10 mars 2020

En la muerte de José Jiménez Lozano

ERA un ángel. No lo digo sólo porque fuera un hombre religioso y creyera en el misterio, sino porque procuraba fijarse en las cosas sin mancilla, y se ponía detrás, como los ángeles de la guarda, para que el mundo (ese «ruido de moscas» como él lo llamaba tomándoselo prestado a una de las señoras de Port- Royal), para que el mundo, digo, no las corrompiera. Como uno también cree algo en el misterio, parece que lo estuviera oyendo en esta hora tristísima: «Por favor, Andrés, quita lo de ángel, no me hagas eso». Lo era. Como el que acompañó a Tobías, como los de Flannery O’Connor, como los que saca él en sus libros, que cuesta al principio distinguirlos de los mortales.
Al no tener una gran estatura estaba acostumbrado a mirar de abajo arriba. Lo hacía con tanta humildad como nobleza, con tanta malicia e inteligencia como compasión, a través de unos ojos azules maravillosos, perpetuamente asombrados y risueños, que nunca dejaban de hablar sin preguntarte. Quiero decir que como persona y escritor nunca te orillaba. Sabía que la literatura era un camino que hay que recorrer solo, y que viviera desde hace un siglo en Alcazarén, una aldea, da idea de ello. Los desaires que trae emparejados nuestro querido oxímoron («la vida literaria») le divertían por exóticos. «En Alcazarén, decía, no gastamos de eso».
Cuando la mayor parte de los poetas de su tiempo habían dejado de escribir, empezó él a publicar sus poemas, breves y sencillos, intensos como los de Emily Dickinson. Habla en ellos de tú a tú al espliego y al cuco, al amigo muerto y al joven que lo reclama para dar un paseo entre las mieses verdes aún. Un universo grande y pequeño al mismo tiempo, como esa mirada suya, única, insólita en un mundo hecho de lugares comunes. Quienes van de lamento en lamento, olvidan los milagros diarios, su negociado: la vida de san Juan de la Cruz (El mudejarillo es uno de los libros más emocionantes y luminosos que se hayan escrito en España en el último medio siglo) y los procesos inquisitoriales, los cementerios civiles y la persecución religiosa durante la guerra civil, las damas de Prot-Royal y aquellos seres humildes que él noveló con sobriedad chejoviana, o’connoriana… Se dirá que tales asuntos son propios de un escritor que va por libre. Es verdad, iba por libre, pero sólo porque era libre, o sea, sin darse la menor importancia, habiéndola tenido toda.

   [Publicado en El País el 10 de marzo de 2020]

8 mars 2020

La Puerta del Sol

ES el nombre de plaza más bonito del mundo, donde estuvo en origen una de las puertas del Madrid medieval, orientada a levante. Y así empezó a llamarse, porque los aciertos del pueblo son poéticos y anónimos.

Acaba de saberse que la van a remozar. Se han publicado algunas imágenes virtuales: mucho mejor que ahora, despejada, sin tráfico y conservando la muy oportuna estatua de Carlos III (si para entonces no hay un alcalde que decida que reyes no).  Las ciudades, como las casas, se van llenando de trastos, igual que las personas nos vamos cargando de defectos. Por lo general las casas, las ciudades y las personas con los años vamos a peor: fotos, suvenires, bibelots. Nuestra memoria sentimental va unida a todos y cada uno  de ellos, y al final nos resulta difícil desprendernos de ninguno. Por eso las limpias drásticas son necesarias de vez en cuando, oxigenan y nos rejuvenecen.

Cuando empiecen esas obras tal vez alguien repare en una placa. Se colocó en esa plaza hace dos o tres años, supongo que con nocturnidad, como quisieron hacer el memorial del cementerio de la Almudena: “El pueblo de Madrid en reconocimiento del 15M que tuvo origen en esta Puerta del Sol: Dormíamos, despertamos”. En la Puerta del Sol caben como mucho quince o veinte mil personas, y en Madrid viven casi cuatro millones. Seguro que habrá dos o tres millones de madrileños que sienten que ese “pueblo” no les representa, pero yo sé que lo han puesto así para remedar la otra placa famosa de esa plaza. Recuerda esta cómo el pueblo de Madrid se enfrentó al ejército francés el 2 de mayo de 1808, de modo que los del 15M tratan de decirnos que pasados doscientos años el pueblo de Madrid seguirá acordándose del 15M, como seguimos acordándonos de lo otro. Lo mismito: aquel 2 de mayo hubo más de cuatrocientos muertos y el 15M, cinco años después de despertar, está sentado en la bancada azul del gobierno. ¿Haciendo qué? ¿Dormitando? En absoluto. Hay quien espera que con las obras de remodelación quiten esa placa y la vendan como chatarra. A  uno, partidario de la memoria histórica, le gustaría que la conservaran, eso sí, con un retoque: «Dormíamos. Despertamos. Y ahora “el 90% de los españoles no podrá dormir sabiendo que el 15M forma parte del gobierno” (Pedro Sánchez)».

       [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 8 de marzo de 2020]

2 mars 2020

De milagro

EN 1974 fui testigo de un par de milagros. Lo excepcional fue que sucedieran en el mismo día, cosa rarísima. Ocurrió en Ladeira do Pinheiro, Portugal, donde se le aparecía  la Virgen a una mujer de mediana edad. El primero fue un milagro clásico, y el segundo moderno. El clásico estaba en pleno proceso: la multiplicación de una docena de panecillos que iban a dar de comer a cinco mil personas, entre las que me contaba (esa es otra historia). Que el panecillo que me tocó en suerte fuera uno de los originales o de los multiplicados no puedo asegurarlo, pero que me lo comí y estaba bueno, sí. Formar parte del segundo, seguramente invalida mi testimonio: la Virgen, a través de la vidente, ordenó que los españoles  presentes se juntaran en piña, iba a hacernos crecer hasta los tres metros de altura. Al padecer de vértigo preferí quedarme conde estaba, y ya lo siento, porque crecer de golpe tres metros ha de ser cosa linda. 

Así como el milagro de los panes fue mayoritariamente aceptado, en el del aumento de estatura  hubo división de opiniones, lo que me permitió comprobar  que el de los milagros es un territorio controvertido. 

Es uno optimista por naturaleza, y ve que la humanidad se ha ido librando de su destrucción final siempre de milagro: en el último momento el bien triunfa sobre el mal, aunque deje el campo de batalla lleno de cadáveres. Pero en el corto plazo y en nuestro entorno, donde se necesitan más los milagros (por otro nombre: lotería), estos se producen muy raramente, y nunca dos el mismo año: pensábamos que ni  Trump ni Sánchez serían presidentes ni vicepresidente Pablo Iglesias , que el Brexit no se produciría, que Eta no sería la que contara la historia, que los nacionalistas no sumarían nunca más del 30%, ni los comunistas, después de Lenin y Stalin, obtendrían tampoco más de veinte diputados, ni Vox, después de Franco, cincuenta. Seguramente todos ellos creen hoy por hoy en los milagros, como los devotos de Ladeira do Pinheiro,  al ver cómo sus causas han crecido tres metros, qué digo tres, cien, mil, un millón. Por eso llegados a este punto, a los que tratan de traer un poco de racionalidad a los procesos emocionales, no les queda otra que repetirse: Fíate de la Virgen y no corras, y esperar que escampe el temporal y vengan tiempos mejores, o sea un milagro, pero esta vez de los serios.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el  3 de marzo de 2020]

27 février 2020

Galdós, ¿moderno?

AL fin ha saltado a la palestra la cuestión. Ya se estaba haciendo esperar: Galdós no es tanto como creen algunos en España, país norteafricano. Galdós no es Dickens, Galdós no es Flaubert, ni siquiera Balzac. Galdós, enteraos de una vez por todas, no es moderno. O sea, Galdós no es alguien de quien fiarse.

¿Qué es ser moderno? María Zambrano había planteado las cosas en su justo término: Galdós es «ese poeta que toda ciudad necesita para existir, para vivir, para verse también». Basta con ser poeta para comprender la realidad, más allá de la realidad, sin destruirla, acogiéndola entre nosotros y aceptándola tal cual es de una manera piadosa, o sea, compasiva.

Y al fin y al cabo aquí andamos nosotros, cien años después de su muerte, leyendo sus obras, caminando por Madrid y reconociendo el Madrid galdosiano en mil rincones. No hay mayor modernidad que esa.

Todo lo demás son disquisiciones un poco escolásticas, creo yo. Si no ha entendido uno mal, «ser moderno» hoy es, cómo lo diríamos, como llevar un pin, una contraseña («ábrete sésamo») o un escapulario («detente, bala»). Nada más. No significa nada ni tiene propiamente que ver con la literatura o el arte, «ser moderno» es una más de las beaterías de un tiempo que, más que ningún otro anterior de la historia, se ha proclamado descreído y desentido. Aplicado a la literatura, no ser moderno (Galdós), es no ser nada, es, valga la redundancia, haber perdido el tren de la historia. Claro que hoy sabemos que la historia no es ningún tren con destino a una estación términi. Y los lectores de Galdós sabemos que este, lejos de llevar sus novelas hacia ningún fin, se pasó la vida dando vueltas a esos tres únicos temas que ocupan a la poesía y a la literatura desde Homero: el amor, la muerte y el tiempo.

¿O estamos diciendo que a los lectores de Fortunata y Jacinta no les aprovechará leerla tanto como otras novelas «indiscutiblemente» modernas como Madame Bovary, Ana Karenina o La Regenta? No se indiscute ahora que no sean tres novelas modernas, de hecho le da a uno lo mismo que lo sean o  no, a lo único que deberíamos atenernos es a que Madame Bovary es estúpida, Ana Karenina una mujer hastiada y superficial y Ana Ozores una criatura cerril impregnada de olor a sacristía, obras todas ellas, por lo demás, de autores de extraordinario talento. La cuestión es esta: ¿qué mujer hoy, o sea, qué mujer moderna, se cambiaría por Bovary, Karenina y Ozores, no en los avatares de sus novelas, sino en su propio ser? Sin embargo no conozco ni un solo lector, él o ella, que no quisiera conocer el amor como lo conoció Fortunata (ese «al que me quiere como dos, le quiero como catorce»), ninguno que no quisiera tener el arrojo de vivir esa pasión como ella la vivió, sabiendo incluso que estaba enamorada de un pobre hombre. Es Fortunata, junto a la Marcela cervantina, la primera mujer emancipada, y no le importa arrostrar las consecuencias sociales o personales, sabiéndose inocente. El amor nos hace libres, podría ella decir, y en la libertad sin mácula no hay pecado. De ahí que Fortunata, al contrario que la sociedad de su época, no tenga conciencia de su falta: ¿qué pecado hay en amar?, se pregunta muchas veces. Sólo formularlo, en aquel 1887, era ya pecado. Y no es que Galdós desafíe así a la sociedad de su tiempo, y por esa razón sea más moderno que nadie. Da igual lo que Galdós crea o no. Galdós tiene sus ideas, claro, es un hombre liberal, amigo de liberales y krausistas (los modernos de entonces), pero ni siquiera eso es esencial. No es Galdós quien está desafiando a la sociedad, son sus criaturas, es Fortunata, Benina, Tristana, Villaamil, Torquemada o el amigo Manso a quienes se ha encomendado esta gigantesca tarea, la de la emancipación del ser humano a través de un modesto artificio que da sentido a nuestras vidas: la novela. No la novela tal y como la entiende una falsa modernidad, o sea, como una pieza literaria, sino como algo vivo y parte de la vida. Y si a tantos lectores les conmueve Fortunata no es tampoco porque sea un ser emancipado o por las ideas que Galdós tiene del amor, sino porque se trata de un ser vivo.

Porque lo que percibimos al leer las de Galdós es el supremo logro de ese artificio, a saber, que este desaparece milagrosamente y que no estamos ya en una novela, sino en la misma vida, y que esos personajes no son ficticios, sino criaturas de las que se nos cuenta su biografía, y que los escenarios donde se mueven no son obra de carpintero, sino reales (la Plaza Mayor, la cava de San Miguel, la calle Ave María), y que sus argumentos no son habilidades de un escritor dotado de mil pericias, sino crónicas reales cuya comprensión final completa cada lector, como el juez de paz ha de oír a todas las partes antes de emitir su veredicto.

Porque centró la cuestión de la modernidad hace más de cincuenta años, merece la pena citar estas palabras de Ramón Gaya a propósito de Galdós: «Flaubert (un artista indudable pero menos elegido) tiene una actitud tan estudiosa ante la realidad que, claro, esta muchas veces huye, huye ofendida a entregarse a otro, a otro que no la observe como un fenómeno, sino que la mire como un amigo, como un hermano; es el secreto de Galdós, tratar a la realidad como a una igual suya, es decir, sin servilismos ni altanería, y, claro, sin objetividad, ni el insulto de la objetividad (…) En los grandes novelistas es fácil descubrir dos actitudes, la del impertinente objetivo –Stendhal– y la del generoso náufrago –Dovsttoievski–, pero es difícil una actitud piadosa como la de Galdós». 

Yo sé que venir a estas alturas a preguntarnos si Galdós es o no moderno, es un modo de llamar antimodernos a todos los que les gusta (o sea, un poco casposos), lo cual seguro que hará menear la cabeza a algunos, y sonreír, como hubiera hecho aquel memorable Evaristo Feijoo, alterego de don Benito.

    [Publicado en El Mundo el 27 de febrero de 2020]

24 février 2020

Nos vamos yendo

LA modernidad  nos ha enseñado a ver y valorar las cosas pequeñas, es parte de su grandeza: el cuarteto tanto como la sinfonía, la intimidad al mismo nivel que la gesta heroica, un dibujo, hecho en un trozo cualquiera de papel, tanto como el gran cuadro del pintor de Corte. Los dibujos de Goya, por ejemplo. 250, de más de los 500 que se conservan, se exponen ahora en el Prado. Son extraordinarios. Tal vez la exposición más fascinante en ese museo desde la mítica de Velázquez. ¿Y todos esos dibujos son igual de buenos? Por supuesto que no. Sólo faltaría. ¿Son iguales las olas de la playa? Los dibujos de Goya han de verse, y aun oírse, como las olas sucesivas: subyugan uno por uno, como ellas, pero asombra y sobrecoge el conjunto, como el mar inmenso, inabarcable, misterioso e inmarcesible. 

¿Y qué hay representado en ellos? Todo lo que le sale al paso o se le pasa por la cabeza: costumbres, tipos, truculencias, sátiras (políticas, religiosas, sociales), riñas,  caprichos y desastres, visiones y pesadillas,  pesadumbres y muchedumbres... 

También la modernidad que valoró lo pequeño (el ciudadano) por encima de los tres estados, puso a las multitudes al frente de la Historia. Las multitudes son “una de las grandes aportaciones de Goya”, anota el comentarista. Goya las saca en procesiones, en los toros, en un parque. Cuando las multitudes se convierten en masas, en el primer tercio del siglo XX, vendrán con ellas  las grandes matanzas y el exterminio del individuo, del ciudadano. El lado oscuro de la modernidad. Goya, que ya en Burdeos pudo leer la Enciclopedia, prohibida en España, debió de leer como ilustrado que era lo que Diderot y  D’Alambert escribieron allí: «Multitud: Desconfía del juicio de la multitud; en los asuntos del razonamiento y filosofía su voz es la de la maldad, la estupidez, la inhumanidad, la sinrazón y el prejuicio. La multitud es ignorante y bárbara, juzga mal, no es capaz de acciones valientes y generosas». Las multitudes aclamaron a Fernando VII, el rey Felón, y las gentes que pudieron irse de España, como Goya, se exiliaron. Estos dibujos, realistas en tanto que veraces y modernos en tanto que íntimos, parecen decir “se hace camino al andar”, sí, pero también “nos vamos yendo”.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 23 de febrero de 2020]

10 février 2020

Seré breve

LA misma semana que se publicó El cántaro y la fuente, una antología de “aforistas españoles para el siglo XXI” (en edición de 99 ejemplares, a tono con la brevedad del género), me pidieron de un periódico que eligiera mi aforismo preferido. No hay sólo un aforismo, argüí, sino muchos, pero aun así allá fue el mío (de un JRJ. ya viejo, que se negaba como un niño al aseo: “A todo se llega. He aprendido a ser sucio y me parece bien”).  Del propio JRJ., que escribió más de cinco mil, hubiera podido escoger este: “Lo malo de la muerte no ha de ser más que la primera noche»; o este: “Si Dios existe, yo soy inmortal. Si yo no soy inmortal, Dios no existe. Váyase lo uno por lo otro”.

Los  estudiosos  se desquician buscando las diferencias entre aforismo, adagio, máxima, apotegma, refrán, sentencia, proverbio... Es difícil trazar esas fronteras. Para mí un aforismo es bueno si es la punta de un iceberg y si no se le puede dar la vuelta como a un calcetín, pero si no te hace pensar, o sonreír al menos, es malo. Una de  las entrevistadas eligió uno de los más conocidos, el clásico Festina lente (“apresúrate lentamente”), que no es contrario ni al de Goethe (“Como el astro, sin aceleración y sin descanso”), que JRJ. puso al frente de su propia obra, ni al horaciano Carpe diem (“vive el momento”). ¿Qué fascina a todo el mundo de esos aforismos y oráculos manuales? ¿Que son una sabiduría portátil? ¿Su concisión, el fulgor de una verdad que, como un relámpago, vuelve a sumirnos en las tinieblas tras dejar en nuestra alma la ilusión de haberlo comprendido todo al fin? 

También los políticos se pasan el día acuñando frases. Podrían a veces pasar por aforismos, desde luego, pero no lo son. Son sólo eslóganes: ideas deshuesadas para hacerlas masticables (que no digeribles) para aquellos que no tienen dientes en el cerebro. ¿Un ejemplo? No me pongan en ese brete, hay cientos, miles, a diario. Pero, en fin, allá va uno, sólo uno: “Jamás, jamás, jamás con ese”. Usted me entiende. Esos eslóganes están hechos para lo contrario que un aforismo: con ellos no hay que pensar (al contrario, suelen poner de bastante mal humor), basta con creer, son cosa sólo de la fe. Todo lo contrario que el aforismo por antonomasia, Sapere aude (“atrévete a  saber”), únicamente superado por el atrévete a explicártelo y el atrévete a contarlo.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 9 de febrero de 2020] 

8 février 2020

Dos fotografías campestres

No sé por qué la de hoy 


Pedro Sánchez y su gobierno, en familia, en la finca Quintos de Mora 


le ha recordado a uno la de ayer, será seguramente por el número.
Franco, miembros de su gobierno y su familia en la finca de Santa Cruz de Mudela.