8 avril 2014

Miguel, Miguel, sin don

ACABA de publicarse un libro en el que al parecer se prueban sobradamente las raíces judías y leonesas de Miguel de Cervantes.
Presentaron ese libro mi hermano Pedro y Antonio Gamoneda. Aquí vienen el vídeo de la presentación y transcritas las palabras de este último, en las que de modo reiterado le llueve a Miguel de Cervantes tantos "don Miguel" para arriba y "don Miguel" para abajo, que da gloria verlo. 
Cervantes nunca tuvo ni se puso el don, y no es esta una cuestión baladí, que diría el profesor Rico, ni mucho menos. Es incluso un asunto capital. 
En una sociedad tan estamentada como aquella de la que habló Cervantes, y al don se refiere él de forma explícita y varias veces en el Quijote (II, 2; II, 5; II, 6),  importaba mucho ese título, llevarlo o no, "conteniéndose en los límites de la hidalgía" o del linaje que le hubiese tocado a cada cual en suerte, sin "arremeterse" a caballeros, únicos que podían llevarlo. Sin dones ni donas, dirá Teresa Panza, que no quiere que "me le pongan un don encima que pese tanto". Que, en efecto, pesa mucho el don, y Cervantes fue un hombre que vivió y murió ligero de equipaje,
Miguel de Cervantes ni fue hidalgo ni fue caballero ni siquiera bachiller, únicamente un soldado viejo y un autor de comedias fracasado. Quiero decir que no sólo la vida o vidas de Miguel de Cervantes están vividas sin ese don, sino que toda su obra está escrita sin él, por eso quienes se lo ponen tan alegremente le están quitando todo aquello que acaso sólo porque nació lejos del tal don, sigue vivo entre nosotros.
En cuanto a lo demás de la intervención de Gamoneda, qué decir. ¿Qué decir de ese rotundo "Don Quijote es don Miguel (...) necesariamente él mismo"? Pues esto: no sólo, don Antonio, y no necesariamente. 
Cualquier lectura que se haga del Quijote, si de veras se piensa que en él pesa tanto la vida, pasa por no sacarse de la manga los dones, así como así, ni otras donosas suposiciones, aunque la verdad es que la vida y la obra de Cervantes son tan pródigas con todos los que nos acercamos a ellas que raro será no salir de su trato siendo un poco mejores, aun a riesgo de salir también un poco más locos, como don Quijote.
Y del libro en cuestión no dice uno nada aquí, porque, siendo tan reciente, no lo he leído, pero me alegraría que sus tesis, como otras muchas de otros mil libros, pudieran verificarse un día, y no tanto por dejar acreditado que Cervantes fue de León (lo que no tendría por qué llevarnos a recordar aquello que decía José Fernández de la Sota, recogido por Aitor Francos: "La desgracia de Kafka fue nacer en Bilbao"), sino por añadir algunas certezas a una vida tan falta de ellas.

El Rastro, 16 de marzo de 2014



7 avril 2014

Un siglo de patria


Es uno como la mayoría de ustedes. Un buen día oye o lee tal o cual noticia. Los periódicos y telediarios le alarman lo indecible a propósito de ella, y las imágenes o fotografías que le muestran son, en efecto, alarmantes: masacres, bombardeos, hambrunas, éxodos. “¡Qué espanto!”, decimos, y acto seguido sentimos sin atrevernos a expresar algo más íntimo: “¡Qué suerte no contarse por esta vez entre esas pobres gentes!”.

Volvió a suceder cuando se desataron las sangrientas algaradas de Ucrania, que acabaron con el presidente del país. Parece que se nos pidiera tomar partido, ¿pero cómo hacerlo si a duras penas hubiéramos podido ubicar Kiev en un mapa? Así que durante unos días procura uno informarse sobre Ucrania, lee, mira en internet, escucha atentamente a los expertos... Eso nos ha servido para constatar que en no pocas de las ciudades ucranias sigue habiendo estatuas de Lenin, y en las calles de Sebastopol han vuelto a desfilar las banderas rojas con la hoz y el martillo, después de todo el terror que trajeron a este mundo aquel hombre y esos trozos de tela. Mira y oye uno también a los rebeldes ucranios, “arderá el suelo de los independentistas crimeos”, y nos preguntamos: “¿pero quienes son los nuestros?”.

Sucedió cuando las guerras de los Balcanes. ¿Por qué Croacia sí y Bosnia no, o Montenegro, por qué se tarda tanto en parar las matanzas de Sarajevo, por qué no detienen a los serbios? ¿No sucede hoy en Siria y en tantos lugares? Apenas da uno abasto para mirar el mapa del mundo buscando en él el dolor, la muerte, la desesperación de gentes que a veces nos miran de una manera fugaz pero directa, mientras charlamos tranquilamente con un vaso de vino en la mano. Hace unos días oímos en una película que trataba la guerra yugoeslava, a propósito de la ayuda humanitaria que les llegaba de Italia: “Estamos de allí a menos de cuarenta minutos”, decían  sarcásticos unos milicianos hambrientos, en una choza sin luz, sin agua, alrededor de un fuego. ¿A cuántas horas estamos de Kiev, de Crimea? Por los libros, sabe uno que allá la primavera es esperada con mayor impaciencia aún que entre nosotros y recibida con mayor alegría si cabe. ¿Los nuestros? Todos aquellos  a los que les arrebaten o pierdan la vida por la patria, porque un siglo de patria no vale lo que valen cinco minutos de una primavera en cualquier parte.
  [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 6 de abril de 2014]

6 avril 2014

Armas de destrucción masiva

ESTÁ uno intrigadísimo con lo que dirá la crítica especializada de las pinturas de George Bush. ¿Guardará un injusto silencio como ante las de Blanca Cuesta, nuera de la baronesa Thyssen? Si estas se inscriben, como si dijéramos, en "la vanguardia de la tradición", las del expresidente de los Estados Unidos (que se suma a la larga lista de mandatarios aficionados al "cante", como Churchill, Hitler o Carrero Blanco) son pura "tradición de la vanguardia", por decirlo en palabras del siempre Octavio Paz.
Queda por saber, no obstante, cómo serán recibidas las pinturas de quien nunca se esperaron grandes aportaciones intelectuales o artísticas al género humano, y que para sorpresa general son como las de David Hockney, aunque, la verdad, tengan mucho de armas de destrucción masiva.
Los cuadros de Churchill, Hitler o Carrero Blanco quedaban tan lejos de los modelos a los que trataban de imitar, que nadie se llamaba a engaño. ¿Pero qué decir de estas de Blanca Cuesta o de George Bush idénticas a otras que cuelgan en museos y grandes colecciones y a las que se parecen como una gota de agua a otra?

Blanca Cuesta y su esposo posan delante de una de sus pinturas.
Georges Bush, José María Aznar. El retrato guarda un extraño parecido con el Cristo de Borja, lo que no deja de ser bastante paranormal.

5 avril 2014

Pelos en tres o cuatro.

ALGUNA vez se han traído aquí algunos de esos descuidos de Cervantes, tan someros como graciosos y expresivos. 
Nos hallamos con don Quijote, al final de la primera parte, frente a los disciplinantes que llevan en andas a la Virgen en una rogativa pidiendo lluvias para los campos. Don Quijote, creyendo que se trata de unos follones y malandrines que traen cautiva a una gran señora, arremete contra ellos. Le sale al paso uno de los costaleros, quien ofende a don Quijote con la horquilla o bastón en la que hacen descansar el trono: "y recibiendo en ella una gran cuchillada que le tiró don Quijote, con que se la hizo dos partes, con el último tercio que le quedó en la mano dio tal golpe a don Quijote en el hombro..." 
¿En qué quedamos? ¿Fue partida la horquilla en dos o tres? A no ser que Cervantes, hilando muy muy fino, se hiciera otra cuenta, a saber, que descontando el trozo que sujeta con la mano el costalero, la parte que propina el golpe vendría a ser aproximadamente un tercio del total. Qué sé yo. 
Se diría que Cervantes lo hizo a propósito para tenernos entretenidos a quienes no se sabe por qué razón damos un buen día en cortar pelos no ya en tres, sino en cuatro, como hoy uno, y dándole vueltas en la cabeza a este y otros asuntos parecidos acabaremos acabándonos por extenuación sin resolverlo. 


Don Quijote de La Mancha, guión y dirección de Rafael Gil. Cifesa, 1949

4 avril 2014

Emigrantes

CON esta fotografía ganó el estadounidentes John Stanmeyer, de National Geographic, el World Press Photo 2013. A diferencia de la que se publicaba ayer aquí de Pedro Armestre, que no necesita palabras, esta, sin ellas, acaso no se entendiera del todo. ¿Sería la misma foto si nos dijeran, por ejemplo, que se trata de unas gentes congregadas en la playa fotografiando el paso de un cometa o una publicidad de móviles?
Tratándose de unos emigrantes somalíes que buscan cobertura para sus móviles en las costas de Yubuti todo cambia. Sin esa palabra, emigrantes, la foto, más o menos bonita, sería banal. Por tanto, ¿estamos ante una foto buena; ante una foto bonita, pero no buena; o ante una foto que no es una cosa ni otra? De donde podemos deducir que en ocasiones una palabra vale por mil fotografías.


3 avril 2014

Muchos y pocos

PEDIMOS a una fotografía que diga el mundo de una manera sesgada, tal y como decía Emily Dickinson que había de decirse la verdad. Y pocas fotos habrán expresado mejor la locura de los Sanfermines que esta, memorable, de Pedro Armestre, premiada ayer con el Ortega y Gasset de periodismo. Se diría a medio camino entre Canaletto y Blade Runner, pasando por Quo vadis. Y acaso lo más extraño y valioso de esta imagen sea comprobar cómo despertará en unos, muchos, el deseo de hallarse en ese lugar y tiempo y en otros, pocos, el aborrecerlos, sin que lleguemos a saber nunca si el fotógrafo se ha metido entre los muchos o los pocos.


2 avril 2014

Isla

SE publicaba ayer aquí, acompañando al texto, la cubierta de uno de los libritos de Insel-Bücherei. Se fundó Insel, Isla, en Leipzig en 1899. Desde entonces acá han seguido editando, siempre de una manera ejemplar. La historia apasionante de esa gran editorial es en buena medida la historia de Alemania. Fue en sus comienzos la editorial donde publicó Rilke, entre otros (hay libros en ella de la mejor literatura universal). Uno de los libritos que aparece aquí, La canción de amor y muerte del alférez Christoph Rilke, se publicó en 1912, en Insel-Bücherei, seis años después de la primera edición en la propia Insel, y fue el primero de esa colección. El otro es uno dedicado a las flores. Todos los de esa colección, que se ha mantenido a lo largo de un siglo, tienen unas características propias: son textos breves (o como en el caso de las flores, ilustraciones tiradas con tintas planas, lo que les hace parecer pochoir), pequeñas joyas escogidas y editadas de una manera singular (cartón fino y rígido, papel estampado y etiquetas frontal y de lomo pegadas a mano; cuando el manipulado hizo demasiado caros los costes, ambas etiquetas se imprimieron al tiempo que el estampado, siempre diferente en cada volumen). Claro precedente del libro de bolsillo, su diseño se ha mantenido invariable desde 1912 y los títulos publicados se cuentan ya por centenares. Todo en ellos es feliz, aunque nos recuerden quiénes somos, cómo hemos editado y en qué hemos leído en esta otra isla que se halla de los montes Pirineos acá. 

Rainer Maria Rilke, Die Weise von Liebe und Tod des Cornets Christoph Rilke. Insel-Bücherei, Leipzig, 1912.  Rudolf Roch y Fritz Kredel, Das kleine BlumenbuchInsel-Bücherei, Leipzig, 1933. Abajo: doble página de este último. La ilustración de las amapolas sirvió para la cubierta del libro Algunos poemas de Emili Dickinson, publicado por La Veleta.