15 août 2011

Antología del disparate

Podría pensarse, con este título, que hablábamos de los trajes que hicieron dimitir al presidente de la comunidad valenciana, después de que su jefe le pidiera declararse culpable y pese a que llevara dos años declarándolo inocente. No, por una vez, no se trata de una metáfora, sino de la verdadera y clásica Antología del disparate que preparó hace más de cincuenta  años el profesor Luis Díez Jiménez  con las respuestas de algunos de sus alumnos de bachillerato.

Es agosto. Muchos de los que lean esta página estarán disfrutando de sus vacaciones. ¿Le permitirán a uno que por una vez desatendamos los problemas del mundo, para tratar de arrancarle al lector una sonrisa chaplinesca? Pues si algo tienen en común el profesor Díez y Chaplin es eso: no se ríen de nadie. Al contrario, con qué seriedad buscan ese humor común a todos: no se ríen de, sino con, y eso hace que su humor no sea jamás lesivo ni agrio. Pues, ¿y quién no disparató de niño, quién no creyó que el célebre estribillo de la canción de la tuna “No te enamores, compostelana”, no era, como suponía, “No te enamores con porcelana”? 

Un ejemplar de esta Antología, prestado hace años, ha vuelto al redil, con algunas de las respuestas punteadas entonces. ¿Siguen haciéndonos gracia? Algunas tienen sesenta años. El humor es  extraño. A menudo, pasado el tiempo, lo que nos hizo sonreír, y aun reír, nos impacienta y aburre. Para nuestra alegría, no es el caso, quizá porque descubrimos que muchos de estos disparates están muy cerca ya de la poesía, de la filosofía: “Porosidad: los cuerpos están orgullosos de poseer un lugar en el espacio”. O del surrealismo de El Bosco: “Un parásito interno del hombre: el langostino”; “Un anfibio: el marrano”; “Anfibios: son los que maman, por ejemplo la burra”; “Ejemplo de anfibio: el cacahuete”; “Parasitismo: es belleza ver a las hormigas ordeñando a los pulgones”; O de la sociología: “”El oído interno: es el que tiene más “jaleo” de todos”; “Oído medio: sirve para oír lo que dicen los ausentes”; “De las posesiones de Portugal en Asia me parece que con tanto jaleo ya no le queda nada”. Por no hablar de aquellas respuestas que pasarían hoy por alta literatura. ¿Cómo no acordarnos de Javier Marías al leer esto: “No conozco ninguna oruga perjudicial, o sencillamente a lo mejor he visto alguna y a mi modo de ver no era perjudicial”? Otras veces todo es más sencillo: “El aparato digestivo del león se diferencia del de la vaca en que mientras el león es un animal salvaje que sólo produce muertes y percances, la vaca es casera y muy aprovechada”; o “El calamar se llama así porque cala los mares”. El inicio de esta redacción, ¿cuántos no lo envidiarían? Yo mismo: “El primer día del Génesis. Ese día estaba yo en mi casa...”. Y con algunas definiciones no podríamos estar más de acuerdo: “Acto involuntario es matar o hacer daño al que le ofende o martiriza”. Sí, es agosto. Estamos de vacaciones, cuando disminuyen los actos involuntarios, pero tememos, que al regresar al mundo de la seriedad, en el nuevo curso, estos vuelvan a proliferar peligrosamente, inducidos por los mismos sastres. Volverán a ofendernos, volverán a martirizarnos. Esto es cosa segura.
       [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de agosto de 2011]

14 août 2011

Sueltos

AL advertir la fatalidad de algunas rimas (hiedra y piedra, o sueño y beleño, por ejemplo, y tantas más), estamos, acaso sin saberlo, recordando a Lucrecio, primero en descubrir el camino secreto que comunicaba lignis (leño) con ignis (fuego). Así principiaba él la poesía que ciertas palabras escriben por nosotros, llevándonos tal vez adonde no queríamos, como advertía JRJ y sabía muy bien el a veces ripioso Unamuno, pero donde necesaria y misteriosamente teníamos que acabar, en esa alma que destila calma, y al revés, en esa calma sin la que no podríamos concebir el alma. Si en el espíritu se libran las galernas, nos dice el devoto discípulo de Epicuro, será el alma mortal el abrigado puerto en el que el hombre nada teme ni puede temer de la muerte.

* * *

LÍBRENOS Dios de entusiastas incompetentes tanto como de incompetentes entusiastas.

* * *

EL ego es sólo eco, última sílaba de un monólogo sin interés.

* * *

RECUERDA que la única vez que estuvo en una ciudad alemana, Munich, le sorprendió ver que en sus numerosas librerías de viejo o de lance, como corresponde a un enclave universitario tan importante como ese, había siempre una nutridísima y apretada sección de filosofía, con libros de Nietzsche, Husserl, Jaspers, Benjamin, Max Weber, Heidegger, Gadamer y otros muchos, como en las librerías de viejo o de lance españolas suele haber una sección o rincón dedicado a los libros taurinos. Y esta asociación acaso no sea del todo extravagante, ya que quien conozca la historia de la filosofía alemana del siglo XX sabrá que sus filósofos se condujeron a menudo en sus rivalidades y disputas como primeros espadas que trataban de cortarle al Dasein, al Aufhebung o a conceptos de otras ganaderías prestigiosas las dos orejas, pasando de ocuparse del siempre misterioso y grave ser a hacerlo del estar, por lo general tan frívolo y folcklórico.
(Foto: Delfines, olas, mesa. 2011) 

13 août 2011

De la fiesta del mundo

De niño no entendía por qué a la luna llena no se la llamaba luna nueva, pues me parecía que cuando estaba llena, era más nueva que las otras, desgastadas por uno u otro lado, ni tampoco cómo podía decírsele nueva precisamente cuando estaba ausente, cuando se había escapado de casa. ¿Y no vestía ella siempre, cuando estaba llena, una camisa recién sacada del arca? ¿No fulgía por los caminos como esa joven que, aburrida, ha dejado la fiesta a la que fue invitada y regresa nadie sabe de dónde adónde?
Ha vuelto, pues, como tantas veces, la luna llena más joven y majestuosa que nunca, y se ha quedado en lo alto atendiendo a muchos, y escuchando a todos, haciendo que cada cual se sienta señalado por ella y elegido.
¡Cuántas lunas llenas habremos visto en nuestra vida y cómo todas nos parecieron en su día, como nos lo parece hoy esta, de una belleza insuperable y única! Nos decimos: es nuestra luna, la nuestra, y no echamos en este momento de menos ninguna otra, porque esa luna real parece dársenos a cada uno en particular, no en luz, siendo su luz tan misteriosa y serena, sino en carne y alma, como la amante más fascinante que nadie hubiera tenido nunca y de la que paradójicamente no necesitáramos saber más que el nombre por el que todos la conocen y por el que ella se deja llamar, no su nombre verdadero, el de pila, que no le ha dicho a nadie, sino ese otro, el apodo que les pone la vida a los seres errantes, Luna, el nombre con el que trabaja en ese Club llamado Noche en el que a veces se la encuentra sola y bellísima para consuelo de aquellos que aún esperan algo de la fiesta del mundo.


(Foto: 12 de agosto de 2011)

12 août 2011

En nombre de Germán Rubiales y Cía.

SE han venido diciendo desde hace años algunas cosas sobre la decisión de utilizar X, en lugar de nombres propios, en el Salón de pasos perdidos, sin pensar acaso que la cosa no variaría mucho si esos nombres propios fuesen ficticios. Algunos incluso han querido darle la vuelta a la cuestión, y  amantes de circular anónimos, piensan para justificarlos, al igual que sucedía en la Urbajosa de Doña Perfecta, o ahora en internet, que escribir “X es idiota. Firmado: Germán Rubiales”, es lo mismo que escribir “Germán Rubiales es idiota. Firmado: X”.
Y sí, también lo ha dicho uno desde hace mucho tiempo. Basta que alguien escriba: “X es idiota”, para que se postulen al título de idiota dos docenas de voluntarios idiotas iilusionados y agraviadísimos. Ahora bien, cuando un X cualquiera le llama a Germán Rubiales  idiota, y cosas peores, le da pie a este para pensar en todos y cada uno de los idiotas, y no se equivocará atribuyéndolo a este o al de más allá (suele haber idiotas de sobra donde escoger), porque tratándose de tontos, son todos ellos intercambiables.
Y hasta aquí lo que iba a ser el asiento de hoy. Pero ya escrito, llegó un correo de F., como suyo sagacísimo y oportuno: “Querido A., he visto en tu blog que ya te has estrenado con el psicópata inevitable. A mí me han entrado varios. Consejo de veterano: creo que lo mejor es que no le hagas caso ninguno: ni publicarle, por supuesto, los comentarios ni referirte a él. Es la única manera de hacerlo desistir. Como le des carrete, se te queda de huésped fijo”.
Le respondí que llevaba razón, pero que de todos modos publicaría la entrada que le adjuntaba, porque a estas alturas ya estamos curados de espantos y de X, y le pedía permiso para publicar su carta, a lo que accedió, añadiendo unas líneas no menos discretas a la anterior: “Tu réplica al loquito es estupenda, pero hay un problema de fondo: que es precisamente la réplica a un loquito, y lo normal en los loquitos es que no estén dispuestos por nada del mundo a dejarse replicar, porque ellos viven en la lógica de su locura, que suele ser mezquina, aparte de sorda. Si no te importa que el sujeto en cuestión te incordie, adelante. Pero lo mejor, insisto, es no hacerle ningún caso. El loco quiere respuesta a su locura, y no hay que dársela. Hazme caso. Un blog es una cosa pública, pero muy privada, como una casa. Y no hay que abrirle la casa a cualquiera”.

Y así es, y porque este almanaque es como una casa podemos hablar tranquilamente de los idiotas un rato, de puertas para adentro, porque ¿en qué casa no se habla un rato, sólo un ratito, claro, de los idiotas? 
(De izquierda a derecha, o de menor a mayor: Mona, A.T. y E.S.R., Gibraltar, 2007. Foto: M.M.)

11 août 2011

Corrupción de mayores

En uno de los raros momentos en que no le da castigo, y lo deja reposar, ha hojeado uno el fatigado ejemplar de La deshumanización del arte que viene usando Miriam desde hace unos años, puesta la vista en su tesis sobre Ramón Gaya. No deberíamos hablar aquí de subrayados, sino de remiendos, y aun de zurcidos con tintas de distintos colores, tan acribillado como lo lleva, aunque hay que añadir que es, por fortuna, un ejemplar de la edición de Austral, previsto acaso para convertirse en códice, como uno de aquellos comentos medievales de Tomás de Aquino.
Y aprovechando la hora de la siesta, se deja uno llevar de subrayado en subrayado, como en el juego de la oca, pero se diría que no avanza, sino que retrocede siempre:
 “Se comprende, pues, que el arte del siglo XIX haya sido tan popular: está hecho para la masa indiferenciada en la proporción en que no es arte, sino extracto de vida (…) Aunque sea imposible un arte puro, no cabe duda alguna de que cabe una tendencia a la purificación del arte. Esta tendencia llevará a la eliminación progresiva de los elementos humanos, demasiado humanos, que dominaban en la producción romántica y naturalista (…) He aquí por qué el artista nuevo divide al público en dos clases de individuos: los que lo entienden y los que no lo entienden; esto es, los artistas y los que no lo son. El arte nuevo es un arte artístico”.
Llegados a este punto, parece que oyéramos a M. recordándonos a Gaya, y a cómo fue este quien dio otra vuelta de tuerca, pensando acaso en el Ortega de esos escritos deshumanizados, al afirmar que había otra categoría de individuos, todos aquellos que “entienden de lo que no comprenden”.
Al cabo de un rato, pasamos ya las hojas de ese libro con evidente curiosidad. Ha prendido en nosotros un interés festivo. Ortega da siempre que pensar: “Recuérdese cuál era el tema de la poesía en la centuria romántica. El poeta nos participaba lindamente sus emociones privadas de buen burgués”, y uno, que ha estado releyendo días atrás las cartas y poemas del pobre Keats, y que forma parte de la masa indiferenciada que lee a Balzac, Dickens, Tolstoi y Galdós, no puede por menos que sonreírse lindamente con todas y cada una de las palabras de Ortega, ya imparable: “El cariz que en todos los órdenes va tomando la existencia europea [recordemos que ese libro es de 1925], anuncia un tiempo de varonía y juventud. La mujer y el viejo tienen que ceder durante un período el gobierno de la vida a los muchachos”. 
Ah, sí, los muchachos a los que se refirió proféticamente Unamuno, los que metieron a España en aquella guerra civil.
Ortega fue, desde luego, un claro caso de corrupción de mayores, a manos de los muchachos. Y si bien guardó su ropa astutamente respecto de los logros artísticos de los jóvenes, a unos les puso en las manos su Revista de Occidente para que los publicitaran, y de otros, José Antonio Primo de Rivera, se dejó tomar hasta los fililíes, con coquetería impar, sumándose a la idolatría hacia todo lo joven, cuyos lodos llegan hoy mismo hasta Londres, Birmingham o Manchester, tras haber hecho paradas, en otras épocas, en Berlín, Roma o París.
Y con todo, hay siempre algo en Ortega que hace pensar, que da que pensar. Desde luego en el primer Ortega de las Meditaciones y de El Espectador, pero también en ese Ortega de las tierras medias, que pedantea con un arte que entiende y que no comprende (léanse, al respecto, sus escritos sobre Velázquez).
Por lo cual cabría decir de él lo mismo que de Victor Hugo dijo Gide, en celéberrima respuesta, al ser preguntado por el mejor poeta francés: Hélàs. Victor Hugo! Siguiendo la traducción insuperable de Carlos Pujol, si se nos preguntase quién era el mejor filósofo español, habría que responder lo mismo: “Ortega, qué le vamos a hacer”…
Claro que cuando se dice de alguien una cosa así, es porque aún queda mucho por hacer, aunque no será aquí donde se haga. Como decía el propio Ortega con su inconfundible, concupiscente y gimnástico floreo: “He aquí el instante prudente para levantar la pluma, dejando alzar su vuelo de grullas a una bandada de interrogaciones”.


(Foto: El Rastro, 2010)

10 août 2011

Final con el que empieza el día (El canto de los pájaros)

¿Qué tiene el canto de los pájaros que nos embelesa pese a no haber en él una melodía articulada ni armónicos acordes, sólo una sucesión de finos cristales rotos? Ha quedado ya lejos el canto del ruiseñor, excepción de esta regla, y el de la oropéndola, demasiado breve, y jilgueros y golondrinas, tórtolas y gorriones, rabúos y cucos campean a su sabor todo el día como alegres tahúres que hacen sonar sobre la mesa azul del cielo sus monedas de plata, sin dejarse amedrentar por la camorra de las chicharras.
Cuando llegada la noche se recogen en sus nidos y ocupan su lugar los búhos, lechuzas, autillos y mochuelos con sus fúnebres cantos, y el sonido de los grillos y el de los piques sonámbulos de las ovejas, ensartados en el hilo que une las estrellas, nos preguntamos igualmente: ¿Qué tienen esos cantos nocturnos que nos abisman tanto tiempo, a qué puerta están llamando con su voz de madera?
Hace dos días nos acordamos de las golondrinas pinzadas en el cable, chiando al mismo tiempo. Nos hicieron pensar en un coro anárquico que ensayara por cuerdas.
Hoy al fin lo hemos comprendido. Los pájaros diurnos, las aves nocturnas, aliadas con grillos, con esquilas… ensayan todo el día, toda la noche, para sólo esos minutos de absoluto silencio con los que el mundo recibe a la aurora. Misterioso silencio, maravilloso e inconsútil silencio el de ese instante. Pocas cosas impresionan tanto como esos minutos de ausencia completa de cantos, de sonidos, de ruidos, la afinación de ese silencio, inalcanzable en cualquier otro momento, la maravillosa cadencia de ese acorde final con el que empieza el día.

9 août 2011

Madreselva

HABLA Bécquer en la segunda de sus cartas desde la celda de Veruela, de “la memoria del olfato, memoria extraña y viva que indudablemente existe”, al verse asaltado por el olor a tinta fresca del periódico de Madrid que le llega cuando tan lejos está de esta ciudad. Otros antes hablaron de la memoria del oído y otros hablarían después de la memoria del gusto. El olor de la tinta y del papel, desvaído, nos dice el poeta, llega a imponerse a la ineludible y poderosa fragancia de las flores de la pradera donde ha recibido ese periódico. En realidad parece sugerir que aunque el olor de la tinta de imprenta está ya debilitado, no le ha impedido sin embargo traer hasta su memoria, con fuerza arrolladora, un tropel de recuerdos: la vida de la corte, los teatros, los cafés, la redacción donde sus amigos tratan de cambiar el mundo…
El perfume desleído de esa ramita de madreselva que está en su vaso de agua ha traído a nuestra memoria el perfume de esa misma madreselva el primer año que dio flor, a poco de ser plantada, hace ya de eso un cuarto de siglo. Esa fragancia apenas es un acento en el aire, y pese a su brevedad, pese a su fragilidad (en cualquier momento tememos vaya a desaparecer durante otros veinticinco años), sentimos que ha tensado algo como un arco, uno de cuyos extremos se sitúa, sí, hace veinticinco años y otro ahora, ahora mismo. La cuerda tensada es el perfume, pero a diferencia de la flecha que el arquero lanza hacia delante, hacia el futuro, esta del delicado perfume de madreselva ha lanzado nuestra memoria hacia el pasado, hacia ese momento de pureza en el que plantamos aquel mínimo esqueje que estaba a su vez prefigurando este momento, del que nada, claro, podíamos saber.
(Foto: Las Viñas, 2011. G.T.)