatura española no la había oído antes a nadie. No es la de un piano, pese a tenerla llena de matices a su manera. Se parecería quizá más a la de esa pianola que acomete con idéntico brío “La Patética”, una transcripción de la “Quinta Sinfonía” o el chotis “Las Vistillas” del maestro Carnicero.
Y vecino de su voz, su estilo, ese estilo suyo largo, predicado, sobrado y envolvente, tan característico. Porque le gustan tanto las palabras, está tan enamorado de ellas, de todas y cada una, que no puede prescindir de ninguna, como no puede renunciar a ninguna de las cosas que ve en el Rastro, por extrafalaria o inservible que le parezca. Y si al final acabó decorándose las casas, de la calle de Velázquez, en Madrid, o de Hipólito Irigoyen, en Buenos Aires, como si fuesen una almoneda, terminó escribiendo sus libros con todas las palabras del diccionario, ni una menos, y cuando no tenía bastante con ellas iba a buscar cualquier “obsedante” al francés, como quien gusta probar de vez en cuando la golosina de un agua diferente. Eso, esa abundancia, esa opulencia en la que vino a nacer para la literatura, le puso de un excelente humor, sin duda.
Creo que no hay entre nosotros un estilo con menos drama que el suyo. Incluso cuando describe situaciones penosas y cuadros lastimosos, se le ve hacer un esfuerzo para no desentonar, para no delatar la íntima alegría que se le contagia de la vida, y hasta en el entierro tiene que sujetarse las manos para no salir tocando palmas. Las palabras, que utiliza con frecuencia de la manera más arbitraria, para él son como unos dados: las tire como las tire, siempre le sale una jugada. No hay dados con una cara blanca.
En este festín, pues, se lo quiere llevar todo, el pingo exangüe o el tesoro, la nadería o la rareza, lo mismo la elegía fúnebre que el epitalamio,  el sostenido y el bemol, la luna en cuarto creciente y la luna en cuarto menguante. Así que se conduce en El Rastro como Noé con el arca: dispuesto a inventariarlo y salvarlo todo de la muerte a la que estaba abocado, de no haber aparecido por allí como su mesías salvador.
Cuando el diluvio ha cesado y procede Ramón a devolvernos las cosas, nos las reintegra todas con su verdad y el poco de mentira que ha criado en ella, ese poco de óxido que les sale incluso a las verdades más verdaderas. Si se sabe esto, lo del óxido no tiene importancia, se le quita a las cosas esa impureza con la mano, y están otra vez como nuevas, es decir, como viejas, como estaban en las mismas costanillas y repechos del Rastro, como vinieron al mundo para la muerte, antes de su resurrección.
Extraordinario libro éste. Se publica ahora como lo publicó el propio Ramón en su segunda edición, después de sacar los capítulos sobre Azorín y Baroja que había incluido en la primera y que, en efecto, no pintaban mucho allí.
Métete lector en sus páginas y no te preocupe si aquí o allá pareces aburrirte o estancarte o marearte un poco con la brillante exhibición ramoniana. Este es un árbol copioso, verde y pleno de savia. Pocas sombras más hospitalarias y deleitosas en toda nuestra literatura de vanguardia. Quizá porque esto no es vanguardia, quizá porque este libro lo escribió Ramón antes de la vanguardia, cuando ni siquiera sabía que era vanguardista. También el Rastro puede aturdir y marear un poco. Pero no te desanimes nunca ni fatigues, pues sólo encuentra el que busca, y el que busca es porque ya ha encontrado. Y no lo olvides tampoco: en el  Rastro no se busca, sino que se reconoce. Como hizo Ramón en él y en este libro: reconocer y reconocerse.


Pío Baroja en el Rastro (h. 1940), foto dedicada a Sebastián Miranda

9 janvier 2014

La rabiosa actualidad

EN 1993 se publicaba Locuras sin fundamento, y en él, el fragmento que reproduzco a continuación. Hace veinte años aún faltaban algunas pinceladas que adornarían sin duda esa semblanza que se escribió como sinopsis de un episodio nacional: amantes, elefantes, tigres (saltos del), yernos, princesas republicanas, infantas... "La reina y yo somos también de la misma opinión: respetamos las decisiones judiciales", podríamos decir. 
Esto nuestro es sólo literatura:

"NUESTRO rey, siendo un muchacho, mató en un accidente de armas a su hermano menor. Su tío, sordomudo y heredero legítimo a la corona de España, abdicó en su hermano, padre de aquél, llamado don Juan, quien, a pesar de haber llegado a viejo, jamás pudo reinar; tuvo que conformarse con llevar tatuados los brazos hasta el codo y errar a bordo de un viejo barco. No obstante, conoció la efímera gloria de oírse decir Juan III por el único periódico monárquico español, que se pasó durante cuarenta años adulando a Franco y llamándole Su Excelencia.
Pudo reinar, pero tampoco se calzó la corona en las sienes, el primogénito del sordomudo, duque de Cádiz, si su suegro, Franco, lo hubiera querido, pero éste prefirió darle el trono a su primo, saltándose a la torera al padre del primo, el susodicho Juan III, quien tiene además una hija ciega de la que se cuentan pintoresquísimas anécdotas. Con el tiempo, aquel joven duque mataría a uno de sus hijos en un accidente de coche y él mismo se decapitaría en una pista de esquí, después de una vida desdichada, ya que su mujer, nieta del dictador, se le fugó con un anticuario de París.
Durante cuarenta años don Juan aceptó el trato con el general que le había escamoteado la corona con toda clase de subterfugios legales y promesas infundadas, y no se negó a que el delfín, su hijo, aceptara los preceptores y confesores que el dictador le impuso y que eran adictos no a la monarquía, sino a los principios fundamentales del régimen. Cuando Franco murió, padre e hijo, conde y príncipe, puestos o no de acuerdo (que esto jamás se sabrá) reinaron juntos unos años con la misma legitimidad, aunque la titularidad la tuviera el hijo y no el padre, embrollo del que no deberíamos excluir la conjura de dos de los pocos generales monárquicos capitaneados por quien fue confidente del rey, pistoleros de los sindicatos fascistas y alguno de los últimos jerifaltes del carlismo, y sin contar las leyendas que rodean a nuestro monarca acerca de las mujeres, las mismas leyendas casticistas de vicetiples y suripantas que rodearon a su abuelo Alfonso XIII... Con mucho menos Shakespeare o los antiguos griegos habrían escrito una gran tragedia. Pero tendremos que esperar a los bárbaros para que se oiga en boca de Juan Carlos un monólogo a lo Enrique V".



8 janvier 2014

No afligirse

EN una semblanza ejemplar de Stendhal escrita por Pedro Torres Curiel y publicada en el último número de Clarín (uno de esos números "completos", con mucho y bueno: una carta del propio Stendhal, de mano maestra, donde traza sus recuerdos de Lord Byron; un artículo magnífico sobre las bibliotecas, de Eduardo Jordá; una entrevista con José Mateos, sustancioso y certero y la revelación de los poemas de Rodrigo Olay; los pasajes matizadísimos del Azorín parisino, de Francisco Fuster, el viaje de Antonio Rivero Taravillo, tan sagaz, o la crónica desternillante de Enrique García Máiquez de cierto congresazo chez Caballero Bonald, por no hablar de las reseñas de Benítez Ariza o Juan Marqués, entre otras), en esa semblanza de Stendhal, decía, nos encontramos con uno de los muchos alegatos epicúreos del escritor que nos ha hecho amar la vida tanto como la literatura, quiero decir, que nos ha hecho amar la literatura tanto como la vida, acaso porque fue el primer escritor que nada detestó tanto como la retórica:

"Apresurémonos a gozar, nuestros momentos están contados, la hora que he pasado afligiéndome no me ha acercado menos a la muerte. Trabajemos, pues el trabajo es el padre del placer; pero no nos aflijamos nunca. Reflexionemos sanamente antes de tomar partido; y una vez decidido éste, no cambiemos jamás. Con la obstinación se alcanza todo. Dadnos talentos: un día lamentaré el día perdido". (Diario, 23 Mesidor, año IX, 12 de julio de 1804).



7 janvier 2014

"Txeroki somos todos"

QUE decidieran presentarse en un antiguo Matadero con ese rótulo en la puerta; que el portavoz fuese el camarada Kubati, asesino de la camarada Yoyes por decir ésta veinticinco años antes lo que él iba a decir veinticinco años después; que todos aparezcan con semblante de seguir diciéndole a la sociedad española "me he quedado con tu cara"; que todos escondan las manos... 
En esta fotografía, que vale más que mil palabras, están explicados casi mil asesinatos. Ni el microscopio habría dado más información. Y no están derrotados, como repite casi toda la prensa. Han logrado imponer su jerga. "Los pistoleros más emblemáticos de Eta posan juntos", titulaba El País, cuando lo exacto habría sido titular: "Los pistoleros y asesinos de Eta, etc..." No es lo mismo, como no lo era hablar de "violencia callejera" ni "violentos" cuando se trataba de terrorismo urbano y de fascistas. 
Y no se engañe nadie. Debajo de esos rostros aterradores, se esconde el verdadero, el que mostró el camarada Txeroki durante su juicio. De hecho esos 70 camaradas fueron a Durango para decir: "Txeroki somos todos", y después a tomarse unos txikitos, los camaradas txikitos, ya con otra cara, la suya de verdad, la de Txeroki.

Arriba: Etarras en la reunión de Durango, 2014; en el medio: Txeroki durante su juicio en la Audiencia Nacional. Debajo: collage de Joaquín Blas. 



6 janvier 2014

Oh, Villanueva de Alcardete

SE remoza el Magazine de La Vanguardia y, como cada año, cambia el título de la sección que fue en 2013 Entre nosotrxs y será en 2014 Del clan de los mendigos. El de hoy, primero de la serie, se acompaña de uno de los hermosos Caprichos de Alenza que la casualidad quiso poner a nuestro alcance hace unos días.
* * *
Del domingo pasado a este ni el mundo es mejor ni yo soy distinto. Y mi capa de ahora, aunque parezca nueva, es vieja: “Del clan de los mendigos”. ¿Recuerdan? La semana pasada, después de estar mendigando por las esquinas del mundo, me las vi y me las deseé para juntar la calderilla de un artículo, y esta... Esta no, pero se arriesga uno a que no quieran cambiarle en ninguna parte un billete tan grande. Porque grande es el poema de John Keats que viene a llamar a esta puerta. ¿Y cómo es que le hemos dejado pasar? ¿No decía Platón que había que expulsar de la República a los poetas? Desde luego, y cuánta razón llevaba: la Historia, en manos de los poetas, es un peligro: se inventan el pasado y lo pueblan de mitos, mientras ponen a un fauno a soplar el caramillo. Así lo requieren sus artes suasorias: liras, caramillos, chirumbelas. El fauno, no obstante, musica de tal forma, que la tribu acaba creyendo cuanto le cuentan de su pasado y de su identidad, hecha de pastaflora, frente a la identidad cerril de sus vecinos, charanga y pandereta. La Historia es, sí, el opio de los pueblos modernos. Pero, ¿y Keats? ¿Qué tiene que ver Keats con esto? 

Pobre Keats, murió a la edad de 25 años en Roma, tuberculoso y solo. Viajó al Sur desde Londres buscando un cielo azul. Parece que pensara en lo que le dijo Diego de Saldaña, un indiano pobre, a su mujer Águeda Martínez, una pobre mujer.  Sucedió en 1590. 1714 menos 1590, 124, más 300, hace 424 años. Le animaba Diego a dejar su aldea, Villanueva de Alcardete, y reunirse con él en Cartagena de Indias, pero a Águeda le entristecía dejar su terruño: “Ni se os ponga delante [ni os lo impida] vuestra patria, pues lo que se debe tener por tal es donde se halla el remedio”. Y buscando el remedio, dejó Keats la “dulce Inglaterra”. Porque si los poetas de Platón, los malos poetas, se inventan patrias, los buenos, como Keats, no tienen patria, pues tal como la toman la dejan. La patria es de prestado, como la vida. Lo decía Unamuno: “El mundo entero es un Bilbao más grande”, oh Villanueva del Alcardete.

¿Y nosotros? ¿Qué y quiénes somos nosotros? No lo sé, pero deberíamos parecernos al Poeta, tal y como lo describe Keats: “Aquel hombre que, en presencia de otro, se sentirá su igual, sea éste el rey o el más pobre del clan de los mendigos, o cualquier otra cosa sorprendente que entre un mono y Platón el hombre pueda ser”. ¿Podrá alguien cambiarnos este billete? Con mucho menos tendríamos para vivir hoy. ¿Y mañana?...  No sabemos cómo, pero el mañana suele acabar siempre en manos de los malos poetas.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 5 de enero de 2014]

Alenza, aguafuerte de la serie Caprichos

5 janvier 2014

Principio absoluto

COMO años anteriores han llegado este algunas felicitaciones, entre ellas, fieles a la cita, las de estos dos amigos: el poeta Juan Antonio González Iglesias y el fotógrafo Juan Manuel Castro Prieto. Y como sucede siempre con la excelencia, ¿no están pidiendo ser compartidas por todxs?
La primera viene acompañada de una "explicación poética de por qué el año nuevo empieza con los fríos y no en primavera, y fue escrita por el poeta romano Ovidio en la época del nacimiento de Cristo. Se encuentra en el Libro de los Fastos entre los versos 149 y 164", pero parece haber sido escrita ayer mismo, eso sí, por un gran poeta. La traducción es del propio González Iglesias. 
La fotografía de Castro Prieto, misteriosa y bellísima como suya, fue hecha en Jaipur (India) en 2007.

–Di, ¿por qué el año nuevo empieza con los fríos,
cuando mejor tendría que hacerlo en primavera?
Entonces sí florecen todos los seres vivos
y entonces es momento de que el tiempo sea nuevo.
Se hincha la yema nueva en el tallo cargado
y el árbol se despliega estrenando sus frondas-
De la tierra sembrada brota y se alza la hierba
y el aire tibio rozan con sus cantos las aves.
Corretea el ganado alegre en las praderas,
los soles son benévolos y una desconocida
golondrina aparece para formar su nido
de barro por debajo de la viga más alta.
La labor llega al campo que el arado refresca.
Con razón debería llamarse eso año nuevo.

Larga fue mi pregunta. Breve fue su respuesta:

–El solsticio de invierno es principio absoluto
para el sol, antes viejo y ahora recién nacido.
En estos mismos días inician su existencia
el dios resplandeciente y el año en nuestras vidas.


Foto: Castro Prieto, Jaipur (India), 2007