14 février 2012

Librería de libros

PUEDE hacernos gracia en un primer momento la ingenuidad, pero lo que enuncia el rótulo es cosa seria. El dueño tal vez quiso recordar que en su establecimiento sólo se vendían libros, y no cuadernos, catones, periódicos o cualquier otra mercancía, pero no estaría de más que un rótulo como ese figurara en la mayor parte de las librerías donde están convencidos de que a lo que venden, por tener forma de libro, puede dársele ese nombre. Esa seguridad les vuelve presuntuosos, pero querría uno someter los suyos propios a alguien que nos dijera si son o no libros, quiero decir, si con el tiempo van a poder dejar de serlo, convirtiéndose en algo vivo. Pues yo sospecho que en esa tiendecita los libros entran por esa puerta, bajo el rótulo, pero salen por una trasera que da al campo, y allí, "oh, ventura del alma", que habría dicho Unamuno, se vuelven gallinas, árboles, vagabundos, muchachas, estrellas y otras cosas que no se venden en parte ninguna, o sí se venden, pero más caras.

Envío ayer de Alfonso Meléndez, encontrado por él en Fb.


13 février 2012

;–)

LO daríamos todo porque nos cuenten algo que nos haga reír, y nada nos impacienta más que aquel que tratando de ser gracioso no lo es en absoluto, igual que nos aburre un chiste repetido o tosco: llega incluso a irritarnos, como si se tratara de una estafa.

Nos hemos referido hace poco al hecho de que la mayor parte de los escritores humorísticos hayan sido de derechas. Los de izquierdas acaso crean que no hay en esta vida motivos para reírse. Pero quién sabe: los humoristas son de otra opinión y aseguran que ya que la mayor parte de los males no tienen remedio, reírse de ellos tal vez contribuya a aliviarnos de su peso. Tampoco los filósofos ni los profetas parecen amar la risa. Está acreditado que Jesús lloró tres veces, pero no sabemos que se riera nunca. ¿Qué podremos decir de una religión que proclama que esta vida es un valle de lágrimas o de la mayor parte de la filosofía, ocupada en afrontar la muerte y lo rápido que esta se nos echa encima? Freud estudió la risa como fenómeno humano. La risa, viene a decirnos, si mal no recuerdo, nos ayuda a enfrentarnos a la muerte, a mantener a raya la venenosa melancolía. No recuerda uno a qué conclusiones llegó en aquel ensayo, pero sí que no arrancó de mí, ni por deferencia, la menor sonrisa. 

La mayor parte de los intelectuales vive en permanente esquizofrenia con la risa y el humor. En general les gusta, como a todo el mundo, reírse, incluso hacer reír, pero al disponerse a escribir sus ensayos, sus poemas, sus obras, dicen aquello de que “hay que ponerse serios”. A la mayor parte de los lectores les sucede lo mismo, y desconfían del humor, que a menudo sólo llegan a admitir si es ácido, sarcástico o cínico, a pesar de que nadie en la historia de la humanidad ha promovido tantas treguas alrededor de un humor sentimental y limpio como Chaplin, de izquierdas, por cierto. ¿Por qué, pues, seguimos creyendo que la filosofía, la literatura o la religión sólo son buenas si son tristes y solemnes? En un siglo como el XVII, en el que la media de vida era de cuarenta años y apenas había derechos civiles y sí mucha miseria, se consideraba una grosería intolerable que los autores no trataran de ser ligeros y un poco intrascendentes. Hasta Shakespeare echa mano del humor en sus tragedias. Hace unos días alguien nos contó esto: un enfermo sale de un coma después de veinte años. Durante todo ese tiempo su mujer no se ha movido de su lado. La llama y le dice: “Eres una maravilla. Cuando perdí la empresa, seguiste a mi lado; cuando los bancos nos arruinaron, no me abandonaste; cuando tuve el accidente de coche, allí estabas; cuando caí en coma, me han dicho que no te has separado un solo día de mí... ¡Veinte años! No sé cómo agradecértelo, pero... pa’mí que eres gafe”. Este chiste, sustentado en lo inesperado, nos hizo reír de buena gana, claro, pero también nos alumbró sobre un asunto crucial: la razón por la cual el humor tiene tan mala prensa en la literatura “seria”, en la vida intelectual “seria”: detestamos lo inesperado, lo imprevisible, por temor a que se manifieste en nosotros, como en el hombre del chiste, nuestra propia mezquindad, esa que hace más inhóspito este mundo y que a menudo sólo podemos combatir con un ;-).
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 12 de febrero de 2012)

El Rastro, 12 de febrero de 2012

12 février 2012

Unas melancolías y el Cabaret del Acabose

LA realidad, sin que Baudelaire tuviera que ver en ello más que Newton en la ley de la gravedad, se hace sólo soportable por estar horadada de secretas galerías, de vasos comunicantes y correspondencias, que al mismo tiempo que nos permiten circular y  llegar de unos lugares a otros, nos sirven para ir a ellos o para irnos de ellos, y quien habla de lugares está pensando en ideas y sentimientos que quedarán hermanados precisamente por esos conductos, por esos fluidos que los mantienen unidos.
Eso fue lo que ocurrió con el hallazgo de este libro, de título y edición tan genuinamente románticos, y pocos minutos después el de esta tarjeta postal de uno de los cabarets parisinos de finales del mesmérico siglo XIX que hizo furor en un tiempo entre gentes tan serias como Pessoa o Yeats, que acudían de vez en cuando a tenebrosos gabinetes para ponerse en contacto con los difuntos.
Nada más. Queden aquí estas ingenuas Melancolías becquerianas de don Antonio Arnao (cuya lectura resultó decepcionante, hemos de decir) y la lámpara del Cabaret du Néant, que me he permitido traducir como Cabaret del Acabose, y del que el curioso podrá hallar en internet no pocas noticias. 
Sólo, y a modo de curiosidad, decir que apenas había empezado a redactar el presente asiento se produjo un hecho harto extraño por insólito: el altavoz de mi ordenador se conectó sólo en un acorde horrísono de órgano, que se extinguió del mismo modo en que apareció, como un relámpago acústico, como un trallazo que le hizo a uno apresurarse para acabar y salirse cuanto antes de esta entrada, sin que a estas alturas quiera preguntarme nada, para no tener que responderme.

11 février 2012

El dedo en el aura

DESDE que existe Photoshop ya no se puede poner la mano en el fuego por nada. Nos queda, sí, como a Santo Tomás, la llaga en el costado de las cosas, si acaso no la han borrado también con Photoshop.
* * * 
PHOTOSHOP, Photoshow.
* * * 
EL aura, contra lo que creía Benjamin, no desaparece ni se destruye en la reproducción seriada de las imágenes, fotografías, carteles, grabados. Hiberna en cada atómo del papel, de una emulsión, de la tinta. Sólo hay que esperar unos años y el papel amarilleará a su modo y las tintas se atenuarán, comportándose de una manera aleatoria, propia. Es decir, el aura, contra lo que él pensaba, emergerá de nuevo como algo original y único en cada una de las copias, por miles que se hayan hecho y todas y cada una serán, de nuevo, y ahora sí, como él la definió maravillosamente, ese entretejerse siempre extraño del espacio y el tiempo: la aparición irrepetible de una lejanía, por cerca que pueda encontrarse. 
Claro que esto fue así mientras todos éramos anagráficos, analógicos. Desde internet, el aura ha muerto. Lo único vivo serán los féretros, los viejos modelos y carcasas de nuestros ordenadores.


Santo Tomás de ¿Theodor Van Loon? (Se admiten atribuciones)


10 février 2012

Hoja entre hojas

LLEGÓ por internet desde Alemania, en el ejemplar anotadísimo que fue de la pintora Louise von Blommestein, el libro À soi-même de Odilon Redon (una breve historia: nos llevó a él intervenir en una próxima mesa redonda sobre el pintor simbolista del que ayer se inauguró una exposición en las salas de Mapfre de Madrid).
Fue Odilon Redon, cuyo nombre parece estar pidiendo de manera perentoria una traducción al español (Odilón Redón) pintor extraño, místico y telúrico. Hubiéramos creído que el espectro de su mano pudo estar detrás de las caras de Belmez. Pero dejemos de lado esas emanaciones sulfurosas de ultratumba y abramos las páginas de ese libro, sus diarios y anotaciones sobre el arte y los artistas.
Entre sus hojas una hoja seca de diente de león. El paso de los años ha hecho que su espíritu haya quedado también improntado en el papel, como ectoplasma. Siempre le intriga a uno la razón por la que alguien ha querido guardar entre las páginas de un libro tal o cual flor, tal o cual vestigio de la naturaleza. Los que frecuentan los libros de viejo saben cuán habitual es esto, y esa es una razón por la que los libros viejos son algo superiores a los libros nuevos. ¿Podríamos asegurar que un libro es malo si llegó con su pétalo de rosa, con su pequeña violeta, con su diente de león? Tal vez esa hoja sea lo más vivo de este. ¿Qué le movió a quien la guardó en él? ¿Recuerdo de una persona querida, de un momento que quiso detener, de un lugar en el que fue feliz, su rara forma de salamandra o tritón? ¿Anhelo de apresar la savia de la vida? ¿Gratitud y reconocimiento hacia un libro que le hizo mejor? ¿Voluntad de futuro, anticipación a él?
No lo sabremos nunca, pero cada vez que hallamos una de estas hojas en un libro, nos despierta el deseo de que alguien pudiese conservarnos a nosotros entre las páginas vivas de la vida. Cuando pasados los años otro nos encontrase al abrir el libro de los sueños, algo en nosotros temblaría, como por brisa. Anhelo de perdurar con y en esa fragilidad de hoja seca, transparente, o en sombra en el papel, más allá de la muerte.

Odilon Redon, À soi-même. Journal (1867-1915) Notes sur la vie, l'art et les artistes. H.Floury. Paris, 1922.

9 février 2012

Pobres, tontos, misántropos, parecidos

EL pobre más pobre de todos es el que pide atención.
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CUANDO alguien pide atención, por lo general no la pide, la implora.
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LAS limosnas, principalmente las limosnas, hay que saber gastárselas con salero en convidar a todos, y a ser posible en vino.
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MÁS tonto que presumir de rico es presumir de pobre.
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UNA cosa mala de morirse es no poder decidir, como en la boda, quién asistirá o no a nuestro entierro.
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Y qué disgusto póstumo el del misántropo: ¡no poder echar de su funeral a todo el mundo! (*)
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¿QUÉ se le replica a quien nos dice "Tengo un amigo al que le gusta mucho lo que escribes" porque le da vergüenza confesar que él no nos ha leído? Sencillo: lo mismo que a ese que nos acaban de presentar y dice: "Te pareces mucho a un amigo mío".
(*) Y leído esto, nos escribe nuestro amigo Antonio Pau recordándonos que Garcilaso pide en su testamento "que no se combide a nadie a mis honras, y que no haya sermones".

"Ideas liebre" llamó a sus aforismos Bergamín, lo que nos hace suponer que también hay "ideas galgo", "ideas podenco", etc.  Foto: Rebajas,  enero de 2012.

8 février 2012

Impromptus tipográficos

Del primero, un tarjetón de los años sesenta, hay poco que decir. Se hizo para promover el arte, presumimos que supremo, de Pedro de Córdoba, El "Picasso" de la Danza, y salió del laboratorio de Fotos Alfredo, de Barcelona, aunque si nos hubieran asegurado que detrás estaba la mano de Man Ray, Picabia o Arp, esa precisamente que sale cerval de la cabeza del bailaor, también lo creeríamos.
No menos interesante es el segundo de estos impromptus, un libro del raro y misterioso Hámlet-Gómez. ¡Qué gran pseudónimo! Pocos habrá en la literatura española más dignos de admiración. Sólo por él habría merecido Antonio Sánchez Ruiz haber escrito libros inmortales. Del insigne Hámlet-Gómez (él acentuó también el Hamlet, y si tenía que hablar de sí mismo, lo hacía en tercera persona, llamándose con seriedad Hámlet-Gómez) apenas hemos rastreado esto en internet. Y de la lectura de los relatos de este Verdes, negros, azules, rojos, esto: el autor, un bohemio anarquista de la estirpe de Sawa y hechuras de Pedro Luis de Gálvez, era alguien con imaginación disparatada, que le sirvió para escribir relatos truculentos a lo Parmeno  o fantasías orientales a lo Isaac Muñoz o a lo Gómez Carillo, su amigo y necrólogo. Apareció Verdes, negros, azules, rojos sin año de edición, pero en vida de su autor, desde luego, antes de 1910 (vendía los ejemplares en su casa de Santa Engracia, 49, de Madrid). Es por esa fecha temprana ejemplo de vanguardia tipográfica clarividente, aunque en la nota biográfica antecitada se dice algo muy misterioso, a saber, que Hámlet-Gómez empezó a colaborar en la revista La Alhambra en 1898, "en cuyas páginas seguiría firmando incluso después de muerto". ¿Editaría también después de muerto, vendería ejemplares en Santa Engracia vestido de fantasma? 
Cuánto le habría gustado al colorista y circense Gómez de la Serna (y a cualquiera de nosotros) copiarle esta cubierta, pero más a él, supongo, porque por esa fecha estaba entrando en fuego, dejando atrás la evanescente voluta modernista y ensayando el do de pecho en las escalas cromáticas de Delaunay, de las que esta de aquí es un precedente.